Capítulo 2.
El dolor por la perdida.
El sonido de los disparos pone fin a una era. Su mirada es fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
Sin embargo, antes de salir, su vista regresa a la mujer en el suelo. Ella solo viste un camisón de seda y un cachetero, la herida de su pierna sigue manchando la alfombra. Inconsciente, se ve extrañamente indefensa, una contradicción viviente comparada con la guerrera que casi lo mata hace un minuto.
Sin pensarlo demasiado, Benjamín se inclina y la carga en sus brazos. La acomoda sobre su hombro, sintiendo su peso ligero y su respiración pausada. A medida que sale de la habitación a cuestas con ella, Evangeline abre los ojos apenas un milímetro, lo suficiente para ver la imagen borrosa de Mateo, destrozado sobre la cama, antes de que la oscuridad la reclame por completo una vez más.
La mansión Pier arde en alarmas, pero el Demonio de las Sombras ya tiene lo que quería… y algo más que no estaba en sus planes.
El escape transcurre sin novedad.
El refugio en una colina en Palermo, es una mansión lujosa, una fortaleza impenetrable, de mármol n***o en cada parte de su exterior, cubierta por muros forrados de alambres eléctricos y una seguridad de más de 500 hombres, custodiando. Al cruzar el umbral, el silencio sepulcral de la noche se quiebra con el eco de unos pasos apresurados.
Salomé aguarda en la estancia principal. Su rostro, surcado por las líneas de una amargura que ha echado raíces en su alma, se deforma en una mueca de horror al ver a su hijo entrar con el cuerpo de Evangeline a cuestas.
— ¿Por qué? ¡Dime por qué trajiste a mi casa a la mujer de ese infeliz! —grita Salomé, arremetiendo contra Benjamín.
Sus puños cerrados golpean el pecho de su hijo con una fuerza nacida de la desesperación. Benjamín no retrocede, recibe los golpes, aunque por dentro, ni él mismo tiene una explicación exacta de por qué decidió salvarla en el último segundo. Aún así, la entrega a salvó a Lucio, su mano derecha para que se la lleve lejos del caos.
— ¡Ella es la mujer del hombre que mató a tu hermano! —clama la mujer, con la voz quebrada por el llanto—. ¡Mató a tu cuñada! Es la culpable de que tu sobrino haya quedado huérfano de padre y madre… ¿Cómo pudiste dejarla con vida? ¡Tenía que morir! ¡No la quiero aquí, no quiero que ensucie mi casa!
Benjamín la sujeta por las muñecas, deteniendo el ataque. Su mirada es una mezcla de fatiga y determinación fría.
— Escúchame, madre. Ella es importante para los Pier. Con ella aquí, tenemos el control —su voz es un susurro ronco—. Podemos recuperar todo lo que le robaron a mi hermano, aquello por lo que él luchó hasta su último aliento. Ella sabe dónde escondieron el cargamento. Si no hacemos algo, los Pier no serán nuestro único problema; Fabrichio vendrá por nosotros y esta guerra no tendrá fin.
— ¡No! ¡Quiero que muera! —Salomé se zafa y busca frenéticamente el arma que descansa sobre la mesa auxiliar.
Benjamín es más rápido. Se la arrebata con un movimiento seco de muñeca.
— No vas a mancharte las manos con sangre, madre. Déjame esto a mí —le ordena con autoridad—. Ve con el niño. Vuelve con él, ahora tienes que protegerlo. Yo me encargo de esto.
Salomé lo mira con desprecio, el odio brillando en sus pupilas marchitas.
— Espero que esa mujer no traiga más desgracias a esta familia. Espero que no estés cometiendo el error más grande de tu vida.
Se marcha, dejando a Benjamín solo en la penumbra, con el peso de la incertidumbre oprimiéndole los hombros.
El silencio dura poco. Lucio Regresa agitado, tambaleándose por los pasillos. Benjamín lo observa y nota de inmediato los hematomas que comienzan a oscurecerle el pómulo y el rastro de sangre que corre por su nariz.
— Señor… despertó —anuncia con voz trémula.
— ¿Qué demonios te pasó? —pregunta Benjamín, frunciendo el ceño.
— Está loca, señor… es una fiera… tiene que venir, rápido.
Benjamín se encamina hacia la habitación de seguridad al fondo del pasillo. Al entrar, la escena es dantesca. El doctor de la familia yace en el suelo, con los ojos vidriosos y el cuello en un ángulo antinatural. Los hombres de Benjamín se aproximan para socorrerlo, pero es inútil.
— Señor… lo ahorcó con las cadenas. Está muerto —confirma uno de ellos, retrocediendo con temor.
Evangeline permanece en el centro de la cama, o lo que queda de ella tras el forcejeo. Está encadenada de pies y manos a los postes de hierro, pero su postura no es la de una víctima. Está en calma, fría, mirando a Benjamín como un depredador analiza a su presa desde la maleza. A pesar de la herida grave en su muslo, que sigue manchando las sábanas de un rojo escarlata, no hay rastro de dolor en sus ojos de gato.
Benjamín suspira, irritado por la incompetencia de sus subordinados.
— Te dije que le pusieras las cadenas más cortas —le espeta al guardia.
— No las encontré, señor…
— Saca el cuerpo de aquí. ¡Largo! —ruge Benjamín.
Los hombres arrastran el cadáver del médico fuera de la habitación. Benjamín cierra la puerta, quedando a solas con la mujer que ha convertido su refugio en un campo de batalla en menos de diez minutos.
Ella lo sigue con la mirada, sin parpadear. Benjamín se acerca, la toma por las piernas y la arrastra hacia la orilla de la cama para ganar ventaja. El sonido del metal de las cadenas chocando contra el hierro de la cama resuena en la habitación. Él comienza a recortar el alcance de las cadenas, mano por mano, asegurándola con más firmeza.
Evangeline forcejea, sus músculos se tensan bajo el camisón desgarrado, pero la fuerza bruta de Benjamín se impone. Para someterla, él se coloca a horcajadas sobre su pecho, hundiendo sus rodillas a ambos lados de las caderas de ella. La presión es inmensa. Ella frunce el ceño, el aire escapando de sus pulmones por el peso, pero no emite ni un solo quejido de dolor.
Se miran a los ojos. Hay una chispa de reconocimiento mutuo en esa cercanía forzada, que ambos notan, pero que ningún reconoce.
Benjamín se baja de ella y señala la herida abierta en su muslo.
— Bien… No quieres que te curen. Perfecto. Hablemos entonces.
Se cruza de brazos, observándola con una paciencia depredadora.
— Hace dos semanas, tu amante le robó a mi hermano un cargamento de 500 toneladas de diamantes blancos puros. Necesito recuperarlos. Hagamos un trato, si me ayudas, te dejo ir. Dime dónde están, cómo los encuentro, y en menos de 24 horas estarás de vuelta con tu familia. ¿Qué dices?
El silencio de Evangeline es absoluto. No es el silencio del miedo, sino el de la resistencia pura. Lo mira fijamente, sus pupilas dilatadas, analizando cada poro de la piel de Benjamín.
— ¿No vas a hablar? —él da un paso hacia ella—. Tengo mucha paciencia. Podemos hacer esto toda la noche, todos los días. Por las buenas… o por las malas vas a ayudar.
Ella, en un gesto de soberano desprecio, le voltea la cara. Ignorándolo por completo.
La sangre de Benjamín hierve. Se inclina hacia ella, intentando tomarla de la mandíbula para obligarla a mirarlo, pero en el momento en que sus dedos rozan su piel, ella reacciona con la velocidad de una cobra.
— ¡JODER! —grita Benjamín, retrocediendo de un salto.
Evangeline le ha mordido la mano con una ferocidad animal, hundiéndole los dientes hasta casi arrancarle la carne. Él logra zafarse con un tirón violento, y ella, lejos de amedrentarse, le escupe la sangre en la cara.
El rostro de Benjamín está salpicado de su propia sangre mezclada con la saliva de ella. Están a escasos centímetros el uno del otro, las respiraciones agitadas entrelazándose en el aire viciado de la habitación. El odio es tangible, casi se puede tocar.
— Como tú quieras… —susurra Benjamín, limpiándose la cara con el dorso de la mano herida, su voz cargada de una promesa oscura—. Si la quieres por las malas, por las malas será.