Estos fueron los tres días más largos de toda mi existencia. Pero es que después de verla al despertar, con el corazón pendiendo de un hilo y todas las heridas a flor de piel debido a mi, no pude. Simplemente no pude. Así que hice lo único que podía hacer, dejarla libre. Era normal que se sintiera abrumada, cualquiera lo estaría. Si fuera al revés la situación, me habría vuelto loco de dolor al pensar en que existía una buena chance de que ella muriera. Así que le di lo que necesitaba sin pensar en que quizás le estaba otorgando lo que más me escaseaba. Ese día no me levanté de la cama desde que se marchó. El temor a no volver a verla era gigantesco. Pero, al llegar la noche entendí que no podía darme por vencido así nada más. Me prometí que lucharía hasta mi último aliento, no podía rend

