Pawel Beneke y el Papa
A cambio de un sexto del derecho de propiedad, manos totalmente libres y una participación respetable en el botín a lograr, un tal Pawel Beneke (escribía su nombre en eslavo, de un modo u otro, se llamaba Pablo) se hizo cargo el año 1473 del mando del imponente Peter von Danzig, el navío más grande que había visto el Báltico hasta entonces.
En realidad procedía el Peter von Danzig de La Rochela, había estado a punto de naufragar frente a Danzig y por último, sus reparaciones habían costado tanto que la ciudad se incautó del barco cuando los franceses no pudieron o quisieron pagar.
La fama de Pawel Beneke era excelente (o malísima, según se vean las cosas); en cualquier caso, en los años precedentes había tomado a los ingleses los buques Joen of Newcastle, Violence, Madlene de Dieppe y Swan of Caen, por lo que, indiscutiblemente, era el hombre más indicado para hacer una peregrinación a Santiago de Compostela.
El hecho de que se detuviera junto a la isla de Walcheren hasta que el St. Thomas, procedente de Brujas y de cuya salida estaba al tanto por bien informados intermediarios, apareciera en el horizonte, fue sin duda alguna, pura casualidad.
El hecho de que el capitán Beneke con su Peter von Danzig cruzase tan cerca del St. Thomas, que los comerciantes florentinos que lo traían alquilado se pusieran nerviosos y empezasen a disparar y que Pawel Beneke abordase acto seguido aquel galeón, abarrotado de rica mercancía y se lo llevase a continuación tras sí como presa hasta Danzig, no era atribuible, como es natural, sino a un estúpido malentendido.
El asunto levantó mucho polvo y Pawel Beneke no era sino un ofendido e inocente cordero así como un buen cristiano odiosamente obstaculizado en su peregrinación a Compostela, cuando tres años más tarde —el correo italiano no era ya entonces, al parecer, demasiado rápido— llegó a Danzig una carta en la que el papa Sixto IV tomaba personalmente cartas en el asunto de la galeaza St. Thomas, lanzando duras quejas contra la conducta del «capitán y pirata Paulus Beneke».
Gran barco mercante y de guerra de la Hansa.
«Con la autorización y el apoyo de varias ciudades hanseáticas, ese pirata de Paulus Beneke se presentó en las susodichas aguas y con su barco, su gente de mar y 300 mercenarios atacó en ellas a Franz Sermach, dueño y patrón de la galeaza, así como a su gente, marinos y comerciantes. En ese ataque fueron muertos miserablemente 13 florentinos y unos 100 cruelmente heridos. Las mercancías y demás bienes que se hallaban en el barco y que según una estimación general tenían el valor de unos 30.000 florines de oro (como un millón de dólares), fueron robadas con violencia. De esos bienes fue distribuida una parte entre los ladrones, como a ellos les plugo; el patrón Franz y algunos otros, cogidos prisioneros, cargados de hierros y cadenas y puestos bajo custodia en el barco. Todos los demás, los heridos y los no heridos, fueron despojados de sus haberes, medio muertos y como prisioneros, secuestrados con el barco hasta los mares de los ladrones, que han presentado todas las cosas según su conveniencia».
Lo cierto es que las cosas quedaron así.
¿Qué habría podido hacer Danzig, aun cuando hubiese querido? Ya desde un año antes, en 1475, Pawel Beneke había dejado su servicio, acomodándose como acaudalado propietario en el Callejón del Espíritu Santo. Ni siquiera se podría afirmar —para gran pesar de la suprema autoridad eclesiástica— que la bula papal, que prohibía a todas las comunidades el trato con el «vulgar pirata de Paulus Beneke», hubiera tenido un efecto apreciable.
Los cinco puertos
Hastings, Romney, Dover, Hythe y Sandwich.
De un modo parecido a la Hansa, estas cinco ciudades de la costa meridional de Inglaterra se habían aliado para el comercio y la defensa contra los piratas, recibiendo en esa alianza posteriormente a Winchelsea y Rye. Favorecidas inicialmente con derechos especiales, como una especie de policía del mar, los «cinco puertos» florecieron después en forma de ciudades piratas nada corrientes.
El primer caso documentado data del año 1322, cuando Robert de Battayle fue acusado de haber capturado dos barcos mercantes de Sherborne. Pero como el tal Robert de Battayle no era ningún oscuro delincuente, sino el alcalde de Winchelsea, no le pasó nada.
El caso siguiente, 1435, terminó con que el acusado, William Norfote, «se evadió» de la cárcel y tranquilamente (junto con su barco), zarpó de Dover, donde se le había fijado residencia, para regresar a Winchelsea, su ciudad de origen.
A partir de aquel momento se prescindió totalmente en las cinco ciudades de perseguir a los piratas, salvo en el caso de que alguno de ellos hubiera atentado contra un barco de la liga de las mismas.
Los reyes de Inglaterra, aunque no precisamente felices por ello, hubieron de contemplar aquel modo de actuar totalmente impotentes, pues los cinco puertos, no hay que olvidarlo, proporcionaban los mejores barcos y flotas en la llamada «guerra de los 100 años» que se desarrollaba entonces entre Inglaterra y Francia —en realidad duró nada menos que 114, de 1339 a 1453— y los Cinque Ports se encargaban a su vez de que aquel monopolio se prolongase.
En el modo de aplicar los medios, no andaban con pequeñeces, según nos indica el ejemplo de la batalla de la Esclusa (1340) en la que la flota francesa se llevó un descalabro tan grande que a fin de cuentas sólo el bufón de la corte se prestó a llevarle la noticia al rey Felipe VI de Francia. Embriagados por el éxito, los buques de los Cinco Puertos, se lanzaron al ataque de las flotas de sus competidores marítimos ingleses e incendiaron 25 barcos a la salida de Yarmouth.
La alianza de los cinco mantuvo alegremente aquel ritmo de cosas hasta la primera mitad del siglo XVI: importaba poco que el barco fuese francés, español o inglés, lo que interesaba eran sus existencias —y nadie se atrevía a tocar aquella situación de privilegio de los Cinco Puertos.
Su rimbombante majestad, Enrique VIII de Inglaterra, se encargó por fin de imponer el orden y la circunspección, en la dogmática —aunque equivocada— suposición de que ya no le hacían falta los piratas.
Habiéndose dedicado a combatir en plan de exterminio contra los bandidos de tierra, creyó que no había por qué pactar tampoco contra los bandidos del mar. Creó una real flota de guerra, grande y ostentosa, como todo lo que llevaba el sello de su iniciativa, pero ya en el reinado de su hija Isabel I, hubieron de cambiar las cosas.
La media luna y la cruz en el Mediterráneo
Los piratas berberiscos en el siglo XVI
Sobre un peñasco que se alza prominente a la entrada de una pequeña bahía de la costa septentrional de la isla de Elba, están de pie dos hombres. Al primer vistazo se evidencia entre ellos el parecido de familia. En los dos la figura es achaparrada y regordeta, los hombros anchos, el cuello de toro y la nariz como una patata. Ambos tienen la barba hirsuta —uno azafranada, el otro castañoscura— y el brillo de sus ojos es salvaje.
Otean el mar hacia el norte, donde una gran galera de parsimonioso remar enfila el estrecho que separa la isla de Elba de Piombino, en la costa italiana. Aquella soberbia nave, cargada de costosas mercancías y procedente de Génova, pertenece nada menos que al papa Julio II. El dorado de sus ricas tallas resplandecen con el sol y en los mástiles juguetean desplegándose al ligero viento remante las blancas banderas con las llaves de oro. Como sembrada de diamantes, brilla el agua con cada golpe de los 30 pares de remos y se tiende en alba estela tras el elegante navío.
El hombre de la barba de zanahoria guiña el ojo complacido:
«El segundo barco no aparece todavía, mejor para nosotros. Pero creo que va siendo la hora…».
«B-b-bien», tartamudea el otro.
Ambos saltan de la roca y bajan corriendo a la bahía, donde una pequeña nave pintada de n***o se balancea en las cristalinas aguas azules. Esta nave, una galeota, guarda cierto parecido en su estructura con la imponente galera, aunque es mucho más menuda, rápida y maniobrera. Va provista de 18 pares de remos y dos cañones ligeros al paso que la poderosa nave pontificia dispone de siete pesados cañones de bronce.
Los hombres que, a una mirada de su jefe, se apresuran a ocupar sus puestos, traen chaquetas de color vivo y holgados pantalones, flexibles cotas de malla y curvos sables y se tocan con turbantes: son piratas berberiscos de la costa del norte de África.
En los bancos de los remeros —a diferencia de los de la insigne galera pontificia— no se sientan forzados ni esclavos con cadenas, sino guerreros libres, con las armas aprestadas a su lado. A una señal del gran señor de la barba de azafrán, aquellos hombres se aplican a los remos y la pequeña nave se lanza al estrecho, cortando el rumbo a la ostentosa galera del Papa.
El momento del ataque ha sido elegido magistralmente. Antes de que los estupefactos soldados de Su Santidad puedan hacerse cargo de lo que está ocurriendo, la galeota se les ha arrimado al costado, pululante la cubierta de hombres armados hasta los dientes. El capitán pontificio desenvaina el sable y, en señal de rendición, se apresura a ponerlo en la extendida mano del hombre de la barba roja, que se le había plantado delante, abierto de piernas. Minutos más tarde, está ya encadenado al lado de sus oficiales y, como ellos, sentado en un banco de remar, aplica las desacostumbradas manos a una de aquellas pesadas capas.
A popa aparece en el horizonte la segunda galera papal de que le habían hablado sus espías.
«¡La quiero también! Poned la galeota a remolque y disponeos al abordaje de esos cristianos». Diciendo esto, el barbirrojo comandante se quita el turbante de la cabeza y se planta el dorado yelmo del capitán pontificio sobre su cráneo de zorro.
«La nave insignia ha capturado al parecer a un barco pirata y lo remolca como presa», comunica un oficial al capitán de la segunda galera de Su Santidad.
Galera de los caballeros de Malta, enemigos mortales de los piratas berberiscos.
«En estas aguas no hay piratas», opina, suficiente, el capitán. Pero aproa su galera hacia la nave insignia para ver qué es lo que ha ocurrido.
Media hora después, están las dos galeras costado con costado. Pero a la pregunta de si está todo en orden, surgen detrás de la borda unos hombres que siembran la cubierta de la galera con una granizada de flechas y balas de mosquete.
«¿Os habéis vuelto locos de atar?» exclama el capitán de la segunda galera, aterrado al ver cómo la tripulación de la nave insignia cae sobre su galera, gritando a voz en cuello: «¡Alah i-Alah!».Una hora más tarde, las dos galeras pontificias, con su alarde de resplandecientes tallas doradas y la pequeña galeota negra, han tomado el rumbo sur, en dirección a Túnez.
«Apenas se puede expresar en palabras», escribe el historiador español contemporáneo Diego de Ahedo, «el asombro despertado por esa audaz hazaña en Túnez como en la cristiandad y lo famoso que se hizo el nombre del capitán pirata tunecino: Horudsh; a partir de ese momento se le consideró en el mundo entero como un héroe naval audaz en extremo y muy emprendedor. Y como tenía la barba color zanahoria, se le llamó generalmente en lo sucesivo Barbarroja».
Cristianos y berberiscos
«El Mediterráneo es el mar más inseguro del mundo».
Esta queja, común en todos los viajeros desde comienzos de la edad media hasta la mitad del siglo XIX, estaba desde luego, más que justificada.
En un espacio acuático relativamente muy angosto, convivieron allí tal número de naciones habitualmente enemistadas más o menos abiertamente unas con otras, que forzosamente hicieron de él materialmente un caldo de cultivo de la piratería oficial en todas sus formas y también, debido a lo intrincado de muchos trazados costeros y a la dificultad de controlar sus islas y archipiélagos, de toda piratería autónoma.
Max von Boehn escribe a este tenor: «De las filas de toda clase de gente impreparada se reclutaban en tiempo de guerra los ejércitos y en el de paz las bandas de ladrones que hacían inseguros la tierra y el mar. Por otra parte era el Mediterráneo un temido escenario de la piratería, a la que no se dedicaban en exclusiva los países berberiscos, pues participaban en noble competencia en ella todos los estados ribereños».
La época dorada de los piratas berberiscos, que operaban desde el norte de África bajo la verde bandera del Profeta, coincide con el apogeo de la contienda existente entre la cruz y la media luna, es decir, con el siglo XVI.
Jefes extraordinarios como Azor Jairedín Barbarroja y Alí el-Uluyi, crearon por medio de los piratas norteafricanos una potencia marítima considerada como invencible durante siglos. No puede extrañamos por lo tanto, el que los sultanes de Estambul, por medio de torrentes de obsequios, subsidios y títulos honoríficos para sus caudillos, se esforzasen en hacerse con la amistad de esos piratas, para emplearlos de acuerdo con sus fines. Y también los estados europeos, eternamente divididos entre sí, halagaban, cortejaban y sobornaban a los norteafricanos, cosa que no hacían desde luego por el bien de la cristiandad, sino por el mal de sus no menos cristianos vecinos. Francia les proporcionaba cañones y pólvora, Holanda, instrumental náutico, Inglaterra, ingentes sumas de dinero y España halagaba a los príncipes piratas con el ofrecimiento de hacer de ellos almirantes de sus flotas.
En honor a la verdad, en todo el Mediterráneo no hubo más que una sola potencia que jamás tuvo coqueteos con los piratas argelinos y tunecinos, atacando y combatiendo siempre a las naves de los empecinados piratas dondequiera que las encontraba: la de los caballeros de la Orden de Malta. La roja cruz rematada con ocho aristas, sobre campo de plata, de los de la Orden de Malta —llamados antes de San Juan de Jerusalén— constituía la única enseña a la que tenían cierto «respeto» los piratas berberiscos. Mientras todos los demás barcos de la cristiandad, por lo general dándose bastante prisa, izaban un girón de tela blanca en señal de rendición, los caballeros de San Juan luchaban hasta el último hombre, haciendo honor a su juramento de no ceder jamás en la lucha contra el Islam.
Entre las pocas páginas gloriosas que puede exhibir la historiología cristiana del turbulento siglo XVI en el Mediterráneo, nunca falta su nombre en el sitio de Rodas (1522), en el malogrado ataque a Argel (1541), en el sitio de Malta (1565) y en la batalla de Lepanto (1571), al precio de pérdidas tremendas, siempre estuvieron en primera fila los caballeros de esta orden, manteniendo enhiesto el estandarte de la cristiandad y ayudando a evitar más de una verdadera catástrofe. A pesar de las graves derrotas que hubieron de sufrir en su lucha contra la supremacía islámica, hay que agradecer en gran parte a los caballeros de Malta el que el Mediterráneo no se convirtiese en un mar interior turcoislámico.
El resto de la cristiandad hizo en realidad muy poco en ese sentido.
El papado fue una semilla de discordia en la edad media. La ambición de los representantes de Cristo en la tierra de querer, ante todo, afirmarse como príncipes en sus dominios terrenales, creó una situación que llevó a Europa más que cerca del borde del abismo. Y si esa situación en último término, mal que mal, pudo resolverse y acabar con bien, se debió propiamente a una serie de felices circunstancias.
El exterminio de la familia de los Hohenstaufen y el deliberado debilitamiento de la idea del imperio tenían por verdadera meta hacer del Papa el dueño de Europa propiamente dicho, pero lo que lograron en realidad fue el quebrantamiento del poder político central, fomentando los nacionalismos y la fragmentación estatal.
Combate entre navíos malteses y piratas argelinos.
Las cruzadas contra los sarracenos y después contra los moros cortaron a Europa Occidental de las fuentes de la ciencia y la formación. En último lugar les debemos a los sarracenos no sólo nuestro sistema numérico y con él toda nuestra matemática, sino también los fundamentos de la música, la astronomía, la medicina, la fitotecnia y la zootecnia.
Las cruzadas no sólo desangraron a la cristiandad, sino también —y con terribles consecuencias— a sus adversarios islámicos. Hasta entonces habían sido los sarracenos un baluarte contra los pueblos del centro de Asia. Tras las cruzadas, no pudieron oponer nada a los mongoles y a los turcos. Los celos y la mezquindad contra una Constantinopla y una Iglesia Ortodoxa que no querían saber nada de la primacía del papado ni de sus quemas de herejes e inquisiciones, arruinaron al Imperio de Oriente, que estaba prácticamente liquidado en el momento en que los turcos, la nueva potencia de oriente, lanzaba los primeros golpes de ariete contra sus puertas.
En 1453 cayó Constantinopla que, rebautizada como Estambul, se convertía en la capital del Imperio Otomano, llamado así por su fundador, Osmán u Otomán I.
Entre 1459 y 1479 invadieron Morea, Serbia, Bosnia, Albania, Moldavia, Valaquia, la Herzegovina y Crimea; en 1517, Siria y Egipto. En 1521 cayó Belgrado; en 1522, Rodas; en 1526, Hungría, y en 1529, aparecía el sultán Solimán por primera vez ante Viena.
Si existe un destino que nos guía, debe de tener un sentido muy fino de la ironía, pues supo distribuir las fuerzas y puntos flacos, los favorables y los desfavorables, las ventajas y desventajas en ese decisivo siglo XVI de un modo tan igual entre ambas partes que, al final, se mantuvo sin caer aquel equilibrio tan inestable.
Las dos personalidades más sobresalientes entre los soberanos de la primera mitad de aquel crítico siglo fueron el emperador Carlos V y el sultán Solimán el Magnífico. Casi coetáneos, igualmente dotados y carismáticos, igualmente astutos y tenaces y con la misma perspicacia y energía. Si por un lado, Solimán se apoyaba en la ayuda que le ofrecían las casi inagotables fuentes del gigantesco Imperio Otomano, Carlos V no sólo reinaba, con mucho, sobre la mayor parte de Europa, sino que tenía a su disposición los inmensos tesoros que, pedazo a pedazo, le ganaron en el centro y sur de América sus intrépidos conquistadores.
Los grandes almirantes de las flotas mediterráneas de los dos soberanos, Andrea Doria y Azor Jairedín, respectivamente, se parecían como gemelos en cuanto a carácter, competencia, estatura humana y ausencia de escrúpulos.
Los sucesores de Carlos y Solimán, el rígido, mezquino y envidioso Felipe II de España y Selim II —sobre éste nos dice bastante su poco honroso remoquete de Mest (el borracho)— mostraban, aunque distinto, un paralelismo moral. Y sus dos grandes almirantes en jefe, Don Juan de Austria y Alí el-Uluyi Pachá, hubieron de sufrir, también paralelamente, la desconfianza de sus soberanos.
Para los dos constituyó el momento neurálgico la gran batalla de Lepanto (1571).
El brillante vencedor, Don Juan de Austria, fue relevado del mando por la envidia de su mediohermano Felipe II, que lo envió a la ingrata empresa de Túnez. Colmado de éxito en ella, nuevo cambio de destino: a las levantiscas provincias de Flandes. Cuando daba la impresión de que podría resolver aquel problema, más que peliagudo, muere el de Austria —si ayudó o no a la parca el veneno del tortuoso Felipe, cosa que afirman algunos historiadores con la misma tenacidad con que lo niegan otros, es algo que posiblemente nunca llegará a esclarecerse.
Uluch Alí, tras la catastrófica derrota de Lepanto, de la que no fue culpable en absoluto, llegó por fin y demasiado tarde al liderazgo supremo de la flota otomana, de la que volvió a hacer una potencia marítima turca, para fallecer en 1577, un año antes que Don Juan de Austria y, como éste, sin sucesor de la talla requerida.
Mas regresemos al comienzo de aquel preñado siglo.
Historia de Horudsh Barbarroja
Había una vez un integérrimo spahi de la caballería otomana, Yacub de Yenishevarder. Era rubio y de ojos claros, descendiente de algún mercenario germánico de Bizancio.
Yacub, al servicio del sultán, había recibido muchas heridas, pero pocos dineros, por lo que dejó el servicio, marchó a la isla de Lesbos, casó con la joven viuda de un pope griego y se compró una barca con la que se encargaba del transporte de pequeñas mercancías. Y como era honrado, siguió siendo pobre.
Yacub tuvo dos hijas y cuatro hijos: Horudsh, Elia, Isaco y Azor.
Elia se hizo monje eremita, Isaco fue carpintero, Azor, alfarero, Horudsh hacía de grumete con su padre y la hija mayor marchó también a un monasterio. Como vemos, una familia de lo más ejemplar.
Cuando murió, patriarcal, Yacub, dijo Horudsh, el hermano mayor:
«Madre, quiero correr mundo para buscar fortuna».
La madre le dio la bendición a su hijo y el buen Horudsh marchó a Estambul. Allí llegó a cómitre —encargado de los remeros forzados— en una galera del sultán. Prisionero posteriormente de los caballeros de Malta y convertido así en remero encadenado, fue capaz de huir durante una tormenta, se hizo con un bote de pesca, que a su vez le quitaron los de Malta, pasó después a cargador y jornalero en el puerto de Estambul y por último a timonel de un pequeño barco
Apenas en alta mar, el buen Horudsh convenció a la tripulación a que se amotinase, despachó por su propia mano al capitán y se hizo con el mando a bordo. Llevó a su madre a Lesbos unas cuantas monedas de oro y tomó a su hermano Isaco como carpintero de a bordo. También le propuso venirse a la mar a su hermano Azor, un tanto corto, con nariz aplastada y perfectamente tartamudo.
El pequeño Azor era sin duda de la opinión de que le co-co-rrespon-pondía te-tener nave propia y una noche se hizo con una barca ante la costa de Eubea.
Ataque de los piratas berberiscos a un convoy holandés.
Delante de Sicilia cazaron los dos hermanos un gran navío transporte español que iba hacia Nápoles, lleno de distinguidos viajeros, aves de cetrería, perros de caza y valiosa carga.
Los dos hermanos pusieron proa a Túnez, sobornaron al bey Muley-Acmed con los bocados más finos de su presa, liquidaron el resto a buen precio se compraron dos barcos decentes y se establecieron con toda probidad en la isla de Yerba, bajo la benevolente protección del bey de Túnez.
Horudsh se convirtió en el pirata más peligroso de su tiempo y el color de azafrán de su barba le acarreó enseguida un remoquete que iba a eternizarse: Barbarossa, Barbarroja.
Sin piedad saqueó Horudsh las costas de España e Italia.
En una refriega, una pieza de metralla le hizo pedazos el brazo izquierdo, por lo que ordenó a un orfebre árabe que le hiciese un brazo artificial de plata.
En 1516, cuando los dos hermanos deberían andar por los cuarenta años, el jeque de Argel tuvo dificultades con los bereberes y llamó a Horudsh Barbarroja junto con su hermano en su auxilio. No cabe duda que con ello se metió el pobre jeque «chinches en el turbante».
Los dos hermanos llegaron a Argel prestísimos, con 16 galeras, 5.000 hombres y artillería pesada —y no se fueron de allí—. Cuando el jeque, un día, exigió por último en tono conminatorio, que se marchasen de su país Horudsh resolvió el problema de un modo más tajante que probo: estranguló al jeque.
Los dos hermanos se repartieron Argel: Azor el oeste, Horudsh el este.
La vecindad del brutal Horudsh terminó por poner muy nervioso a su antiguo protector, el bey Muley Acmed de Túnez, con doble razón cuanto que había dejado de pagarle la contribución debida por la isla de Yerba. Muley Acmed se volvió a los españoles en demanda de socorro. Pero Barbarroja fue más rápido. Al bey no le quedó otro arbitrio que escapar a los montes. En cuanto a la ciudad de Túnez, abrió sus puertas a Horudsh y compró su libertad mediante un rescate fabuloso.
Horudsh Barbarroja estableció un verdadero régimen de terror. El nuevo bey de Túnez arregló las dificultades resultantes del reparto de la herencia de un^ de las familias más prestigiosas a base de hacer ahorcar al cabeza de la misma junto con sus hijos varones, ahogar al resto de la familia en una piscina y adjudicarle la herencia en cuestión.
La crueldad y el despotismo son siempre un signo de debilidad e inseguridad. En el caso de Horudsh Barbarroja lo eran también. ¿No tenía sobre la conciencia el asesinato de un capitán turco y no se dirigían sus actos de crueldad principalmente contra sus hermanos en la fe islámica? ¿Era él siquiera mahometano de veras? (su madre, con seguridad, no lo era). ¿No se escondería bajo aquel turbante un cristiano siempre con miedo a ser descubierto? ¿Será por eso por lo que su hermano Azor se separó cada vez más de él? ¿Aquella tremenda violencia no sería en sí una desviación de su personalidad?
La resistencia de los tunecinos contra Barbarroja creció y Horudsh pareció dar muestras de entender que había llevado las cosas tal vez demasiado lejos, porque invitó a 60 de los hombres más destacados para elegir un nuevo bey —entonces, hizo cerrar las puertas y matar al total de los invitados.
En aquel momento desembarcaban los españoles y la ciudad estalló en una sublevación abierta.
Horudsh pidió auxilio a Azor, pero éste no se apresuró a moverse de Argelia. ¿No pudo o no quiso ayudar a Horudsh? Él repudiaba desde luego sus insensatas matanzas.
Con sus tesoros y un centenar de sus más leales, huyó Horudsh Barbarroja. Pero los españoles le seguían pegados a sus talones. Ni siquiera le sirvió el que su gente regase oro por el camino para distraer a los perseguidores y que sus hombres, uno tras otro, se inmolasen luchando por él. Al cabo de treinta horas de darle caza, los soldados de Carlos V acorralaron al aborrecido jefe pirata.
Horudsh se defendió con furia, incluso después de que una lanza le hubiera atravesado. Pero entonces, un soldado lo cogió desde atrás por la roja cabellera y lo decapitó.
De su chaleco de terciopelo bordado en oro recibió la virgen del Convento de San Jerónimo de Córdoba un manto nuevo, en acción de gracias por haber librado a la cristiandad para siempre del temible pirata argelino.
Era una acción de gracias un tanto anticipada.
Azor, el hermano de Horudsh
El brutal Horudsh Barbarroja había muerto y el almirante español Moneada, Virrey de Sicilia, pensó en hacerse cómodamente de laureles y riquezas. Logró de Carlos V una flota hermosa y zarpó rumbo a Argel.
Sin que nadie se lo impidiese, desembarcó las tropas y la pesada artillería de sitio, bloqueó el puerto con el alarde de sus barcos, hizo desfilar a sus soldados y creyó con esto haber atemorizado a Argel lo suficiente como para enviar a la ciudad un hombre con una carta en la que, lisa y llanamente, exigía una rendición incondicional.
Media hora después, el emisario estaba de vuelta. Traía todavía en la mano la carta de Moneada, pero ahora se veía escrito en ella:
«¡Que Alah se apiade de vosotros! Azor, el hermano de Horudsh».
Narran, medrosos, los cronistas que en aquel momento, el cielo se oscureció y un golpe de viento le arrebató a Moneada la hoja de pergamino de la mano, mientras se arremolinaban nubes de polvo y el aire levantaba las tiendas de campaña. Una de aquellas súbitas tormentas que conoce ocasionalmente el Mediterráneo, arrasó los reales de los españoles. 26 naves zozobraron o fueron arrojadas contra los arrecifes, ahogándose unos 4.000 marineros y soldados. De entre la polvareda, salieron en tropel los hombres de armas de Azor, cayendo sobre los españoles. Presa del pánico, la flota huyó de la ensenada, dejando abandonado al almirante Moneada y a toda su gente.