Capítulo treinta y ocho —Ya la tumbaste, ¿ahora qué? ¿Qué me vas a hacer? —lo reto sin saber que es lo que me depara el destino. Estoy muerta de miedo. —Vienes conmigo, —entra al baño y me toma del brazo —porque al parecer tengo que enseñarte algunas cositas —me arrastra con él hasta el segundo piso desapareciendo de la multitud de gente que ha estado viendo nuestro espectáculo. Entramos a su cuarto con las luces apagadas, sin embargo la luz que se cuela por las ventanas mal cerradas nos dejan ver levemente en donde se encuentra cada uno, cierra la puerta inmediatamente para que no pueda huir de él y el corazón me late a mil por segundo esperando un movimiento más por su parte, pero todo lo que hace es quedarse recostado de la puerta mientras me observa con esos ojos dorados intenso

