La irrupción en las Indias Occidentales
El primer inglés que no se contentó, como Killigrew, Mainwaring y Nutt ni como los piratas franceses, con arrebatar a los españoles las riquezas traídas del Nuevo Mundo prácticamente a las puertas de su casa, sino que se dirigió en persona a las fabulosas tierras de donde venía el oro, fue John Hawkins, natural de Devon.
Junto con su socio Thomas Hopkins, se proporcionó primero en la costa de Sierra Leona «en parte a fuerza de espada, en parte con otros medios» un cargamento de unos 300 negros, con los que cruzó el Atlántico hasta Santo Domingo, donde se imaginaba que aquel cargamento podría ser muy bien recibido.
Comoquiera que había irrumpido en unos mares «prohibidos», John Hawkins empezó por hacerse el tonto y el pobre infeliz ante las autoridades de La Española y cuando se hubo visto anclado en el puerto de Santo Domingo, les explicó que una tormenta lo había desviado de su curso, que andaba mal de provisiones y, para llevar las cosas al extremo, que no tenía siquiera dinero contante para pagar las vituallas, por lo que solicitaba autorización para vender «ciertos esclavos» que llevaba a bordo.
Sir John Hawkins fue el primer inglés
que supo colarse en las Indias Occidentales.
El gobernador de La Española era sin duda un hombre «razonable» que no estaba muy al tanto del sinnúmero de párrafos, apartados, disposiciones y decretos de la Casa de Contratación —de las Leyes de Indias, es mejor no hablar. Sabiamente se dejaron 100 negros como «depósito» en poder de la Administración Real y John Hawkins y Thomas Hopkins pudieron subastar libremente los dos tercios restantes de la carga.
Los dos caballeros británicos habían contado con hacer un buen negocio, pero sin sospechar que iban a arrebatarles los esclavos de las manos a unos precios tan altos, como tampoco que iban a meterles por los ojos especias finísimas y otras mercancías valiosas que pagaron, desde luego mejor que la cicatera Casa de Contratación.
Al cabo de unos días, los barcos ingleses estaban cargados hasta el tope y se hicieron de nuevo a la mar. John Hawkins regresó a Inglaterra, mientras Thomas Hopkins navegaba hacia la península Ibérica para ver de extender aquel negocio que tan lucrativo le había resultado, al lado europeo de las Españas.
Pero la Casa de Contratación reaccionó rabiosamente. Inmediatamente de su arribo a España, fueron confiscados tanto el navío como su cargamento, Thomas Hopkins escapó por los pelos de la Inquisición, los 100 negros «depositados» en Santo Domingo fueron asimismo confiscados y la Casa expidió un nuevo decreto en el que se prohibía taxativamente a los barcos ingleses ejercer cualquier comercio con las Indias Occidentales, independientemente del pretexto con que pretendieran encubrir su navegación.
Aquella incursión en el Nuevo Mundo no había constituido ningún gran éxito financiero y lo que llevó en último término John Hawkins a Inglaterra, alcanzó acaso para cubrir los cuantiosos costos de la misma; pero no se trataba de eso. El verdadero botín de la expedición y el que muy poco después enriquecería numerosas arcas, no llegó a las Islas en forma de sacos, cajas y barriles, sino de las ideas que llevaba en la cabeza el astuto capitán.
John Hawkins había hecho una exploración minuciosa: hacia el norte y el sur del Nuevo Mundo se extendían, incógnitas e incontrolables, las grandes masas de terreno del doble continente; en cuanto al centro del mismo, el mar Caribe, estaba sembrado materialmente de islas, grandes y pequeñas, era más grande que el Mediterráneo y más difícil de vigilar que el mar Egeo.
La fuerza militar española estaba concentrada en unos pocos puntos, no hallándose en condiciones de ejercer un verdadero control, su núcleo dirigente, corrompido, codicioso e infatuado; los colonos españoles, expoliados y muy atados por la Casa de Contratación, prestaríanse en muchos casos, al menos, a una cooperación no oficial y en cuanto a la población indígena, odiaba a los españoles con toda su alma y se pondría al servicio de cualquiera que luchase en contra de aquellos opresores que habían exterminado por doquiera a su gente.
El Nuevo Mundo no era aquella vigiladísima fortaleza que trataban de pintar los españoles al resto de Europa. En su aspecto territorial, económico y militar era en su mayor parte un gran espacio vacío que no esperaba sino a ser ocupado.
John Hawkins había mostrado el camino y muy poco tiempo después, siguiendo su estela, bandadas enteras de piratas zarparon rumbo a las prohibidas Indias Occidentales, donde saquearon y practicaron el comercio —y empezaron a establecerse y acomodarse enseguida en diferentes islas del Caribe.
Francis Drake
Antes de que el más famoso de ellos zarpase en 1577 en aquella piratesca empresa que había de llevarle alrededor del mundo entero, tenía ya en su haber una docena de años de experiencias en materia de rapaces correrías a despecho de los españoles.
Francis Drake era algo más joven que John Hawkins, tenía una pizca de parentesco con él, procedía también de Devon y no tiene demasiada importancia el que su padre fuese pastor protestante o marino, puesto que en aquel puerto giraba todo alrededor del viento, las olas, los barcos y el mar.
En 1565 había tratado el joven Francis Drake de imitar la treta de su primo John Hawkins y se había embarcado hacia México con un navío abarrotado de bienes de consumo, pero ante el Río del Hacha no habían creído los españoles el choteado cuento de la tormenta y la carencia de recursos, sino que le confiscaron la nave con su carga y Francis Drake pudo darse por contento con escapar a Inglaterra, al menos con todos sus huesos sanos.
Muy bien. Si los españoles no querían practicar ninguna clase de comercio pacífico, no faltaban otros recursos…
En 1567 tomaba parte Drake, como capitán de la Judith, en la pequeña escuadra que, a las órdenes de John Hawkins, practicó el saqueo en las costas mexicanas. Una gran tempestad empujó a los ingleses contra la isla fortificada de San Juan de Ulúa, situada a la entrada del puerto de Veracruz y donde los esperaban ya 20 barcos de guerra españoles. Drake y Hawkins combatieron con denuedo, no perdieron más que un barco y regresaron a Inglaterra en buenas condiciones.
Siguieron empresas de menos vuelo en los años siguientes y en 1572 hizo Francis Drake un ensayo para preparar el gran golpe. Con dos barcos, el Pasha y el Swan, mandado éste por su hermano John, se dirigió al oeste; pero la empresa parecía llevar mala estrella.
Con 50 hombres atacó Drake para empezar la bien fortificada ciudad de Nombre de Dios, salió con una herida en una pierna y tuvo que abandonar la ciudad, ya tomada, antes de poder practicar su saqueo, porque unos violentos aguaceros habían mojado la pólvora, tornándola inservible.
No les fue mucho mejor en Cartagena de Indias, donde la única presa que lograron fue un gran galeón, atrapado por ellos a la entrada del puerto.
Por último pareció mejorar su fortuna. Diego, un esclavo n***o fugado o cimarrón al que Drake había concedido la libertad en Nombre de Dios, le dio un soplo muy prometedor acerca de cómo podrían apoderarse de un convoy de mulas cargadas de oro y plata, que traían a través del istmo, desde Panamá a Portobelo tesoros llegados de Suramérica.
Sir Francis Drake. Su viaje pirata alrededor del mundo le trajo un título nobiliario, lo hizo famoso como héroe nacional y le convirtió en el marino más grande de Inglaterra.
Para empezar, la época de lluvias les puso las cosas muy difíciles a los ingleses y 28 hombres, entre ellos John Drake, fallecieron de enfermedades desconocidas.
Por último, a principios de febrero de 1573, con 18 de sus hombres y 30 indios, se puso en marcha Francis Drake para interceptar la trocha de las mulas.
El 11 de febrero alcanzaron las alturas del istmo y Francis Drake se vio en aquel punto donde, dos generaciones antes (1513), Vasco Núñez de Balboa había sido el primer europeo que contemplara el fabuloso mar del Sur —el Pacífico. Al igual que el extremeño, el inglés quedó fascinado por aquel panorama.
El golpe de mano sobre el transporte del oro, dos días después, resultó un fiasco. Por la imprevisión de un inglés, los españoles se pusieron sobre aviso y lo único que capturaron fueron los víveres del convoy; las mulas del tesoro se habían esfumado —junto con el tesorero real de Lima y su hija, que acompañaba el convoy.
Francis Drake regresó a la costa rechinando los dientes. Allí se encontró con el filibustero francés Le Testu —un bienvenido refuerzo. 15 ingleses, 20 franceses y 20 cimarrones se pusieron de nuevo en camino. Esta vez tuvieron suerte de veras. 190 bestias cargadas de oro, plata y piedras preciosas cayeron en manos de los piratas; pero aquello era mucho más de lo que podían llevar ellos consigo. A toda prisa fue enterrada la mayor parte del botín y después, cargados de oro y plata tanto ingleses como franceses hasta donde materialmente les permitían sus fuerzas, bajaron dando traspiés por la jungla hasta llegar a la costa.
Aquellos piratas necesitaron del concurso de una buena dosis de suerte y sangre fría para escapar de los soldados españoles que los persiguieron por la selva y de los galeones que oteaban la costa y llegar a sus naves junto con la parte del tesoro que llevaban y en un estado personal más o menos aceptable.
Cuando Francis Drake volvió a amarrar su barco en el puerto de Plymouth en agosto de 1573, sólo quedaban con vida 30 de los 74 hombres que le habían acompañado, entre ellos, el cocinero del Swan, llamado John Oxenham, que no podía olvidar el enterrado tesoro.
Un año después, aquel John Oxenham, con un pequeño barco, estaba de nuevo en el Caribe. No se dio descanso hasta reanudar los antiguos contactos con los cimarrones panameños y llegar con su ayuda al sitio donde habían escondido el tesoro, que hallaron vacío. Unos ingleses y franceses que, heridos, habían tenido que quedar atrás entonces, habían sido obligados por los españoles a descubrir los lugares del enterramiento.
¿Qué hacer? Aquel excocinero no era un hombre de los que se rinden a la primera. Con la ayuda de sus cimarrones, hizo una gran canoa en la que fueron a través de lagos y selvas hasta la costa occidental de Panamá, siendo él y sus hombres, los primeros europeos no españoles que navegaran por el Pacífico. No hubieron de esperar mucho. Un gran galeón del oro, procedente de Guayaquil dejó tranquilamente que aquellos «indios» los abordaran. Cuando los españoles se dieron cuenta de quién tenían a bordo, era ya demasiado tarde. Pero, igual que un año antes, se les planteó a los británicos el problema de qué hacer con todo aquello.
John Oxenham era un cocinero muy aceptable —al menos para paladares ingleses— y había aprendido también lo suyo en materia de navegación junto a Francis Drake, pero un viaje a lo desconocido, como el que comportaría dar la vuelta al sur de América, ni menos atravesar el Pacífico, rebasaba sus posibilidades. Por lo tanto, abandonó el galeón capturado, cargó el oro a espaldas de los pobres negros y trató de abrirse camino por la selva hasta la costa oriental. Pero cayó en manos de los españoles, perdió 12 de sus hombres y cayó prisionero, siendo llevado a Lima y ahorcado allí.
El viaje pirata alrededor del mundo
El 13 de diciembre de 1577 zarpaban cinco naves del puerto de Plymouth: el Pelican de 220 toneladas, la Elisabeth, de 150, la Marygold, de 50 y las dos pinazas de abastecimiento, Swan y Christopher, cada una de ellas de 25 toneladas.
El comandante de aquella escuadra era Francis Drake y la meta oficial de su empresa era la búsqueda de la «Terra Australis», de cuya existencia corrían ya entonces ciertos rumores.
La verdad es que a Francis Drake y a su reina, participante financiera en la expedición, les tenían sin cuidado las tierras australes —aunque más adelante conquistaría Inglaterra el Quinto Continente—, aquel cuento sólo encubría el verdadero objetivo ante el embajador del rey de España. Empezaron por dirigirse hacia el Brasil y ocho meses más tarde se hallaban a la entrada del Estrecho de Magallanes, una región que los ingleses conocían únicamente de oídas puesto que el camino de acceso al mar del Sur, igual que unas cuantas cosas más, se hallaba entre los secretos más celosamente guardados por los españoles. Como las dos pinazas Swan y Christopher no estaban en condiciones de navegabilidad, se las convirtió en leña para atizar fuego y las tripulaciones fueron distribuidas entre los tres barcos armados.
El extremo sur del continente americano cuenta entre las regiones más tormentosas del planeta y Drake no se escapó sin comprobarlo. Durante un mes entero anduvieron desatados los elementos que estrellaron la Marygold contra los acantilados de la Tierra del Fuego y arrastraron a la Elisabeth tan lejos que su capitán, en vez de navegar hacia el punto de encuentro convenido, se decidió por regresar a Inglaterra, donde para disculparse, difundió la noticia de que también el barco de Drake se había hundido con toda su gente.
Pero no sólo la naturaleza ocasionó dificultades a Francis Drake. Su amigo Doughty, un acicalado hombre de la corte que había participado en la financiación de la empresa e iba en el Pelican como pasajero, perdió el control nervioso e intentó amotinar a la tripulación. Las exhortaciones de Drake en pro de la serenidad normalizaron la situación durante un par de días. Después volvió a armarse el motín.
Francis Drake cortó duramente por lo sano. Mandó abrir un juicio sumarísimo, que condenó a muerte a Doughty e hizo decapitar a su antiguo amigo. Aquel ejemplo dio resultado: en todo el resto del viaje no se suscitó ninguna protesta contra las disposiciones del comandante.
Durante 52 días el Pelican, rebautizado entretanto por Drake con el nombre de Golden Hind, (Cierva Dorada) se vio sacudido por las tempestades, siendo el primer barco en doblar el temible Cabo de Hornos (que recibe propiamente su nombre en honor del conde marino holandés Hoorn) tras lo que se vio en el Pacífico, con una tripulación extenuada, agotada y diezmada por las enfermedades y los ataques de los indios fueguinos en sus desembarcos a buscar agua.
El único dibujo auténtico que se conserva de la Golden Hind.
«El almirante dio la orden de izar las velas y poner rumbo a Chile», nos cuenta las anotaciones de uno de los hombres de Drake, «navegando en esa dirección nos encontramos con un indio que navegaba en una pequeña barca y que, en la creencia de que éramos españoles, nos dio la noticia de que en un puerto cercano había un gran buque mercante español que había venido del Perú. En premio de aquella buena noticia, el almirante le hizo algunos obsequios de escaso valor por lo que se alegró muchísimo y nos condujo al puerto de Valparaíso. Cuando hubimos llegado allí, vimos que en efecto, estaba dicho barco al ancla y que a bordo de él no había más que ocho españoles y tres negros, en la creencia de que seríamos españoles, nos recibieron con gran júbilo, tocando la generala y obsequiándonos con vino. Quedaron estupefactos cuando uno de los nuestros derribó a uno de los suyos diciéndole: “¡Muere, perro!”. Al punto santiguóse un segundo de las filas de ellos y se fue nadando a tierra, al darse cuenta de que se había equivocado, para dar noticia de nuestra llegada a los habitantes de la ciudad.
»Al oír aquello, la gente abandonó la ciudad para salvarse como cada uno pudo. Enseguida de ello, nuestro almirante se dirigió a la ciudad con una sección de soldados con su barco y aquel que había pertenecido a los españoles, la tomó y saqueó sin tropezar con resistencia».
El botín ascendió a un quintal de oro, 1770 cántaros de vino y, lo más valioso de todo, un guía de origen griego que pasó al servicio de los ingleses.
En aquel momento lo que más urgía era reparar la Golden Hind, que llevaba ya un año entero en la mar. Francis Drake llevó cautelosamente a su barco a una tranquila rada cercana a Atacama, donde lo sacó a carenar, rascando cuidadosamente la costra de moluscos y algas que se le había formado bajo la línea de flotación y calafateando el casco a conciencia. Renovó después la arboladura a cuenta del material de la carabela tomada e hizo pulir hasta dejarlos brillantes, los cañones y demás armas. Entonces, de nuevo en todas sus condiciones, se podía proceder en forma. «Navegamos después rumbo a Arica. Allí nos tropezamos con tres barcas de vela, que saqueamos completamente.
»El 13 de febrero llegamos frente a Lima y cuando entramos en la bahía vimos allí a 12 barcos y barcas de vela anclados. Sus capitanes, en la creencia de no haber ningún peligro, habían desmontado las arboladuras y llevádolas a tierra. Tampoco los había molestado hasta entonces ningún enemigo. Pero aquel día comenzaron para ellos esa clase de cosas, pues nuestro almirante saqueó a sus anchas.
»Pero lo mejor fue que recibió noticia de otro barco, de nombre Cagafuego, que navegaba hacia Panamá cargado con un gran tesoro. Esta fue la razón por la que se decidió a perseguirle a todo lo que dieran de sí las velas». Cagafuego era el sobrenombre —debido a su poderoso armamento— del galeón Nuestra Señora de la Concepción, que llevaba a Panamá la producción anual de las minas de plata, oro y piedras preciosas de las costas de Chile, Perú y Ecuador. Y desde Panamá, los tesoros eran llevados al otro lado del istmo a lomo de mulas o en canoas por el río Chagres, a Portobelo o a Nombre de Dios.
Francis Drake prometió una cadena de oro como recompensa al primero de sus hombres que diese vista al Cagafuego. El galeón del tesoro había salido de Lima dos semanas antes, pero la delantera disminuyó rápidamente. Poco antes de Paita abordaron los ingleses otro galeón, enterándose de que el Nuestra Señora de la Concepción les llevaba sólo dos días de ventaja y por la tripulación de una barca que capturaron al día siguiente, pudieron saber que el galeón del tesoro no les llevaba ni 24 horas de ventaja.
El 28 de febrero la Golden Hind dejó atrás el golfo de Guayaquil y pasó la línea del ecuador.
El 1 de marzo de 1579 a las tres de la tarde, el pequeño John Drake, primo del comandante que hacía las veces de paje, proclamó a voz en cuello que la cadena de oro le pertenecía. Cuatro millas delante de ellos navegaba el precioso galeón.
«Hacia las seis de la tarde saludamos al barco español con los tres cañonazos de rigor y con tantos saludos de arcabuz que por último, su comandante se vio obligado a arriar las velas y entregarse. Cuando ello hubo ocurrido, entramos al abordaje del navío y apresamos tesoros inmensos como alhajas, piedras preciosas de gran valor, arcas enteras de reales de plata…».
Pequeño barco de guerra inglés.
La Golden Hind debe haber presentado
un aspecto parecido al de este barco.
Cuatro días se pasaron los ingleses con tiempo espléndido y mar lisa trasladando el botín desde el Cagafuego hasta la Golden Hind: 26 toneladas de plata en lingotes, 13 cajas de plata en monedas, 80 libras de oro, arcones llenos de joyas, piedras preciosas y perlas, así como otras mercancías por valor de más de 200.000 libras esterlinas.
Francis Drake trató en aquel tiempo con la mayor deferencia a don Juan de Antón, capitán del Nuestra Señora de la Concepción, a quien sentó a su mesa e incluso obsequió al despedirse con una cadena de oro en la que ostentaba su nombre rubricado «Francis Drake», tras lo cual lo dejó en libertad junto con su barco.
El 14 de marzo capturaron los ingleses un barco con un cargamento de seda y de porcelana china de la época Ming. Francis Drake no se entusiasmó demasiado, pero hizo pasar el botín a su navío debido a que «su mujer necesitaba seda y porcelana».
Don Francisco Zapata, capitán de aquel barco español, nos ha dejado esta interesante descripción:
«Este inglés se llama Francis Drake; tiene más o menos 38 años, es de estatura pequeña y muy robusto. Toda su compostura es distinguida, su rostro causa una impresión agradable y una hermosa barba le da un aspecto bondadoso. En la mejilla derecha se le aprecia una cicatriz proveniente de un flechazo. En una pierna tiene otra herida causada por un disparo de ballesta que recibiera en las Antillas. Es un gran marino; su padre, como también sus antepasados, eran hombres de mar; está emparentado con John Hawkins. Trae consigo a su hermano Tomás que sirve como simple marinero, como todos los demás. Tomás tiene 22 años, es de estatura pequeña, pero muy ancho de hombros. Drake trajo de Inglaterra, según se ha dicho, 170 hombres. Pero muchos de sus hombres murieron y su tripulación no se compone ahora más que de 80 personas, entre ellas 8 muchachos. De Inglaterra ha traído también un n***o, de nombre Diego, que habla español e inglés. Lo tomó prisionero hace como siete años junto a Nombre de Dios. El barco almirante era un velero muy rápido y muy bien armado. Sobre la borda asomaban gran número de cañones de hierro y bronce» (en esto exagera muy a sabiendas don Francisco Zapata, la Golden Hind no llevaba en realidad más que 10 cañones ligeros). «El pirata tenía en su posesión tres libros náuticos, el uno escrito en francés, el otro en idioma inglés, el tercero era el Viaje y Descubrimientos de Magallanes. Drake llevaba un diario en el que dibujaba aves, árboles y leones marinos. Era muy diestro en el dibujo. Él y su primo John, que asimismo dibujaba bien, se encerraban a menudo en su camarote para poder dibujar tranquilamente».
Claro está que Drake no sólo dibujaba leones marinos y aves, sino también perfiles costeros —y con gran exactitud— para que en lo sucesivo cualquier inglés pudiera orientarse fácilmente en aquellas aguas mantenidas tan en secreto hasta entonces.
También había tenido que ver con la cartografía su siguiente captura, que hizo rugir a los españoles de rabia y consternación, pues no sólo cayeron en manos de Drake dos guías muy experimentados y duchos en su materia, cosa en que no abundaban tampoco mucho los españoles, sino además todo un montón de material cartográfico de valor inestimable en el que se incluían diseños del Pacífico y del mar de la China hasta las Molucas —nada menos que secretos de estado cuasisagrados, en los que descansaba el poderío marítimo mismo de España.
Con toda la prisa imaginable enviaron los españoles una serie de barcos de guerra a dar caza a la Golden Hind, para evitar nuevas calamidades, pero la fortuna siguió inextricablemente aliada a Francis Drake: dos navíos, al hacerse a la mar en su seguimiento, se olvidaron de tomar provisiones. En cuanto a unos galeones, erizados de artillería, zarparon sin pólvora ni municiones.
Ataque de barcos ingleses sobre un transporte de plata español ante la costa del Perú.
Sin embargo las cosas iban poniéndose también difíciles para los ingleses, sin olvidar que la Golden Hind iba ya tan abarrotada de cosas preciosas, que no había espacio material para ningún botín más, por lo que hubo que pensar en el viaje de regreso.
»Se nos ofrecían dos posibilidades: o hacerlo por el estrecho de Magallanes, por donde habíamos venido o atravesar el gran Mar del Sur, que es de una extensión terrible.
»Si seguíamos esa ruta, había que considerar todavía si deberíamos navegar a través de las Molucas y rodeando el cabo de Buena Esperanza o a lo largo del imperio de China, siguiendo la costa de Tartaria, para arribar a Inglaterra a través del Océano Ártico y dando vuelta a Noruega.
»Nuestro almirante no tenía ningún deseo de regresar por el estrecho de Magallanes, porque los españoles son fuertes y numerosos a lo largo de las costas del Perú y Chile y si nos descubrían a nuestro regreso, no nos habría sido posible escapar a sus manos. En segundo lugar, la entrada en el estrecho yendo desde el Pacífico, era sumamente peligrosa a causa de las incesantes tormentas y aguaceros que allí prevalecen. A esto se añadían los bancos de arena próximos a la costa que hacen muy arriesgada la navegación, cosa que habíamos podido experimentar nosotros mismos.
La placa de bronce que dejó Francis Drake en 1579 cerca de la actual San Francisco y que fue hallada en 1936.
»Por lo tanto, pensó que lo mejor sería ir hacia China o el j***n, tomando sobre nosotros los riesgos y penalidades de una travesía de aquel mar Pacífico».
Francis Drake empezó por seguir navegando a lo largo de la costa oeste de América. En 1936, no lejos de San Francisco, se halló una placa de bronce de unos 60 por 80 centímetros, con la siguiente inscripción:
»Por estos presentes sea puesto en conocimiento de todos los hombres que el 17 de junio de 1579 por la Gracia de Dios y en nombre de Su Majestad la Reina Isabel de Inglaterra y sus sucesores tomo posesión para siempre de este reino cuyo rey y pueblo renuncian libremente a su derecho y título en toda la tierra en favor de Su Majestad. Nombrada ahora por mí y para ser conocida por todos los hombres como Nova Albion. Francis Drake». Casi año y medio duró todavía el viaje de regreso, atravesando el Pacífico y tocando de paso en las Filipinas y Molucas. En la isla de Célebes, la Golden Hind fue a dar en uno de los temidos arrecifes de coral, pero Drake y sus hombres lograron desembarazar de nuevo a aquella nave de robustez excepcional, costearon Java, donde tomaron a bordo más carga de valor, aunque de poco peso —especias— para doblar después el cabo de Buena Esperanza, tras lo que, el 5 de noviembre de 1580, tres años después de su salida, atracaron en el puerto de Plymouth.