Nunca había llamado a Jordan. En todas las ocasiones en que hemos acordado una salida, fue él el de la iniciativa.
Aquello no cambiaría. Seguiría manteniéndome firme con respecto a no llamarlo si Jordan no lo hacía. Fue así que pasaron un par de semanas sin saber de él.
Por supuesto, tal suceso me afectó en gran medida. Me encerré en mi habitación y derramé una infinidad de lágrimas, recordando cada palabra dicha por su boca.
Su sonrisa, el brillo de su mirada y la fragancia de su cuerpo, no podía sacármelo de la cabeza. Estaba hundiéndome en mi pena y, debido a mi orgullo, no me atrevería a marcarle al celular bajo ninguna circunstancia.
No dejaba de preguntarme una y otra vez, ¿qué hice mal? ¿Porqué simplemente desapareció?
Deseaba que en cualquier momento, pudiera escuchar ligeros golpes en mi ventana, y ver que era él quien se hallaba detrás del cristal. Pero aquello no ocurrió.
Aunque estaba acostumbrada a enfrentar mis problemas en soledad y en silencio, la tristeza era insoportable a tal punto que anhelaba tener a alguien para mí, que me sostuviera en brazos y me permitiera llorar en ellos.
No había hablado de Jordan con nadie en absoluto. No podía contar con Marina, Paloma ni Micaela, pues sabía que me preguntarían las razones de mi absurdo estado y, considerando las circunstancias, jamás les comentaría sobre él.
Finalmente, recurro a la víctima de mis mares de llanto. La única que estuvo conmigo desde que la conocí.
Ámbar Palomino.
La había llamado hace unos minutos. Por ese motivo, se encuentra en mi cuarto.
Estamos sentadas en el piso, con una botella de vino en medio de ambas. Dicha bebida la conseguí del estante de vinos que guarda Gustavo.
Lleno un par de copas con el líquido tinto, agarro una y la extiendo hacia ella.
—Bebe conmigo —impongo.
Me mira con recelo, denotando perplejidad.
—En realidad, no soy buena bebiendo...
—Bebe conmigo, Ámbar —insisto.
Cierra los ojos y suelta un suspiro, tomando la copa y dándole un sorbo al vino, en lo que hago lo mismo.
Me observa callada sin articular palabra, fijándose en mi manera de actuar que para nada era típica de mí.
No le había dicho que me sentía mal, pero estoy segura de que lo notó incluso durante la llamada.
Entonces, parece armarse de valor para indagar en el asunto.
—¿No... Vas a decirme qué es lo que te tiene así? —cuestiona.
Me mantengo en silencio, moviendo la copa, mirando cómo el líquido se desplaza en círculos dentro de ella.
—Tienes los párpados bastante hinchados, ¿has estado llorando? —especula.
—Quizás... —vacilo—. Sin embargo, me he propuesto no volver a llorar nunca —expreso con dramatismo, dando otro sorbo a la bebida.
—Llorar no tiene nada de malo. A través de las lágrimas, tienes la posibilidad de expulsar el veneno de la melancolía, y de esa forma, la herida de tu alma llega más rápido a la cicatrización —manifiesta—. Además, ¿qué pasará de ti si te reprimes con tanta fuerza? Explotarás como una granada y lo destruirás todo a tu alrededor.
—Já, lo dice la persona a quien encontré al borde de un precipicio, a punto de lanzarse al vacío —escupo sin cautela, refiriéndome al momento en que hallé a Ámbar al borde de la azotea.
No quería decir tal cosa. Me arrepentí al instante pero ya no podía suprimir las palabras que expulsé en un arranque de cólera.
—Precisamente porque no deseo que termines del mismo modo, jugando entre la vida y la muerte como si no fuera nada, tal y como yo lo hice, es que me empeño en que te liberes de la miseria en la que te has sometido —indica—. Y hablar es parte de ello. No quiero presionarte, pero te garantizo que puedes confiar en mí, así que cuando te sientas preparada para comentarme el motivo de tu dolor, estaré aquí para escucharte.
La suavidad con la que intenta calmar mi aflicción, conmueve a mi corazón. Mi mirada se cristaliza y, por tan solo segundo, creí que podría hablarle de Jordan. Sin embargo, mi determinación fue fugaz y me acobardé al rato.
Aún así, quise expresarle mi pesar de una manera indirecta.
—Hice... Hice algo que, en su momento, fue bastante satisfactorio... —confieso—. Pero, solo duró un instante. Debo admitir que fue lo más efímero que me ha sucedido, y lo que resulta más irónico, es que por más breve que haya sido, sé que me llevara tiempo superarlo. Estoy... Pagando muy caro por esa felicidad instantánea —refunfuño, bebiendo otro trago de vino.
Ámbar me mira aún más confundida, puesto que no tiene idea del punto al que estoy tratando de llegar. De todos modos, se esfuerza por brindarme consuelo.
—A decir verdad, dudo que tardes en reponerte. Te he visto caer y he sido testigo de que te levantaste de nuevo, y reconozco que fue admirable. Eres una chica fuerte y serás todavía más fuerte luego de afrontar cual sea el conflicto que tengas en frente. Lamentablemente, el sufrimiento es parte del aprendizaje...
—¿Sabes cuántas veces he escuchado eso? —cuestiono, con la voz quebradiza—. Que el único modo de aprender es a base de intensos dolores del alma, de heridas, de traiciones y demás adversidades. Es que... ¡Es absurdo! —exclamo. La vista se me vuelve borrosa debido a que mis lágrimas se amontonaron en ella.
—Es la esencia de la vida, Dalila. No puedes cambiarla. Solo experimentando el dolor, se puede valorar la felicidad y la tranquilidad. Si no existiera ningún mal en el mundo, ¿crees que tendría algún sentido estar aquí? —especula—. Nuestro día a día se volvería rutinario, las risas y la paz serían inapreciables, ya que no habría nada que avale su valor.
Mi corazón logra la calma con cada palabra suya y con la suavidad de su voz. No me equivoqué al pensar que sería la única persona que intentaría, aunque sea mínimamente, comprender mi sentir.
—Es probable que la herida sea intensa, pero no es imposible que sane —continúa—. He pasado casi la mitad de mi existencia creyendo que nada valía la pena, que cada cosa que realizaba no tenía ningún significado. Deseaba terminar con todo y, sin embargo, en el fondo anhelaba que alguien me salvara. Tú me descubriste, Dalila. Viste a través de mí y me salvaste —manifiesta con convicción—. Aún así, a pesar de que estoy inmensamente agradecida por haberte conocido, mi consejo es que no esperes a nadie como lo hice yo —declara—. No aguardes con los brazos cruzados a que una persona te saque del abismo, sálvate tú misma y sé tu propia heroína.
Es gracioso como afirma sin duda alguna que yo la he salvado, siendo que es ella quien me ha estado salvando a mí desde el principio.
Quizás, el destino se anticipó en lo que me sucedería con el paso del tiempo, así que me trajo a Ámbar para aliviar la tristeza.
—Yo... No sé qué decir... —suelto—. Estoy cansada de reflexionar, de buscarle el trasfondo a cualquier circunstancia de la vida, de obligarme a creer que toda adversidad es necesaria para fortalecer el espíritu, cuando en realidad me tiene harta tanta angustia —señalo—. Tal vez, fui ingenua al pensar que abandonar el internado fue lo mejor que me pudo haber pasado. Allí no ocurrían este tipo de desgracias, no habían tormentos ni nadie que te lastimara. Mis compañeras eran mis hermanas y todos éramos una familia —expreso con añoranza.
—De todos modos, no ibas a poder vivir en ese sitio para siempre —establece—. A menos que... Tuvieses la intención de convertirte en una monja.
Desato una risita inesperada, lo que aligera un poco más la atmósfera del ambiente.
—Ánimo, Dalila. Así como la felicidad es fugaz, la tristeza también lo es.
No doy respuesta a su conjetura, simplemente bajo la mirada a mi copa y observo el color del líquido que circula en ella.
[...]
Me había adueñado de otra de las botellas de Gustavo para seguir bebiendo con Ámbar. La cuestión es que, al acabar con ambas, el alcohol se apoderó del sano juicio de mi frágil amiga.
Para mi sorpresa, el efecto que surtió en mí fue escaso, pero en ella se manifestó de una forma que no pude evitar.
Se encuentra recostada en mi hombro, con los párpados unidos y diciendo un montón de cosas que quizás no diría si estuviese lúcida.
—Dalila... Te quiero mucho, ¿lo sabes verdad? —expresa con un volumen de voz bastante elevado.
—Shh... Sí, sí, yo también —doy palmadas a su espalda.
—No me gusta verte sufrir... —gimotea. Se incorpora como puede y me envuelve con los brazos—. Te quiero y me preocupas... —deposita varios besos en mi mejilla.
—Lo sé, lo sé... —la tomo del rostro con ambas manos y la miro con atención—. ¿En serio estás mal, eh?
—No estoy tan mal... —en realidad, no tiene dificultades para hablar, simplemente perdió la vergüenza—. Me gustaría que tú tampoco lo estuvieras... ¿Qué puede hacer para aliviar tu dolor? Dime...
Se balancea de un lado a otro, cuando de pronto, se deja caer en el suelo.
—¡Ámbar! —exclamo en susurros—. T-Te traeré un vaso con agua...
Me levanto, sacudo mis piernas y me dirijo a la cocina, cerrando la puerta detrás de mí, cuidando que nadie la vea tumbada en el piso.
Mientras cargo el agua en un vaso de vidrio, empiezo a arrepentirme para mis adentros.
Tch. Me advirtió que no era buena con la bebida, ¿porqué insistí tanto?
Regreso a la habitación, coloco el vaso sobre el escritorio y me acerco a Ámbar para tratar de despertarla.
—Oye, oye... Abre los ojos —ubico los dedos en sus párpados y los abro a fuerza. También la tomo de los hombros y la muevo con ligereza—. Oh, vamos, no me hagas esto, Ámbar... —gimoteo.
Para mi fortuna, abre los ojos con lentitud y se incorpora de nuevo. Con cierta prisa, agarro el vaso y se lo entrego para que beba su contenido, a lo que obedece sin rechistar.
La vista parece pesarle y sus mejillas están sonrojadas. Miro el reloj suspendido en la pared, fijándome que marca las nueve de la noche.
Ámbar debía regresar a su casa, sin embargo, temía a que su madre la viera en este estado.
—Ámbar... ¿Qué crees que sucederá si tu madre descubre que estás ebria? —pregunto, intrigada.
—Mmm... Probablemente... Golpee mi cabeza contra el pavimento... —exagera.
Sé que su madre había dejado de ser violenta con ella, los abusos físicos cesaron en cuanto me determiné a hacerle cambiar de parecer, sin embargo, puedo deducir que Ámbar aún le teme.
—¿Dónde está tu celular? —reviso los bolsillos de su bermuda.
—¿Para qué lo quieres? —sonríe al sentir mi tacto.
—Llamaré a tu mamá y le diré que te quedarás a dormir aquí —establezco.
Su sonrisa se desvanece al instante y me toma de ambos brazos.
—No, no puedes —se niega—. Ella no querrá, se enfadará mucho...
—Eso no ocurrirá —declaro—. Te aseguro que soy capaz de convencerla, solo dame tu celular y deja que hable con ella...
—Pero, Dalila...
—Tú tranquila, ¿si?
Agarro el móvil de su bolsillo y busco el número de contacto de su madre, quien atiende luego de unos segundos de haber marcado.
—Ámbar, ¿porqué no has vuelto a la casa? —regaña pero sin la dureza en su voz.
—H-Hola, señora... Soy yo, Dalila —titubeo.
—Oh, hola, cariño. ¿Cómo has estado? —pregunta con suavidad—. Ámbar me ha dicho que iría para tu casa pero ya se está demorando, ¿qué sucede con ella?
—B-Bueno... Precisamente la llamaba para hacerle una petición —juego con los mechones de mi pelo debido al nerviosismo—. Quisiera que se quedara a dormir aquí, conmigo...
—Ah, no. Lo siento pero es imposible, dile que regrese —responde al instante.
—Por favor, por favor —imploro, cruzando los dedos—. Solo será por esta vez, se lo juro...
—¿Porqué eres tú la que me llama y no Ámbar? ¿Hay algo que estás tratando de ocultarme? —cuestiona, poniéndome los pelos de punta.
Efectivamente, tiene los sensores completamente desarrollados y la intuición elevada.
—E-Es porque ella no se atrevía a pedírselo, señora... Pero yo sé que usted solo vela por su seguridad, aunque en mi casa estará indudablemente protegida —asevero.
El silencio se apodera del celular durante un rato, incrementando mi ansiedad.
—No estoy convencida de que sea lo correcto, dejarla dormir en casa de extraños...
—Señora, señora, no somos extraños para nada —procuro que se sienta en confianza—. Usted nos conoce perfectamente y ha venido aquí una gran cantidad de veces. Ámbar estará a salvo con nosotros, se lo garantizo.
Nuevamente, hay un profundo silencio. Me adelanto a pensar que es probable que esté reconsiderando su decisión.
De pronto, escucho un suspiro.
—De acuerdo. Pero como bien dijiste, solo será por esta vez —advierte.
—¡Sí, se lo prometo! —exclamo, irradiando alegría—. Muchas gracias...
—Dile que la estaré esperando a primera hora mañana —indica.
—Está bien, así lo haré... ¡Buenas noches! —finalizo la llamada.
Dirijo la mirada a Ámbar quien volvió a cerrar los ojos. Coloco la mano sobre su hombro y la sacudo sin ejercer fuerza.
—Oye, tu mamá te dio permiso de quedarte aquí... —expongo.
Sus párpados se despegan lentamente y su vista se incrusta en la mía.
—Nadie puede escapar de tus encantos... —comenta de repente, extendiendo las comisuras de sus labios.
—¡Así es! —le sigo la corriente—. Ahora, levántate del piso y acuéstate en la cama, ¿de acuerdo?
Asiente con la cabeza y trata de incorporarse, en lo que la ayudo sosteniendo sus brazos. La hago sentarse al borde y se tiende entre las sábanas por su cuenta. Subo al colchón y me acomodo a su lado.
Está ubicada con el cuerpo de costado, los ojos cerrados y el rostro orientado hacia mi dirección, mientras que yo me encuentro de la misma manera. Observo cada facción de su cara a detalle, deteniéndome en cada lunar que la adorna.
Una sensación de vacío comienza a esparcirse dentro de mí, con el dolor palpitando en mi pecho. El sentimiento de culpa se hace presente al verla en el estado de vulnerabilidad a la que la he sometido.
—Lo siento, Ámbar... —expreso, con un profundo pesar.
—¿Porqué? —pregunta, lo cual me sorprende, pues creí que ya se había sumido al sueño y que no me había escuchado.
—Por... Hacerte esto —señalo—. Por arrastrarte a mi melancolía y orillarte a terminar de este modo...
—Pues... Yo no pienso igual —manifiesta—. Te he enviado textos durante el mes anterior, pero no he conseguido que salieras conmigo. Sin embargo, recibir tu llamada me hizo muy feliz, como no tienes idea —confiesa, permaneciendo con los ojos cerrados.
—Pero solo fue para... Ya sabes, calmar cierta aflicción —expongo avergonzada.
—Si en tu momento de agonía pensaste en mí en lugar de llamar a tus otras amigas, significa que soy la persona quien puede brindarte la paz que necesitas —argumenta—. Eso jamás lo podría considerar como algo malo, sino todo lo contrario...
Me sorprende cuanta sumisión puede asentarse en un ser humano enamorado. Alguna vez, también fui presa de esa emoción, así que en parte, puedo entenderla. De todos modos, Ámbar ha superado todas mis expectativas con respecto a sus sentimientos, pues siempre demuestra que está dispuesta a hacer lo indispensable para verme bien.
Extiendo la mano y alcanzo su mejilla, acariciándola con ternura. En ese instante, toma mi mano y la aferra a su pecho.
—Dalila... Entrégame tu corazón... —suelta de repente.
Su proposición me deja atónita, por lo tanto, me mantengo en silencio.
—¿No crees que todo se resolvería... Si simplemente... Me entregaras tu corazón? —despega los párpados, clavando sus ojos verdosos en los míos.
—¿E-Entregártelo...?
—Solo piénsalo. Si me lo das, lo protegeré con mi propia vida, jamás permitiría que nadie le hiciera daño o que se quebrara de nuevo...
—Pero, está hecho un bodrio... —desato una risita.
—No es así, está herido pero puedo ayudarlo a sanar —asume con convicción—. Con paciencia y cuidado, puedo unir los pedazos y armarlos de nuevo. Será un corazón fuerte, y lo mejor, es que será solo mío...
No estoy completamente segura de si es consciente de lo que está diciendo o se está dejando llevar por los efectos del alcohol. Aún así, no quisiera que aquella mirada colmada de resplandor, se apague con una negativa mía.
Por lo tanto, decido no romper sus ilusiones.
—Mi corazón ya es tuyo, Ámbar. Siempre lo ha sido —le brindo una sonrisa.
En parte, es verdad. La considero una amiga muy especial e importante, así que no es una mentira en absoluto.
—¿En serio? —sus labios vuelven a desplegarse y siento que su corazón late con intensidad, pues tiene mi mano justo en aquel sitio.
—Claro que sí. Eres su única dueña —rio de manera angelical, lo cual la conmueve.
Cierra los ojos de vuelta, para finalmente, sucumbir ante el sueño.
“Mi corazón ya es tuyo”
Una frase que creí inocente, se volverá en mi contra con el paso del tiempo. Jamás pensé que podría repercutir en ella de un modo desfavorable. Nunca busqué lastimarla, sin embargo, mis propias palabras la llevarán de nuevo al borde del precipicio.