Capítulo 5. Amenaza.

1063 Palabras
Capítulo 5. Amenaza. En la penumbra del sótano, el aire es fresco y huele a antiséptico. Benjamín revisa la vía en el brazo de Evangeline. Ella sigue inconsciente, pero su respiración es más profunda hoy. Durante las últimas cuarenta y ocho horas, él ha sido su único contacto con el mundo. La ha bañado, la ha cambiado y ha velado su sueño como si la asechara incluso en sus sueños. Hoy le ha puesto una de sus camisetas limpias. Se acomoda sentándose a su lado para curar la herida de su pierna derecha. La sutura está limpia, la inflamación ha cedido. Justo cuando coloca el último vendaje, nota un cambio en el ritmo de su respiración. Sus párpados vibran. Benjamín frunce el ceño y acelera sus movimientos. De pronto, Evangeline abre los ojos. El verde de su iris y su pupila, están nublados por la agonía y la desorientación. Levanta una mano temblorosa, lo sujeta por la nuca y lo atrae hacia sí con una fuerza desesperada. —Mateo… —susurra ella contra sus labios. Antes de que Benjamín pueda reaccionar, ella lo besa. Es un beso cargado de una pasión desgarradora. Le muerde el labio inferior con una urgencia que lo deja paralizado un segundo, atrapado en el calor de una mujer que no le da tregua, robándole el aliento. Pero entonces, la realidad se filtra. Evangeline se detiene bruscamente. Sus ojos se enfocan y la comprensión la golpea como un latigazo. No es Mateo. Su mano vuela a su cuello, intentando ahogarlo con los dedos debilitados. —¡Hijo de puta…! —Eh, quieta —con un movimiento ágil, Benjamín la empuja de vuelta al colchón, usando el peso de su cuerpo para inmovilizarla—. ¿Por qué te enojas? El que debería estar molesto soy yo, tú fuiste la que me besaste. —Voy a matarte, hijo de puta —gruñe ella, forcejeando con una ferocidad que su cuerpo apenas puede sostener. —¡Entonces sí hablas! Qué bueno —dice Benjamín, sus ojos brillando con una luz peligrosa—. Porque tenemos muchas cosas de qué hablar. Evangeline, impulsada por un odio puro, proyecta su cabeza hacia adelante, dándole un cabezazo seco en la frente. El golpe aturde a Benjamín, obligándolo a retroceder, mientras ella cae de espaldas, mareada. Todo le da vueltas, un zumbido la aturde. Con un gemido de dolor, se arranca la aguja de la vía de un tirón, dejando que la sangre gotee sobre las sábanas, y se lleva las manos a la cabeza, retorciéndose mientras el dolor pulsante amenaza con hacerla perder el conocimiento de nuevo. Benjamín se limpia el hilo de sangre de la frente, mirándola fijamente. Ella se sienta con dificultad, y es entonces cuando escucha el tintineo metálico. Sus pies están encadenados. La náusea la invade y vomita un líquido claro, apenas agua, sobre el suelo. —Eso es porque no has comido nada —dice Benjamín, acercándose con una toalla. Su voz es una mezcla de desprecio y una extraña paciencia—. Ven, déjame verte. Intenta limpiarle la boca, pero ella forcejea como un animal acorralado. Benjamín pierde la paciencia; la sujeta con fuerza de la nuca, obligándola a mirarlo. —Tú y yo tenemos un serio problema de control, pero eso lo vamos a arreglar ahora mismo. Ella intenta lanzarse para morderle el pecho, pero él es más rápido. La toma del cuello, presionándola contra la almohada mientras se sube sobre ella. La mirada de Evangeline es sombría, cargada de una promesa de muerte que no flaquea. Sin soltarla, Benjamín toma las correas y le ata las manos a la cabecera de la cama. Luego, se mueve hacia sus pies, soltando las cadenas cortas y reemplazándolas por una más larga que le permite a Evangeline sentarse. La obliga a incorporarse, sujetándola de los brazos. Ella baja la vista y nota la tela de la camisa que viste. —Es mía —dice él, respondiendo como si leyera su mente—. Te cambié personalmente. Nadie se atrevía a acercarse; diste un gran show aquí. Me obligaste a tomar las cosas por mi propia mano y… bueno, no te angusties, no hay nada de ti que ya no haya visto. —Maldito infeliz —escupe ella, su voz ronca—. Suéltame y verás de lo que soy capaz. —Abre la boca —le ordena él, acercándole un vaso con agua. Ella, en respuesta, le escupe directamente en la cara. Benjamín se queda inmóvil. El silencio en el sótano se vuelve denso, eléctrico. Se limpia el rostro con una lentitud aterradora. De repente, la toma del cuello con una mano y, con la otra, le vierte el agua en la boca a la fuerza, ignorando sus arcadas hasta que ella empieza a ahogarse. —Tú no has entendido las reglas —le sisea contra sus labios, su aliento cálido contra su piel—. Aquí mando yo. Llora, patalea, haz lo que quieras. Tienes prohibido incluso morirte sin mi permiso. Ahora yo soy tu dueño. Tu destino está en mis manos. Así que, si quieres volver a ver la luz del día, vas a empezar a cooperar. Evangeline, a pesar del agua que le corre por la barbilla y del dolor en su cuerpo, deja escapar una sonrisa cargada de maldad. —¿Qué te parece tan gracioso? —pregunta él, genuinamente intrigado—. Cuéntame el chiste, a ver si le encuentro la gracia. —No tienes ni puta idea de quién soy —responde ella, sus ojos clavados en los de él—. Haz lo que quieras. De mi boca no saldrá ni una puta palabra para ayudarte. A ti y a la puta de tu madre que les den. Benjamín cierra su mano alrededor de su cuello, no lo suficiente para matarla, pero sí para recordarle que puede hacerlo. Ella no parpadea. Lo mira fijamente, notando que solo nombrar a su madre lo enloquece. —Haré que te arrepientas de cada una de tus palabras. —Sí… ya quiero ver cómo vas a hacer eso —reta ella. Con un movimiento desesperado de su pierna libre, patea la bandeja de comida que él había traído, esparciendo el contenido por el suelo—. Nos iremos todos al infierno, Benjamín Santory. Y yo me encargaré de que tú llegues primero. — Eso lo veremos.
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