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941 Palabras
Narra Marina Cuando llego al entrenamiento, pienso que cuando vuelva a mi cuerpo voy a pedir turno en el gimnasio. Hay cada chico más lindo… empiezo haciendo pesas y sí que son pesadas, menos mal que el físico me permite usarlas, sino sería un papelón. Luego hago algo de abdominales, corro en la cinta… me percato que una chica –rubia oxigenada, pechos seguramente implantados y ojos muy oscuros– me está mirando y cuando ella ve la que miro, me saluda con la mano. Le devuelvo el gesto y sigo haciendo lo mío, pero la mujer se acerca a mí, toda sudada y con una sonrisa tonta en la cara. —Hola –dice. ¿Se supone que a los hombres les gustan las mujeres transpiradas?–. Me llamo Micaela –se muerde el labio y mira mis brazos. —Soy Javier –miro la hora, despreocupada. —¿Vienes seguido por aquí? –¿No se da cuenta que no quiero hablar con ella? —No lo sé, la verdad que no lo sé –me río. Alza una ceja interrogante–. Te cuento que hoy me levanté y tenía un cartel pegado diciendo que tenía que venir al gimnasio, pero no sé si vengo seguido –me encojo de hombros. Ella ríe. —Eres divertido –dice–. ¿Tienes novia? –trago saliva. —No, no tengo… pero... Me quedo muda cuando entra Tobias al gimnasio… ¡Tobias! Dios mío, es demasiado lindo y se ve mucho mejor con esa camiseta apretada y pantalones apretados. Él me distingue y se dirige hacia mí con una sonrisa. Me sonrojo y la chica ríe. —Ya entiendo… no te gustan las mujeres –susurra en mi oído–. Es una lástima, pero bueno. Nos vemos algún día, suerte. Se aleja en el momento en que Tobias se pone a mi lado. —¿Qué pasó? –cuestiona. —Na… nada. Me dio su número –miento. Hago todo mal. —¡Buena esa! –me palmea la espalda– Voy a hacer un poco de natación en la piscina del piso de arriba, ¿vienes? —Bueno. Muero infartada cuando se saca la camiseta y se tira como bomba al agua. Es hermoso, súper sexy, divertido… si solo pudiese ser mujer otra vez. Me meto al agua por las escaleras, ya que me da miedo tirarme de golpe. Unas chicas en la esquina empiezan a gritar para llamar nuestra atención y no las culpo, yo haría lo mismo si estuviese con Ana… ¿qué será de ella? Una pelirroja se acerca a mí y empieza a tirarme agua mientras se ríe, que irritante. Mi amigo empieza a jugar con una rubia y me pongo celosa. En serio, yo en mi cuerpo no seré tan linda pero soy inteligente. Capaz si juego con esta pelirroja, él se pondrá celoso. Nah, que digo, se pondría feliz por mí… en fin, veré que hago con mi vida. Narra Javier. —Hola amor –dice el idiota de mi “novio” —Hola –contesto y lo dejo pasar de mala gana a casa. ¿No entiende mis señales? —Cumplimos dos días de novios –dice y sonríe. Ah, en serio es idiota. Ni que fuera un mes, o mínimo una semana. Me río falsamente. —Sí, sí –contesto, me da un beso y me dan arcadas. Él prolonga el beso y se pega más a mí, conozco estos movimientos, yo los hago todo el tiempo y no voy a dejar que me toque. Lo alejo– Oye… no puedo hacerlo. Digo, estoy con la regla y… —Ah, ya sé –se pone serio–. No me amas. —¿Perdón? —Que no me amas, porque si me amaras me dejarías acostarme contigo. Ya entiendo lo que quiere. Él no la quiere a Marina, él solo quiero sexo con ella y aunque lo entiendo porque yo también querría ya que es una chica hermosa, no voy a dejar que le haga daño. Uno porque prácticamente también es mi cuerpo y lo voy a cuidar como si fuese mío realmente y dos… ¡Con las mujeres no se juega! Yo puedo ser mujeriego, pero es porque no tengo compromisos con las chicas con las que me acuesto. Si tuviese novia la cuidaría con todo mi corazón… Este no es un hombre de verdad. Me encantaría tener mi cuerpo en este momento para darle una buena golpiza. Pienso, ¿cómo reaccionaría una chica en este momento? —¿Lo único que quieres conmigo es eso? –cuestiono, haciéndome la víctima– Apenas llevamos dos días de novios, estás loco. —Pero yo necesito saber si de verdad me quieres. —¿De esa forma? Lo siento, pero ya sabes dónde queda la puerta. —¿Me estás echando? —Te doy dos opciones: si de verdad me quieres, vas a tener que esperar para tenerme. Si no quieres esperar, te puedes ir y no volver nunca más. Veo la indecisión en sus ojos. Finalmente, sonríe y me abraza. —Esperaré, mi amor. Me quiero matar, ¿por qué no se quiso ir? Quiero romper todo. Cuando finalmente se va, voy a la heladera y empiezo a comer un poco de helado que había en el refrigerador. ¿Habrá vuelto ya Marina a mi casa? Quizás esté conectada. Subo a la habitación, enciendo la computadora y me meto en la cuenta. Todavía no está, que raro. Bueno, la esperaré; total no tengo nada que hacer. Pasan dos horas y todavía nada. ¿Le habrá pasado algo?
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