Por Christopher
Siento que me estaba metiendo solito en la boca del lobo.
Quise darle una noche distinta y todo parecía apuntar a charlar sobre seguir más allá del viaje.
No puedo fingir que no lo pensé, pero no sabía qué hacer.
No creo en las relaciones a distancias, no sabía hacia dónde se dirigía ella y ni siquiera sabía que tenía deparado el destino para mí.
Pero eso me estaba molestando, porque en estos pocos días me había acostumbrado a dormir en sus brazos, en estar las 24 horas del día a su lado.
Mi alma estaba inquieta.
Scarlett era una chica impresionante, pero yo acababa de salir de un noviazgo súper tóxico y no iba a atarme a otra mujer.
Supuse que ella se iba a transformar en uno de mis mejores recuerdos.
Otra vida comenzaría para mí.
La cuestión es que yo me quemaba en sus brazos, eso era lo que presentí apenas la ví.
Nunca pensé que fuera algo tan intenso, que mis sueños transnocharían junto a ella.
Me quemo junto a ella, pero lo que me hace ruido es que me pierdo por sus ojos y siento que eso es algo nuevo, distinto y emocionante, algo que me ilumina desde dentro.
Supongo que lo que siento es porque ella envenena mi sangre de tanto deseo, que estar a su lado es sumamente agradable, aunque sea para compartir una película, una conversación o escuchar una canción.
De todos modos, escuchando esa música, rodeado de ese ambiente romántico, yo sentía que algo andaba mal y no sabía si era con ella o conmigo.
Volvimos rápido a la habitación, yo quería huir de allí.
Terminamos la noche en su habitación y le volví a hacer el amor.
Disfrutaba como loco del sexo que ella me brindaba.
Aunque nos quedamos dormidos luego de la primera ronda.
Desde que volvimos de la playa, tuvimos sexo cuatro veces y no era cuestión de cantidad, era la calidad, el hambre, el deseo que no se aplacaba y que si lo hacía, volvía con más fuerza.
Dormimos hasta tarde, eran casi las 11 de la mañana cuando pude abrir los ojos.
Ella se estaba duchando y yo, al escuchar la ducha, me levanté con un único propósito.
Entré al baño y sin pedir permiso, porque estaba seguro de que lo tenía, me colé en la ducha.
Hicimos el amor con el agua cayendo sobre nuestros cuerpos, el fuego entre nosotros crecía como las inmensas olas en el medio del océano.
Todo es sorprendente a su lado, siento que en cada entrega vamos más allá.
Realmente ella me quema, lo hace con cada gesto, con su contacto, con su piel.
La tomo por la cintura y sin pensarlo dos veces, me entierro en ella.
Terminé apoyado contra la pared para no perder el equilibrio, no era la pose más cómoda, pero era algo distinto y mis entrañas están ardiendo de tanto fuego.
-Te… a… adoro.
Dice Scarlett en medio de un gemido.
No pude ni distinguir sus palabras, pero quedaron en mi mente.
-Nena, sos perfecta.
Ella se acomodó mejor sobre mi cadera y de alguna manera sus pechos terminaron en mi boca, provocando más placer para ambos.
Todo se intensificó y su orgasmo, tan potente, tan apasionado, terminó por descontrolarme y mi espuma parecía que estaba compitiendo con la del mar, porque no terminaba de emerger.
Cuando nuestras respiraciones comenzaron a tener su ritmo normal y mi pene salió del centro de mi universo, sus piernas chorrearon la espuma sagrada.
La miré con pánico.
No me cuide.
Su sonrisa y su tranquilidad contrastaba con la histeria que crecía en mi interior.
Su actitud me enervó y ni siquiera podía pensar con claridad, un frío inmenso recorría mi cuerpo y creo que hasta estaba temblando.
-Tranquilo, yo… estoy a punto de tener mi periodo y estoy en condiciones óptimas de salud, por mi parte no hay problema, nunca en mi vida dejé de cuidarme.
-Yo… perdóname, realmente me asusté ¿Estás segura de tu fecha?
Quise asegurarme, porque seguía asustado.
No quería complicaciones en mi vida y un hijo sería mucho más que una complicación.
-Te lo prometo, conmigo no vas a tener ese tipo de problemas.
Nos terminamos de enjuagar, sin caricias.
Mi alma se había enfriado de golpe.
No podía controlar mi pánico.
Tampoco pude evitar contestarle en forma casi grosera.
Me vestí y con una excusa, fui a mi habitación.
En mi camarote traté de tranquilizarme, Scarlett no era el tipo de chica que parecía desesperada por lograr todo de un hombre al que apenas conocía.
Aunque tenía la sensación de que la conocía desde siempre.
Esas son tonterías…
Era el último día que estaríamos juntos y…
¿Y?
No iba a pasar de ella las últimas horas del viaje, luego ya no la volvería a ver y si se ponía pesada o decía que a pesar de todo su regla nunca apareció… no tendría como ubicarme.
Algo me molestaba de mi pensamiento.
Fui yo quién se metió en su ducha y fui yo quién no pensó con claridad cuando lo hicimos.
Ella estaba tranquila.
Manejó la situación.
Hice cuentas…
Hicimos el amor casi enseguida y nunca estuvo con su regla…
Posiblemente haya dicho la verdad.
Por otro lado comentó algo sobre quedarse en Estados Unidos.
Estoy seguro de que nuestros caminos se separarán dentro de unas horas.
Me cambié y sin que pudiera pensar en otra cosa que no fuera Scarlett, me encontré golpeando su puerta.
-¿Bajamos en Nassau? ¿Desayunamos allí? ¿Ya desayunaste?
Ella me miró y me pareció que su sonrisa fue forzada.
Sus ojos estaban vidriosos, me pareció que estuvo llorando.
Vi dudas en sus ojos.
Un frío más profundo que antes, cuando me di cuenta de que no me cuidé, se apoderó de mí.
-Perdón, me asusté… pero creo totalmente en ti.
-No hay problema, pero si fuera de otra manera, yo sería la primera en estar aterrada, conoces la historia de mi madre.
-Sí, me contaste.
-Por eso te aseguro que no hay peligro.
No le contesté con palabras, simplemente asentí.
El silencio nos dominó por un momento.
-¿Vamos?
Scarlett asintió.
Tomó una mochila y de la mano, bajamos del barco.
Recorrimos unas calles hasta que encontramos un restaurante que nos agradó.
-Por la hora, toca el almuerzo.
Era verdad, ya eran casi las dos de la tarde.
-No estoy acostumbrada a estos sabores.
Me dijo por lo bajo, cuando el camarero nos sugirió varios platos y todos eran a base de caracol.
-Podemos comer langostas o mariscos, con arroz.
-Por supuesto.
Contestó.
Era fácil estar a su lado, nunca hizo comentarios despectivos de los lugares que visitamos y era verdad, había platos a los que no estábamos acostumbrados, pero eso no fue un inconveniente y jamás se levantó de la mesa, haciendo algún desplante.
-Les sugiero que prueben nuestro postre tradicional de guayaba, servido con salsa de ron.
Nos comentó el camarero.
-Sí, lo probaremos.
Le contestó con una sonrisa genuina, creo que fue la primera que no se sintió forzada.
De repente me molestó que le sonriera a ese desconocido.
Solamente yo quería ser el dueño de sus sonrisas.
Las horas parecían burlarse de mí, los minutos parecían correr más rápido que antes.
Había distintas actividades, pero apenas teníamos algunas horas.
Terminamos haciendo un recorrido en un tranvía eléctrico.
Nos hablaron de los parques acuáticos, pero ninguno de los dos tenía ganas de hacer interminables colas para tirarnos de algún tobogán, eso sería tentador si tuviéramos más tiempo, pero solamente estábamos de pasada.
-Voy a comprar un ron local para mi tío y un sombrero de paja para mi tía… aunque no sé si lo va a usar.
Le tomé algunas fotos con distintos sombreros.
Era hermosa, por dios que era hermosa.
Todo destacaba su belleza.
Una sensación de vacío se instaló en mí, mientras caminábamos de la mano, como dos enamorados.
Ella, por momentos, sonreía casi con normalidad.
Compramos algunos recuerdos.
Terminamos en las playas más cercanas al puerto.
Ambos estábamos distintos y no tenía que ver con lo ocurrido por la mañana.
Era algo más profundo.
Esta aventura estaba llegando a su fin y era como una pérdida, algo que de alguna manera, dolía.
Volvimos al crucero, más silenciosos que de costumbre.
-Voy a empacar para mañana.
Comentó de pasada.
-Voy a hacer lo mismo.
La besé con un hambre atroz antes de que entrara a su habitación.
Estuve una hora empacando.
Me tiré un rato en el sillón, mientras miraba videos en Youtube, sin verlos realmente.
Mis manos temblaban y pensé que solamente era el cansancio y la adrenalina de que mi vida estaba por cambiar drásticamente.
En realidad, ya había cambiado, pero no quería pensar en eso.
Cerca de las 9 de la noche me encontré golpeando su puerta.
-Hola bella dama.
-Buenas noches mi príncipe azul.
La comí a besos, pero me controlé, porque quería que esa noche, nuevamente, ella fuese mi postre…
Terminamos cenando en uno de los restaurantes del segundo piso, que tenía un show en vivo, un imitador bastante bueno, que animaba a cantar, tipo Karaoke.
Por supuesto, enseguida llamó al escenario a Scarlett.
Ella se negó, pero accedió por un breve momento y subió al escenario, el tipo no dejaba de halagarle y yo tenía ganas de decirle a ese infeliz que la dejara en paz.
Apenas bajó del escenario, yo prácticamente la arrastré a su habitación.
La quería mía y no quería que otro me robe las últimas horas a su lado.
Nos desvestimos deprisa, como robándole minutos a las horas.
Sus labios parecían murmurar mil cosas sin hablar, los gemidos no terminaban, porque tampoco terminaban de latir nuestros cuerpos.
La amé con una intensidad distinta.
No podía dejar de besarla, ni de tocarla, y sus caricias, tan candentes, me hacían enloquecer.
Ella era como una estrella, que me iluminaba con su calor y sabía que en unas horas esa luz se alejaría de mi camino.