Azor, «Protector de la Fe»
El sultán Solimán, al que llaman los otomanos «el Sabio» o «el Legislador» y los cristianos «el Magnífico» o «el Grande», tenía en sus turcos los soldados de infantería más duros, eficientes y sufridos del mundo. Desafiaban la muerte con la mayor valentía. Disponía también de una soberbia caballería compuesta de árabes, persas e indios. Sus fundidores le hacían cañones considerados como los mayores del mundo. Cuando aquellas bocas de fuego hacían un disparo cada ocho horas, temblaban los muros más gruesos.
Lo que le faltaba al sultán Solimán era una flota. Y sin una flota, a la larga no se puede hacer nada —aunque, como los turcos, nadie lo haya vencido a uno en tierra en los últimos 300 años.
Con sus propios paisanos, los otomanos, no había nada que hacer en la mar. Por valientes que fuesen en tierra, los turcos eran y siguen siendo, enemigos del agua. Para aquel pueblo de jinetes del centro de Asia el mar resultaba algo siniestro y un barco era una cosa complicada hasta el extremo, la navegación por el sol y las estrellas, un tanto sospechosa y, no en último término, se mareaban casi siempre, siendo esto un problema «de fondo» con el que tuvo que luchar no sólo Solimán, sino también todos sus descendientes.
Un murmullo de desaprobación irascible y ofendido corrió por las filas de los pachás y demás grandes del Imperio Otomano, propagándose, según narran los cronistas en forma de una estupefacción burlona, llena de observaciones displicentes, entre las favoritas del supremo harén, cuando, en un hermoso día de verano del año 1532, un hombre achaparrado y de nariz roma y barba gris, vistiendo un usadísimo caftán de pieles de zorro y calzado con mugrientas botas, entró con torpe paso en la sala de audiencia del Sultán y al tiempo que se inclinaba, no demasiado, tartamudeó «S-a-sal-laam á-aleik».
Entre burlonas carcajadas contemplaron también los grandes del Imperio Otomano a los subordinados inmediatos de aquel pirata impasible que se llamaba a sí mismo Príncipe de Argel y Túnez. Eran: un griego, un italiano, un judío tuerto y un n***o.
Azor Jairedín Barbarroja, el gran caudillo pirata
y creador del poderío naval de los turcos.
Pero aquella risa quedó cortada en seco a la vista de una inacabable procesión de esclavos que volcaron despreocupadamente en el suelo ante el Sultán, como obsequios de cualquier valor, canastos llenos de oro, plata, telas finísimas, pieles, piedras preciosas y armas de lujo, 20 caballos escogidos de sangre árabe, 30 jóvenes esclavas, desde una sueca de cabellos color lino hasta la hija de un grande de España y 13 cestos de grano, en representación de los 13 barcos genoveses transporte de cereales que se habían capturado durante el camino.
El sultán Solimán se levantó de su trono:
«Te doy las gracias por todo lo que me has traído, pero todo ello aparece ante mis ojos como baratijas sin valor —sin valor, comparadas con el obsequio de tu venida: ¡Azor Jairedín!».
«Jair-ed-Din» (Defensor de la Fe) es el título más alto que conoce el Islam.
Y bajo ese «apellido» pasó a la historia el hijo de un spahi desertor, nacido en la isla de Lesbos.
Los grandes de la corte turca apenas pudieron seguir el rápido ritmo con que llovían ante sus oídos los honores conferidos a aquel príncipe de los piratas: se le confirmaba como pachá o bajá de Argel, Túnez, Trípoli y Marruecos (cierto es que Trípoli estaba en manos de los caballeros de Malta y Marruecos en las de los españoles, pero las cosas podían hacerse cambiar); se le confería la cola de caballo de gran almirante de la Sublime Puerta con el título de capitán bajá y el «bastón de la justicia»; se le obsequiaba con un fastuoso palacio en Estambul y una quinta en los maravillosos jardines de claveles situados ante las puertas de la ciudad, además de un harén bien surtido y un millón de monedas de oro para cubrir los primeros desembolsos. A cambio, una sola condición: la creación rápida de una flota agresiva y potente.
Y Jairedín Azor Barbarroja demostró enseguida que estaba muy lejos de ser sencillamente un pirata favorecido de la suerte: se le veía ir de un lado a otro sin descanso, supervisando la construcción de muelles y almacenes, inspeccionando minuciosamente el trabajo de los carpinteros de ribera, haciendo entrenar a los marineros de la futura flota, observando el fuego de los hornos de fundición, controlando las cordelerías o probando los nuevos cañones. Aquí hacía ahorcar a un maestro fundidor por echar a perder una aleación de artillería, allí obsequiaba a un carpintero con un anillo de esmeraldas en premio a su empeño en el trabajo; igual mandaba decapitar a un genízaro de rango por su negligencia que convertía a un simple pescador en capitán de galera. Colmaba a su gente de regalos principescos a la vez que los hacía casi reventar de tanto trabajar, alborotaba, elogiaba, arengaba, maldecía, mandaba azotar o encantaba con su amabilidad.
Un patricio veneciano cautivo diseñó —ante el dilema entre un diluvio de regios obsequios o la amenaza de las torturas más inhumanas— las instalaciones, ocultas al mundo entero, del famoso arsenal de la ciudad lacustre, realizado bajo Jairedín en Tofane, un suburbio de Estambul.
A los técnicos, fundidores y constructores de barcos que caían en sus manos no los soltaba Azor Barbarroja mediante ningún rescate. Ellos hicieron los barcos y fundieron los cañones de su flota.
Al «protector de la fe» le interesaban muy poco las panzudas carracas y los obesos galeones, similares a castillos flotantes, muy armados y poco ágiles, a pesar de su aparatosa arboladura. Quería rápidas galeras y maniobreras galeotas, con remos que las independizaban del viento y sus vaivenes. Nada de embarazosas velas cuadradas, sino las antiguas velas triangulares preferidas de los árabes, ligeras como plumas y tan fáciles de arriar en el combate como rápidas de izar a los mástiles cuando había que sacudirse a un enemigo. Quería barcos numerosos como bandadas de gaviotas y maniobreros como golondrinas.
Aquellas galeras y galeotas iban armadas de cañones de ánima larga y calibres pequeños, que perforaban con sus balas de hierro macizo los cascos de los barcos enemigos cuando la artillería del enemigo no alcanzaba todavía con sus proyectiles más que a tres cuartos de la distancia intermedia. «Mejor un brazo largo que un puño pesado», tal era la divisa de la flota.
En 1534 se hicieron a la mar 83 embarcaciones, llevando a bordo, al lado de su extraordinaria dotación de origen de piratas argelinos y de Túnez, 7.000 genízaros —las mejores fuerzas de choque que pudo aportar el sultán Solimán.
Azor Jairedín no llevaba entonces in menté ninguna empresa de gran envergadura, sino hacer una especie de maniobras en auténticas condiciones de guerra, para volver a foguear a sus piratas, que se habían hecho a la molicie después de dos años de vacaciones en tierra —y para habituar a la nueva «infantería de marina» al viento, a las olas y al humo de la pólvora.
En el Egeo, el sólo conocimiento de su activa presencia se tradujo en presurosísimos «obsequios» en materia de armas, municiones y dinero, que pasaron a engrosar las reservas a la vez que, previo el ejemplo de unas cuantas matanzas, incendios y saqueos, otras ciudades y puertos se vieron «estimuladas» a prestar servicios más activos. La flota pasó por delante de Malta, donde los caballeros de la Orden se aprestaron a colocar la artillería en posición de tiro, pasó después a saco Reggio, practicó en San Lúcido un poco de caza de esclavos, incendió Cetrara, capturó tres galeras pontificias, destruyó Sperlonga y bombardeó Gaeta.
El capitán bajá Azor Jairedín practicaba una extraña «danza» en el puente de mando de su galera: blandía su bastón de mando en amplios movimientos, lo apuntaba de pronto hacia abajo o le hacía dar vueltas sobre la cabeza. Lanzaba bruscamente hacia arriba su pomo de oro macizo o hacía silbar dándole vueltas al extremo de abajo… «Impedido por la bronquedad de su habla (su tartamudez), Jairedín no podía, como otros comandantes, dar sus órdenes con palabras y lo hacía en cambio mediante los movimientos de su bastón de mando, de modo que cualquier señal, indicada con el extremo brillante y dorado o con el extremo mate, de madera, del bastón, significaba una orden concreta, cuando él, como poseído del demonio, saltaba de un lado a otro de la cubierta de su galera. De esa manera se hacía entender Barbarroja de su gente y conseguía hacerlo a una distancia a la que habitualmente no es ya posible oír ninguna orden oral o en la batalla, cuando la voz humana es tan difícil de entender debido al tronar de los cañones». No es de extrañar que ese idioma mímico, nacido de un defecto fonético se haya seguido usando durante siglos en todos los barcos turcos, con el mejor resultado.
Cuando se avistaron junto a Capri las velas de la vanguardia de la flota de Jairedín, Nápoles fue presa del pánico y la población, encabezada por los valientes soldados del virrey, huyó, dejando la ciudad abandonada.
Y Roma se puso a temblar. El Papa dio orden de recurrir a las arcas de la Iglesia y reclutar tropas. No se reunieron ni 150 hombres y también huyó la gente a las montañas. Unos días más tarde, la gente se atrevió a regresar a sus hogares, pues el terrible Barbarroja, con todos sus piratas y turcos, había desaparecido de Nápoles rumbo al Sur. Los únicos que salieron ganando en grande, habían sido los ladrones y desvalijadores de todo tipo.
A Azor le quedaba por saldar todavía una antigua cuenta con el rey de Túnez Muley Acmed, culpable de haber llamado otrora a los españoles en contra de Horudsh Barbarroja.
Lo cierto es que Jairedín hubo de conformarse con tomar la ciudad y comarca de Túnez, pues Muley Acmed escapó hacia Europa, donde se postró a los pies del Emperador, contándole que su grey tunecina lloraba desconsolada su ausencia y que pedía al Señor de Occidente que les devolviera su querido bey —en otros términos, concedería a los españoles las bases que necesitasen, costearía los costos de la ocupación y se comportaría en todo sentido como un fiel vasallo.
Andrea Doria y la cruzada contra Túnez
Ni antes ni después se ha hecho contra un pirata una movilización tan grande ni tan aparatosa como la hecha contra Azor Jairedín Barbarroja en 1535 contra Túnez y en 1541 contra Argel.
El caso de Muley Acmed proporcionaba un fundamento autorizadísimo para emprender la campaña. El Papa proclamó la empresa «santa cruzada», lo que ponía también a la disposición de los propagandistas de mesa y púlpito una palabra fácil y muy utilizable. Al emperador Carlos V y a su gran almirante Andrea Doria les hubiera resultado bastante difícil pronunciar la lisa y llana verdad.
Y la verdad lisa y llana, era esta: en el fondo a Carlos V y a Andrea Doria les traían totalmente sin cuidado el bey Muley Acmed y sus reclamaciones. En cambio, el Emperador estaba lleno de desconfianza hacia Andrea Doria. Ante las narices de éste y durante casi un año, Jairedín había robado, incendiado y saqueado a placer las costas del Mediterráneo occidental, sin que el almirante en jefe de la flota española se lo hubiera estorbado en lo más mínimo. Ahora era el momento oportuno para que Doria, mediante una campaña brillante, justificase su jugosísima colocación y rehabilitase su maculado renombre.
Carlos V se sentía en lo personal enojado a más no poder por la actitud del capitán bajá. Durante casi un año había tenido tratos secretísimos con él, habiéndole ofrecido a Azor Barbarroja el alto mando de la flota española, es decir, el puesto de Andrea Doria. Jairedín no había dicho ni sí ni no, había alargado las negociaciones, prosiguiendo sin cesar su cadena de expoliaciones y por último —aunque sin carácter definitivo— había rehusado amablemente el ofrecimiento. Al Emperador lo enfurecía aquello tanto más al ver que Andrea Doria empezaba a dudar de la sinceridad de su soberano y buscaba ya contactos cerca de Francia e incluso tal vez, cerca de la Sublime Puerta.
El final del cuento: Carlos V y Doria hicieron mil protestas recíprocas de fidelidad, afecto y buena disposición. Y la flota y el ejército movilizados parecían más indicados para un fastuoso torneo que para una campaña seria. 60 galeones venidos de Flandes, 25 carabelas recién botadas, de España, 18 galeras genovesas, de Doria, 12 galeras pontificias, innumerables navíos de transporte, 10.000 marineros, 30.000 soldados de a caballo y mercenarios, 8.000 lansquenetes alemanes, 1000 suizos. Los caballeros de Malta enviaron el barco mayor del Mediterráneo, una carraca de cuatro mástiles y siete cubiertas, con 30 cabinas de lujo para grandes señores, seis camarotes de lujo y una sala de sesiones. El toldo de aquella nao era de terciopelo rojo. La tripulación vestía de seda color rosa. Había a bordo una banda de 40 músicos y 32 clérigos a más de un número considerable de doncellas nobles como azafatas de honor.
Sin que se lo estorbase Jairedín, fondeada su flota en Bona, la armada imperial se dirigió a Túnez desplegando un alarde de velas multicolores, empavesada con cientos de tremolantes banderolas y gallardetes bajo un radiante sol de Mayo. Arribó, echó anclas y desembarcó sus tropas.
La fortaleza de La Goleta, defendida por Sinan, se reveló como un hueso duro de roer, pero hubo de doblegarse ante el fuego concentrado de la flota, magistralmente dirigido por Andrea Doria; Sinan se retiró hacia Túnez con el resto de sus tropas.
Entonces cometieron un gran error el judío tuerto y el comandante de la plaza, Aydin Cacciadiavolo. En vez de matar a los 22.000 esclavos cristianos que allí había, los encerraron en la ciudadela. Uno de sus guardas, un renegado de Flandes, antes protestante por más señas, buscando el modo de propiciarse al Emperador y a la Santa Inquisición, quitó las cadenas a los cautivos. (La Inquisición se lo «tuvo en cuenta» más adelante, ya que le concedió el privilegio de la estrangulación antes de quemarlo en la hoguera).
La ciudad de Túnez se convirtió enseguida en un infierno para las tropas de Aydin y Sinan, que fueron dominadas por los sublevados cautivos cristianos liberados. Aydin cayó, Sinan pudo escapar. Cuando los soldados del Emperador entraron al asalto, les abrieron jubilosos las puertas de la ciudad sus hermanos de religión.
Para celebrarlo, el Emperador empezó por autorizar el saqueo. Después repuso en su sede al bey Muley Acmed, quien le juró humildemente vasallaje y, con la ayuda de los soldados cristianos, mató 40.000 entre hombres, mujeres y niños —se trataba sin duda de aquellos que no habían llorado lo suficiente la huida de su antiguo tirano a la vista de Jairedín…
El almirante español que, cómodamente, había enviado Andrea Doria a Bona a atacar la flota de Jairedín, no se atrevió a atacarlo y regresó a Túnez. Doria echaba lumbre, depuso al almirante, zarpó aparatosamente con toda la flota y —como sería de esperar— se encontró con el puerto de Bona, vacío. Azor Barbarroja, avisado con bastante claridad, se había trasladado entretanto a Argel.
En el otoño regresaron, triunfalmente a España Carlos V y Andrea Doria, exactamente a tiempo para que Jairedín saquease las Baleares e incendiase la plaza de Mahón, de todo lo cual Andrea Doria no se dio por enterado.
Hablando en plata, los dos grandes del mar, se esquivaron mutuamente, enviaban a otros a sacar las castañas del fuego, dejaban a sus aliados abandonados a su suerte y en lo que menos pensaron fue en entablar entre sí una batalla decisiva.
Hubieran podido ser perfectamente hermanos gemelos Azor Jairedín y Andrea Doria —así de parecidos eran en cuanto a carácter, así de intercambiables eran los papeles que desempeñaban.
Andrea Doria, el gran contrincante
de Azor Jairedín
Cierto es que Andrea Doria nunca había sido pirata. Las riquezas y prestigio de su familia le habían permitido arrancar desde muy arriba. Si hubiera llegado al mundo como hijo de una familia humilde en la isla de Lesbos, hubiera sido Azor Jairedín, mientras que éste, de haber nacido en el palacio de una poderosa familia genovesa, se hubiese convertido indudablemente en un Andrea Doria. Incluso mucho más adelante sus papeles no estaban tan estereotipados que no hubiesen podido intercambiarse. Documentos de los gobiernos de Francia, Génova, Estambul y España nos demuestran que una intriga incesante enredaba tan pronto a Doria como a Jairedín en unos u otros tratos y que tanto Francisco I de Francia como el emperador Carlos V, a pesar de todas sus protestas de cristiandad, anduvieron en chalaneos con el Sultán o con el «Defensor de la Fe» con el fin de fastidiarse uno al otro, debilitar a Venecia, provocar al papa u otros cristianos fines por el estilo. Y Azor Jairedín entraba gustoso al juego en cuanto husmeaba alguna ventaja, para proseguir, desde luego según le apetecía, convenía o hacía falta, sus alegres correrías de pillaje por las costas de Italia y España, mientras tejía sus maquinaciones secretas con Carlos V a espaldas de Doria o con Doria a espaldas del Emperador. Aclaremos que no se conocen tratos de Doria con el Sultán acerca del alto mando de la flota otomana, pero ello no quiere decir que debamos excluirlos en absoluto, pues Andrea Doria había más que demostrado que para él era más importante el dinero que su lealtad como súbdito o su fidelidad a lo pactado.
En sus años jóvenes había llegado a ser dittatore de Génova y a formar una flota excelente para la que buscó el mejor postor entre las testas coronadas de Europa.
Francisco I, el astuto y veleidoso rey de Francia, había sido el primero en aprovechar la ocasión. Después le ganó la mano el Papa, a base de ofrecer más que el francés. Doria pasó después de nuevo al servicio de Francia, dado que Francisco I sobrepujó a su vez al pontífice. Y por último se hizo «hispano», cuando el emperador Carlos V le hizo un ofrecimiento superior a todos los demás.
El Emperador, sin duda buen conocedor de lo oscilante de la lealtad del genovés, colmó a Doria de dinero y honores, lo nombró duque de Melfi, concediéndole también el título de almirante en jefe de las notas hispanas, grande de España y consejero imperial.
Aquellos dos extraños hermanos gemelos, uno a la sombra de la cruz, otro a la de la media luna, hubieron de soportar por igual los reproches, en ocasiones no injustificados, de sus soberanos, por no atajar oportunamente las iniciativas de su contrincante y no salirles al encuentro de un modo más decidido.
La verdad que se oculta detrás de ese llamativo comportamiento es sencilla —y sin embargo es evidente que tanto Carlos V como el sultán Solimán estuvieron muy lejos de ser conscientes de ella.
Azor Jairedín y Andrea Doria se conocían demasiado bien, aunque jamás se encontraran personalmente. Un choque frontal mutuo, es decir, una batalla naval, no hubiera sido ganancia para ninguno de ellos. Un combate de esa envergadura hubiera costado cantidades tremendas de material vital —tanto en materia de barcos y armas como en forma de miles de valientes soldados y marineros— sin reportar otra cosa que un empate muy poco satisfactorio para ninguno de ellos. Ambos habrían salido debilitados de un encuentro de ese tipo, ambos lo habrían perdido y ninguno lo habría ganado.
En tanto los dos fuesen grandes y poderosos, ambos serían necesarios y «niños mimados», el uno del Emperador, el otro del Sultán. Se necesitaban, se condicionaban mutuamente. Cada uno de ellos era garante del poder, la riqueza y el prestigio del otro —y los dos lo sabían. Por ello se escurrían mutuamente el bulto. Cuando uno atacaba, el otro parecía esfumarse.
La cruz, la media luna y la flor de lis
La victoria de Túnez había sido realmente demasiado brillante. El emperador Carlos V soñaba en una nueva y victoriosa cruzada contra los berberiscos —y cuando los soberanos sueñan, se reúnen enseguida ejércitos y flotas.
Andrea Doria, entretanto a punto de cumplir los 82 años, advirtió en contra.
¿En contra de quién? ¿Acaso de su viejo adversario, Azor Jairedín, que ya no los había atacado en Túnez? Durante dos años habían vuelto a tejerse los hilos secretos entre España y la quinta del Jardín de los Claveles de Estambul. También Azor Barbarroja andaba a la sazón cercano a los 80 años. Se había erigido una mezquita y un gran mausoleo —el viejo pirata se había tomado unas vacaciones.
A mediados de octubre de 1541 se hicieron a la mar 500 barcos del Emperador. Con 12.000 marineros y el doble de soldados, junto con abundantes cañones y material de sitio a bordo.
Andrea Doria desconfiaba del tiempo. Cierto es que, como sabían desde lo de Túnez, el ardiente sol era un aliado incomodísimo del enemigo, ¿pero no es octubre una época demasiado otoñal? Hernán Cortés, conquistador de México, despojado de su influencia, había desaconsejado con instancia una batalla estival y recomendado el mes de septiembre, pero, llegado ya octubre, su prevención coincidía con la de Doria.
El desembarco resultó impecable. Bajaron a tierra las tropas, los cañones, la impedimenta y las doncellas de honor. Los argelinos no se dejaron ver.
El Emperador envió a un caballero al comandante de la ciudad, Hassan Aga, exigiendo la entrega de Argel.
Hassan Aga recibió al caballero con toda cortesía:
«¿Entregarla? ¿Por qué?».
«Confiamos en los vientos de Alah», añadió un hombre joven que estaba de pie junto al Aga. Sus muñecas y tobillos mostraban todavía las cicatrices dejadas por el hierro de las cadenas de galeote. Hacía sólo unos días que se había convertido al islamismo y ahora se llamaba Alí el-Uluyi, Alí el Renegado —la cristiandad iba a aprender aquel nombre muy a su pesar. En España se le conoció como Uluch Alí o Uchalí.
Y Uluch Alí se iba a salir aquel día con la suya. De noche empezó a llover. Las elegantes ropas y equipos, los penachos de plumas, las engalanadas banderas y estandartes y el ligero calzado de los soldados, quedaron bastante malparados. Y la ciudad no abrió sus puertas.
Lo peor fue que, antes de poner en posición de tiro la artillería de sitio, se desencadenó un huracán. Torrenciales aguaceros, que recordaban el Diluvio Universal, barrieron las tiendas de campaña, mojaron la pólvora y convirtieron el suelo en un lodazal intransitable.
Uluch Alí aprovechó el momento para lanzarse en un mortífero asalto, arrollando a tres compañías italianas contra el centro del ejército cristiano. Los mosquetes, arcabuces y cañones no podían funcionar. 150 de los de Malta repelieron el ataque a fuerza de espadas y lanzas y todavía se llama a aquel lugar «La tumba de los caballeros».
En un segundo ataque combatió el Emperador mismo a la cabeza de sus tropas y salvó el honor de la empresa, que se convertía cada vez más en una catástrofe. Al lado de Carlos V luchaba Hernán Cortés con su arrojo de siempre, confiando además ahora en un talismán sin par, una gigantesca piedra verde del tesoro de Moctezuma, que llevaba engastada en el cinturón.
Pocas horas después 150 naves imperiales habían zozobrado o ido a parar contra los arrecifes, víctimas del huracán, con un saldo de 2.000 muertos entre caídos y ahogados y el ejército cristiano en fuga.
El Emperador hubo de vadear con el agua al pecho entre las furiosas olas hasta que pudieron izarlo a bordo de una galera portuguesa. Cortés hubo de nadar para ponerse a salvo en un barco, pero en el aprieto, perdió su talismán pero él escapó con vida.
Andrea Doria, que no había puesto el pie en tierra, reunió los tristes restos de la escuadra y enfiló las proas hacia el noroeste, rumbo a España, mientras los cañones, el equipaje, miles de soldados y cientos de doncellas quedaban abandonados en la costa.
En aquellos días se subastaron esclavos en Argel como se subasta el pescado en una lonja.
El capitán bajá Azor Jairedín no había hecho su aparición. Pero la alegría de la cristiandad por la aparente jubilación del príncipe de los piratas había sido tan prematura como lo había sido antes, tras la muerte de su hermano Horudsh. No había todavía paz ni orden en el Mediterráneo. Corría el año 1543 cuando Jairedín Barbarroja, con 110 galeras y 40 galeotas, todas con armamento pesado y atiborradas de genízaros, pasaban junto a Malta rumbo al Mediterráneo occidental. Francisco I, el indefinible rey de Francia, había tomado a préstamo de Solimán la gran flota, incluido el almirante en jefe, para jugarle una mala pasada a su eterno rival Carlos V —y el Defensor de la Fe venía de buena gana.
Empezó, de pasada, por reducir a ruinas las fortificaciones del puerto de Reggio, pero en esta ocasión conoció a la hija del comandante, Donna María. En contra de las costumbres de otrora, no la incorporó a su harén de a bordo, sino que, tras dejar en libertad a sus padres, la colmó de los obsequios más preciosos e hizo que el imán de la flota lo casase oficialmente con la hermosa joven, apresuradamente convertida al islamismo.
Combate nocturno entre un buque de línea británico y unas galeras de piratas.
En Marsella fue recibido Jairedín alborozadamente. Desde allí no envió soldados ni siquiera un barril de pólvora, aunque sí buenos consejos al por mayor a los franceses que sitiaban Niza. Una escuadra de Doria, destinada propiamente a levantar el sitio de esta ciudad, desviada y semi-desarbolada por una tempestad, pasó ante Marsella rumbo a España, en el estado más desastroso, siendo observada atentamente por Barbarroja, quien se abstuvo de atacarla —precisamente en aquel entonces estaba en tratos con Andrea Doria sobre el suministro de remos pesados para galera, que no era posible conseguir en Francia…
Marsella exultó jubilosa el día que Jairedín y su flota cambiaron de fondeadero, para ir a invernar a Tolón.
Francia había perdido el resuello materialmente ante el comportamiento de aquel aliado. El capitán bajá ordenaba a su gente que robase y saquease a manos llenas, como si estuvieran en tierra de enemigos, había prohibido el culto cristiano en la ciudad, llenaba los huecos de sus bancos de galeotes y los burdeles de su soldadesca a base de hacer crueles razzias entre la población, a la vez que embolsaba bonitamente 5.000 florines de oro de Francisco I.
Al rey de los franceses empezó a hacérsele demasiado incómoda aquella situación.
Galeón de los caballeros de Malta.
La algarabía de los pueblos cristianos acerca de su traición a la cristiandad le daba en realidad poco que hacer, máxime cuando el Papa se cuidaba mucho de amenazarlo con excomuniones porque lo necesitaba contra Carlos V, quien, a pesar de toda su devoción mañana, se disponía por aquel mismo entonces a concertar una alianza con el panzudo de Enrique VIII de Inglaterra, a su vez ya más que sospechoso de protestantismo. Entretanto, empezaron a entrarle dudas a Francisco sobre su ambicioso plan inicial de conquistar España con la ayuda de Jairedín. ¿Quién le garantizaba, después de todo, que el «Defensor de la Fe» no podía dar media vuelta al asador y conquistar España con la ayuda de Francia o la vuelta entera —algo todavía peor— y, aprovechándose de sus relaciones con Carlos V y Andrea Doria, conquistar Francia con la ayuda española? Mediante 800.000 táleros franceses accedió Azor Jairedín a marcharse y 32 funcionarios de hacienda 6e pasaron tres días con sus noches empaquetando aquella suma limpiamente en bolsas de cuero. (Por lo demás, el dinero procedía por mitad del Papa y de Inglaterra. El católico rey de Francia se había embolsado graciosamente una aportación hecha por Venecia).
El capitán bajá regresó con su flota a Estambul.
Dos años después, en Julio de 1546, fallecía Azor Jairedín.
«El Rey del Mar ha muerto», se escribió en los anales turcos, «su vida estuvo llena de lucha, su muerte fue tranquila, sus hazañas extraordinarias».
La necrología más encomiástica se la dedicó sin duda el abad de Brantôme, y le hace un honor tanto mayor, cuanto que ese abad podía considerarse como uno de los mayores admiradores de los caballeros de Malta: en sus líneas se refleja el juicio de aquellos caballeros, enemigos mortales del capitán bajá Azor Jairedín Barbarroja:
«Ni siquiera tuvo igual entre los grandes conquistadores del mundo griegos y romanos. Cualquier país estaría orgulloso de poder contarlo entre sus hijos».
Murad Torgud, apodado «el Tiburón»
Al igual que todos los grandes marinos otomanos. Murad Torgud, tampoco era turco, sino que había nacido en Rodas el año 1500, hijo de padres griegos. Se pasó al Islam y agregó a los piratas berberiscos, entre los que ascendió enseguida a capitán de galera. No cabe duda de que a aquel joven, a quien llamaban todavía por entonces «el Guapo», no le gustaba en exceso recibir órdenes y enseguida procedió a independizarse, dedicándose a recorrer el Mediterráneo por su cuenta. En poco tiempo se hizo una estupenda mala fama entre los cristianos.
«Suerte de principiante», pensó Barbarroja y no le llamó la atención en absoluto cuando le dieron la noticia de que uno de los sobrinos del gran Andrea Doria le había echado el guante junto a Córcega a aquel temprano prodigio, asaz despreocupado y presuntuoso y llevado como cautivo a remar por cuenta de la armada genovesa.
Los Doria, tío y sobrino, empezaron por mandar propinarle una tanda de azotes, después lo pusieron a sazonarse encadenado a un banco de remar de una galera a la vez que enviaban a Argel una factura por 3.500 ducados, por si Azor Jairedín quería recuperar a su protegido.