Alí el-Uluyi — Alí el Renegado — Uluch Alí
Con restallantes golpes de remo, 18 galeras surcan raudas la noche. Los galeotes jadean sobre los pesados remos.
«Si alcanzamos Estambul, seréis libres», tal ha sido la promesa de Uchalí Bajá.
Detrás les queda el golfo de Patras, sembrado de destrozadas naves que arden o se hunden, remos astillados, mástiles tronchados y miles de hombres que luchan por salvarse nadando. Negras nubes se echan encima. Chispea siniestro el primer relámpago. A través del eco de los truenos, se escucha aún a lo lejos el canto de los triunfantes soldados cristianos: «Alabado seas; Señor. Los Cielos cantan tu gloria».
Uchalí Bajá está en pie, a proa de la Aslan, su galera insignia y mira hacia atrás. 300 años había durado, ininterrumpido, el desfile triunfal de los turcos y este 7 de octubre de 1571, el día de Lepanto, había hecho trizas aquella a*****a de invencibles: 30.000 muertos, 8.000 prisioneros, 96 galeras hundidas, 113 tomadas…
Uluch Alí se dirige a Estambul.
Es un juego peligroso el que se trae entre manos. El sultán Selim II era probablemente el peor sucesor que se hubiera podido desear a Solimán el Magnífico y el mismo Mehmed Sokoli, su competentísimo gran visir, no podía remediar todos los desatinos que salían del turbio cerebro de aquel sultán, interesado casi en exclusiva por el vino y por las bellezas de su harén.
Las probabilidades de que, en cuanto llegasen a Estambul, Selim diera orden de decapitar a Uluch Alí, eran de diez a una. Si no lo hacía, Alí se convertiría en cambio en capitán bajá (capitán general), el tercer puesto del Imperio Otomano. Y para Uluch Alí, que ha navegado ya por las aguas más sombrías de la existencia humana, no queda en pie más que un dilema: ¡Todo o nada!
Había nacido en 1508, en Calabria, se llamaba Luca Galieni y ya desde su infancia lo habían destinado a la Iglesia. Era un novicio de convento piadoso en extremo, cuando durante una incursión del joven Murad Torgud, cayó en manos de éste.
Durante 14 años supo lo que es ser galeote.
14 años del trabajo forzado más duro que existe, siempre bajo los latigazos del cómitre, encadenado al banco de remar y con la certeza de acompañar la galera al fondo si ésta se iba a pique en una de tantas batallas o en alguna tempestad; 14 años bajo un sol ardiente desde la primavera al otoño o metido en el agua hasta la cintura cuando el tiempo era malo, el invierno en fétidos calabozos; 14 años de agua pútrida y de un rancho infame, siempre a la vista el escorbuto —fiebre, hinchazón de piernas, encías que se desprenden, llagas— le apoderaron «el-Fartas», el «Tiñoso».
Una y otra vez lo acosaban Torgud y sus subalternos para que se convirtiese al islamismo con lo que ganaría la libertad. Luca Galieni rehusaba denodadamente. 14 años esperó a que su convento que, siguiendo la costumbre de entonces, había embolsado con su ingreso una dote respetable, enviaría el rescate correspondiente. Por último llegó a convencerse de que el rescate no llegaría nunca, ya fuese porque el convento no hubiera entregado aquella suma o bien porque los malteses, por cuyo conducto se procuraba a menudo la redención de los cautivos, hubieran escamoteado el dinero, destinándolo al rescate de algún prisionero más importante.
Uluch Alí o Uchalí. Después de servir catorce años como galeote, llegó a ser bajá de Argel y jefe supremo de la flota otomana.
Uluch Alí debe haber supuesto lo último, pues odiaba a los caballeros de Malta con toda su alma.
Luca Galieni se convirtió al islamismo, tomando el nombre de Alí el-Uluyi —Alí el Renegado— Uluch Alí.
Y en la misma medida en que se había aferrado a su fe cristiana, entregóse entonces a su nueva religión. Convertido en hombre libre al hacerse musulmán, puso en juego todas las experiencias reunidas en sus 14 años de galeras. Con ocasión del ataque de Carlos y a Túnez sobresalió ya por primera vez por sus temerarias iniciativas y enseguida fue uno de los capitanes más temidos y famosos entre los piratas del norte de África. Cuando murió el gran Jairedín se convirtió en el caudillo indiscutible de los piratas berberiscos.
Uluch Alí, Ulachi, Euyi, Abuchalí, Uchalí y Uchalí Fartax le llamaron los cristianos, que temblaban al sólo oír su nombre.
Un convoy bien armado, compuesto de más de una docena de naves de la Orden de Malta coincidió en una ocasión con el rumbo de la galera de Uluch Alí. Al comandante del convoy, caballero de la Orden, no se le ocurrió otra cosa que arriar la bandera, entregar los barcos sin lucha a los piratas y escapar él mismo hacia Malta en una de las lanchas de a bordo. No le duró mucho al esforzado almirante el gozo de haber escapado tan bonitamente, pues el Gran Maestre de la Orden le hizo decapitar por cobarde, aquella misma tarde.
La verdad es que el sitio de Malta en 1565 por parte de Solimán el Magnífico se tornó en un fracaso, pero Uluch Alí descolló tanto en la lucha contra los aborrecidos caballeros de Malta que el sultán lo nombró bajá de Argel. Uluch Alí recibió con los brazos abiertos las posibilidades que le ofrecía su nuevo cargo. Al cabo de unas semanas, había tomado Túnez, dejando la playa cubierta delante de la ciudad con los c*******s de miles de españoles que, sorprendidos por la acometida y queriendo acogerse a sus naves, fueron a dar directamente delante de las bocas de los cañones de las galeras argelinas.
Ya extendía Uluch Alí sus cariñosas manos hacia Marruecos, preparando un desembarco en España, cuando se le llamó a Estambul. El sultán Selím el Borracho empezaba a temer que el genial bajá tiñoso pudiera hacerse demasiado poderoso a lo que se unía su desconfianza hacia aquel italiano de nacimiento.
Mehmed Sokoli, su gran visir, estaba muy de acuerdo con que el-Uluy estuviese en Estambul. Le habría gustado verlo a la cabeza de la escuadra y del ejército, tras haber logrado la media luna arrebatar en 1570 Chipre a los venecianos. Pero el sultán Selím II insistió en que el general en jefe fuese un turco de pura r**a, Lala Mustafá Bajá, que se encargó de echar a perder las cosas.
Espada de pirata.
No es que convirtiese en un fracaso la conquista de Chipre, pero Lala Mustafá Bajá, para quien el perjurio y la violación de lo pactado eran una cosa tan natural, si la ocasión se prestaba, como su derroche de valor en el campo de batalla, se caracterizó en su modo de proceder con aquella mezcla de astucia, arrojo, tesón, perfidia e inhumana crueldad que hicieran de los turcos durante siglos enteros el espanto de todos sus enemigos.
La noticia de los 20.000 hombres, mujeres y niños descuartizados con ocasión de la toma de Nicosia el 9 de septiembre de 1570 logró unir de un golpe a aquella Europa tan dividida hasta entonces en provecho de los planes turcos de conquista. El papa, España, Venecia, los de Malta y varios príncipes de menor importancia se unieron para formar la Santa Alianza, aprestando en aquella empresa una flota de 233 galeras y seis grandes galeazas, puestas al mando de Don Juan de Austria.
Hijo bastardo de Carlos V y por lo tanto mediohermano de Felipe II, Don Juan de Austria acababa de ahogar en sangre la rebelión de los moriscos, últimos vástagos españoles de los invasores moros y se lanzó al este como un ángel de la venganza.
Si Lala Mustafá había logrado ya la obra maestra de unir en una campaña común a la flor de Europa occidental, se encargó de proporcionarles todavía un tema adecuado para su grito de combate.
El 1 de agosto de 1571, Famagusta, última plaza fuerte veneciana en Chipre, se había entregado bajo la condición de la libre salida de todos sus ocupantes. Lala Mustafá no pensó ni un minuto en respetar las condiciones, sino que, apenas se vio en la ciudad, olvidado el juramento dado, hizo degollar tanto a los soldados como a la población civil y coger prisionero al comandante veneciano, Marco Antonio Bragadino. Dos semanas después, Lala Mustafá se dio el gustazo de hacer desollar vivo a Bragadino en la plaza mayor de Famagusta. Mandó rellenar la piel con paja y se la envió al sultán de Estambul —conocía sus gustos y quiso hacerle aquel delicado obsequio.
Entretanto se había hecho también a la mar la flota turca con 255 galeras, pero su almirante en jefe no era Uluch Alí, como había querido el gran visir Mehmed Sokoli, sino, de acuerdo también con la voluntad del sultán bebedor, un turco de pura r**a, su cuñado Alí Bajá, secundado por Mehmed Sirojo Bajá y el general de caballería Pertau Bajá. Uluch Alí había quedado relegado al ala izquierda de la flota otomana y el fogueadísimo Murad Torgud, con diez miserables galeras, postergado a la reserva.
Y cuando en aquel día memorable, 7 de octubre de 1571 chocaron las dos escuadras en el golfo de Patras, frente a Lepanto, ocurrió lo que forzosamente tenía que ocurrir:
Los venecianos, a las órdenes de Agostino Barbarigo y Marco Quirini, gritando «venguemos a Famagusta», cayeron sobre el ala derecha de los turcos, que iba a las órdenes de Mehmed Siroco, la acorralaron y empujaron contra los bajos de cabo Scrofa, exterminando allí del modo más cruento, desde Mehmed Siroco Bajá hasta el último grumete, a cuanto viviente tenía un trasunto otomano.
No le fue mejor al centro de los turcos, a las de Alí Bajá y Pertau Bajá, que hubo de enfrentarse al centro de la flota cristiana, capitaneado por Don Juan de Austria y los almirantes de Venecia y del papa, Sebastiano Veniero y Marco Antonio Colonna. Dos horas después de sonar el primer cañonazo, colgaban ya como trofeos en la entena mayor de la galera real, buque insignia del de Austria, las cercenadas cabezas de Alí Bajá y de Pertau Bajá. En la popa de la hermosa nave se hinchaba, capturado, el estandarte santo de los turcos, en el que aparecía escrito 29.000 veces el nombre de Alah y que nunca se había visto perdido en una batalla. Ni siquiera había podido hacer cambiar al destino el talismán de Alí Bajá, un incisivo derecho del Profeta, encerrado en una esfera de vidrio.
Don Juan de Austria, hijo bastardo del emperador Carlos V y mediohermano de Felipe II de España. “Vencedor de la Batalla de Lepanto”.
Muy diferente era el cuadro del combate en el ala izquierda de los turcos, donde chocaron entre sí Uluch Alí y Juan Andrea Doria. Este último era sobrino de Andrea Doria, el Grande, había heredado el rango y el renombre de su tío, pero, como ocurre con muchos descendientes de grandes hombres, se dormía a la sombra de los baratos laureles.
Ya desde el principio de la batalla y ante el miedo de verse envuelto de flanco, había hecho maniobrar Juan Andrea su ala, separándose mucho del centro en dirección sur. Uluch Alí, captando como un rayo lo propicio de la situación, lo había atraído cada vez más hacia el sur, hasta que entre el centro y el ala derecha de la flota cristiana se había abierto un claro de más de una milla.
Cuando a eso del mediodía se dio la orden de atacar a Uluch Alí, la batalla estaba perdida ya para los turcos. La batalla se había desarrollado de acuerdo con una estrategia contra la que había advertido antes Uluch Alí en vano y con el mayor apremio.
En ese momento las galeras de los piratas berberiscos atacaron contra la abierta brecha de la flota cristiana y durante media hora casi dio la impresión de que Uchalí podría hacer cambiar aún el desastroso día.
Plano de la Batalla de Lepanto, 7 de octubre de 1571.
J: Juan de Austria (España) con
S. Ventero (Venecia) y M. A. Colonna (Estados Pontificios)
B: A. Barbarigo (Venecia)
Q: M. Quirini (Venecia)
D: J. A. Doria (Génova)
S: Marqués de Santa Cruz y J. Cardona (España)
A: Alí Bajá y Pertau Bajá (Turquía)
M: M. C. Sirocco Bajá (Turquía)
U: Uluch Alí (Argel y Túnez)
T: M. Torgud (Argel)
Lo primero que alcanzaron los barcos argelinos y de Túnez fue el navío insignia del prior de Mesina, que encabezaba la pequeña escuadra de la Orden de Malta. Como verdaderos demonios cayeron aquellos fogueadísimos piratas sobre los caballeros de la Orden, abordaron la nave, segaron a golpes de alfanje la tripulación, de la que no quedaron más que tres hombres con vida y tomaron como presa, a remolque, el barco insignia del prior, tras izar su bandera como trofeo en la popa de la Aslan de Uluch Alí.
Entretanto los berberiscos se lanzaban al abordaje de las demás galeras maltesas y empezaban también a agobiar a los valientes venecianos.
No lo estaban pasando mejor las galeras del flanco izquierdo de Doria, sobre las que se había abatido otra parte de los piratas bajo el mando de Carac Alí, lugarteniente de Uchalí. La San Giovanni, la Doncella y la Piemontesa no contaban ya para entonces más que como cascos flotantes. En la Firenze, de 200 hombres, no quedaban con vida más que el capitán y 17 tripulantes y no quedó mejor parada la Marquesa. Entre los escasos supervivientes de esta galera, con dos tiros en el pecho y una mano mutilada, se hallaba un soldado español, que iba a ser más famoso que todos los príncipes, bajás y almirantes de la batalla: Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote.
Espaldar del arnés de un caballero de Malta.
En aquel crítico momento, en que la flota cristiana corría peligro de verse desbordada por el flanco, se lanzó Juan de Cardona con las ocho galeras de la escuadra siciliana sobre los piratas. Aguantó 20 minutos interminables, en los que se perdieron tres galeras, cayó para siempre Cardona y de 500 soldados sicilianos, murieron 300, sin quedar casi ninguno de los demás que no fuese herido. Pero habían salvado la victoria.
Don Juan de Austria había logrado concentrar las reservas de la flota y se lanzaba ahora a todo remo contra las galeras de los piratas berberiscos.
Uluch Alí hace una señal histórica con su bastón de mando:
«¡Vámonos! ¡La batalla está perdida sin remedio! ¡No tengo el menor deseo de compartir la suerte de Alí Bajá y Mehmed Siroco!».
Uluch Alí escapó y con él Carac Alí y otras 16 galeras, mientras Murad Torgud se acogía al abrigo de la fortaleza de Lepanto.
Poco después llegaba Uluch Alí a Estambul. El desastre de la flota otomana en el golfo de Patras hizo recuperar la sobriedad a Selim II el tiempo indispensable para ordenar una matanza general de todos los españoles y venecianos que viviesen en su imperio y también, accediendo a los apremios de su gran visir Mehmed Sokoli, para nombrar capitán bajá a Uluch Alí —esto último no lo hizo sin su mala intención, pues pensaba recrearse viendo cómo el renegado italiano fracasaba en la enorme tarea que se le echaba encima.
Pero Uluch Alí no fracasó, sino que llevó a cabo el portento, en el plazo de nueve meses, de sacar a la mar una flota no inferior en tamaño a la que se había perdido en Lepanto.
Mehmed Sokoli ayudó a su amigo con todos los medios imaginables y cuando Alí se quejó un día de que no disponía del hierro necesario para las anclas de las galeras, le contestó el gran visir:
«La riqueza y poderío de este imperio puede proporcionarte, si las necesitas, anclas de plata, jarcias de seda y velas de satén; cualquier cosa que necesites para los barcos, no tienes más que acudir a mí y decírmelo». Más que las pérdidas de buques, pesaron las pérdidas en tripulaciones expertas. Aquellos jóvenes campesinos turcos traídos por la leva no constituían unos reclutas muy idóneos. De un modo u otro, Uluch Alí pudo convencer a aquella gente primitiva a que dejasen en casa sus arcos y flechas y aprendiesen a utilizar en vez de ellos sus mosquetes; y teniendo en cuenta que por la prisa reinante, no había tiempo para reunir el número necesario de armas de fuego, aportó Uluch Alí 20.000 mosquetes de sus arsenales privados de Argel y Túnez —cosa que, por otro lado, nos da una idea más que elocuente, del poder y posibilidades de los piratas berberiscos…
Hay tantas versiones del fin de Uluch Alí como formas de su nombre: se dice que lo estrangularon los genízaros por sospechar que en secreto había vuelto a hacerse cristiano; que murió asfixiado por los besos de una odalisca; que lo mató una sobredosis de hashish; que se suicidó, ensombrecido y acosado por las ánimas del sinfín de gente que había muerto por culpa de él.
Todo esto no son sino disparates, falleció en 1577, en cualquier caso a los 70 años, en su palacio de Estambul, víctima tal vez de las secuelas tardías del escorbuto, que lo afligiera durante toda su vida.
De todas maneras, entre tanta fantasía se esconde tal vez un granillo de verdad. Vestido totalmente de n***o, se le veía cada vez más recluido en su palacio, donde apenas dejaba que se le acercase nadie. Se puede asegurar qué ese eclipse personal no era debido al remordimiento por actos crueles e inhumanos, que él en realidad nunca había cometido, sino más bien a una inclinación personal a la melancolía, que debe haber existido siempre en él —tal nos indica la expresión de su retrato—, exacerbada cada vez más por un prolongado destino sazonado de infortunio, por aquella enfermedad y, en sus últimos años, por las violentas muertes de sus dos únicos amigos, Murad Torgud y Mehmed Sokoli.
El libro encantado de Murad Reis
Murad Reis fue el último de los grandes piratas berberiscos y alcanzó cierta fama a fines del siglo XVI.
Como es natural, no era tampoco turco, sino arnaute, es decir, albanés de nacimiento. Fruto todavía del entrenamiento de Jairedín y de Uluch Alí, alcanzó enseguida la fama de «infalible». Sacaba su inspiración de un pequeño libro, que tenía muy guardado, y la tripulación de su jabeque apenas se atrevía a chistar cuando el capitán Murad Reis, musitando cabalísticas fórmulas, desaparecía en su cabina, para consultar con el libro. Murad Reis debe haber sido todo un psicólogo de su tiempo, puesto que sabía rodear una inofensiva superstición personal de un ceremonial que infundía en su gente una confianza ciega en su capitán y su libro encantado, que en realidad no era otra cosa que un ejemplar del Corán manoseadísimo y medio deshojado en el que, cerrados los ojos, metía un dedo al azar, valorando como un oráculo el significado del pasaje que tocaba.
La fama de Murad se inició con la captura por sorpresa y casi incruenta de dos galeras pontificias ante la costa de Toscana. Su libro mágico le había aconsejado que esperase al domingo en que los oficiales y soldados bajaban a tierra a oír misa. Los marineros depusieron las armas enseguida que vieron asomar como flechas los jabeques argelinos desde detrás del promontorio más cercano.
El rico botín fue invertido en organizar una expedición a las legendarias «Islas Afortunadas» que, de acuerdo con una tradición, deberían estar en algún punto del Atlántico. Por boca de cautivos españoles y portugueses había sabido Murad Reis tal vez de la existencia de un gran imperio colonial allá en el oeste y, consecuentemente, atravesó con una pequeña escuadra el estrecho de Gibraltar, saliendo al ignoto Atlántico en busca de fortuna.
De hecho, siguiendo su libro de oráculos, llegó a la isla de Lanzarote. Desde luego no era un emporio fabuloso, pero Murad Reis se propuso sacar la mayor ventaja posible. Durante la noche, desembarcaron sus piratas, prendieron fuego a las casas y echaron mano a 300 isleños, incluyendo a la madre, la esposa y la hija del gobernador español.
El libro mágico desaconsejó volver a Argel con aquella carga que resistiría mal las penalidades del itinerario a más de que se precisaba alimentarla.
Entonces organizó Murad Reis una venta de esclavos en el lugar de los hechos. Como clientes: los parientes y amigos que habían escapado al ataque nocturno. El primero en aparecer fue el gobernador. Mediante el rescate correspondiente, pudo recuperar a sus familiares y los demás siguieron su prudente ejemplo.
Un jabeque, tipo de barco de bella línea y rapidísimo, muy popular en los siglos XVII y XVIII entre los piratas berberiscos.
El libro mágico advirtió a Murad Reis oportunamente de la presencia de unas galeras españolas y maltesas que estaban acechándolo en el estrecho de Gibraltar. También le aconsejó que capturase la galera almirante La Serena en cuanto se viese, feliz, de nuevo en el Mediterráneo. Murad Reis siguió al pie de la letra aquellos dos consejos.
Como también siguió la recomendación de no abusar de la suerte, retirándose como comandante del puerto de Argel al servicio oficial, donde, dedicado a la buena vida y a disfrutar de las riquezas reunidas, llegó casi a los 100 años.
Murad Reis fue el último de los piratas de la época dorada de la media luna.
Después de la muerte de Uluch Alí decayó el poderío marítimo otomano para no volver a recuperarse. En Argel y Túnez, Carac Alí, nativo de Hungría para no ser excepción, conservó unos años las riendas en la mano. Pero cuando falleció allí el antiguo lugarteniente de Uluch Alí, tampoco apareció un sucesor que pudiera sostener en funciones la gran potencia que habían creado Azor Barbarroja y Uluch Alí.
Cierto es que los berberiscos siguieron siendo durante otros 250 años el terror del Mediterráneo. Eran unos piratas de gran arrojo y pericia, nada menos, pero tampoco nada más que eso. La oportunidad de lograr la grandeza política e histórica se había evaporado.
La tumba de Uluch Alí, cercana a la de Azor Jairedín, es como ésta, hasta nuestros días, un lugar de peregrinación de los marinos turcos, que se inclinan ante un hombre que no era de su r**a, que se negó durante 14 años a abrazar su religión y que, de galeote cristiano, había llegado a ocupar el tercer cargo del Imperio Otomano.
En resumen, el poderío naval turco se compuso de dos hombres, sin los que nunca hubiera sido nada.
Aquella doble estrella que brillara bajo la media luna, llevaba el nombre de dos piratas: Azor Jairedín Barbarroja y Alí el-Uluyi.
La bandera de la calavera
Piratas nacionales contra la España del siglo XVI
«Habida cuenta que Colón ha descubierto ciertas remotas islas y continentes, nos, motu proprio y sin intervención Vuestra ni de nadie y en el ejercicio de nuestra omnímoda potestad, Os otorgamos a Vos y a Vuestros herederos todas esas islas y tierras recién descubiertas en tanto no pertenezcan ya a ningún otro monarca cristiano y prohibimos bajo pena de excomunión a todos los demás dirigirse a ellas ni practicar comercio con ellas sin vuestro consentimiento».
Tal escribía el papa Alejandro VI el 3 de mayo de 1493 en una bula dirigida a los reyes de España. Tomó una regla y marcó con ella una línea de polo a polo 100 leguas al oeste de las Azores con la que repartía el Nuevo Mundo: para España al oeste de esa línea y para Portugal al este de la misma, creando a la vez con ello problemas que hasta ahora nadie ha sido capaz de resolver.
España y la Casa de Contratación
Aquel Nuevo Continente, que el genovés Cristoforo Colombo no había sido el primero en descubrir —los vikingos se le habían anticipado en medio milenio— ni tampoco había pensado en hacerlo —puesto que lo que él buscaba era un atajo a las Indias—, fue bautizado con el nombre de Amerigo Vespucci, un navegante de segunda florentino (lo que sin embargo, no acabó con la falsa y ambigua denominación de «indios», aplicada a los indígenas de América). A partir del pontificio golpe de pluma, españoles y portugueses sin pérdida de tiempo, sé lanzaron a conquistarlo en toda regla.
Después que una generación de conquistadores, tan arrojados como carentes de miramientos, del cuño de los Cortés, Pizarro, Alvarado, Montejo, Arias Dávila, Ojeda, Ordaz y Ruiz de Estrada, en una acción que, en muchos sentidos, no tiene paralelo en la historia, hubieran destruido los imperios de aztecas e incas, se vieron sustituidos por una serie de generaciones de funcionarios y mercaderes que, carentes de todo espíritu creador, los superaban en lo que a codicia y falta de escrúpulos se refiere.
La explotación de las colonias de las «Indias Occidentales» fue encomendada por un real decreto del 20 de enero de 1503 a la Casa de Contratación. Con ello quedaba establecida la fatal premisa de la ruina económica y política de España, cerrándole para siempre el acceso a un glorioso apogeo, de que tan cerca estuvo y que nunca llegó a tener.
La Casa de Contratación lo monopolizaba todo en absoluto, partiendo del principio de que las materias primas importadas —en especial el oro, como es natural— fuesen extraídas en las colonias y enviadas a España. España se encargaría de manufacturar los productos y de enviarlos a las colonias.
La idea base, aunque muy simplista e imitada después por otros países, puede parecer muy razonable a primera vista y en teoría hubiera podido producir un auge económico fabuloso, sobre todo en la metrópoli —en realidad era una quimera absurda.
En la conquista de los imperios azteca e inca menudearon los combates encarnizados, de perfiles homéricos. Pero la habilidad y ausencia de escrúpulos de los conquistadores desempeñó el papel principal.
Para empezar, España no estaba posibilitada para proveer a sus nuevas colonias de los necesarios bienes de consumo. El aumento de los impuestos en la Madre Patria y el prejuicio generalizado y creciente contra todo trabajo «mecánico» (lo ideal era ser soldado, funcionario o eclesiástico) agotó el alma de la industria española, debilitada encima por la expulsión, con los moros y judíos, de muchos de los elementos más capaces y laboriosos de su población. A pesar de ello, la fabricación de herramientas, así como de telas de vestir o también la producción de aceite y vino, como también de algunos cereales, se prohibió rigurosamente en las colonias, incluso en los casos en que la producción peninsular no era siquiera capaz de abastecer el consumo de España, lo que hizo que los precios se pusieran por las nubes.
Con el fin de poder mantener efectivamente aquel monopolio, se hicieron en el Nuevo Mundo poquísimos puertos que, separados entre sí por miles de kilómetros, mal podían ser suficientes para el abastecimiento de aquellas inmensas tierras; para la provincia de Nueva Granada no había, por ejemplo, otro puerto «intercolonial» que el de Cartagena de Indias, para todo México, los de Veracruz y Acapulco y las islas eran abastecidas esporádicamente por los llamados «barcos registrados». En extensísimos territorios, como son Perú y Chile, estuvo incluso prohibido todo comercio directo entre sí por vía marítima, por el cómodo Pacífico o «Mar del Sur» como entonces se llamaba y tenía que hacerse el transporte a lomos de mulas y porteadores forzados, desde el istmo de Panamá de artículos que salían así a un costo diez veces mayor del ya astronómico precio con que allí llegaban.
«Nos preguntamos hoy por quién y con qué objeto pudieron ser tramados todos esos decretos, ordenamientos y requisitos que constituyen una burla de la lógica más elemental y que únicamente han servido para hacer daño a España y a sus colonias», escribe Janusz Piekalkiewicz en su libro Freibeuter der Karibischen See (Los filibusteros del Caribe), «pues no sólo en las Indias Occidentales, sino también en la misma España, todo el comercio colonial estaba estrictamente limitado y reglamentado. Un solo puerto, Sevilla, gozaba del privilegio de mantener la comunicación con el Nuevo Mundo y precisamente era un puerto lo más incapacitado que puede imaginarse para ese fin, pues sobre los bancos de arena acumulados en Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, no pueden pasar río arriba barcos de más de 200 toneladas. Por esa razón, toda la mercancía tenía que pasar a lanchones para entrar o salir en el puerto de la Perla del Guadalquivir —pero precisamente esa circunstancia tan complicada era lo que más facilitaba a la Casa de Contratación el ejercer su riguroso control del tráfico de mercancías».
Nada podía salir para las Indias Occidentales sin el visto bueno de la Casa de Contratación, ni venir de ellas a España, ni con fines comerciales ni de pertenencia del rey mismo.
Cualquier nave que zarpase para las colonias tenía que someterse a una triple revisión por parte de los funcionarios de la dichosa Casa: la primera se refería a las condiciones de navegabilidad del barco; la segunda, al control de la tripulación, pasajeros, carga, armamento, provisiones y similares. La tercera constituía un control de los controles anteriores.
Al regreso, las cosas eran aún más estrictas y el inspector de la Casa subía a bordo antes de que el navío tocase tierra, revisaba la carga y fijaba la parte de la Corona y los impuestos —entretanto le estaba totalmente prohibido al barco establecer cualquier contacto con tierra.
Carabela española de mediados del siglo XVI.