La venganza de madame de Clisson
Corría el año 1315, cuando el barón Olivier de Clisson sustentó unas cuantas veces en Nantes, en voz demasiado alta, la opinión de que en Inglaterra, allende el Canal de la Mancha, no vivían exclusivamente paganos e incendiarios, sino también algunas gentes de bien, cristianas como las demás.
A la corte de París no le gustaron en absoluto aquel tipo de puntualizaciones. Y se olió una alta traición. El barón fue llamado a París, donde le hicieron juicio, condenaron y decapitaron. Su cabeza fue enviada de vuelta a Nantes, donde se la colgó sobre la puerta de la ciudad como advertencia para todos los que albergasen simpatías hacia los ingleses, «eternos enemigos» de la cristianísima Francia.
La viuda del barón, Juana de nombre y de Bellville de apellido de soltera, una gran belleza por otra parte, juró que Francia pagaría caro el haber matado a su marido.
Pequeña carabela de tres mástiles del noroeste de Francia.
La baronesa de Clisson vendió cuanto tenía —tierras, joyas, el castillo mismo—, armó tres barcos y reclutó una tripulación de bravos hombres de armas, que no tenían a menos recibir órdenes de una mujer ni de sus dos hijos, por aquel entonces aún muy jóvenes e inexpertos, aunque enseguida se pusieron a la altura de su enconada misión.
Sin ser molestada, zarpó la baronesa aguas abajo del Loira, y no tardaron en agolparse, procedentes ora de un puerto francés, ora de otro, terribles noticias referentes a sanguinarios ataques por sorpresa, al incendio de almacenes, a cruentas escaramuzas y al inmisericorde hundimiento de inermes embarcaciones.
«¡Venganza para el barón de Clisson!».
Como una furia surcó destructora la hermosa Juana de Clisson con sus dos hijos, espada en mano, la costa atlántica de Francia de un lado a otro, matando a todo el que se le ponía por delante.
Aldeas enteras de la orilla del mar se vieron saqueadas, reducidas a cenizas, exterminados sus habitantes.
«¡Venganza para el Barón de Clisson!».
Durante unos cuantos meses quedó paralizado todo el comercio marítimo entre el Loira y el Sena. Las naves de guerra enviadas a apoderarse de ella, nunca regresaron. Las aldeas costeras eran abandonadas por sus habitantes, las ciudades portuarias se despoblaban, los astilleros se paralizaban y la economía de Francia a lo largo del Atlántico amenazaba con venirse abajo.
«¡Venganza para el Barón de Clisson!».
Hasta que un día desapareció para siempre la furia vengadora. El mar la había tragado.
La Hansa y los ladrones del mar
Navegando y comerciando
con pleamar y bajamar,
si te ayudas a ti mismo,
te ayudará también Dios.
La palabra «Hansa» no aparece mencionada en documentos hasta el año 1343, pero ya en 1252 había concertado la ciudad de Lübeck los primeros tratados con otras ciudades comerciales, concediéndose mutuamente privilegios de carácter monopolista.
Al cabo de poco tiempo se extendía aquella confederación desde Brujas, centro neurálgico del comercio entre Italia, Francia e Inglaterra, pasando por Colonia, centro de gravedad de la economía del Rin, Lübeck, metrópoli portuaria de la misma y llave del Báltico, por Wismar, Rostock y Danzig, hasta Riga, Reval y Narva, adentrándose por tierras alemanas hasta Halle, Magdeburgo, Fráncfort del Oder y Thorn. Hamburgo y Bremen no adquirieron hasta bastante más tarde su enorme importancia en aquella liga de ciudades a la que, en su época dorada pertenecieron no menos de noventa puertas y ciudades interiores, estando sus más importantes representaciones extranjeras en el Stahlhof de Londres, el Tyske Brücke de Bergen (Noruega) y el Peterhof de Nóvgorod (Rusia).
En sus comienzos era la Hansa una federación totalmente apolítica de comerciantes, pero cuando alguien ejerce durante dos siglos y medio un dominio tan exclusivo en la navegación y los mares como el que ejercía la Liga Hanseática, se ve involucrado quiera o no en conflictos políticos a la vez que suscita la envidia de todos los que no pueden participar en sus exclusivos monopolios.
Aquellos concurridos itinerarios marítimos atraían a los piratas como atraen a los tiburones las rutas de los mares calientes. Al principio, como siempre, se trató de incidentes aislados, organizados no rara vez por la pequeña nobleza de Holstein, Pomerania y Mecklemburgo, que trasplantaba así de la tierra al mar su consuetudinario bandolerismo de salteadores de prosapia —y tenemos por ejemplo el caso de los Señores de Manteuffel que, por su gran astucia y carencia de escrúpulos, destacaron en las dos especialidades del robo abierto.
Y lo que era «bueno y justo» para la nobleza, apareció más que pertinente a los ojos de monjes exclaustrados, segundones insatisfechos, artesanos quebrados, estudiantes rebeldes y campesinos empobrecidos, por lo que al poco tiempo pululaban por todo el Báltico personajes difíciles de calificar, lanzados en sus naves al robo y al asesinato.
«¡Guardaos de empezar!» reza un viejo refrán, ¿pero quién hace a un comerciante divorciarse de sus dineros, como no esté lo inexorable de por medio? Con reunir los propios barcos en fuertes convoyes y protegerlos además con buques de guerra, las famosas Freedekoggen (carabelas de la paz), pareció conjurarse el peligro.
Y la poderosísima Hansa sin duda alguna habría podido en muy poco tiempo poner totalmente a coto la pesadilla de la piratería, si dentro de ella hubiera habido el suficiente espíritu de unión para que, por ejemplo, a irnos comerciantes de Wismar no se les ocurriese comprar a buen precio el botín de los piratas, a pesar de saber que aquella mercancía provenía de un carguero de Bremen —y esto no ocurría en exclusiva en Wismar. Por todas partes la gente no se pasaba de buena hasta el punto de rehusar a encubrir a los piratas. Por más que denostasen los robos marítimos y alzasen quejas contra sus autores, en cuanto entraba en un puerto un buque pirata abarrotado de carga, los honorabilísimos patricios del comercio hanseático acudían presurosos a bordo, a ver si podían hacerse siquiera con una parte de aquellas mercancías de precio tan razonable…
Aquel espíritu comercial, por un lado el alma de la Liga Hanseática, constituía por el otro su mayor debilidad.
La situación se hizo grotesca, por ejemplo en 1631, cuando las ciudades hanseáticas protestantes de Hamburgo y Bremen suministraron pólvora, plomo y hierro al ejército imperial católico mandado por el conde Tilly para atacar a la ciudad protestante hanseática de Magdeburgo, precisamente a aquella Magdeburgo que, tres años antes, había abastecido por su parte al caudillo católico Wallenstein de la munición necesaria para el sitio de la ciudad hanseática protestante de Stralsund…
Conscientes de la riqueza de las presas y de la seguridad del mercado de salida, proliferaron como conejos en el siglo XIV los piratas del Báltico, confederándose también en forma de grandes bandas y flotas, constituyendo pronto una especie de estado pirata propio, con la circunstancia de que en ocasiones se apoderaban lindamente por cuenta propia de todo lo que se les plantaba delante del bauprés o bien se ponían de buen grado a sueldo de los potentados de los países vecinos, haciéndose proveer por ellos de las patentes de corso respectivas.
Modelo original (votivo) de una nao catalana del siglo XV.
Las patentes de corso, aparecidas en gran escala por vez primera en aquella época y encargadas por otra parte de asumir en ulteriores siglos de gran piratería un papel cada vez más significativo, fueron una institución sumamente útil, no sólo para los piratas, sino también para el país que las expedía.
La patente de corso consistía en una autorización oficial para capturar, saquear y hundir a todos los barcos —con excepción de los del país expedidor de la patente y de sus aliados— así como para atacar y proceder como más conviniese en el caso de puertos y costas de países enemigos o neutrales.
No cabe duda de que constituían cierta delimitación del «radio de acción» del pirata autónomo, pero las ventajas resultantes compensaban con mucho las restricciones.
Con una patente de corso en la bolsa, el pirata «de nadie» se convertía sencillamente en pirata oficial o nacional, o lo que suena mucho mejor, en corsario. Aquella situación de «funcionario del estado» no sólo consolidaba en grande su conciencia de sí mismo, sino que ofrecía además ventajas sumamente prácticas: su barco se consideraba como perteneciente a la marina de guerra del país en cuestión, con lo que tenía a su disposición puertos, desembarcaderos y diques seguros, así como un mercado de salida seguro para su botín. Si las cosas iban mal, un pirata «por cuenta propia», después de un juicio más o menos formalizado, solía ir a parar al patíbulo o a la v***a más cercana, mientras que un pirata con patente era un soldado de su país, lo que le daba derecho a un trato considerado y cortés hasta que se le intercambiaba o se libraba mediante un rescate.
Por supuesto que el país que expedía las patentes de corso no lo hacía por pura humanidad sino que sacaba pingües utilidades de ello. Para empezar, obtener una de aquellas patentes costaba normalmente una suma más o menos grande y de las presas tomadas, cierto porcentaje iba a parar a las arcas del estado. Por otra parte, el país en cuestión, sin tener que invertir un ochavo en barcos, dotaciones y pertrechos, se hacía con una flota, con frecuencia sumamente versátil y potente «para fines especiales», con la que sobre todo, podía hostilizar también a aquellos países con los que no se hallaba en estado de guerra, aunque estaba muy en su interés el causarles daño. Cuando llegaban quejas a través de embajadores y enviados, era siempre posible declarar con la mayor cara de inocencia que no se trataba sino de piratas, que como es sabido, no se dejan guiar de nadie y a los que se castigaría, como es natural, con el mayor rigor, si se les echaba la mano encima…
La reina Isabel I de Inglaterra —de esto trataremos más adelante— llegó a dar un toque maestro al malabarismo con el status «oficial y no oficial» de los piratas de su tierra. En más de una ocasión llegó a prometer aquella astuta soberana a los embajadores españoles que llegaban con el grito en el cielo, que haría ahorcar, enrodar, decapitar y descuartizar a tipos como Drake, Hawkins, Frobisher y demás cofradía, por sus desmanes contra los buques hispanos, si tenían la osadía de poner de nuevo los pies en las Islas Británicas —mientras aquellos mismos señores esperaban quizás ya en la habitación contigua, a que se despidiesen los ceremoniosos enviados españoles, no sólo para ser recibidos con la mayor clemencia, sino para verse premiados con elogios, obsequios, honores e incluso títulos nobiliarios.
Los hermanos vitalianos o «Likendeeler»
La época de oro de los piratas del Báltico coincide con el final del siglo XIV.
La reina Margarita, conocida como Margarita la Negra, de Dinamarca y Noruega, con el fin de redondear su reino, quería embolsarse también a Suecia.
Aunque logró con bastante facilidad derrotar en una guerra y coger prisionero a Alberto, rey de Suecia, Estocolmo, capital del país, continuó la resistencia, por lo que en 1389 los daneses la cercaron y sometieron a sitio y los víveres y municiones empezaron a escasear en la ciudad.
El duque Johann de Mecklemburgo, primo del rey de Suecia y las ciudades hanseáticas de Rostock y Wismar, se sintieron obligados con Estocolmo, pero como ellos no se consideraron lo suficientemente fuertes, llamaron en su auxilio a los piratas y les expidieron patentes de corso, encargándoles que avituallasen a la hambrienta Ciudad de los Puentes.
Los piratas cumplieron su cometido a conciencia. Con ágiles barcas rompían el anillo del bloqueo o se deslizaban de noche con silencioso golpe de remo y los botes abarrotados de víveres hasta la asediada capital.
Los alimentos se designaban entonces en general con la expresión latina de victualia (vituallas). En el alemán popular evolucionó la palabra a Vitalien, por lo que enseguida los valientes encargados de avituallar a Estocolmo fueron conocidos como Vitalienbrüder (digamos, «hermanos vitalios»).
Fue un nombre honorífico —aunque no por mucho tiempo.
Aunque los hermanos avitualladores se portaron magníficamente en lo tocante a romper el bloqueo, ello no supuso, como es natural, que su carácter y costumbres cambiasen en lo más mínimo y el cronista Reimer Kock habla de ellos así: «Eran una gente anárquica, oriunda de todas partes, hombres de la corte y vecinos de muchas ciudades, servidores urbanos y campesinos; aseguraban que iban a marchar contra la reina de Dinamarca en ayuda del rey de Suecia, sin raptar ni robar a nadie; sin embargo eran la amenaza de todo el mar y de todos los comerciantes y robaban a ambos, al amigo y al enemigo».
¿Quién hubiera podido esperar otra cosa, tanto más cuando la reina Margarita había provisto por su parte a grupos enteros de aquella banda con patente de corso de sus colores, lanzándolos contra Suecia y sus aliados? Estocolmo cayó y la Hansa que, cortejando ciertas ventajas, por ejemplo relacionadas con el comercio del arenque, se había aliado con la reina Margarita y presionaba entonces por hacer las paces, se dio cuenta poco a poco —como se la dieron también Wismar y Rostock por el otro lado— de la clase de peces que había engordado en los hermanos vitalios.
El tratado de paz llegó, pero muy pocos de los linajudos señores que habían sido hasta entonces caudillos de los hermanos vitalios —Marquard Preen von Davermoor, Bosse von Kaland, Arnd Stuck, Heinrich von Lüchow, Henning von Manteuffel— y que habían declarado asimismo que, hasta entonces, habían matado y robado exclusivamente como fíeles servidores de sus soberanos, pensaban realmente en volver pacíficamente a sus posesiones. La mayoría de ellos, y no digamos las dotaciones de los barcos piratas, permanecieron fieles a su aventurera profesión.
En cualquier caso, comoquiera que ni Rostock ni Wismar quisieron prestarse a servir de bases piratas en lo sucesivo, hubo que buscar un nuevo centro de operaciones. Los hermanos vitalios o likendeeler (igualitarios) como fueron llamados también, debido a que distribuían entre sí el botín de acuerdo con principios de igualdad del más puro carácter comunista, hallaron su nuevo cuartel general en la isla de Gotland con su estratégica capital, Visby, idealmente situada frente a los itinerarios comerciales del Báltico.
Sus patentes de corso, después de concertado el tratado de paz, no les servían para nada —y los hermanos vitalios volvieron a ser lo que habían sido antes: libres aves marinas de presa, fieles a su lema:
«Amigos de Dios, enemigos de todo el mundo».
Hacia ese mismo tiempo empezó a imponerse un nuevo estrato dirigente entre los «likendeeler». Ya no se trataba en exclusiva de señores linajudos, sino también de simples ciudadanos: Heinrich Corte, Jean Velhove, Wichmann y Weddemunkel.
Carabela de Danzig.
A la cabeza se puso una especie de triunvirato, un tal Gödeke Michelsen (llamado también Gödeke Michels o Göd Michael), el más diestro y experto de aquellos salteadores, un maestro Wigbald (también Wigbold o Wikbald), que había estudiado en Oxford y estaba tan versado «en Platón y Aristóteles como en la navegación y en el arte de hacer botín», habiendo sido en Rostock maestro de filosofía antes de «haber trocado su asiento de la cátedra por el del castillo de popa del barco» y, por último, el más famoso de ellos, Claus Störtebecker (o Storzenbecher, figura legendaria para los alemanes), el más osado, fuerte y brutal de los tres. En opinión de Hans Leip fue el último de los señores de Alkun, quienes ostentaban en su blasón un cuerno de beber. De allí derivaría su nombre de pirata «empinaelcodo».
Los hermanos vitalios empezaron a establecerse, como en su casa, en la ciudad de Visby y en toda Gotlandia.
No les impidió hacerlo el que las «carabelas de la paz» de la ciudad de Stralsund capturasen en una ocasión treinta y en otra ocasión, cien de ellos, junto con su capitán el Señor de Moltke y, como sus calabozos eran demasiado pequeños, los embutiesen en grandes toneles de cerveza —los likendeeler habían procedido de un modo similar con comerciantes hanseáticos apresados por ellos— y tras un juicio muy sumario, los condenasen a muerte, recortándoles la estatura en una cabeza.
Más de tres años les duró a los piratas aquella jauja de Gotlandia, donde se habían instalado entretanto hasta constituir una organización con visos de estado permanente, cuando el gran maestre de la Orden Teutónica, Konrad von Jungingen, cayó sobre ellos a sangre y fuego.
5000 hombres en 80 navíos desalojaron en poquísimo tiempo de su «paraíso báltico» al «maldecido pueblo de los hijos del Diablo». Los que no cayeron en la lucha o no lograron escapar, fueron ahorcados o decapitados.
Claus Störtebecker y Gödeke Michelsen
Cuando se abatió aquella gran tormenta sobre los «likendeeler» de Gotlandia, como era de esperar, nadie les echó el guante a los cabecillas Störtebecker, Michelsen y Wigbald ni a unos 2.000 de sus compinches. Habían visto venir las cosas y lograron escapar oportunamente.
Claus Störtebecker, cabecilla de los vitalianos o likendeeler y el más prominente de los piratas alemanes.
400 hermanos vitalios buscaron un nuevo campo de actividades en los golfos de Botnia y de Finlandia, pero la mayor parte de ellos, unos mil quinientos, encabezados por Störtebecker, Michelsen y Wigbald, dando vuelta al cabo Skagen, salieron al Mar del Norte y fueron a aparecer ante la costa de Frisia.
Se hubiera dicho que se les esperaba allí ansiosamente.
Kenno ten Brooke, el brutal y pendenciero señor de Brockmerland, había vuelto a romper hostilidades con casi todos sus vecinos que, bajo el mando de Hisko, preboste de Emden, se habían aliado contra él.
Cuando el mar le arrojó en la playa aquellos 1500 piratas, Kenno ten Brooke los recibió con los brazos abiertos, enroló a 600 como guarniciones de sus castillos, concediendo a los demás espléndidos derechos de «mercado libre» en todas las localidades de Frisia y para forjar un pacto aún más sólido con los likendeeler, casó a su hija con el cabecilla de la banda entera, con Claus Störtebecker.
Bajo la segura protección de Kenno ten Brooke, se desencadenó una serie de robos y pillajes que dio que oír y que hacer a los comerciantes y armadores de las costas vecinas. Dirigieron sus naves por el norte hasta Bergen, Noruega y por el sur, hasta España, donde Gödeke Michelsen llegó incluso a asaltar el famoso centro de peregrinación de Santiago de Compostela, llevándose consigo las reliquias de San Vicente, mártir. Establecieron en Marienhave, Frisia, su cuartel general, centro de almacenamiento y «bolsa» de subasta de las mercancías «requisadas».
Claus Störtebecker se convirtió en una leyenda —y en el nombre más temido en toda la costa alemana.
«Pasa siempre algún tiempo antes de que los comerciantes se apresten a la defensa activa, pues no tienen la espada tan suelta como los piratas y nobles», opina Ludwig Bühnau y de hecho, los de la Hansa recurrieron en un principio a pedir por las buenas, después de hacer advertencias a los nobles alcahuetes y ofrecieron en todo caso entablar unas negociaciones razonables siempre y cuando se les entregasen los hermanos vitalios.
Por último, en vista de que nada daba resultado, la Hansa dio el primer golpe en el año 1400. Los capitanes hamburgueses Albrecht Schreye y Johannes Nanne atacaron a los piratas ante la desembocadura del río Ems. 80 hermanos vitalios cayeron en la batalla, 36 fueron decapitados.
Un año después, Nikolaus Schoche, burgomaestre y almirante de Hamburgo, hizo limpieza ante la desembocadura del Weser; esta vez rodaron 73 cabezas de likendeeler.
Para Kenno ten Brooke era él momento más indicado de distanciarse a tiempo de sus aliados. Fue a Hamburgo, juró y perjuró e hizo mil protestas, rematadas por una gran apología moral de sí mismo y regresó a casa sin sufrir castigo alguno, pues por poderosos y ricos que fuesen los mercaderes de la Hansa, pasara lo que pasara, en la Edad Media era cosa peliaguda tratar de exigir responsabilidades a un aristócrata.
Sin la ayuda de su punto de apoyo en la costa frisia, la situación se les había puesto muy difícil a los hermanos vitalios, pero, aunque buena parte de ellos se desplazó a Noruega, Störtebecker y sus más íntimos amigos no pensaron en ceder. Con sólo nueve buques, se pusieron al acecho entre las islas de Helgoland y Neuwark.
Entretanto, el rico comerciante y capitán holandés Simon de Utrecht había hecho construir un barco, sumamente grande y bien armado, con el objeto de acabar de una vez para siempre con los piratas. «Mugiendo por los mares, la Bunte Kuh (“vaca pintoja”) con sus fuertes cuernos holandeses» se convirtió en buque insignia de una escuadra destinada a echarle el guante al empecatado de Störtebecker.
Los jefes de la escuadra hanseática, Simon de Utrecht, Nikolaus Schoche y Heinrich Jenefeldt hicieron disfrazar sus «carabelas de paz» de inermes cargueros mercantes y lo cierto es que, siendo Störtebecker muy precavido en medio de su audacia, cayó bonitamente en la trampa. Para que no se les escapase ninguno de los navíos mercantes, dio órdenes a Gödeke Michelsen y a Wigbald de que atacasen la vanguardia, mientras él cortaría la retirada de las naos mercantes. Cuando las hanseáticas se desenmascararon como «carabelas de paz» y la Bunte Kuh se lanzó sobre el buque insignia de los piratas, era demasiado tarde para escapar. Störtebecker luchó valientemente, pero poco después, junto con 70 de sus compañeros, yacía encadenado en la bodega del navío de la Hansa.
Gödeke Michelsen y Wigbald escaparon en aquella ocasión, pero ya en la próxima salida de la Bunte Kuh cayeron presos, junto con otros 80 hermanos vitalios, siendo conducidos cariñosamente a Hamburgo.
La leyenda cuenta que Störtebecker había pedido la gracia de que se concediese la libertad a aquellos de sus compañeros de correrías ante los que, cuando le cortasen la cabeza, lograra pasar corriendo. Se cuenta que en realidad el cuerpo del pirata salió por piernas y que habría recorrido la fila entera de los piratas, de no haberle echado la zancadilla el verdugo delante del undécimo de ellos, con lo que el corpachón cayó y quedó ya en el suelo. (Se le atribuye la misma proeza al capitán de bandidos Diez von Schauenberg, decapitado en Munich en 1337, sin que ello obre en menoscabo de la leyenda).
El resto de los likendeeler prosiguieron sus correrías por el Mar del Norte y el Báltico hasta 1433, unas veces a favor, otras contra la Hansa, y otras veces libres del todo, hasta que los nobles frisones, capitaneados por Edzart Zirksena, hicieron las paces definitivamente con Hamburgo y Sibeth Papinga, último jefe pirata, fue abatido por el sagacísimo Simon de Utrecht.
Ejecución de piratas en Hamburgo.
Romancero de Störtebecker
Es realmente incomprensible, por qué precisamente Claus Störtebecker se haya convertido en una especie de héroe popular y precisamente entre los hamburgueses, la gente que con más ganas perjudicara el pirata.
Porque no se trata realmente de ninguna de esas figuras de pirata propicias a suscitar simpatías ya sea por sus ideales o bien por su elegante savoir faire, como en los casos de un Demetrios Poliorcete, un Francis Drake, un Grammont, un Jean Bart, un Robert Surcouf o incluso, un Roger de Flor que a la postre era alemán de origen y, al lado de otros hechos menos inmaculados, tuvo grandes dimensiones de campeón del Occidente cristiano.
En cambio, Claus Störtebecker había sido un hombre brutal, inculto, ávido de botín, cruel y despiadado. El número de personas asesinadas por él debe haber ascendido a muchos cientos, pues entre sus métodos más generales estaba el que nos ilustra su correligionario, el hermano vitalio Martin Pechlin, quien admitió ante el tribunal que Störtebecker en una ocasión había mandado arrojar por la borda sin más ni más los 150 hombres de la dotación de un navío hanseático, «porque le resultaban incómodos».
Copa de plata de Claus Störtebecker, aquel pirata que en sus tiempos tanto despreciara, persiguiera y saqueara a los comerciantes marítimos alemanes y que constituye hoy día para los nortealemanes casi un ídolo legendario.
Y sin embargo, hasta nuestros días, los comerciantes mayoristas de Hamburgo bautizan sus yates con el nombre de Störtebecker, se bautizan también probos clubs con su nombre, las asociaciones estudiantiles lo declaran m*****o de honor con carácter póstumo y en el imponente «Club Académico de Hamburgo» se entonan canciones piratas.
Los armadores y los grandes comerciantes, designados despectivamente por Störtebecker como «sacos de pimienta» y «domadores de arenques» enseñan hoy llenos de orgullo un silbato de a bordo con su cadena de plata que en su día pertenecería al jefe pirata, así como su camisa o sus zapatillas. Exhiben también anchísimos el arnés de Störtebecker, su espada de mando y el cañón de hierro, de 19 pies de largo de su buque insignia en el arsenal de la ciudad. Un incendio destruyó en 1842 una figura de n***o llamada «el paje de Störtebecker», pero todavía pueden admirar ustedes hoy día su copa de plata en el Museo de Historia de Hamburgo.
Hay un montón de novelas, obras de teatro, e incluso óperas, con Störtebecker como figura principal; Klopstock ha hecho rimas en su honor y Fontane pensó en escribir una novela sobre los vitalios.
Cuentan en Hamburgo que la corona que ciñe la torre de la iglesia de Santa Catalina está hecha del oro hallado en un hueco del palo mayor del barco de Störtebecker (aunque lo cierto es que la torre fue edificada 250 años después). Las bombas inglesas la destruyeron en 1943, pero cuando, después de la II Guerra Mundial, fue reedificada, no cayó en el olvido reponer en su sitio la «Corona de Störtebecker».