Falta muy poco para que empiecen los primeros días de clase. Estaré en segundo año de preparatoria, iniciando una nueva temporada.
No he sabido nada de Jordan hasta entonces, y sin embargo, la ansiedad ya no me consume como al principio.
De todos modos, no he olvidado lo que sucedió entre nosotros, sus recuerdos deambulan en mi cabeza la mayor parte del tiempo.
A decir verdad, no me arrepiento de nada. No volvería atrás para cambiar ninguna acción, sino que lo haría de nuevo.
Me encuentro caminando en aquel pequeño puente al que fuimos juntos alguna vez, me estribo sobre la baranda y bajo la mirada para observar a los peces de la laguna.
“Cualquier aprendizaje, sea bueno o malo, nunca es un error”. Fueron sus palabras en este preciso lugar.
Definitivamente, no lo considero un error. Quizás es una de esas personas que llegan a tu vida para enseñarte lecciones, pero no significa que se quedarán eternamente a tu lado.
Me duele pensar en ello. He sido ambiciosa, ansiando que Jordan permaneciera conmigo y solo tuviera ojos para mí, cuando en realidad es un nómada que no desea pertenecer a nada ni a nadie en particular.
“Te quiero solo para mí.”
Tch. ¿Porqué tuvo que decir aquello? ¿Porqué se empeñó tanto en endulzarme los oídos si este iba a ser nuestro final?
No puedo evitar sentirme enfadada de cierta forma.
Extraigo el celular de mi bolsillo y busco su número entre mis contactos.
“Nemesis”
Lo había registrado de ese modo por la manera en que se refirió a sí mismo en el primer mensaje que me envió.
“Tu nemesis favorito”
Los recuerdos más dolorosos tienden a ser los del inicio.
“Tarde o temprano, terminaré quitando cada capa que te envuelve y quedarás al descubierto.”
Cuando se esforzaba por conocerme.
“Si deseas saber más acerca de mí, tendrás que pasar más tiempo conmigo.”
Cuando se esmeraba por acortar la brecha entre nosotros.
“Todos tenemos el poder para transformar una experiencia negativa en algo positivo y tú deberías hacer lo mismo.”
Cuando me daba consejos importantes sin saber que podrían serme de utilidad en el futuro.
¿Cómo transformo este vacío en algo positivo? Olvidaste enseñarme esa parte, Jordan.
No dejo de mirar su número, el cual ya no me sirve para nada. Solo ocupa un espacio más en la corta lista de personas que conozco.
¿Debería borrarlo, o... Debería intentarlo?
Asumí que, bajo ningún motivo, marcaría a su celular si él no lo hacía. Sin embargo, ¿cuál es el pecado? ¿Porqué me obligo a mí misma a ceder ante mi propio orgullo?
Pero, si lo llamo... ¿Y no atiende?
Eso me haría sentir aún peor.
En medio de mis cavilaciones, me alejo un poco de la baranda aún con la vista en la pantalla. Tras unos segundos, siento un tremendo empujón en la zona de las piernas, lo que me lleva a soltar el celular en la laguna.
—¡Mi... Mi celular! —exclamo, con las manos en la cabeza.
¿Qué demonios fue eso?
Volteo rápidamente para descubrir al causante de este desastre, notando que se trata nada menos que de un enorme y peludo sabueso.
Lo miro bastante sorprendida debido a que trae puesta una correa, pero nadie que la sostenga.
De pronto, el responsable del perro se aproxima corriendo hasta nosotros y toma de la cuerda que cuelga de este.
—Lo siento much... —en cuanto me ve, se queda en suspenso.
Mi reacción fue la misma que la suya, pues de todos los lugares, no esperaba encontrármelo aquí.
—¿Diego? —suelto, mirándolo confundida.
—Lo lamento, en verdad —expresa, avergonzado—. Milo se salió de mis manos, es bastante fuerte —se rasca la cabeza.
¿Milo? ¿Se refiere al sabueso?
—Pues, este chico hizo que se me cayera el celular en el agua —expongo, señalando a la mascota.
—¿E-En serio? —pregunta, asombrado—. Rayos... Sostén esto un momento.
Me entrega la correa sin esperar mi respuesta.
¿Q-Qué está haciendo? Si él no pudo sujetarlo, ¡¿porqué piensa que yo podré?!
Cuando Milo ve a Diego correr, comienza a moverse muy enérgico, deseando perseguirlo.
—¡Wow! ¡Tranquilo, muchacho! —vocifero, procurando sostener la correa con todas mis fuerzas.
Diego entra al agua y empieza a buscar mi celular. En cuanto la encuentra, lo levanta y lo eleva en el aire.
—¡Lo tengo! —declara.
Sale de vuelta y regresa a donde nos hallamos Milo y yo.
—Ten —extiende el móvil hacia mí, mientras que lo miro desconcertada.
—Diego, ese teléfono está arruinado —asevero.
—¿Tú crees? —lo observa con atención. Intenta encenderlo, pero es en vano.
—No había razón para que te lanzaras a la laguna —le entrego la correa de Milo—. Más bien, cuida mejor al travieso —indico, en tanto que acaricio la cabeza del peludo.
—Lo siento mucho, Dalila —expresa de nuevo.
—No fue tu culpa, ni lo menciones.
Quizás, fue una señal, ¿no? Estaba dudando en marcar a Jordan, y ahora ya no podré hacerlo.
Miro a Diego y me fijo en sus prendas mojadas.
—Regresa a casa y cámbiate de ropa, a menos que quieras pescar un resfriado —finalizo.
Giro en dirección contraria y me alejo de ambos, sin despedirme y sin esperar a que lo haga.
[...]
Recostada sobre el sofá, cambio de canal en la televisión, buscando nada en especial. Mi mente está concentrada en otra cosa, es decir, en sumergirse en los recuerdos como acostumbró hacerlo.
De pronto, escucho el timbre que retumba toda la casa.
Me levanto de mala gana y me acerco a la entrada para abrir la puerta. En cuanto lo hago, trago saliva debido al asombro.
El que se halla detrás del umbral, es Diego.
Me resulta bastante extraño que esté aquí, así que lo miro suspicaz.
—Buenas tardes, Dalila —saluda con amabilidad.
—Buenas tardes... —no puedo ocultar mi perplejidad, por lo tanto, arqueo una ceja y me cruzo de brazos—. ¿A qué... Debo el honor de tu visita? —cuestiono, sarcástica.
—Ah, solo he venido a darte esto —extiende la mano con la cual sostiene una caja rectangular.
—¿Qué es? —no alcanzo a ver el diseño.
Hace un gesto con la mano, como insistiendo en que tome la caja y la vea por mí misma.
Al agarrarlo, me percato de que se trata de un celular en paquete.
Elevo ambas cejas y separo ligeramente los labios debido al pasmo, en lo que dirijo los ojos a él y los entrecierro para mirarlo con recelo.
—¿Porqué tú...? —no termino de formular la pregunta cuando Diego se apresura en responder.
—Sentí que te lo debía, ya que el otro se dañó —justifica.
—Pero... Ya te había dejado en claro que no fue tu culpa, sino de Milo —señalo.
—Es probable, pero Milo no puede ir al mercado y comprarte un celular, así que lo hice en su nombre —divaga.
Aunque intento contenerme, termino desatando una leve risita.
—Supongo que... No puedo rechazarlo —especulo.
—No, no puedes —advierte.
—Es... Una manera de disculparse muy interesante... —me mofo.
—Debes aceptarlo sin rechistar —expone.
Suelto un suspiro y muevo la cabeza de un costado a otro.
—Qué remedio... —murmuro—. Jamás había visto a Milo antes, ¿es tu mascota?
—En realidad, es de un primo que no había podido sacarlo a pasear, así que me lo pidió como un favor —explica—. En fin. Yo solo venía a entregarte esto, no tengo ninguna intención de molestar —asevera—. Ya cumplido mi propósito, me marcho.
Da un asentimiento y voltea en dirección contraria, en lo que lo detengo pronunciando su nombre.
—Diego —gira lentamente hacia mí, demostrando asombro—. ¿No quieres pasar?
A decir verdad, no tengo idea de porqué estoy haciendo esto.
Él, por supuesto, me observa estupefacto, con la boca semiabierta por la inesperada propuesta.
—S-Sí... Claro.
Regresa al pórtico y lo dejo entrar, cerrando la puerta una vez que cruza el umbral. Lo invito a sentarse en el sofá y me acomodo junto a él, no muy distante ni demasiado cerca.
Aguardo a que articule palabra alguna, sin embargo, permanece en silencio. Sus manos están colocadas sobre sus muslos, haciendo un recorrido hasta la rodilla y retornando. Se ve sumamente nervioso.
—Hace un rato, lucías muy confiado —señalo—. Pero ahora, estás muy callado...
—Ni siquiera en mis sueños más locos imaginé que me invitarías a pasar a tu casa —manifiesta, con una risita inquieta.
Pues... A mí también me sorprende.
—No es para tanto... —procuro restarle importancia cuando, evidentemente, ambos estamos igual de desconcertados—. ¿Cómo... Cómo has estado?
—Oh, bien... Aunque, temo preguntarte lo mismo —declara.
—¿Porqué?
—Te ves... Más delgada —expone—. Además, tu semblante está pálido, ¿te sientes mal? —alza la mano y la coloca en mi frente para percibir mi temperatura.
Al percatarse de sus actos, la quita de inmediato.
—Lo siento, no quise ser muy atrevido... —masajea su nuca.
—No te preocupes...
Para ser honesta, su toque no tuvo ningún efecto en mí, así que no me molestó para nada.
—¿Acaso... Estás pasando por una situación difícil? —cuestiona de repente.
—No sabría cómo describirlo en realidad —vacilo.
—No estoy seguro de poder decirte esto pero, de todas maneras, quisiera que tengas en cuenta que puedes... Contar conmigo si me necesitas.
Pestañeo repetidas veces y mantengo mi mirada fija en él.
Antes, la belleza de Diego me deslumbraba a tal punto de que me costaba emitir un sonido cuando lo tenía cerca. Mi cuerpo temblaba en su presencia, alegando que ejercía sobre mí cierto poder.
En este momento, lo tengo en frente y puedo afirmar que no siento absolutamente nada. Es un chico atractivo, no lo pongo en duda ni podría negarlo aunque quisiera, sin embargo, ya no me causa ningún impacto. Mi corazón no brinca al verlo, mis sentidos ya no reaccionan al imaginarlo tomando mi mano o rozando mi piel. Mi mente ya no estalla con su voz. Simplemente, el sentimiento fuerte que había nacido hacia su persona, se desvaneció con su traición.
¿Podré ver a Jordan de esta manera? ¿Seré capaz de tenerlo delante y no sentir nada?
—Dalila... —pronuncia de improviso—. Tal vez no sea la ocasión adecuada para aclarar las dudas, pero aún así, quiero aprovechar el hecho de que me permitiste entrar aquí —manifiesta.
—Dime...
—Corrígeme si estoy en un error —establece—. ¿Finalmente, has podido perdonarme?
Permanezco en silencio por un tiempo breve, pero no me demoro mucho en dar una respuesta.
—Ya te lo había dicho hace un par de meses atrás, que te había perdonado —rememoro.
—Lo recuerdo, pero tus ojos no demostraban lo mismo —asevera—. Tú... Seguías mirándome con mucho dolor cuando me lo dijiste, por lo tanto, pensé que lo hiciste solo para que no continuara insistiendo.
—Quizás fue así, en parte —confieso—. Sin embargo, te aseguro que todo el odio que te tuve en aquel entonces, ya se esfumó, al igual que todo el amor que alguna vez sentí por ti.
—Vaya... —suspira—. No estaba preparado para oír lo segundo, pero era evidente que ya no estarías enamorada de mí —lo acepta sin chistar.
—Hace mucho que te dejé libre, Diego, para que tuvieras la oportunidad de estar con la mujer que realmente amaste siempre. Con Soraya —expongo sin tapujos.
Aquello lo deja helado. Tiene la vista impregnada en mí mientras que su semblante adquiere una innegable seriedad.
—Dalila, Soraya es... Un amor del pasado...
—Yo también, Diego. Me he convertido en parte de tu pasado —asumo en su lugar.
Restriega las manos y aparta la mirada, en lo que exhala ruidosamente.
—Quizás sea mejor que me vaya —sostiene.
Se levanta del sofá y camina hacia la entrada, en tanto que sigo sus pasos. Le abro la puerta, permitiéndole cruzar el umbral.
Antes de marcharse, se detiene en el pórtico y dirige los ojos a mí.
—Nunca dejaré de verte como la chica a la que perdí debido a un grave error mío —manifiesta.
—No tienes porqué cargar con esa culpa, ya no más —establezco—. Admito que, al principio, deseaba atormentarte con mi dolor y mi odio, pero eso ya pasó. Lo he superado y tú deberías hacer lo mismo.
Las comisuras de sus labios se despliegan, trazándose una conmovida sonrisa.
—Entonces... ¿Estamos bien? —pregunta.
Afirmo con la cabeza.
—Sí, estamos bien.
Agita la mano en el aire en señal de despedida, gira en dirección opuesta y se marcha.
Cierro la puerta y me encamino de vuelta a la sala, me tumbo en el sofá y abro la caja rectangular que me había dado Diego. Extraigo el celular de él, siendo este un modelo superior al que tenía.
El chip que usaba también se arruinó, así que debo conseguirme otro.