Las imágenes de lo que ocurrió en el salón de música se repetían en mi cabeza. El semblante de Jordan, sus expresiones de placer y su respiración agitada no salían de mi mente. Sumando a ello, había visto con toda claridad aquella erección que me hizo tragar saliva. Todo su cuerpo era simplemente perfecto.
Durante las horas de clases no pude concentrarme en la explicación de la maestra, y en el recreo, fingí prestar atención a lo que decían mis amigas, pero en realidad estaba sumergida en los recuerdos de hace un momento. Mordía la pajita de mi refresco y mi saliva se deslizaba por mi boca cada vez que me sumía recreando aquellas escenas en mi memoria.
"Quiero estar más tiempo contigo"
Jijiji...
Sonrío como una tonta y mis mejillas se sonrojan, mientras que mis ojos se colman de una inexplicable refulgencia. Mis amigas están absortas en sus asuntos, así que no lo notan.
Continúo de esta forma en las próximas horas, sin que nada fuese capaz de desviar mi interés hacia otra cosa.
Sin embargo, hubo una situación que captó por completo mi mirada, sacándome de mi burbuja de placer. Al terminar las clases, salgo del edificio y camino hacia la entrada principal, en donde veo a Ámbar charlando con la chica con la que la había encontrado en los vestuarios... Besándose.
¿Cómo me dijeron que se llamaba...? Ah, sí. Tatiana.
Por alguna extraña razón, incrusto la vista en ese par, sin moverme del sitio en el que estoy de pie, cuando de pronto, Ámbar me descubre observándola de lejos.
Se despide de la joven y se aproxima a mí.
—¿Qué tanto miras? —pregunta sonriendo y agitando la mano frente a mi cara.
—¿Acaso esa chica y tú volvieron? —cuestiono intrigada, gesticulando con las manos.
—¿Volver? ¿A qué te refieres? —ladea la cabeza y adquiere una expresión de confusión.
—¿No son una especie de amigas con derechos? —no puedo ocultar mi curiosidad.
—Eso se terminó hace tiempo, ahora solo conversamos con normalidad —explica.
—Oh... Supongo que se llevan bien. Por cierto, una de las jugadoras del equipo de vóleibol tiene el mismo nombre. Son tocayas.
—Ah, ¿en serio? Creo que no he llegado a conocerla, este instituto es demasiado grande. Pero mi Tatiana es muy agradable, no sé cómo será la otra —se encoge de hombros.
¿Acaba de decir "mi Tatiana"? ¿Eso qué significa?
—Oye, Dalila, ¿nos vamos juntas? —propone, a lo que asiento.
Durante el camino, no puedo dejar de pensar en la manera en que la nombró.
¿"Mi Tatiana"? ¿Eso fue lo que dijo?
Además, también me intrigó el tipo de intimidad que tenía Ámbar con esa chica. Me refiero a que, ninguna de las dos tiene... ¿Un m*****o viril?
¿Cómo se supone que lo hacen? ¿Se incomodará si se lo cuestiono? Aunque me temo que soy yo quien acabará sonrojándose.
Quizás haciendo esto y aquello... Bueno, quien sabe. Tal vez me lo comente algún día.
Sin embargo, Ámbar no parece ser de las personas que hablan sobre su intimidad.
Humm... Esa duda está carcomiendo mi cerebro.
—Ámbar... —pronuncio.
—¿Si?
Empiezo a jugar con los dedos y a mirar hacia diversas direcciones.
—¿Cómo... Cómo es que tú...? —argh, no puedo formular mi pregunta.
Ella cesa sus pasos y fija la vista en mí.
—¿Hay algo que quieras decirme? —señala.
—Es que... Tengo curiosidad sobre... Sobre cómo tú... Ustedes... Tatiana y tú...
—¿Tatiana y yo? —aquello le resulta extraño.
—¿C-Cómo hacen para... Llevar a cabo... El acto sexual...? —¡ya está, lo dije!
Abre los ojos como platos y su mandíbula se desprende, mirándome sumamente sorprendida. Observa su alrededor, cerciorándose de que nadie estuviese cerca y que no me hayan oído. Solo entonces me percato del lugar en el que nos encontramos.
¡Demonios, estamos en plena calle! ¿Cómo pude preguntar algo tan íntimo en medio de la nada?
—L-Lo siento, Ámbar. Debí habértelo preguntado al llegar a casa —expreso muy avergonzada.
Rasca una ceja y me brinda una sonrisa.
—Tranquila, no te preocupes —establece—. Sin embargo, ¿porqué quieres saberlo?
—C-Curiosidad, supongo —vacilo—. Cuando te vi charlando con esa chica, ese cuestionamiento sacudió mi mente...
—¿De verdad te interesa? —su expresión denota picardía y ya no estoy segura de si sea una buena idea.
—P-Pues... —juego con los pies en tanto que traigo la mirada al piso.
Suelta una risita y continúa su camino.
—Si deseas averiguarlo busca vídeos para adultos. Quiero decir, sexo entre mujeres —expone.
—¿Sugieres que vea vídeos obscenos? —hago una mueca de desagrado.
—La mejor manera de aprender es viéndolo por uno mismo, y practicándolo —declara.
—¿Insinúas que lo haga con una chica? —me inclino ligeramente hacia ella mientras le sigo los pasos. De pronto, se detiene y me escruta.
—¿Te atreverías?
Permanezco observándola durante unos segundos, en lo que sus ojos verdosos rebosantes de un inexplicable brillo me atraviesan, lo cual me lleva a retroceder.
—No lo creo... —respondo, a lo que desata una corta risa.
—Eso pensé.
Decido no preguntar nada más. De esa forma, llegamos a mi casa en silencio.
En cuanto estoy por despedirme, Ámbar realiza la siguiente proposición.
—Oye, Dalila. ¿Me aceptarías una invitación a salir esta tarde?
—¿Salir? ¿A dónde? —cuestiono, interesada en el asunto.
—Pues... No lo sé, a algún local de comida rápida, o tal vez a una heladería... —supone.
Como ya no pasamos tanto tiempo juntas, pienso que sería bueno acceder.
—Claro, ¿porqué no? —manifiesto—. Pasa por aquí a las seis en punto y luego vayamos a algún sitio.
—¡Genial! —exclama, en lo que las comisuras de sus labios se extienden—. Entonces, nos vemos —se despide, agitando la mano.
[...]
Luego de mucho pensarlo, optamos por ir a una pizzería. Tomamos un taxi y nos dirigimos a una que no se encuentra muy lejos, el cual lleva el nombre de "Pizza rock".
En dicho sitio se pueden apreciar cuadros de cantantes de rock suspendidos en las paredes, así como también el hecho de que sus músicas son transmitidas a través de la radio.
Es un ambiente tranquilo, pero hay mucha gente. Por tal motivo, hay una larga lista de clientes en espera.
Aquello no es problema para Ámbar ni para mí, pues simplemente esperaríamos a que la pizza estuviera preparada.
Mientras Ámbar le echa un vistazo al menú de sabores, yo continúo observando a mi alrededor.
—Es la primera vez que vengo aquí —expongo.
—En este negocio hacen la mejor pizza de la ciudad —comenta.
—¿En serio? —la miro con asombro—. Supongo que lo confirmaré tras probarla.
—No te arrepentirás —promete—. A propósito, gracias por haber aceptado venir conmigo.
—Pues yo te agradezco por haberme invitado. Además, ¿cómo podría negarme? Te he tenido muy abandonada durante las vacaciones, tengo que compensártelo —suelto una risita.
—Entonces, ¿pagas la cena? —bromea.
—¿Crees que no puedo? —quito de mi billetera una tarjeta de crédito y me jacto de ella, robándole una sonrisa a Ámbar.
En lo que continúa hablándome, noto a lo lejos una silueta, el cual me resulta bastante familiar. Entorno los ojos para agudizar mi visión, percatándome de que se trata de Diego, quien se halla en el mostrador, quizás realizando una orden.
En cuanto termina de hacerlo, comienza a caminar para buscar una mesa vacía. En ese entonces, su mirada se detiene en mí y tarda unos segundos en reconocerme. Agita la mano en el aire y se plasma una sonrisa en su rostro, a lo que respondo haciendo lo mismo.
Se aproxima a nuestra mesa y se inclina hacia mí para darme un beso en cada lado de la mejilla.
—Hola, chicas —saluda con gentileza. Intenta acercarse a Ámbar de la misma forma, pero ella solo da un pequeño asentimiento con la cabeza—. Qué sorpresa encontrarlas aquí.
—Pienso igual sobre ti —apunto, aún sonriendo—. Es mi primera vez en este sitio, Ámbar me lo recomendó.
—Pues tiene muy buenos gustos porque esta es la mejor pizzería de la ciudad —comenta con entusiasmo.
—¿De verdad es tan buena? —pregunto intrigada.
—Solo espera a probar ese manjar, querrás volver mañana —asevera—. Ah, ¿les molesta si tomo asiento con ustedes?
—No, para nada, adelante —invito, deslizándome un poco para darle espacio, en lo que se acomoda a mi lado.
Miro a Ámbar por el rabillo del ojo, notando que su expresión había cambiado por completo. Su mirada está incrustada en Diego y puedo ver que unos cuantos humos se desprenden de su cabeza. Esta situación no le agrada en absoluto.
—Siempre hay demasiada gente en este sitio, y es precisamente por la calidad de lo que ofrecen —agrega Diego.
—¿No son costosos? —agarro el menú y comparo los precios.
—Para nada. Es lo justo por una buena cena —sostiene el borde de la carta y lo observa conmigo.
—Hum... Supongo que debe ser cierto, ya que vienes desde la distancia de tu casa hasta aquí solo por un poco de pizza —asumo.
—Con la motocicleta llego rápido a cualquier lugar.
—Por cierto, ¿no has venido acompañado? —pregunto, curiosa.
—A Paloma no le gusta subir en la moto y Santiago dijo que estaba ocupado —expone—. Sin embargo, tuve la fortuna de coincidir contigo, así que no será tan aburrida la espera —guiña un ojo.
En ese instante, Ámbar se levanta de su asiento.
—¿A dónde vas? —cuestiono antes de que se alejara de la mesa.
—Al baño —responde cortante.
Comienza a caminar y se pierde de vista entre la muchedumbre.
—¿Sabes? A veces pienso que no le caigo bien —señala Diego, con los dedos en la barbilla.
Pues no estás equivocado.
—Bueno... Ella solo se preocupa por mí y quiere protegerme —coloco un mechón de pelo detrás de mi oreja.
—Ah, claro. Entonces no le agrado por "eso" —insinúa. Asumo que se refiere a su engaño con Soraya, pues fue Ámbar quien estuvo consolándome en la mayor parte de mi angustia.
—Es una amiga muy leal —expreso.
—Se ve que le tienes mucho afecto, incluso te ves más apegada a ella que a tus otras amistades —señala.
—Me gusta pasar tiempo a su lado. Siempre se esfuerza por comprenderme y por hacerme sentir mejor cuando no me encuentro bien —me pongo sentimental—. Ni siquiera tengo que explicarle nada, pues ella parece entenderlo todo con tan solo mirarme al rostro...
—Entonces te sacaste la lotería —ubica su mano sobre mi cabeza—. Mereces estar rodeada de personas así, lamento que ya no pueda formar parte de ese círculo...
—¿Pero porqué lo dices? No te considero una mala persona, simplemente... Cometiste tus errores, pero supiste reconocerlos —me encojo de hombros.
A decir verdad, lo que ocurrió entre él y yo ya no afecta a mi corazón. Al recordarlo, no siento dolor. Presumo que eso quiere decir que ya lo he superado.
Tras unos minutos, percibo que Diego mira su entorno y adquiere una expresión confundida.
—Como que tu amiga ya se demoró bastante, ¿no? —señala.
Tiene razón, Ámbar no ha regresado.
—Iré a buscarla en el baño, ¿me esperas un momento?
—Claro, ve.
Me levanto de la mesa y me dirijo al baño. Abro la puerta y noto a unas chicas mirando su reflejo en el espejo, retocándose el maquillaje. Me aproximo a las cabinas sanitarias, un par de estas tienen las puertas abiertas, en lo que una está cerrada. Me asomo y doy unos golpecitos.
—Está ocupado —escucho.
—¿Ámbar? —pregunto.
—Es una de mis amigas —esclarece una joven que se halla cerca del lavabo.
—Ah, gracias.
Salgo del baño completamente desconcertada y me encamino hacia la mesa en la que me espera Diego.
—No está —suelto.
—¿Qué dices? —me mira asombrado.
—Ella se fue, así sin más —refunfuño.
Se rasca una ceja y deja escapar el aire a través de la boca.
—Lo siento, Dalila. Solo estaba esperando a que la pizza que ordené estuviera lista, no pretendía arruinarles la noche... —manifiesta, cabizbajo.
—No tienes porqué disculparte, no es tu culpa —paseo la mano por mi nuca—. ¿Qué se supone qué debo hacer ahora?
—¿Porqué no aguardas un momento y luego te llevo a casa? —sugiere.
—Ahm... No, no te preocupes. Iré caminando y quizás me la cruce en el trayecto.
—Está bien. Te pido disculpas una vez más —expresa.
—Te repito que no es culpa tuya, Diego. Así que no te martirices, ¿de acuerdo? —doy un par de palmadas a su hombro.
Me despido de él y abandono el sitio.
Acelero el paso con la esperanza de encontrar a Ámbar, pero a medida que se acorta la distancia para llegar a mi casa, no hay rastros de ella por ningún lado.
Tch, ¿qué fue lo que ocurrió? ¿Porqué se marchó así, tan de repente? Nunca me había pasado algo como esto.
Trato de unir las piezas para llegar a una conclusión, además de buscar un motivo razonable por el que se fue sin decirme nada. ¿Se sintió mal y no quiso preocuparme? ¿Le llamaron de su casa por una emergencia y salió corriendo?
Argh, adivinar no es la solución.
Alboroto mi pelo debido al desorden de mis pensamientos, los cuales se enredan y me llevan a mi límite.
Unos pasos antes de llegar a mi casa, una figura capta mi atención desde la distancia. Continúo caminando hasta situarme en frente, viendo su imagen con más nitidez. Es Ámbar, quien está sentada en las escaleras del pórtico.
Me aproximo a ella y me coloco delante suyo, con las manos en las caderas, adoptando una postura recriminatoria.
—¿Entonces? ¿Qué sucedió? —gruño.
Aunque quisiera tomarla de los hombros y zarandearla, aguardo una explicación con la poca paciencia que me queda. Sin embargo, ella no articula palabra y ni siquiera levanta la vista, sino que la mantiene en el suelo.
—¿Porqué te marchaste de esa forma? Me dejaste sola en aquella pizzería —reprocho.
—No estabas sola, era yo quien salía sobrando —manifiesta.
—¿Fue por eso? ¿Te enojaste porque Diego se sentó con nosotras? —lo hago sonar absurdo.
—Permitiste que se sentara en nuestra mesa —señala, indignada.
—¿Acaso querías que lo echara?
—Simplemente te hubieras negado, no era tan difícil.
Llevo la mano a la frente y muevo la cabeza de un lado a otro.
—No puedo creer que hayas hecho un berrinche de niña chiquita —declaro.
—¿Esto te parece un berrinche? ¿Acaso piensas que estoy jugando? —se pone de pie y muestra una actitud intimidante.
—Estás exagerando, Ámbar. Diego solo estaba esperando a que su cena estuviera lista y luego se marcharía, no iba a quedarse allí toda la noche —explico.
—No me importan sus razones, lo que hizo estuvo fuera de lugar, porque tú estabas conmigo y él irrumpió en nuestro momento —se exaspera.
—No reacciones de esa manera por algo tan insignificante, Diego no tenía ninguna intención de...
—¡Ya basta, Dalila! —alza la voz, dándome un sobresalto—. ¿Porqué te empeñas tanto en defenderlo? Ni siquiera intentas entender cómo me estoy sintiendo ahora mismo —reclama.
—¿Pero porqué siempre estás buscando que lo adivine? —cuestiono.
—Si te esforzaras al menos un poco en comprenderme, te darías cuenta de que no soy tan complicada de leer —arguye y se aproxima, acortando el espacio entre nosotras—. Me regresé porque no pude soportar el modo en que lo mirabas y cómo endulzabas la voz al hablar con él...
—¡Eso no es verdad! —exclamo—. ¡Por Dios, Ámbar! ¡Estás viendo cosas que no existen!
—¿Vas a seguir negando que aún tienes sentimientos por Diego?
—Lo haré porque es así, yo ya no lo quiero —asevero.
—¿Y no fue por él por quien estabas llorando amargamente el otro día?
—¡Por supuesto que no! ¿De dónde sacas eso? —la sangre me sube a la cabeza debido a la rabia. Me ponía de los nervios que Ámbar asumiera por su propia cuenta que seguía enamorada de mi ex.
—Si no estás dispuesta a ser sincera conmigo, no tiene caso.
Empieza a caminar y pasa por mi costado, en lo que la tomo del brazo.
—Detente, Ámbar. No permitiré que te hagas ideas que no son —declaro—. ¿Porqué estás dudando de mí?
Desvía la mirada y frunce el ceño, mientras que su respiración se torna pesada.
—Ya te lo he dicho miles de veces —agrego—. Diego ya no significa nada para mí, al menos no de un modo romántico. Sin embargo, no le guardo ningún rencor. ¿Es que ni siquiera puedo tenerlo como amigo? ¿Te opondrás a eso?
—No soy quien para prohibirte nada, Dalila. Solo quiero que seas honesta conmigo.
—¡Lo soy! —afirmo—. No entiendo por qué razón, pero tú estás comenzando a imaginarte cosas que no te dejan ver nada con claridad.
—¿De verdad no lo sabes o simplemente haces como si no lo supieras? —cuestiona.
—No entiendo de qué hablas...
—¿Ya olvidaste cómo me siento con respecto a ti?
Trago saliva y permanezco en silencio, sin ser capaz de responder.
—Cada vez se vuelve más difícil verte cerca de ese tipo, o de cualquiera que intente coquetear contigo. Estoy siendo lo más fuerte que puedo, pero no soy un robot, Dalila. También tengo mis propias emociones —manifiesta.
—Y-Yo... Yo nunca...
De pronto, me toma de los hombros e incrusta la mirada en mí.
—Dime una cosa. ¿Porqué me besaste?
—¿Q-Qué?
—¡En el centro comercial! ¡¿Porqué me besaste?! —repite.
Oh... Había olvidado ese momento.
—¿De verdad lo hiciste solo para espantar a esa chica o fue porque querías hacerlo? —insinúa.
Intento recordar aquella ocasión, en la que llega a mi mente imágenes de Ámbar vestida como un chico, y sí que se parecía a uno. Uno muy atractivo. Sin embargo, pase lo que pase, ella es una mujer y no lo cambia unas simples prendas de hombre.
—Tú sabes porqué lo hice... —doy una respuesta vaga.
—Tal vez no lo sé, por eso te lo estoy preguntando directamente. ¿Sabes durante cuánto tiempo deambuló ese recuerdo en mi cabeza? Por poco me vuelvo loca —confiesa—. Si no estás interesada en mí, ¿porqué te resultó tan fácil besarme? ¿Lo harías ahora si tuvieras la oportunidad?
—Ámbar... No me pongas en esta situación —imploro—. Tú sabes que eres muy importante para mí, por lo tanto, estás poniéndome entre la espada y la pared...
—Así he estado todo este tiempo, Dalila. Entre la espada y la pared.
Libera mis hombros y retrocede unos pasos, sin apartar la mirada.
—Yo no... No quiero que estemos mal —señalo, acercándome a ella—. Lo que sucedió hoy no fue adrede...
—Está bien, olvídalo.
Me da la espalda y se marcha sin despedirse. De ese modo, damos inicio a un largo camino de interminables discusiones.