Salón de música.

2256 Palabras
¿Cuál es su problema? ¿Trata de hacerme la vida difícil? Suelto un suspiro y masajeo mi nunca al recordar lo que Jordan se atrevió a decir frente a Diego. “Hacen una bonita pareja” Sé que en realidad se refirió a nosotros de una manera despectiva, pude percibirlo en su sonrisa fingida y en su tono de voz. A este paso, no llegaremos a nada y regresaremos a la época en que discutíamos en todo momento. Sacudo la cabeza para expulsar esos pensamientos de mi mente, pues tengo otros asuntos que resolver. Es temprano en la mañana y me dirijo a la sala del centro estudiantil para conversar con alguien del comité, si es que llegara a encontrarlo. Golpeo la puerta con ligereza, en lo que alguien me invita a pasar. Coloco la mano en el picaporte y la abro con lentitud, metiendo la cabeza por el espacio. —¿H-Hola? —saludo inquieta. —Adelante —pronuncia Gala, la presidenta del Consejo, quien se encuentra ordenando unos papeles. —Con permiso —indico, cruzando el umbral y cerrando la puerta. Micaela me había dicho que si no hablaba con el comité, podría hacerlo directamente con la presidenta. —Necesito hablarte sobre un asunto del ateneo de vóleibol —manifiesto—. El tema del presupuesto, ¿cómo debería...? En ese instante, la puerta se vuelve a abrir, haciéndose presente Soraya. No puedo evitar expresar mi desagrado, así que chasqueo la lengua y giro los ojos. —¡Dila, qué sorpresa! —exclama, acercándose a mí—. ¿Qué te trae por la sala del centro? —acomoda su brazo sobre mi hombro. —No me toques —rechisto, moviendo el hombro para quitar su brazo de encima. —Dila, ¿cierto? —suelta Gala. No conocía mi nombre pero pensó que era ese por cómo me llamó Soraya—. Si lo que quieres tratar está relacionado con los deportes, puedes hablarlo con Sora, quien es la que está más incluida en esa área —expone, tomando sus papeles y encaminándose a la puerta. —¿Q-Qué? ¿No podría charlar con el comité deportivo? —cuestiono inútilmente, pues Gala ya se había ido. —¿Porqué hablar con el comité si puedes consultarlo directamente con la vicepresidenta? —Soraya se apunta a sí misma—. De igual forma, todos aquellos asuntos pasan por mi mano para dar la consiguiente autorización —toma asiento en una silla ubicada frente a mí. Tch. Esta sí que es la definición de la mala suerte. Con mi orgullo apoderándose de mi ser, no había manera de ser humilde y solicitar el aumento con amabilidad. —Quiero un aumento del presupuesto para el ateneo de vóleibol —impongo, a lo que Soraya desata una risita. —Já, ¿cómo dices? —cuestiona, arqueando una ceja. —Dije que quiero un aumento de nuestro presupuesto —repito, sin un ápice de modestia. —¿Siquiera eres consciente de lo que estás pidiendo? —Por supuesto, y ya hemos traído un trofeo a este instituto. —Uno no hace la diferencia, Dila. Debes traer al menos tres —establece. —Lo estás diciendo para fastidiarme —asumo. —Te equivocas, nena. Todos los ateneos empezaron como ustedes, con un bajo presupuesto. Sin embargo, una vez que subieron de nivel, recibieron el aumento que merecían. Es una regla del comité deportivo para que las jugadoras se esfuercen por ganar los torneos, por lo tanto... —se pone de pie y se inclina levemente hacia mí— tráeme un par de trofeos más y luego hablamos. Aprieto los labios y la fulmino con la mirada. Luego, sin articular una sola palabra, le doy la espalda y salgo de la sala del centro. Comienzo a chispear mientras camino en los corredores, echando fuego en cada paso. «¿Cree que no lo lograremos? Le demostraré que sí. Ganaremos todos los malditos campeonatos de la liga y obtendremos el presupuesto que nos negaron», pienso. Tengo la cabeza ardiendo debido a la rabia así que no consigo ser realista. Antes de ir a clases, me dirijo a la biblioteca para tomar un par de libros que utilizaríamos en la materia de literatura. Aún refunfuñando para mis adentros, me muevo entre los estantes con la mirada en las tapas de los libros, en lo que siento una mano posarse en mi hombro. Doy un sobresalto y giro hacia el lado de la persona que acabó de tocarme, dándome cuenta que se trata de Jordan. Mi reacción le causa gracia, así que me sonríe como burlándose. Exhalo aire y lo miro perpleja. —¿Qué estás haciendo? —cuestiono. —Me encaminaba al salón de música cuando te vi entrar aquí y decidí seguir tus pasos —expone sin titubear. —¿Y qué es lo que quieres ahora? ¿Decirme una vez más lo bien que me veo al lado de Diego? —reprocho. —Precisamente quiero hablarte sobre ello —establece—. Dalila, discúlpame. Elevo ambas cejas y lo observo desconcertada, sin poder confiar en la sinceridad que intenta transmitir. —¿En serio? —adquiero una expresión de incredulidad. —Así es. Te pido disculpas por la tontería que dije ayer —manifiesta. —¿Piensas que todo se resuelve con eso? —¿Qué más querías que hiciera? Ustedes estaban poniéndome de los nervios —confiesa. —Claro, y lo mejor que se te pudo haber ocurrido fue echarle en cara a Diego acerca de su infidelidad y decirle que quería vengarme —rio por lo disparatado que suena. —Ya sé que en realidad no estabas pensando en volver con él —señala—. Sin embargo, no fuiste capaz de aclararme nada. Incluso se lo dijiste a Marina y hasta ella se lo creyó. —Solo le estaba gastando una broma, pero cuando estaba a punto de decirle que no hablaba en serio, llegaste tú y lo arruinaste —apunto. —Ah, así que yo soy el culpable —se indigna. —Pues sí, lo eres. Permanecemos mirándonos uno al otro, dejando que la dulce melodía del sitio calme nuestro alterado temperamento. —¿Sabes qué? No te preocupes por lo que ocurrió, ya no tiene caso. Mejor salgamos de aquí antes de que la bibliotecaria nos eche —indico. Paso por su costado y empiezo a caminar, en lo que me detiene agarrando mi mano. —Ven conmigo al salón de música —propone. —Tengo que ir a clases. —Por favor, acompáñame —insiste. —¿Con qué fin? No quiero seguir discutiendo contigo —manifiesto. —Tampoco yo —declara—. Vamos, sé que quieres ir. —No lo sé, Jordan. —No seas orgullosa, sé que prefieres ir conmigo en lugar de regresar al aula —insinúa. —No se trata de lo que yo prefiera... —Por favor, no me hagas rogarte, aunque aparentemente ya lo estoy haciendo —señala. Desvío la mirada y me torno pensativa. Me encantaría ir con él pero no puedo. Tengo que volver a clases. No hay manera de que me persuada, tendré que repetirle que no. [...] Mi determinación duró apenas unos segundos, pues de un momento a otro, ya me encontraba subiendo las escaleras junto con Jordan. Me regaño a mí misma en mi mente, preguntándome cómo fue que cedí con tanta facilidad. ¿Porqué siempre pierdo contra él? «Es que... Esos ojos... Simplemente me hipnotizan y pierdo toda la voluntad», me justifico. Llegamos al salón de música y me invita a pasar. Ingreso y observo a mi alrededor. Tengo entendido que las estudiantes que pertenecen al ateneo de música utilizan este lugar durante las tardes, por esa razón, se encuentra vacío en la mañana. Suelto un suspiro y giro hacia Jordan. —No sé cómo me dejé convencer... —apenas consigo terminar de decirlo, en lo que Jordan me aprisiona entre sus brazos y se adueña de mis labios. Aquello me inmutó bastante, así que me costó tomar su ritmo. En ningún momento se me pasó por la cabeza hacerlo a un lado, pues es imposible. Mi corazón palpita con fuerza y mis manos se mueven por sí solas, acariciando su espalda y correspondiendo a su beso. Camina para adelante llevándome a retroceder, hasta que chocamos contra el piano. Me carga de la cintura y me hace sentar sobre este, separando mis piernas para ubicarse en el espacio de ambas. Soy consciente de que esto está mal. Estamos en el salón de música de un instituto prestigioso, si me descubren podría perder mi beca y ser expulsada. Mis tutores y mi padre estarían muy decepcionados de mí. Sin embargo, no tengo la fortaleza para apartarlo. Todos mis sentidos se debilitan ante él y mi mente se nubla por completo. Lo había extrañado tanto que sentir sus manos recorrer mis muslos me extasia, sus labios pasean por mi cuello y no puedo ocultar el placer que me provoca. Se deshace del listón y desabotona mi camisa, liberando mis pechos, los cuales están cubiertos por mi sostén. Se inclina para alcanzarlos y desliza su lengua al borde, lo que hace que mi respiración se vuelva alocada. Coloco mis manos en mi boca para evitar que se salgan gemidos, aunque me cuesta trabajo ahogarlos, pues el simple hecho de percibir el tacto de Jordan en cualquier parte de mi cuerpo me estremece. Introduce sus manos por debajo de mi falda y toma el borde de mis bragas, haciéndolo deslizar por mis piernas. Intenta agarrarme de los muslos y abrirme aún más, pero la vergüenza empieza a hacerse presente. —Jordan... Hay demasiada luz aquí... —señalo, con la respiración agitada. Los rayos solares atraviesan las ventanas e iluminan todo el salón. Se inclina a mi rostro y me besa en la comisura de la boca. —Deseo verte... —susurra. Levanta mi falda, exponiendo mi intimidad. Jordan muerde su labio inferior, demostrando nuevamente aquel apetito indiscutible que acrecienta en cada segundo. Baja la cremallera de sus jeans y libera su erección, el cual puedo apreciarlo con claridad debido a la inmensa iluminación. Siento que mis mejillas se tornan rosadas y pretendo no mirar, pero mis ojos se vuelven inquietos por querer posarse en su m*****o. —No seas tímida, puedes verlo cuanto quieras —sonríe con picardía, haciendo que me avergüence aún más. Roza mi intimidad con su m*****o, esparciendo mi propia humedad. Entonces, se sumerge en mi interior. Mis caderas se tensan y mis piernas comienzan a temblar, en lo que mis labios se separan y sueltan sonidos de goce. Me resulta casi imposible extinguirlos, pues la sensación que me produce el ser poseída por Jordan es inmensurable. Acomoda sus manos en mi cintura y acelera sus movimientos, embistiéndome con frenesí, mientras que lo rodeo con las piernas. Incrusta su mirada en mí y no la aparta en ningún momento. Recorre los ojos en cada facción de mi cara, descendiendo por mis senos, pasa por mi vientre y se detiene en mi intimidad, observando la forma en cómo su m*****o se introduce y emerge repetidas veces. De pronto, se inclina ligeramente hacia mi hombro y se asoma a mi oído. —Di que eres mía, Dalila —susurra. Su voz seductora acaricia mi audición, intensificando el deleite. —Dilo —insiste— júrame que nadie más pondrá un dedo sobre ti... ¿Cómo podría responderle? Si arremete contra mi intimidad quitándome toda la fuerza para articular palabra alguna. Lo único que salen de mis labios son puros sonidos placenteros. Continúa haciéndome suya por un rato más, envolviéndome con sus brazos y aferrándome a él. Muerde ligeramente mi hombro, cuidando de no dejar ninguna marca. Sus manos rozan mi espalda y descienden a mis caderas, estrujándolas con ímpetu. Su boca no se queda quieta, sino que se encarga de plasmar un beso en cada parte que esté a su alcance. Finalmente, sale de mi interior y acaba en mis muslos. Su respiración agitada comienza a calmarse, recuperando la estabilidad. Lo miro por un tiempo breve, para luego empujar su torso, llevándolo a retroceder. Bajo del piano y me alejo rápidamente de su cercanía, me aproximo a los escritorios y busco cualquier cosa que sirva para limpiar lo que dejó. Para ser honesta, sentí miedo apenas terminamos aquel acto, pues recordé la noche en que estuvimos juntos por primera vez. Su actitud se había tornado frívola y la dulzura con la que me trató se dispersó en el aire. Me pongo de vuelta las bragas, abotono mi camisa y me acomodo el listón. Por desgracia, mi uniforme está empadado de sudor, así que tendré que soportarlo durante el resto de la mañana. Estoy a punto de irme sin decirle nada, a lo que se acerca a mi espalda y me abraza por detrás, hundiendo su rostro en mi hombro. —No te vayas... —manifiesta. Mi corazón no podía sentirse más feliz, pues acababa de comprobar que la calidez de Jordan no desaparecería como pensé. —No puedo, lo siento... —indico con suavidad. —Quiero estar más tiempo contigo —expresa. —Pero no podemos quedarnos aquí, Jordan —señalo, acariciando su brazo. —Entonces, ¿cuándo tendremos la oportunidad de estar juntos de nuevo? —gimotea. —Pronto, quizás... —doy una respuesta vaga. Volteo hacia su dirección y me pongo de puntas para poder besar sus labios. —Nos vemos —le brindo una sonrisa tierna y salgo del salón, dejándolo atrás.
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