CAPITULO 1 – EL PEOR CRIMEN
El peor crimen que alguien puede cometer es aquel que lo hace consigo mismo, toda una vida no es suficiente para poder perdonarse a sí mismo.
El mundo sigue girando, la gente va y viene, el sol se levanta y se pone cada día, los autos continúan su marcha, escucho los cláxones, los ruidos de los motores y una que otra discusión de los conductores acelerados que van a llegar tarde a sus labores.
Estoy en la cama, a mi lado está mi pequeña hija durmiendo, tan inocente y confiada, sin saber que dentro de pocos años va a conocer el dolor, las lágrimas y el sufrimiento, daría lo que fuera por evitárselo, pero sé que no lo lograré, así como mi madre no logró evitármelas a mí, la miro y cierro los ojos, no tengo ganas de levantarme, normalmente me levanto temprano, soy muy activa, parezco una hormiga, pero ahora simplemente no puedo hacerlo, hace meses que me siento perdida, angustiada, dolorida del alma, con el peso de mis acciones sobre mi espalda y mi conciencia. Cualquiera diría que asesiné a alguien, pero así es, me maté a mí misma…
Son muchos años de miedos e inseguridades, soy el producto de una educación tradicional, con un padre tirano, el tirano al que más amo, tuvo una vida difícil, llena de carencias, malos tratos y desprecios, estudió poco, todo lo que sabe lo aprendió por su cuenta, un hombre que a pesar de sus buenas intenciones solo pospuso lo inevitable, algún día tenía que salir de la burbuja, algún día tenía que enfrentarme a la vida, algún día tenía que estrellarme y ese día llegó demasiado pronto, era muy joven, creía en los cuentos de hadas, en las buenas intenciones, pensaba que la maldad solo era producto de la imaginación, solo estaba en la películas, pero no, lastimosamente no era así.
Tengo 47 años y me he contagiado de COVID-19, por suerte ha sucedido dos años después del inicio de la pandemia, cuando ya la mayoría de la población está vacunada, es difícil creer que esta enfermedad se ha llevado alrededor de 10’000.000 de personas a nivel mundial, que el planeta tuvo que parar, se nos obligó a cumplir cuarentena, confinados en nuestras viviendas, muchas personas encerradas a veces en situaciones no tan agradables, o peligrosas, familias enteras que vivían del trabajo diario pasaron infinidad de carencias, muchos perdieron sus empleos debido al cierre o quiebre de las empresas, de los que lograron permanecer con sus trabajos tuvieron que aceptar la reducción de sus salarios, no era cuestión de explotación laboral, simplemente la producción era escasa y de esa manera se garantizaba al menos continuar con su empleo, muy pocas industrias se salvaron de esta situación en especial las de productos de bioseguridad y medicina.
Yo estaba entre las personas a las cuales se les redujo el salario, era empleada administrativa por tanto era posible realizar teletrabajo, trabajaba para una organización de ayuda social, por lo que era de las pocas que tenían salvoconducto para que sus funcionarios salieran en las horas que estaba prohibido, en mi ciudad después del confinamiento general, se habilitó horarios de trabajo, con toque de queda, los militares y policías se encargaban de vigilar que no haya personas que deambularan por las calles, incluso las personas sin hogar fueron confinadas en un centro deportivo lo suficientemente amplio para que no estén hacinados, solo que no todos estaban de acuerdo en quedarse y durante las horas que era permitido salir aprovechaban para escaparse.
Mi organización era una de las que ayudaba en estos procesos, mis compañeros se blindaban de pies a cabeza, con trajes de seguridad, mascarillas, gafas, guantes, gorras y cualquier cosa que les ayude a evitar los contagios, parecían astronautas, pero fueron de los pocos que aceptaron trabajar para evitar que estas personas pasaran hambre y de ese modo evitar que en su desesperación llegaran a cometer algún delito.
Como yo era administrativa trabajaba en oficina, no estaba obligada a salir a la calle, no necesitaba tanto blindaje y se me permitía usar solo tapabocas, debía tomar mis alimentos al aire libre si el comedor estaba con el aforo máximo, pero, sobre todo, no podía coincidir con mis compañeros a pesar de que el proceso de desinfección de ellos era muy riguroso.
Dejé de ver televisión la psicosis, el miedo hacía que temblara al conocer las cifras de los fallecidos y de los contagiados, así que simplemente dejé de verla, pues la paranoia no me daba la tranquilidad para cada día salir y volver con el riesgo de traer el virus a mi familia. Realmente eso funcionó.
Poco a poco el tiempo pasó, nos tocó sufrir la pérdida de familiares y amigos, acompañándonos en forma virtual, muchos de los contagiados murieron solos, sin despedirse, sin auxilios espirituales, las familias no pudieron llorar a sus muertos, pues no eran permitidos los funerales, así que ese tiempo fue de mucho dolor y frustración, debo decir que estoy agradecida que durante todo ese período Dios nos protegió.
La esperanza llegó cuando se anunciaron la efectividad de las vacunas, muchos gobiernos se apresuraron a adquirirlas para suministrarlas a sus habitantes, empezando por el personal que estaba más expuesto como el de salud y las organizaciones como la mía, gracias a eso, pude estar entre las primeras personas vacunadas. A este tiempo ya son pocas las personas que no se vacunan, algunos creen que todo esto es una conspiración y que la vacuna hará que el gobierno les instale un chip donde sabrán toda su vida, otros creen que es la marca de la bestia y que el apocalipsis llegará pronto, otros dicen que la vacuna solo es una nueva enfermedad y no lo hacen, lamentablemente, esas personas al infectarse son las más propensas a morir, pero a la final no se les puede obligar, al menos todavía no llegamos a esa etapa.
El virus con el pasar del tiempo fue mutando, originando varias cepas, pero por suerte las vacunas han ayudado a que las muertes y complicaciones disminuyan, se sugirió la necesidad de una tercera dosis, por lo que en este momento se las están aplicando de la misma forma que la primera y la segunda, me contagié cuando me faltaban pocos días para recibir la tercera dosis.
Mi esposo Fausto se ha resfriado, tiene tos, pero no fiebre, le duele la garganta, piensa que solo es gripa, no quiere hacerse la prueba, es dolorosa y molesta, lo sé porque a lo largo de la pandemia, por prevención en mi trabajo nos la exigen cada 3 meses, siguió trabajando con normalidad, el tiempo pasó y empezó a mejorar, con remedios caseros, nada nuevo, luego mi hijo Javier, seguimos pensando que solo era gripa así que guardó reposo y siguió tomando remedios caseros, de igual forma en pocos días mejoró su estado.