Zorro de mar Capítulo 1

4682 Palabras
Andaria de Mesti era una niña peculiar para la historia. Siendo una princesa, aborrecía los estudios de coducta y clases de magia. Para colmo de sus padres, la esgrima y equitación, tampoco calaban en la actitud inusual de ella. No era raro verla en la orilla de la playa, lejos del ajetreado ambiente imperial de Nustredam. Lo atípico es que existía otra princesa que tenía los gustos exentricos al océano encima de todo. En la nación de Calvior, Miaravich amaba pasar día y noche escuchando el oleaje espumoso lejos del capitolio. Tiempos de paz sumaban años de descanso bélico, Celis y Calvior sellaron el cruel derramamiento de sangre que perduró doscientos años. Como muestra amistosa de diplomacia, los reyes Calvarian, visitaban anualmente Nustredam. Aquellos dias resultaban desastrosos para ellas, faltaban a su cita con el mar para estar presente en una mesa alargada, oyendo tonterías de adultos y política. Sin embargo, algo lo hacía especial. Así nos encontramos en el espacio carnavalesco del comedor. Los estandartes ondeaban a la gracia de la corriente que se escurría en la celosía del ventanal arqueado; de aquí y allá los pasos presurosos de las criadas, lacayos y cocineros armando en horas apremiantes, la cena que daría lugar a las nueve de la noche. Permanecía cerrada la puerta hasta que fue abierta por un guardia celeste con el rostro sudoroso, siguiendo detrás, otro guardia similar pero carmesí. Revisaron debajo la mesa, ignoraron las quejas del servicio y salieron preocupados. —¿Qué buscaban? ¡Estaban pálidos! —comentó una criada regordeta de senos grandes, dandose aire con la mano. —Al ser guardias reales a la orden de Su Majestad, quizá y es muy probable, las princesas —dijo una criada de nariz chata y confundible con un palo de escoba por su delgadez. —Viven en el mar, por dios —contestó la criada gorda, poniendo los ojos en blanco. —¿Nadie les dijo? —preguntó un lacayo refinado con acento impecable del norte, algo parecido al francés en nuestro mundo. —¿Debería? —Encogió los hombros la criada delgada, prosiguió puliendo la mesa y posicionando los candelabros—. Mejor para nosotros si se pierden. —Las chiquillas adoran la costa, ninguna princesa en la historia de Celis presentó tal rareza. —La criada gorda ordena los cubiertos—. Yo siendo una princesa preferiría vivir educandome para gobernar en el futuro. —De acuerdo estoy —dijo el lacayo gozando de procastinar en la conversación—, no muestran interés en las necesidades de la corona . —Mis niñas a temprana edad, les enseñé a actuar como doncellas, tendrán un próspero marido en el futuro —dijo la criada gorda, está vez acomoda el mantel y reordena las sillas. ¿Ves con tu mente la idiotez humana en criticar a los demás? Salgamos de aquí, iremos a la costa cerca del puerto Phambell, donde Andaria y Miaravich, están disfrutando del ocaso. En la línea horizontal se oculta el gigante naranja, expeliendo de los rayos en un espectacular degradado violáceo y oro que se funde en ascenso con el abismo espacial azulado, entrando en escena astral, la estrella que expecta a las niñas jugando con las olas. Mientras las lenguas en el palacio maculan el nombre de ellas, Miaravich está a punto de demostrar su aprendizaje en magia. —Mira lo que hago —le dijo a Anadria. Los pies mojados de ambas chicas recibían el masaje del agua antes de ser retraída. —A ver, muestra. —Andaria cruza los brazos. De las manos surgen dos llamas. —Vale, haces fuego. —No estaba impresionada. —Tú haces hielo, soy superior, ¿sabes? —dijo altiva Miaravich, uniendo las dos llamas para formar una bola de fuego. Andaria simula un cuenco juntando ambas manos, reune agua y apaga la llama, además que moja el vestido bermejo a la altura del escote. Miaravich con la boca abierta, persigue anonadada a Anadaria que se ríe durante la carrera. Se suelta la trenza que ajusta el moño esparciendo el castaño ondulante, quería retirar el pesado vestido, aflojar el escote, quedarse en calzones —sí, Andaria usaba calzones—, sentirse libre de la presión que ostiga su vida. Miaravich tenía los cabellos negros, un poco resecos y casi similar a una bruja de pantano; nariz pequeña y labios carnosos, cejas algo curvas. Molestarse con Andaria era imposible, nadie en Calvior entendía la pasión por el mar que sentía; señalada, humillada y en ocasiones, maltratada por su amor al ponto, reprimían a toda costa los padres de esta que acudiera a llorar en el archipiélago. Comprender esto es difícil. ¿Realmente necesitamos hacerlo? Nacemos con la certeza de apasionarnos por algo que nos identifique; perecemos ante la constantes burlas y nos creemos fracasados. Verás como una tontería su pasión al mar, pero, ¿cuántos adultos no ven en sus hijos tonterías, suprimiendo un futuro hombre o mujer provechoso de sus sueños? Las niñas no son la excepción, Andaria y Miaravich no habían nacido para ser reinas, nacieron para el mar y este las reclamaba. Una conexión inaudita se tejía cada día, casi una obsesión. Este día anual comenté que era desastroso, por otro lado, es el único y mejor día que ambas pueden compartir. Pero, no crean que esto escapa de los ojos de sus padres. Regresemos al palacio imperial, en el patíbulo hay tres torres atravesando la entrada del coloso central, obviando al guardia que se saca un moco y lo come con ternura —¡Qué asco!—, llegamos a la altura después subir el espiral casi infinito. La flama en el candil alumbra la estancia donde los reyes están discutiendo la situación preocupante de la niñas y las reinas andan pavoneándose por el pasillo hablando del duque de Bianca. —Ya están en la búsqueda —dijo el rey de Celis. —Mis disculpas por el comportamiento de Miaravich, será castigada y torturada por casi quebrantar nuestro acuerdo —dijo el rey de Calvior con un tono agresivo. —Pudiera decirse que ella la secuestró, pero no, mi hija la incentivó y manipuló. —Agachó la cabeza, destellando el rubí incrustado en la corona—. Las disculpas es nuestra. —Merecen un castigo —recomendó brillando la maldad en los ojos profundos. Es conocido que Calvior es una tierra violenta, causa del historial de guerras contra Celis es prueba suficiente. Las reinas provocaron un revuelo al ser sorprendidas por la aparición repentina de los guardias, abrieron la puerta luego de arrodillarse frente a las reinas. —¡Mi señor, están en la costa! —anunciaron los dos al unísono. —¡Lo sabía! Miaravich será corregida durante el castigo —espetó furioso el rey de Calvior. Prepararon la comitiva de la carroza, partieron al galope acechante con las lámparas meciéndose coléricas a un costado del compartimiento. Mientras tanto en la costa, Miaravich había alcanzado a Andaria lanzándose encima de ella para remolcarse en la arena. El desastre de los vestidos de alta costura causaría un infarto en los padres. Andaria ganó la contienda, aprisionó a Miaravich con las piernas haciendo presión en las costillas, cruzó los brazos y cantó victoria. —Vitoreas antes de tiempo —dijo Miaravich con la derrota a flor de piel. —No seas mala perdedora. —Se retiró a un lado, ofreció apoyo a su amiga la cual aceptó gustosa para sentarse—. Está oscureciendo. —¿Quieres volver? —preguntó arqueando la ceja —Nuestros vestidos están arruinados —respondió señalando las manchas turbias en la tela—. No podemos volver luciendo como un vagabundo. —De todas maneras están buscándonos, no lo dudes. —Juntó las rodillas, tomó el pelo como un paño y escurrió agua. —No me importa —dijo con tristeza. El sol estaba apunto de extinguirse, entró la luna en su esplendor. —Andaria —esta prestó atención—, ¿te hubiera gustado nacer diferente? —No entiendo. La marea aumentaba y la serenata marina apaciguaba el encuentro. —Yo quisiera vivir en un hogar simple con una familia común que permita escoger el destino —expresó haciéndo un rictus. El sonido de los caballos se aproxima, pero Andaria era sorda aquello y era oídos para Miaravich, toma las manos de su confidente. —Odio los castigos y reproches, esta vida no es para mi, no nací para ser reina —continuó Miaravich con los ojos lánguidos—. Sé que huímos al mar para sentirnos seguras, nos refugiamos en la soledad para evadir la crueldad. Las gaviotas surcaron el cielo, planeando hasta volverse un punto en la inmensidad sideral. Andaria abraza a Miaravich, derraman estrellas fugaces. Los reyes observaban en silencio junto al séquito. Puedes pensar que los reyes en mi obra deberían ser como los demás, con actitudes verosímiles semejantes a nuestro mundo. Entiende que no es Inglaterra y Francia, es Calvior y Celis que durante siglos disputan guerras innecesarias. El abrazo entre princesas, significa un vuelco político para las relaciones extranjeras. Bianca y Lianca, los imperios salpicados de miseria por la tormenta de sangre durante las pugnas; clamaban a gritos la conciliación humana entre el azulejo y el fénix. —Discutiremos mejor en la cena —sugirió el rey de Celis. —Ordenaré al comandante de brigada que traiga escoltas, no podemos dejarlas esta noche sin vigía —consideró el rey de Calvior. —Acepto la recomendación, aunque Celis carece de malintencionados, ser precavidos es mejor —concluyó. En el banquete se discutiría el asunto que alegraría a nuestras princesas, pero, resaltaré la conversación que tuvieron bajo el velo lunar y los siervos estrellados, mientras el par de reyes devoraban con apetito salvaje los pavos humeantes. Las piernas estiradas señalan a Neptuno, alzando las puntas de plata. Charlaban banalidades, pero una narración despertaría el interés a la conversación. —¿Crees en las leyendas? —pregunta Miaravich. —Sí, vivimos en un mundo mágico —afirma Andaria. Mentira no es, el continene está plagado de criaturas desconocidas y a esto asiente Miaravich. —Entonces, crees en la orden de los sabios y el regreso de SoS —dijo Miaravich moviendo las piernas. «¿Por qué menciona a SoS?», piensa Andaria. —Sí, mi ancestro forma parte de los sabios —dijo Andaria con cierto temor. —Quería confirmarlo, ¿puedo contarte un secreto? —preguntó con la mirada queda. —Lo guardaré en mi alma y moriré con él. El viento frío perforada la piel. —En las noches me visita un ser alado, sus puntos rojos me observan en un rincón hasta el amanecer. Una vez decidí hablarle, pero no contestó, inmóvil permaneció, cuando regresé a la cama... El silencio recorrió a modo de escalofrío la nuca de Andaria. —El ser alado me agarró, por su energía... —No puede serlo, es una ilusión, los sabios mantienen encerrado al príncipe de las tinieblas. —El semblante adusto de Andaria atemorizó a Miaravich. —Tal vez lo confundo, pudo ser otra cosa. —Miaravich rio bajo, decidió cortar la narración. El temor de Andaria es justificable. Permíteme resumirte el contexto; SoS es el príncipe de las tinieblas, hijo del dios Dubinis y Clarssatinia. Cuando la nómada Celis derrota a la corte Alfa, destruye el plano abismal llevándose consigo a los padres de SoS. Encierran al príncipe en una esfera, custodiado por los diez sabios encargados de mantener su energía cautiva. La narración corta de Miaravich, delata que la fuerza de los sabios está debilitándose, sin embargo, no es aquel el temor, es mucho peor. «Juró venganza contra el linaje Mesti. Son ilusiones, no puede ser el verdadero SoS», pensó Andaria espabilando la cabeza. —¿Andaria? —pregunta Miaravich. —Estoy bien, solamente pensaba en lo terrible de tener un ser alado durante las noches vigilándote —respondió con una ligera sonrisa. —Disculpa, cambiemos el tema —ofreció ocultando la inquietud. Volviendo al banquete, los reyes satisfechos con el vino enturbiando las neuronas y el estómago lleno, comenzaron a discutir «la decisión». —Las niñas abrazadas estaban, ¡ja! Un hecho que jamás ocurrió en la historia —bramó el rey de Celis. —¡Redios! Ustedes tienen excelentes viñedos, felicito la producción de dicha exquisitez —dijo con tintes de borrachera en la voz, el rey de Calvior—. Entonces, señor azulejo, ¿debería dejar a Miaravich a su mando hasta finales del verano? —¡Usted me complacería con tal honra que no habría modo de agradecerle el honor! Por supuesto, y a inicios del invierno también Andaria visitará Calvior con Miaravich. Si no puedes con el enemigo, únete. El dicho encaja en la situación. —Las enseñanzas se distribuirán, Miaravich y Andaria mejorarán juntas con esta decisión. —Un paje sirvió más vino y este lo apuró de un trago, haciendo sonar la copa de oro en la mesa. —Nuestras relaciones mejorarán de sobremanera y podremos aplastar al duque de Bianca —dijo saboreando cada palabra. La reinas no evitaron sentir un repelús, pues, aunque no nos incumbe, el duque de Bianca corteja en secreto con ellas y más de una vez, ellas han compartido lecho con él. —¡Ah! Aquel degenerado, tendremos soles y lunas para imprecar sobre su nombre, por ahora, el tema son nuestras niñas. —El rey de Celis con un chasquido ordenó retirar los platos y servir más vino. —¡El futuro del reino! Claro, señor azulejo, firmaremos el papel con las condiciones de estadía en cada casa. —El rey de Calvior se bebe el vino como agua. —¡Está dicho entonces, que nuestras señoras sean testigo! Mañana iniciará una era que marcará nuestra alianza longeva. —¡Brindemos! Levantaron las copas y después del parsimonioso asentimiento, bebieron. Al día siguiente, puesto que durmieron en la arena las princesas, fueron despertadas por el clarín del alba. Transportadas al palacio, recibieron la noticia que ya sabemos por boca de sus padres. Rebosantes de alegría, la temporada de verano y la estratégia de juntar las apasionadas por el mar, resultaría en una combinación infalible. *** Una carta desesperada. Como ya sabemos, las princesas les gustaba causar sustos al borde de la paranoia a sus guardias asignados. ¡Tendrías que verlos buscando con los ojos fuera de las órbitas! Sus cabezas estaban en juego si algo les ocurría. La aventura que narraré es especial, no sale en los libros de historia de la Universidad Armadios, siglos después de esta época. Hubo un día que escaparon a las calles de Nustredam camuflajeadas con el hábito que robaron de la clase de magia. Pequeñas y con la tela rozando el suelo, los guardias en el puesto del gran arco creyeron que eran visitantes extranjeros, bajaron la atención porque estaban recientes en el turno de la tarde. Ellas saludaron cubriendo sus rostros y descendieron las escaleras, los dos guardias tenían el entrecejo fruncido, les dio igual chascando la lengua, habían escuchado sobre gnomos y duendes que ayudaban en Narshat, una provincia al sur después del desierto de Armathan. —Deben prestar escolta al duque de Narshat —justificó el guardia acomodando el mosquete en el hombro. El duque estaba de visita aquel día. —Seguro. —Suena la nariz mocosa, parece que tuvo gripe. Desesperados aparecieron viendo al oeste y al este, luego hacia la dirección de la plaza del león; los dos hombres, celeste el primero y carmesí el segundo, empapados de sudor. —¡¿Han visto a las princesas salir?! —preguntó azorado el celeste. —¡Ea, cálmate! —Refunfuñó el guardia que lo mira como si estuviera loco. —No, no hemos visto a las princesas, la anterior guardia informó las entradas y salidas, lamento decirles que las princesas no atravesaron el arco —explicó el segundo guardia alzando el mentón intimidante. —¡Dios! —espetaron al mismo tiempo y se marcharon para volver a buscar en el palacio a las niñas perdidas. —Algún día los veremos en la horca —dijo el guardia engripado, su voz candente de zisaña. Las princesas estaban disfrutando de un paseo en Nustredam. Andaria tuvo la idea de mostrarle la ciudad imperial. Miaravich estaba fascinada con el entorno citadino, el aire a pan que es la esencia de la capital. La princesa azulejo llevó al fénix a recorrer los puentes, contemplaron los peces arcoiris en el canal que conduce al rio del bosque. Visitaron la panadería cercana a la plaza del león, el panadero sabía quien estaba oculto en el hábito, les regaló un pan grueso y suave como las nubes, humeando la calidad del trigo para el gusto del olfato. Pasaron por el consejo, admiraron sentadas en la fuente la arquitectura parecida al capitolio de Estados Unidos. Dividieron el pan a la mitad, Andaria los dividió en tres partes. —Esperame, ya vuelvo —dijo susurrando. Miaravich encogió los hombros, encantada con la textura del pan mimando su lengua. El azulejo en secreto repartió las tres partes a los niños moribundos del barrio bajo. Regresó con una sonrisa traviesa y dirigió la mirada complacida al cielo célebre de la tarde. Esperaban el ocaso, querían presenciarlo en el puerto Phambell. Pasaban por debajo de un puente curvo conectado a una casa de dos plantas a otra. Una anciana colgaba las mantas sobre el borde de granito. En la puerta de un hogar de tres plantas, estaba sentada una doncella en las escaleras de la fachada. Jugaba ansiosa con los bordes del delantal. Andaria no pudo evitar sentir la tristeza que manaba de aquella alma. Detuvo el paso y tomó a Miaravich para que la siguiera. —Señorita —dijo retirándose la capucha del hábito. Andaria gusta que vean quien es. La doncella abrió los ojos lagrimosos, su mano tapó la boca al ver la silueta de Andaria en la claridad. —Princesa Andaria, disculpe mi poca decencia... —¿Por qué lloras? —interrumpe Andaria con un ademán apasible. —Yo... —Sus ojos volvían a llenarse de agua en las comisuras, derramó una lágrima que destelló en descenso—. Yo esperaba su llegada este día, a esta hora... No ha llegado... —¿Quién no ha llegado? —preguntó Miaravich retirándose el capuchón. La doncella no conocía a la princesa calvarian. —Mi amor prohíbido, mi amante de medianoche —dijo controlando el llanto—. Él no ha llegado de su viaje, contestó mi última carta una semana atrás y desde entonces... no volvió a escribir, estoy desesperada, al borde del pánico... —Puedo ayudar... —Podemos ayudarte —corrigió Miaravich sonriendo a Andaria. El azulejo correspondió la sonrisa. —¡Sería injusto poner en riesgo sus vidas por una carta! —bramó la doncella. —¿Dónde fue tu amante? —pregunta Andaria. —Al pueblo sin nombre. El azulejo dudó, aquel amante marchó a la morada de los licántropos. Miaravich desconoce el pueblo. —Iremos a investigar que fue de él —dijo Miaravich con seguridad. —Me ofrecí a hacerlo, pues, iremos —dijo Andaria con cierto temblor en la voz. La doncella besó los pies del azulejo, pero ella la levantó y abrazó. No es costumbre que una doncella de clase baja sea abrazada por una princesa, es extraño y para Miaravich también resultó un acto poco común. Sin embargo, fue como abrazar a cualquier persona, la doncella estaba cohibida de la impresión. —Gra... Gracias —musitó la doncella. Luego de despedirse, la doncella entregó una carta que había escrito para el amante si lo llegaban a encontrar. Caminaron hasta la salida de Nustredam. Andaria se detuvo cerca del establo, tenían las capuchas alzadas y el cielo mostraba los síntomas del ocaso. —Miara, el pueblo sin nombre es peligroso —dijo con miedo. —¿Un pueblo sin nombre te asusta? —Apoya el peso de una pierna a otra con los brazos cruzados. —Es el hogar de licántropos, ¿no entiendes? Su amante es un licántropo —contestó exasperada. —Iremos a investigar, no adentrarnos —dijo Miaravich. Unos jinetes de la guardia imperial retuvieron a un hombre de cabello largo con jubón que quería entrar a Nustredam. Las princesas se ocultaron cerca de unas cajas descargadas de un carromato que venía de los campos de Narshat. Aguzaron el oído concentrándose para escuchar la conversación e ignorar el barullo de la ciudad. —¡Merezco entrar, merezco despedirme de quien amo! —exclamó con la voz quebrada. —Un monstruo como tú no merece los derechos humanos, lárgate al pueblo o nos encargaremos de tu c*****r —amenazó el jinete desenvainando la espada. —¡Soy cómo ustedes! —dijo el hombre alzando los brazos, sacudiéndo los cabellos. —Los licántropos no son humanos, son bestias y estamos para defender a los nuestros, lárgate al exilio, ¡no lo repetiré una vez más! —imprecó espoleando suave el costado del caballo, el corcel avanzó pisoteando la tierra y corcoveando. —Si no puedo, entregen esta carta a la doncella de la calle sur, subdirección completa está allí —dijo rindiéndose. Andaria estaba roja de ira, agurró la tela del hábito de Miaravich. —No salgas, nos pondrás al descubierto y ganaremos una vigilancia mayor de lo usual —dijo Miaravich reteniéndo a Andaria. —¡Bien! Deme la epístola y la entregaremos, a cambio larguese y si regresa no dudaremos en enterrarlo —dijo el jinete aceptando el sobrecito. —¡Gracias noble caballero! —agradeció arrodillado. —¡Vete! —gritó haciendo gestos como si el amante fuera un perro—. ¡Únete con los de tu especie! Vieron que el hombre salió corriendo por el sendero del bosque. El jinete rompió la carta en varios pedazos mientras reían sus compañeros. —Una puta de la calle sur buscando maridos anormales —dijo excitado por sus compañeros. —¡Hiel! —conjuró Andaria desbordando rabia entre los dientes, señalando con los dedos torcidos. Un pequeño pero mortal pincho de hielo se clavó en las costillas del jinete, derribándolo ipso facto. Andaria retiró el capuchón y salió a la luz sin importarle que la vieran los hombres de su padre. Miaravich creó las dos bolas de fuego, cubrió a Andaria que se internaba en el sendero. El fénix retrocedía viendo el charco de sangre que dejaba el jinete que no paraba de chillar, retorciéndose como un gusano. Los demás estaban horrorizados socorriendo a su compañero. Miaravich siguió los pasos de Andaria. *** Un amor sin distinción. Los troles universales conectados a las raíces crecientes, remueven la pasividad con las hojas al revuelo, batiéndose con el rasgar del viento. Su vista embelesada por el frondoso verde radiante, atravesando los filos dorados como agujas entre los resquicios veraniegos de los abetos danzantes. Aclararé que Andaria domina Hiel como conjuro básico ofensivo. Miaravich domina Fugor, con el mismo rol de Hiel. La magia esparcida en partículas confundidas con luciérnagas bailoteaba en la espesura de las flores en los setos. Habían arañas posadas en las ramas a espera de las víctimas. Serpientes anchas, alargadas con ojos de topacio y piel atigrada reptaban en pos del alimento, Miaravich vio a una desaparecer adoptando el color de la tierra. Un lejano riachuelo transmitía el rumor del fluir continuo. Conejos saltarines en grupos tomados de las patas con una esmeralda en el centro craneal, hacian un especie de ritual para llamar a las hadas peligrosas Manos Blancas. La princesa calvarian recorrió los peligros tranquila, sabía que la naturaleza es imperturbable a menos que la tientes a formar parte del ciclo alimenticio. Se orientó gracias a la señalización de un mojón y a las huellas frescas de Andaria. Oyó un pequeño sollozo, apurada trotó hacia el sonido. El azulejo estaba aliviando al hombre que lloraba a orillas del riachuelo con los dedos cubriendo los ojos, en la arenisca está la carta de la doncella. Miaravich respiró aliviada al saber que su amiga está bien. —Contará con mi protección, te lo prometo —dijo Andaria en tono consolador. —No puedo permitirlo... —Las leyes no puedo cambiarlas, no estoy en edad para hacerlo, pero puedo hacer lo posible por protegerla —dijo Andaria y vio a Miaravich. —¿Qué ocurre? —preguntó Miaravich. —La doncella traerá un híbrido —contestó Andaria, Miaravich de la impresión tragó saliva y no comentó—. El cruce entre la fauna humanoide y humana está prohibida, pueden mandar a la horca a la doncella si se enteran. Y escapar con un licántropo no es una buena opción, es una enfermedad mortal y el hombre transformado no dudaría en matar a la doncella por más que la ame. Las princesas conectaron su pesar y juzgar, no sabían que hacer. —Tengo una idea —dijo Miaravich de pronto. El hombre retiró los dedos descubriendo su rostro jovial. Andaria y Miaravich admitieron que era un mozo decente. —Vamos al puerto Phambell para presenciar el ocaso, ¿no? —continuó. —Sí —dijo Andaria. —¿Cómo me ayudaría ir al puerto si no puedo entrar a Nustredam? —preguntó el hombre. —Hay una ruta que solamente conozco, es un poco peligrosa pero funcionaría —añadió Andaria—. Explica sin ambages, Miara. —Ire por la doncella, tu guiarás al hombre. Entiendo que no podamos hacer nada, pero ella quiere saber de él y él necesita explicarle que debe abandonar Nustredam —dijo Miaravich viendo con ternura al hombre—. No dejas de ser humano aunque seas un monstruo para los demás. —¡Iremos al puerto! —dijo Andaria poniéndose de pie—. Es mejor ir ahora, está anocheciendo. —¿Quién es usted? —preguntó viendo el milagro en los ojos naranjas de Miaravich. —Fénix, un placer —dijo inclinando un pie. —La princesa calvarian —dijo el hombre esperanzado. Andaria fue bosque através hasta las calles adoquinadas del puerto. Miaravich encubierto lo mejor que pudo, se escabulló hasta la casa de la doncella, le pidió silencio y que la orientara al puerto Phambell, allí esperará su amante. —¡Gracias, gracias, gracias... No paraba de agradecer oor el camino, agitando las manos al cielo con las lágrimas saltarinas. Avanzaron por la ruta comercial, varios cocheros veían con recelo a la figura de Miaravich, agradeció pasar desapercibida por las vistas que buscaban al agresor del jinete y su acompañante. Había escuchado las voces en alto proferir sus nombres, el rey no se había tomado a la ligera la treta de Andaria. Llegaron a las casitas del puerto que carecen de vidrio en las ventanas. Miaravich hizo una seña para detener el paso de la doncella, esperó y Andaria silbó como un azulejo en un callejón entre dos altas paredes de piedra. Se adentró y abandonaron el mundo movedizo de los marineros, oyó el tañido de una campana, perdiéndose el eco en el infinito. El sol seguía la caída del oeste. —¡Lucian! —gritó la doncella. El hombre volteó. —¡Clavelia! —respondió emocionado. Un abrazo los volvió a unir. Andaria y Miaravich en una seña que ellas hicieron con la barbilla, salieron del callejón para dejar a los amantes despedirse. —El sol, vamos a la costa, estamos a tiempo —dijo Andaria incentivando a Miaravich a una carrera. Meciéndose los barcos a un lado mientras en el fondo, el sol en la línea del horizonte se oculta. Las gaviotas planean, los pescados saltan en las redes, y la brizna marina rocía sus rostros libres antes de regresar a la monotonía. Andaria tenía en cuenta el daño hecho anteriormente, pero no le importó, no le interesó. No había nacido para ser reina, pero su mente nació para ayudar a los necesitados. Miaravich estaba detrás de ella, riendo junto al restallar de las olas. Creerás que esta pequeña anécdota no aporta mucho. Leerás más adelante lo importante que es para nuestra protagonista juntar a Clavelia y Lucian. Las acciones del pasado, justifican los acontecimientos del futuro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR