Finalmente, el instituto abre sus puertas para el inicio de clases. Me coloco un par de audífonos y decido ir caminando hasta allá.
¿Qué me deparará estos últimos meses? ¿Podré solo tener una vida pacífica hasta marcharme?
Quizás debería mantenerme al margen y no involucrarme en ningún asunto en particular. Ya tuve suficiente.
Llego al instituto y me quito los audífonos. Cruzo la entrada principal y camino hasta el edificio.
Mientras ando por el corredor, escucho una voz pronunciando mi nombre por detrás.
—¡Dalila! —exclama. Doy vuelta hacia su dirección, viendo que se trata de Marina.
—Cuánta energía —suelto al notarla muy activa, dejando escapar una risita.
—¡Es el primer día, hay mucho que hacer! —manifiesta entusiasmada.
—Si te refieres a las tareas, eso sin duda —respondo sarcástica.
—Me refiero a las reuniones, ¡precisamente esta noche habrá una! Y tú tienes que ayudarme —apunta.
—¿Reuniones? —la miro perpleja.
—¡Fiesta! —mueve los brazos y realiza unos extraños pasos de baile.
Marina tiene la personalidad más tranquila que las demás, pero es una amante empedernida de las fiestas.
—Tch... Empiezan las clases y empiezan las fiestas... —refunfuño.
—Y será en mi casa —resalta—. ¿Me ayudarías con los preparativos?
—Um... Probablemente, pero no me quedaré toda la noche —esclarezco.
—¿Qué? ¿Porqué? —gimotea.
—Sabes que no soy partidaria de las fiestas, Marina.
Además, en las fiestas siempre ocurren cosas que escapan de mi control y quiero estar fuera de ello.
—Oh, vamos, ¡será divertido! —da unos brincos en su sitio.
—Lo pensaré seriamente, pero prometo echarte una mano —garantizo.
—¡Gracias!
Comenzamos a caminar de nuevo, en lo que realizo unas preguntas.
—¿Qué es lo que necesitas?
—Pues... La mujer que limpia la casa no irá hoy para mi desgracia... —insinúa.
—¿Quieres que limpie tu casa? —cuestiono.
—Quiero que me ayudes a limpiarla —aclara—. Pero no será toda la casa, solo la sala y la cocina que son lugares que estarán en uso.
—Um... De acuerdo.
—Además, llegarán los pedidos de botellas de cerveza en caja. No desearía recibirlos sola —frunce el labio inferior.
¿Botellas de cerveza en caja? No hay manera de que una menor de edad pudiera realizar esos pedidos.
—¿Tus padres... Te dieron autorización para hacer esta fiesta? —pregunto intrigada.
—¡Claro! Les aseguré que será una reunión tranquila, nadie saldrá volando por la ventana —bromea.
—Oh, esperemos que no —rio—. Por cierto, ¿cómo hiciste para realizar los pedidos de cerveza?
—Ah, de eso se ha encargado Jordan, no te preocupes. Lo único que tenemos que hacer tú y yo, es recibirlos.
Al escuchar su nombre, siento una punzada en el pecho. Una sensación helada recorre mi cuerpo, paralizándome en ese instante.
Marina continúa hablando, pero ya no consigo oírla. Más bien, escucho mis propios latidos que incrementan junto con mi respiración, y mi ira.
Sin la fuerza para controlar mis emociones, tomo del brazo a Marina con firmeza, lo cual la deja atónita.
—¿Qué... Qué dijiste? —pregunto, con los ojos bien abiertos.
—¿Qué dije de qué? —me mira confundida.
—¡Sobre Jordan! ¡¿Qué dijiste?! —cuestiono, con los nervios al tope.
—Q-Que se encargó de las bebidas... —responde, sin poder ocultar su asombro.
—¿Ustedes... Están en contacto de nuevo?
—C-Claro, como siempre...
—¡¿Desde cuándo?!
—Desde hace varias semanas...
Mi corazón se contrae al oír la verdad. Jordan buscó a Marina en el lapso en que ni siquiera se dignó a enviarme un texto. Quizás salían juntos y compartían momentos felices, mientras me encerraba en mi habitación, pensando cada día en qué me equivoqué para que me quitara de su vida de manera drástica.
En tanto que recordaba y soñaba con estar de vuelta entre sus brazos, que se apareciera en mi ventana y me explicara lo que sucedió, él se dedicó a olvidarse de mi existencia por completo.
Dios sabe qué otras cosas más habrán hecho.
Definitivamente, soy una estúpida.
—¿Qué ocurre, Dalila? —la voz de Marina me saca de mi ensimismamiento—. ¿Porqué reaccionas así?
Fue entonces que me di cuenta de lo que había hecho. Mi actitud fue incomprensible ante sus ojos debido a que no tenía idea de nada.
Procuro tranquilizarme con la poca voluntad que me queda.
—Yo... Es que yo... —intento dar una justificación razonable—. Sabes que Jordan no me agrada, así que... Creí que nos habíamos librado de él... —me excuso.
—Dalila, ¿cómo puedes pensar de ese modo? —coloca las manos en sus caderas y me mira de forma recriminatoria—. No seas tan arisca, Jordan no es una mala persona como te imaginas. Trata de aceptarlo, no desearía tener que seguir siendo partícipe de sus tontas peleas —advierte.
Aparto la mirada y aprieto los labios, demostrando un rechazo total a sus palabras.
Al menos, no tengo la necesidad de esconder mi indignación.
Ubica las manos en mis hombros y me mueve con ligereza.
—No olvides que prometiste ayudarme con los preparativos de la fiesta, así que no puedes echarte para atrás —declara—. Iremos juntas a mi casa luego de terminar las clases, ¿de acuerdo?
Respiro hondo y afirmo con la cabeza.
—Perfecto —libera mis hombros—. Vámonos al salón.
Empezamos a caminar de nuevo y subimos por las escaleras.
A decir verdad, mi cólera aumenta en cada escalón y empuño las manos, deseando poder colisionarlas en la cara del idiota de Jordan.
Y no, definitivamente, no puedo quedarme de brazos cruzados.
En cuanto llegamos al tercer piso en donde se halla la clase de los estudiantes del segundo, es decir, al que pertenezco, decido no entrar.
—¿Qué haces? —pregunta Marina al verme de pie detrás del umbral.
—Regresaré en el cambio de horario —manifiesto.
—¿De qué hablas? Si te descubren, te harán firmar el libro —indica, preocupada.
—Nadie me verá —señalo con convicción.
Sin aguardar por su respuesta, continúo subiendo las escaleras con la intención de llegar al último piso. Mi objetivo es el salón de música, donde es probable que encuentre a Jordan.
«Ese tipo me va a oír, ¡me va a oír!», pienso, mientras subo cada escalón, golpeando el pie en cada paso.
Una vez en el último piso, me dirijo directamente al salón de música. Empujo la puerta desatando mi ira, la cual choca contra la pared, dejando una pequeña marca de azote.
—¡Jordan! —grito con la voz quebrada.
Sin embargo, el salón está vacío.
Mis ojos se colman de lágrimas, tornando borrosa a mi vista. Doy un paso atrás, saliendo de aquel sitio y empiezo a caminar. Veo la puerta de la azotea y me acerco a ella. Coloco la mano en el picaporte para probar si tiene seguro, pero se abre al instante.
Voy a la zona de la azotea y cierro la puerta detrás de mí. Doy unos pasos más, aproximándome a la baranda. Reposo mis manos en ella y las aprieto con fuerza, dejando salir el llanto que había estado ahogando.
Mis lágrimas se deslizan sobre mis mejillas sin detenerse, mientras siento que mi estómago se contrae debido al sollozo. Siento dolor, no solo en el corazón, sino en demás partes de mi cuerpo. El alma se me hace pedazos una vez más y ya no puedo soportarlo.
Aunque intento liberar toda mi pena, mi garganta continúa tensándose, como si no hubiese manera de frenar el llanto. Aprieto los dientes y suelto quejidos como una niña pequeña, zapateando y golpeando la baranda con los pies.
—¡Maldito, mil veces maldito! —exclamo, expresando mi rabia en mis maldiciones que van dirigido a una sola persona en el universo. Jordan Palermo.
De pronto, escucho a lo lejos que alguien emite un sonido, como si estuviera echándose una tos. Aquello detiene mi llanto de forma súbita, pues necesito saber de quien se trata.
Al verla, chasqueo la lengua debido al desagrado que representa.
¿Qué demonios está haciendo aquí, justo ahora?
Ella me observa bastante sorprendida por el reciente numerito, y conociéndola, no se quedaría en silencio.
—Vaya, es el primer día de clases y ni siquiera ha transcurrido la mañana, pero ya estás echando maldiciones por doquier. ¿No te han salido las cosas bien, eh Dila?
Tch. Lo único que me faltaba, encontrarla en el peor momento de mi vulnerabilidad.
Soraya se aproxima con lentitud, mientras que aún tengo las manos estribadas en la baranda.
—No estarás pensando en lanzarte, ¿o si?
Giro los ojos y llevo la mirada a otra dirección, sin prestarle atención a ella.
—Sabes que eso no solucionará nada, ¿verdad? —insinúa, ubicándose a mi costado.
—No digas tonterías, no estaba pensando en lanzarme —refunfuño—. Además, te sugiero que te mantengas alejada de mí.
—De acuerdo, como quieras —se encoge de hombros—. Sin embargo, no me iré de aquí puesto que vine primero.
Comienza a caminar y se coloca en el sitio en que se encontraba, con un envase de refresco.
—No he desayunado —agrega.
Suelto un suspiro y apoyo la cabeza en la baranda, aún echando chispas a mi alrededor.
Me duele la barriga de tanto haber sollozado, pero de alguna forma, me siento más ligera.
De todos modos, no puedo continuar así. Había llegado a un trato conmigo misma, de que me mantendría al margen de cualquier situación, incluso de lo que estuviera relacionado conmigo.
Estoy cansada del dolor, simplemente ya no quiero tener que lidiar con ello, al menos por un largo tiempo.
En este momento, quito mi bandera blanca, en señal de rendición.
[...]
Frente al espejo del baño, junto mis manos por debajo del grifo para que el agua se junte en las palmas y luego llevarla a mi rostro. Tengo los párpados hinchados y no puedo ingresar al aula de esta manera.
De igual forma, no habría podido reprimir mi enojo. Era una emoción explosiva imposible de contener.
No me preocupa que Soraya estuviese presente en ese momento, mientras no hayan sido las demás. No creo haber podido escapar de los cuestionamientos de Paloma o Micaela.
Durante el recreo, me habían preguntado porqué desaparecí durante toda la mañana. Solo tuve que inventar que me sentía mal del estómago y que estuve en la enfermería por un rato, pero que ya me sentía mejor.
Al terminar las clases, desciendo las escaleras junto con Marina, en lo que se detiene en el último escalón.
—Creo que... —revisa el interior de su mochila—. He olvidado mi libro de ciencias.
—¿Dónde lo dejaste?
—En la gaveta de mi escritorio, tal vez... —especula—. Iré a buscarlo, espérame en la entrada.
Asiento con la cabeza y me dirijo al portón principal, en donde aguardo con la espalda apoyada en la pared.
Tengo los ojos apuntando en la nada y la mente dispersa, cuando de pronto, siento una mano posarse en mi hombro, lo que me lleva a dar un sobresalto.
—Oh, lo siento. No era mi intención asustarte —expresa la voz de Diego.
—No te preocupes...
—¿No irás a tu casa? —cuestiona, luego de verme parada en la entrada.
—Estoy esperando a Marina, es a su casa a donde iremos —indico—. Supongo que ya sabes de la fiesta que realizará.
—Ah, sí. Ella lo llama "reunión tranquila" —forma unas comillas con los dedos, a lo que me echo a reír.
—¿Vas a ir? —pregunto, curiosa.
—No lo sé, no lo he decidido. ¿Y tú?
—Ahora iré con ella para ayudarla con los preparativos, pero no estoy segura de quedarme.
—¿Porqué no? Te vendría bien para despejarte un poco.
Tch. Si termino encontrando a Jordan en la fiesta, será una calamidad en lugar de un deleite.
—Quizás asista en la próxima fiesta —masajeo mi nuca.
—Si cambias de opinión, podrías enviarme un mensaje y vamos juntos —propone—. Ah, ¿sigues teniendo mi número?
—En realidad, el anterior chip se dañó así que apenas tengo el contacto de mis tutores y el de mis amigas —manifiesto.
—Agh, ¿fue por lo que ocurrió con Milo? —cuestiona, demostrando cierta culpa.
—Pero todo se ha solucionado, por lo que no debes preocuparte por ello —extiendo la mano hacia él— entrégame tu celular y anotaré mi nuevo número.
Las comisuras de sus labios se extienden y extrae el móvil de su bolsillo para dármelo. Tecleo unas cuantas veces y registro mi contacto.
—Listo —se lo devuelvo—. Puedes enviarme un texto para guardar el tuyo.
—Hecho —accede, escribiendo un simple "hola" en la pantalla.
Tras intercambiar números, Marina aparece por detrás de Diego.
—Wow... Esto es inesperado —señala, observándonos con asombro.
—Deberíamos irnos, ¿no, Marina?
Aunque sé que ella no es tan boca floja como Micaela, quien no tiene reparos en lanzar sus comentarios sin filtros, siento la necesidad de alejarla de Diego antes de que diga cualquier cosa extraña.
—¡Adiós! —me despido de él desde lejos, mientras que lo veo agitar la mano en el aire.
—¿Qué fue eso? —pregunta, entornando los ojos.
—¿A qué te refieres? —finjo demencia.
—Me dirás loca pero creo que te vi charlando con tu ex-novio de manera muy natural —manifiesta.
—¿Qué tiene de malo? —digo con una sonrisita.
Marina se detiene y coloca la mano en mi brazo.
—¿Te estás escuchando? —cuestiona—. Fue por su causa que anduviste mucho tiempo deambulando como una mujer sin alma, además de expresar cuánto lo odiabas con todas tus fuerzas.
—Eso ya quedó en el pasado —me encojo de hombros.
—Entonces, ¿significa que también perdonaste a Soraya?
—Tch, ni me la menciones —refunfuño—. Tuve la mala suerte de cruzarme con ella hoy, y sumando a eso, se atrevió a hablarme como si nada —empuño la mano.
—No entiendo porque le traes tanta rabia si ya has conseguido perdonar a Diego.
—Marina, no es tan simple. ¿Tú crees que fue fácil llegar a este punto en que ya no siento enojo cuando lo veo? —expongo—. Con respecto a Soraya, aún no puedo olvidar cuando me confesó que se acostó con mi novio. Hubieras visto su expresión de triunfo, como si me hubiera aplastado como a una cucaracha —expreso mi rabia en cada palabra.
—Tampoco comprendo sus razones, pero tal vez, seguía sintiendo algo por Diego —especula.
—Por supuesto que lo hacía y quería que me hiciera a un lado para poder tenerlo —gruño.
—Ya, ya, tranquila —coloca la mano sobre mi cabeza y la acaricia levemente—. Mejor cambiemos de tema antes de que estalles de la ira —desata una risita.
No creo que vaya a estallar de nuevo, ya lo hice en la mañana.
Llegamos a su casa y me invita a ubicarme en la mesa para tomar el almuerzo.
Tras acabar, la ayudo a ordenar la cocina, el comedor y la sala. Limpiamos aquellos lugares en los que estarán los estudiantes y nos aseguramos de cerrar las puertas de las habitaciones para que nadie se adentre en ellas ni ocurra ninguna pérdida material.
En tanto que nos manteníamos ocupadas, se hacía de noche. En cuanto terminamos de poner el sitio en condiciones, nos miramos una a la otra, dándonos cuenta de toda la suciedad que nos rodea.
Marina me insta a ingresar al baño para tomar una ducha, luego me presta una de sus cómodas y livianas prendas. Quito la humedad de mi pelo con una toalla y lo acomodo de manera sencilla.
Luego de asearnos, nos vamos a la cocina, en lo que escuchamos el timbre. Nos acercamos a la puerta, viendo que las cajas de cerveza habían llegado al fin.
La ayudo a recibirlos y a ubicarlos en la cocina, mientras que los hombres encargados de los pedidos nos echan una mano. Todo parece estar listo, así que Marina solo debe esperar a que lleguen los demás.
—Quizás sea hora de que me vaya... —señalo, en tanto que aún nos hallamos en la cocina.
—¿En verdad no pude hacer que cambiaras de decisión? —gimotea, abriendo una caja y quitando las botellas.
—Todo el trabajo me ha dejado exhausta, quiero ir a casa y recostarme —establezco.
—Podrías ir a mi recámara y descansar por un rato. Recobrarás toda la fuerza para disfrutar de la fiesta —me brinda una sonrisa pícara.
—Mañana es día de clases, si me quedo durante la noche, no conseguiré despertar —declaro.
—Hum... De acuerdo, no intentaré presionarte de nuevo —manifiesta—. Sé que si te fuerzo, solo estarás sentada en un rincón y mirando a todo el mundo con malos ojos —bromea.
—Ya me conoces —me encojo de hombros.
Mientras quitamos las botellas de las cajas, escucho el tono de mensaje de mi celular, el cual se halla reposando a un costado. La pantalla se enciende, notificando que ha llegado un mensaje. Marina no puede evitar echarle un vistazo, a lo que nota que el texto fue enviado por nada menos que mi ex-novio, Diego.
Lleva las manos a la boca y me mira con los ojos abiertos.
—¿Están en contacto? —pregunta con asombro.
Tomo el celular y reviso el mensaje.
DiegoNavarro: ¿No irás a la fiesta?
—Solo busca saber si me quedaré aquí —expongo, restándole importancia.
—Guau, eres una chica difícil de olvidar —desata una risa.
—Estoy segura de que simplemente está tratando de ser amable —garantizo—. Quizás todavía siente culpa por lo que ocurrió entre nosotros, aunque ya le he dicho que no debería.
—¿Se lo has dicho? ¿Cuándo? —se inclina ligeramente hacia mí, demostrando total intriga.
—Pues... Me lo encontré en la calle durante las vacaciones...
—¿Y platicaron sobre ustedes? —dispara sus preguntas sin dudar.
—No exactamente... —rasco mi cabeza—. Se disculpó de nuevo, así que le dejé en claro que todo quedó en el olvido.
Permanece en silencio por unos segundos, mirándome con una evidente expresión de suspenso.
—Me huele a una reconciliación... —escupe, a lo que me echo a reír.
—¿De qué hablas? —lo considero una broma.
—¿Porqué sonríes así? —me toma de los brazos e incrusta la mirada en mí—. Dalila, sé honesta conmigo. ¿Aún sientes algo por Diego?
No, en definitiva, ya no siento nada por él. Sin embargo, su curiosidad me resulta graciosa.
—¿Crees que estaría mal si retomáramos nuestra relación? —pregunto, aumentando su intriga.
Fueron muy pocas las veces que la he notado realmente interesada en alguna cosa.
—¿E-Estás segura de eso? —libera mis brazos y deja caer los suyos a sus costados—. Supongo que... Si eso es lo que quieres, solo me queda apoyarte.
Al cabo de unos segundos, me doy cuenta de la magnitud de lo que acabo de decir.
¿Retomar nuestra relación? ¿Acaso me he vuelto loca?
—¡Oye! —suelta Marina, con la vista hacia la puerta—. ¿Desde hace cuánto que estás ahí? ¿Estuviste escuchando una plática de chicas?
Se plasma una sonrisa en sus labios y sus ojos se iluminan con una indescriptible refulgencia, lo que me lleva a deducir quién es la persona que se halla a mi espalda, observándonos desde la entrada de la cocina.
Por alguna razón, percibo que su mirada me atraviesa, por lo que siento un escalofrío recorrer mi espalda y mi corazón empieza a palpitar con vehemencia.
Estaba enfadada con él esta mañana, mi cólera se apoderó de cada parte de mi ser y por ese motivo era capaz de enfrentarlo. Sin embargo, en este instante, siento más miedo que cualquier otro sentimiento. No estoy segura de poder mirarlo a la cara y contener mis emociones en frente de Marina.
Giro lentamente en dirección a la puerta, deseando con todas mis fuerzas estar equivocada. Pero no lo estoy.
Definitivamente, se trata de Jordan.