He dudado acerca de venir. No pegué un ojo en toda la noche. Mi conciencia susurrando que debía ser honesto, que no podía permitir que ella continuara a ciegas con lo que comenzaba a surgir entre nosotros. Es que al ver la expresión en sus ojos ayer, lo entendí, bailamos en la cuerda floja y ella es quien tiene todas las de perder. No quiero ser yo quien la regrese a la oscuridad. Recién está recuperando la alegría de vivir, detestaría ser yo el que se lo arrebatara. Así que contra todas mis mejores intenciones, estoy aquí llamando a su puerta. —¡Andrés qué alegría verte! —Su amiga Estefanía es quien abre la puerta y sin previo aviso planta un sonoro beso en cada una de mis mejillas—. Te estábamos esperando. —Estefanía —le correspondo del mismo modo—. Espero que mi presencia no les resul

