Capítulo 3.
Desafío.
Cuando la pesada puerta de hierro se cierra tras Benjamín, el aire en la habitación parece solidificarse. Evangeline sostiene la mirada fija en el umbral hasta que el eco de los pasos de su captor se desvanece por completo. Solo entonces, cuando la soledad la envuelve como un sudario, su máscara de hierro se resquebraja.
Se desmorona.
La última imagen de Mateo, su cuerpo sacudido por los impactos, la sangre manchando las sábanas, se proyecta en la oscuridad de sus párpados como una condena. Él está muerto. El hombre que la rescató de las sombras de su infancia, con quien planeaba construir un imperio y una familia, ha sido arrancado de su lado por la mano de su peor enemigo.
— Te fallé… —susurra, y su voz es un hilo de agonía.
Había prometido protegerlo, ser su escudo, pero el destino le ha cobrado la deuda con intereses. Sus sueños, esos que apenas comenzaban a florecer, son ahora solo recuerdos.
Llora en un silencio absoluto, las lágrimas trazando surcos limpios sobre su rostro sucio de pólvora y sangre. De pronto, un chasquido metálico resuena en las paredes. El sistema de ventilación bufa y el ambiente comienza a transformarse. La calefacción ha sido desactivada y sustituida por un aire gélido que asola la habitación con una fuerza violenta.
Evangeline no duerme. Pasa las horas en una vigilia tormentosa, temblando incontrolablemente. El frío cala hasta sus huesos, entumeciendo sus extremidades y convirtiendo la herida de su muslo en un foco de dolor punzante y sordo. Su respiración se vuelve lenta, un esfuerzo consciente por conservar el poco calor que le queda.
Al amanecer, la puerta se abre de golpe. Salomé entra como una aparición de odio, flanqueada por dos mujeres de aspecto sombrío.
— Bañenla —ordena la mujer mayor con una voz que destila veneno.
Sin previo aviso, las criadas descargan dos baldes de agua helada sobre ella. El impacto es brutal; el agua golpea su piel entumecida como si fueran miles de agujas de cristal. Evangeline apenas se inmuta, sus ojos de gato, ahora inyectados en sangre, se clavan en Salomé con una resistencia que enfurece a la anciana.
— Vas a morir aquí, yo me encargaré de eso —sisea Salomé, acercándose lo suficiente para que Evangeline sienta su aliento—. Has llegado a tu peor pesadilla. Tu marido mató a mi hijo y a mi nuera… y tú no tendrás paz. Lo juro por Dios.
En ese momento, una joven asoma la cabeza con una bandeja de plata.
— Señora, el señor Benjamín envió la comida para la prisionera…
Salomé, en un arrebato de furia, vuelca la bandeja de un manotazo. El pan y el caldo se desparraman por el suelo húmedo, mezclándose con el agua sucia.
— Óiganme bien —sentencia Salomé, mirando a sus subordinadas—para esta mujer ni agua. Después de que Benjamín le saque lo que quiere, yo misma me encargaré de que su último aliento sea un ruego de misericordia.
Cuando Salomé abandona la habitación, el silencio que deja atrás es más pesado que el frío. Evangeline, empapada y temblando, procesa las palabras de la mujer mayor. ¿Mateo atacó a los Santory? La confusión se mezcla con el dolor físico. Ella no es solo “la mujer” de Mateo; ha sido su sombra, su guardaespaldas más leal, el arma secreta que dormía en su cama. Si Mateo hubiera planeado un golpe de tal magnitud contra una familia de la jerarquía de los Santory, ella debería haberlo sabido.
Sin embargo, ellos insisten en llamarla “amante”, un término que le resulta a un insulto. Ignoran su historia, ignoran los años de lealtad que la unen a los Pier. Pero lo que más la inquieta es la actitud de Benjamín. La trata con una familiaridad enfermiza, casi íntima, cuando en su memoria solo existen dos encuentros fugaces entre los dos.
El eco de los encuentros
El primero ocurrió en las profundidades de la ciudad. Ella estaba en el elevador, descendiendo a una reunión en las catacumbas. Iba vestida con su uniforme táctico, el rostro oculto tras un pasamontañas. Justo antes de que las puertas se cerraran, una mano gruesa y poderosa se interpuso, obligando al sistema a reabrirse. Era él. Imponente, desafiante. Se miraron a los ojos a través de la rendija del pasamontañas por un segundo eterno. La tensión en ese espacio reducido era tan palpable que ella acarició el gatillo de su arma, esperando un ataque que nunca llegó.
El segundo encuentro fue bajo las luces de cristal de una fiesta de la alta mafia. Ella no llevaba uniforme, sino un vestido de seda que se ceñía a sus curvas, sentada sobre el regazo de Mateo. Allí vio a Fabelo Santory, el hermano de Benjamín, acercándose para desafiar a los Pier. Benjamín estaba a pocos metros, observando. Sus miradas se cruzaron de nuevo, un reconocimiento silencioso entre dos depredadores que sirven a distintos amos.
No había vínculo. No había afecto. Solo eran dos piezas en un tablero de ajedrez mortal. Y ahora, ella es su cautiva, acusada de una matanza que no reconoce y expuesta a una muerte lenta en una habitación que sea convertido en una prisión.
El cansancio comienza a ganarle la partida. El frío la envuelve en un manto de entumecimiento que casi parece pacífico. Justo cuando sus párpados amenazan con sellarse para siempre, el sonido de la cerradura la devuelve a la realidad.
— La llave, Lucio —ordena la voz de Benjamín, cargada de una urgencia contenida.
— La de las manos… sí, lo siento, voy por ellas —responde Lució, alejándose al trote.
Benjamín se acerca a la cama, notando el estado lamentable de su prisionera.
— Ey, despierta, joder… —le exige, tomándola por el mentón.
Evangeline abre los ojos. Lo mira de reojo, con la vista nublada por la hipotermia y la fiebre. Parece demasiado débil para moverse. Pero es un engaño. En un estallido de energía que desafía cualquier lógica médica, saca fuerzas de sus reservas más profundas. En un movimiento fluido, envuelve el cuello de Benjamín con sus piernas, cruzando los tobillos con la fuerza de una prensa hidráulica.
Benjamín reacciona de inmediato, clavando sus dedos en la herida abierta del muslo de ella para obligarla a soltarlo. La sangre vuelve a brotar, caliente y espesa, pero Evangeline no cede. Al contrario, aprieta más. Lo arrastra hacia abajo, invirtiendo las posiciones hasta dejarlo debajo de ella en la cama, asfixiándolo.
— Si muero ahora, tú vendrás conmigo — espeta él apenas audible, su voz ronca por la presión, su mirada inyectada en odio.
Él presiona la herida con saña, intentando que el dolor la haga desmayarse, pero se encuentra con un muro de voluntad inquebrantable. El rostro de Benjamín comienza a tornarse de un rojo violáceo; la vena de su frente se hincha peligrosamente mientras el oxígeno deja de llegar a su cerebro. Está viendo la fortaleza de la mujer que tiene encima, una furia que lo deja desconcertado.
Benjamín está a punto de perder el conocimiento, sus ojos empiezan a ponerse en blanco, cuando la fuerza de Evangeline simplemente se agota. Ella cae sobre el rostro de él, su cuerpo lánguido y sin peso, intentando asfixiarlo por última vez con la inercia de su cuerpo antes de caer desmayada.
Lucio entra corriendo en la habitación.
— ¡Señor! —exclama, horrorizado al ver a su jefe bajo el cuerpo inconsciente de la mujer.
La aparta de un tirón y comienza a presionar el pecho de Benjamín, intentando una maniobra de reanimación improvisada. Benjamín reacciona con una tos violenta, aspirando aire con inquietud.
— ¿Señor, está bien? ¡Señor! —exclama Lucio, temblando.
— Sí… sí, quítate —gruñe Benjamín, apartándolo con un brazo débil—. Una hora para buscar una maldita llave.
— Lo siento, señor, la señora Salomé me tenía ocupado… yo pensé que la tenía controlada, pero es una fiera. Mire mi cara, mire su cuello. Si no llego, lo mata. Es una depredadora… ataca cuando menos lo esperas.
Benjamín se toca el cuello, donde las marcas de los muslos de Evangeline ya están tornándose moradas. Mira el cuerpo inerte de la mujer en la cama.
— Suéltale las cadenas de las manos—ordena con voz ronca.
— ¿Qué? ¿Y si despierta? —Lucio retrocede.
— Hazlo ahora…— Lució, duda.—¿Sabes qué? Dame la llave. Ve por un médico, ¡rápido!
— Sí, sí señor.
Benjamín la voltea con cuidado. Al tocarla, se da cuenta de la gravedad de la situación. Está empapada por el agua helada de su madre, pero su piel está ardiendo; tiene una fiebre peligrosamente alta. Sus labios están azulados y su pulso es un hilo casi imperceptible.
La carga en brazos. Llevándola al baño privado de la estancia y la sumerge en una tina con agua tibia, tratando de estabilizar su temperatura de manera gradual. Sostiene su cabeza fuera del agua, observando el rostro pálido de la mujer que hace un momento casi lo mata.
— No puedes morir —le susurra al oído, una mezcla de desesperación y cálculo frío en su voz—. Tienes que vivir. Necesito esos diamantes… tienes que vivir, o se desatará una guerra que nunca acabará.