Mientras Dante respondía una llamada, la mesera les llevó lo que habían pedido para el desayuno y aunque el olor era una delicia, Victoria no podía quitarle los ojos de encima a Dante pues le gustaba mucho escucharlo hablar, aunque lo hacía tan rápido que no le entendía, pero su voz y su acento le encantaba. Apartó la mirada por unos minutos y puso los ojos en su desayuno volviendo a pensar en lo de antes, experimentando también lo mismo, porque estando en Nueva York sentía que no era su lugar porque no le gustaba el ruido de la ciudad ni los largos trayectos, los embotellamientos, la gente apresurada y los días fríos con algunas nubes que nublaban el poco cielo que podía verse gracias a los altos edificios; volver a Miami no cambio esa sensación de que no encajaba muy bien en todo aquello

