La alegría de estar viva

1291 Palabras

Conducir una motocicleta no resultó como en las películas, no lo aprendí a la primera, arranqué varias veces de tirón y frené varias veces de la misma manera. Estoy segura que lo dejé padeciendo del síndrome del latigazo. Era un mar de nervios y gracias a mis ruedas de seguridad (los pies de Alexander que se encargaron de frenar) no acabamos pegados en el pavimento. Pero, justo como lo prometió, ni por un segundo me dejó caer. Se encargó de explicarme con paciencia y corregirme con dulzura cada tanto, hasta que luego de infinitos intentos fui capaz de manejar por mi cuenta, sin su ayuda y me sentí libre. Me sentí poderosa corriendo por esa solitaria carretera. Ya no tenía miedo y la adrenalina que me otorgó fue muy similar a la carrera en la que participé junto con él. Y lo mejor fue senti

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