Capítulo 4. El peso de la sangre.

1579 Palabras
Capítulo 4. El Peso de la Sangre. El vapor satura el aire del cuarto de baño, convirtiendo el espacio en una cápsula sofocante de humedad y desesperación. Benjamín sostiene el cuerpo inerte de Evangeline bajo el chorro de agua, regulando la temperatura con una precisión obsesiva. Sus manos, acostumbradas a la frialdad del acero y al tacto del dinero, ahora se enfrentan a la vulnerabilidad de una piel que arde. Ella es un peso muerto, una muñeca de porcelana rota que amenaza con hacerse añicos entre sus dedos. —¡Limpien la habitación, rápido! —ruge Benjamín sin abrir la puerta, su voz rebotando contra los azulejos. Afuera, el caos se organiza bajo el látigo de su autoridad. Adentro, el silencio solo es interrumpido por el chapoteo del agua. Él comienza a desvestirla. Es un proceso lento, tortuoso; cada prenda empapada se adhiere a sus extremidades como una segunda piel, obligándolo a manipularla con una delicadeza que detesta sentir. La seca con una toalla blanca, centímetro a centímetro, cada parte de su cuerpo desnudo, observando la palidez extrema de su rostro que contrasta con el rubor febril de sus mejillas. Ella no reacciona. Sus ojos permanecen cerrados, ajena al caos que la rodea. Un golpe seco en la puerta interrumpe sus pensamientos. —Señor, su ropa —la voz de Lucio es un susurro pragmático. Benjamín abre apenas una rendija y recibe una camisa de algodón suya, y un par de shorts deportivos. Vestirla es un desafío físico; tiene que sostener su torso mientras desliza la tela sobre sus hombros. La camisa le queda inmensa, perdiéndose en la fragilidad de sus perfectas curvas, sus senos quedan apoyados de su músculo el muslo de su pierna, mientras él lucha subiendo la tela por su trasero, evitando verla demasiado. —El doctor está aquí —anuncia Lucio desde el pasillo. Sin perder un segundo, Benjamín la toma en brazos. La liviandad de la mujer le provoca una punzada de irritación. La atraviesa hacia la habitación y la deposita en la cama con una brusquedad que intenta ocultar su propia ansiedad. El médico entra de inmediato, sus manos enguantadas moviéndose con rapidez profesional sobre el cuerpo de Evangeline. El estetoscopio frío toca su pecho, y el ceño del doctor se contrae. Los signos vitales son erráticos, una sinfonía de un organismo al borde del colapso. De repente, un estruendo sacude los cimientos de la casa. Un grito desgarrador, cargado de un odio antiguo, se filtra por las paredes. —¡No! ¡Intentó matar a mi hijo! —La voz de Salomé, su madre, entra como un vendaval de amargura—. ¿Cómo es que van a salvarle la vida? ¡Me niego! ¡Quiero que muera! Benjamín sale al encuentro de su madre en el pasillo, interceptando su avance frenético. Salomé tiene el rostro desencajado, las lágrimas surcando las arrugas de un dolor que no encuentra consuelo. —Mamá, basta —dice él, sujetándola por los hombros—. Ya te dije que la necesito. Que muera no nos ayuda en nada. —¡La odio! —grita ella, golpeando el pecho de su hijo—. Quiero que se muera, encontraremos otra solución. Ella es parte del monstruo que mató a mi bebé… ¡Quiero que todos los Pier mueran! —Lo harán, te lo juro —promete Benjamín, su voz bajando a un registro oscuro y peligroso—. Solo déjame terminar con esto. Ella es la clave para llegar a los diamantes, entiende. Si no logro encontrar el cargamento, se iniciará una guerra que no terminará hasta que uno de los dos muera. ¿Eso es lo que quieres? ¿Enterrar a otro hijo? El fuego de la ira en Salomé se apaga, reemplazado por un sollozo seco que rompe el corazón de Benjamín. —¿Por qué? ¿Por qué Benjamín? Mi niño era una buena persona… ¿Por qué le quitaron la vida? No merecía morir así… No le perdonaron ni siquiera la vida a mi nuera… Mi pobre nieto llora por su mamá. ¡Quiero a mi hijo de vuelta! Benjamín la envuelve en un abrazo, cerrando los ojos con fuerza. Un remordimiento insoportable, como ácido, le quema la mente. Su hermano no era solo sangre; era su espejo, su mejor amigo, la única parte de humanidad que le quedaba en un negocio de lobos. No entiende cómo las piezas del tablero se movieron tan rápido. Por más que analiza cada detalle de la emboscada, hay sombras que no encajan. Desde el umbral, Benjamín observa a la mujer en la cama. Suspira con irritación, preguntándose si su instinto le ha fallado por primera vez. Traerla al nido de la familia que ella ayudó a destruir parece, en este momento, una invitación al desastre. El doctor sale de la habitación, ajustándose los puños de la camisa. —Señor, está muy débil. Debe curar su herida al menos dos veces al día. Mantenga la hidratación; si se le termina la vía, póngale una más. Eso debería bajar la fiebre y estabilizarla. Si despierta, intente que tome caldos o infusiones tibias. Vendré a verla por las tardes. —Muy bien, gracias doctor. —Permiso, señor. Benjamín entra de nuevo. El silencio de la habitación es pesado. Se acerca al pie de la cama y, con un sonido metálico, encadena los pies de Evangeline a la estructura de hierro de la cama. Al salir, se detiene ante los guardias de la puerta, que se quedan helados al verlo. —Vigílenla. Que nadie entre o salga más que yo. No quiero a nadie más en la habitación. —Como ordene, señor. Benjamín se mueve a su habitación. Dónde toma una ducha, aunque eso no calma su mente, la mirada de gato de Evangeline, lo persigue, incluso con los ojos abiertos. Al salir del baño, con una toalla a la cintura, encuentra a Ágata esperándolo. Ella luce un baby doll de seda negra, tan corto que apenas deja nada a la imaginación, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y cálculo. —Me dijeron que tuviste un largo día —dice ella, acercándose para masajearle los hombros con dedos expertos—. Pensé que sería una buena idea venir y consentirte un poco. Benjamín no se tensa, pero su mirada se vuelve de hielo. —¿Te llamó mi madre? Ágata duda un segundo antes de responder. —Estaba bastante preocupada por ti. Me dijo que trajiste a una mujer que casi te quita la vida… ¿Realmente es necesario tenerla aquí, Benjamín? —¿Qué te parece si mejor evitas meterte en mis cosas y terminas con lo que has venido a hacer? —responde él, su tono es una advertencia directa. —Yo no quise… Solo… —Ágata se encoge ante la seriedad de su mirada—. Bien, lo siento. Me preocupo por ti, ¿sabes? —Lo sé —dice él, aunque su mente está a kilómetros de distancia—. Pero no tienes que hacerlo. Sé lo que hago. Ágata no dice más. Se inclina y comienza a besarlo, buscando reclamar un territorio que siente que es suyo. Benjamín le corresponde, pero es un acto mecánico, una descarga de adrenalina necesaria para silenciar los gritos de su propia conciencia mientras la lleva a la cama. Dos días después El sol de la mañana se filtra por las ventanas del comedor. Benjamín sostiene a Salvatore, el pequeño hijo de su hermano fallecido. —Salvatore, manzana —dice, acercando un trozo de fruta a la boca del niño. El pequeño lo mira con ojos que son el vivo retrato de los de su padre. Estira su mano pequeña, toma la mejilla de Benjamín y se acomoda contra su pecho, buscando un calor que ya no encuentra en otro lado. —Papá —balbucea el niño. La palabra golpea a Benjamín como un impacto de bala. Una opresión insoportable le cierra la garganta. Cierra los ojos y besa la frente del niño en un silencio absoluto, jurando internamente una venganza que aún no tiene nombre. —Toma al niño —le dice a Ágata, entregándoselo con una urgencia repentina. —Hijo, él… —Salomé intenta abordarlo cuando lo ve levantarse, pero él ya se ha dado la vuelta. —Tengo asuntos que hacer —suelta, dirigiéndose hacia la puerta que conduce al sótano acondicionado. Salomé observa su espalda con amargura. —Ahí va, con esa infeliz. No sabes cuánto la odio, ojalá no despertara nunca. ¿Cómo se atreve a traer a la zorra del hombre que mató a mi hijo? —Cálmese señora Salomé —interviene Ágata con suavidad venenosa—. Él es ahora el líder. Estoy segura de que Benjamín jamás pondría a la familia en riesgo. Él hará lo correcto por todos nosotros. Salomé suspira, tomando la mano de la joven. —No sabes lo feliz que estoy de tenerte aquí, de que me ayudes con el bebé. Yo no podría sola. —No se preocupe, me voy a quedar todo el tiempo que necesiten. Sin embargo, los ojos de Ágata no están en la anciana, sino en la puerta del sótano. Una rabia interna la consume. Benjamín lleva dos días pegado a esa mujer, encargándose de cada detalle de su cuidado, un nivel de atención que jamás le ha brindado a ella. Los celos, como serpientes, comienzan a anidar en su pecho, convirtiendo a Evangeline en una amenaza para su estabilidad mental.
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