Breve ensayo de piratas 11

4953 Palabras
La técnica del abordaje en el Caribe En el fondo, la técnica de abordaje de los bucaneros y filibusteros apenas se diferencia de las empleadas en el mundo entero por los piratas de los más distintos países, pero dejemos la palabra a Exmerlin: «Durante la travesía, los ojos de todos se dirigen al horizonte, pues el primero que ve una presa puede cobrar parte y media de ella. Si aparece una vela a la vista, la tripulación echa mano a las armas y se apresta. Los mosqueteros se agolpan a proa, parapetándose detrás de la borda. El capitán se pone a popa, de pie. Todas los demás parecen haber desaparecido de repente, repartidos por toda la cubierta, echados de bruces, el cuchillo entre los dientes, la pistola cargada en la mano izquierda y la derecha libre para saltar por la borda». (En la práctica tenía esto dos ventajas: por un lado resultaba difícil así averiguar el número de los asaltantes y por otro lado, los piratas quedaban un tanto protegidos contra el fuego enemigo). «Por lo general, el bucanero le corta la estela a su víctima, para cubrirle la popa con el fuego de sus cañones y mosquetes. »La pequeña y manejable barca se acoge enseguida a la estela del gran navío y se mantiene pegada a su alta popa. En ese momento tiene que poner en juego el timonel toda su destreza y estar en condiciones de seguir hasta el más insignificante movimiento del enemigo. Porque si éste consigue hacer un giro rápido de manera que le presente bien el costado con sus cañones no les queda a los piratas otra cosa sino encomendar el alma al diablo. En cambio, tras la popa están muy a cubierto, pues allí se encuentran a lo más dos o tres portas de cañones y los bucaneros —por lo general buenos tiradores— tiran sobre los soldados en cuanto éstos se atreven a acercarse a esos cañones. »Los aterrorizados españoles buscan entonces generalmente su salvación en el rezo en común, aunque también disparan a la vez sus mosquetes o pistolas o lanzan bombas incendiarias. Los piratas por su parte empiezan a dar sus alaridos de combate, armando un alboroto de poseídos del demonio y agitan furiosamente sus banderas negras o rojo escarlata, cosa que impresiona tanto más a los españoles cuanto que saben de bastantes casos en los que los piratas, tras hallar una resistencia encarnizada, han matado a todo el mundo, a la vez que, si hay una capitulación a tiempo, han sabido conceder gracia y otorgar el perdón. Esto hace a los españoles aún más comedidos. »Enseguida los piratas, ágiles como gatos, se acercan desde abajo a la saliente balconada de popa. Con sus ganchos de abordaje y sus cuerdas hallan el apoyo necesario en la rica obra de talla y las incontables figuras de santos que, a semejanza de retablo catedralicio, adornan habitualmente el espejo de popa de los barcos españoles. »Otros piratas se lanzan como monos sobre el timón y encajan entre éste y el codaste cuñas de madera que dejan sin gobernalle incluso a la mayor carabela. »Como quiera que, según está en el contrato, el primer pirata que llega a la cubierta de un barco español le espera una parte extra, reina la correspondiente aglomeración sobre las molduras y las cuerdas de abordaje y en un dos por tres la turba se lanza sobre la borda, dando con los machetes como fieras y los españoles claman a Dios o piden clemencia». Los primeros capitanes bucaneros Eran un hatajo de tipos realmente atrevidos, muchos de ellos francamente unos canallas, los que cruzaban por aquí o por allá el Caribe a la caza y captura del oro español. Dentro de las vicisitudes de la fortuna, ninguno desde luego, se vio tan perseguido por la mala suerte como Bartolomé el Portugués. Aunque se vio rechazado en su primer ataque, logró con todo, capturar un galeón español con 20 cañones y 70 hombres a bordo; pero le costó casi la mitad de los 29 hombres que componían su banda. Para colmo de desdichas, los vientos contrarios lo entretuvieron todo el tiempo necesario para que se le cruzasen tres barcos españoles que volvieron a quitarle la presa a la vez que le hacían prisionero. Bartolomé el Portugués Rock Brasileiro Ya construían en Campeche el patíbulo, cuando Bartolomé logró escapar del barco y, aun siendo un nadador pésimo, alcanzar tierra. Durante cuatro días fue saltando sobre las raíces y las copas de los arbolillos de la costa, sin poner nunca un pie en el suelo, hasta que los sabuesos de los soldados enviados tras él hubieron perdido su pista. Dos semanas más tarde, alcanzó medio muerto de hambre el golfo de Tristeza, un antiguo lugar de cita de los piratas de Jamaica, donde por casualidad, estaban unos bucaneros ingleses calafateando su barco. Después de un breve descanso, logró Bartolomé el Portugués que le prestasen una lancha y 20 hombres, con los que regresó a Campeche, donde tomó por sorpresa y segunda vez a su anterior presa, que estaba todavía en aquel puerto. Pero la última chispa de buena suerte habíase esfumado. Ya no estaba a bordo la antigua carga de 120.000 libras de cacao y 70.000 monedas de oro y en cuanto al barco mismo, naufragó poco después en una tormenta que los cogió junto a la isla de Pinos, cercana a la costa sur de Cuba. Aunque Bartolomé con el resto de su tripulación logró alcanzar la isla de Tortuga en un minúsculo bote, todo lo que intentó en lo sucesivo le salió mal. Enfermo y sin blanca, acabó mendigando a la puerta de las tabernas y Exmerlin escribe: «Este ladrón ejerció mucha tiranía contra los españoles, pero poco pudo disfrutar de sus rapacidades, pues lo vi morir en la mayor miseria del mundo». Rock Brasileiro era holandés de nacimiento, había vivido en Brasil parte de su vida y unióse después a los piratas de Jamaica. Una rebelión le proporcionó un barco y gente y poco después arribaba a Port Royal, meca de los piratas jamaiquinos, llevando a remolque una presa imponente. «Cuando estaba borracho», (existe la impresión de que, estando en Port Royal o la Tortuga era ése su estado permanente) «corría como un loco por la ciudad y al primero que le salía al paso, le cortaba un brazo o una pierna, sin que nadie pudiera disuadirle de ello, salvo con buenas palabras, pues se comportaba como un enajenado. Con gran frecuencia compraba un barril de vino, lo ponía en medio de la calle, le quitaba el tapón, plantábase encima de él y todos los que pasaban tenían que beber con él, porque de lo contrario, los habría matado con el fusil que, con este motivo, tenía junto a sí. También compró un barril de mantequilla y sacaba la mantequilla de él y untaba con ella a todo el que pasaba junto a él, en sus ropas o en la cabeza, donde buenamente le alcanzaba. »Llevó a cabo contra los españoles las mayores salvajadas que se pueden imaginar; a algunos de ellos hizo asarlos entre dos fuegos, como se hace con un cerdo, sencillamente porque no le habían indicado el camino a seguir, cuando se proponía saquear las granjas porcinas». En una ocasión lograron los españoles atrapar a aquel «amigo del género humano». Lo encadenaron y enviaron a España. Allí le hicieron prestar juramento de que nunca volvería a robar, porque de otro modo sería ahorcado sin remisión. El «brasileño» juró, regresó a Jamaica y —¿quién hubiera esperado realmente otra cosa?— siguió llevando la misma vida de antes. Alexandre Bras-de-fer («Brazo de hierro») se salvó con unos 40 de sus compinches en una isla solitaria cuando su barco voló por los aires al caerle un rayo en la santabárbara. Como en aquella isla no había en absoluto oro, maderas preciosas o especias que coger, los indios aborígenes se habían salvado hasta entonces de las ventajas de la civilización, siendo por lo demás pacíficos. En cuanto a Alexandre Bras-de-fer, se estableció allí con su gente. Se desconoce el tiempo que llevaban esperando aquellos bucaneros al galeón español que, un buen día, ancló en la bahía de la isla y envió a tierra una lancha llena de soldados a buscar agua potable. Alexandre dispuso a sus piratas entre la maleza que rodeaba la fuente, rodeó al grupo español de desembarco y lo acribilló a tiros a mansalva. Inmediatamente se endosaron los bucaneros los uniformes españoles, subieron al bote y se acercaron remando hacia el galeón. Cuando llegaron a éste, como su tripulación había tomado el tiroteo como una escaramuza habida con los indígenas, se les dejó subir tranquilamente a bordo, pues el uniforme hace muy parecidas las caras que llevan tiempo sin rasurar. Cuando los españoles cayeron en cuenta de su error, era demasiado tarde y una hora después se veían ellos como colonos involuntarios en aquella isla solitaria, mientras su barco, junto con el rico cargamento y bajo la bandera pirata, tomaba el rumbo de las Tortugas. Se afirma que Alexandre Bras-de-fer provenía de familia linajuda y que en años jóvenes lo habían llevado a la isla de la Tortuga y a ser pirata el afán de aventuras. Esto mismo se ha dicho de otros piratas y su fin, como el de otros tantos, nos es desconocido. Monbars, el «ángel exterminador» Es una de las figuras más extrañas y siniestras de la piratería del Caribe. La imagen de este hombre está tan cargada de leyenda y propaganda que cuesta trabajo aislar al personaje histórico. De todas maneras, podemos considerar como un hecho lo siguiente: Para un joven noble de la región francesa del Languedoc los libros de Fray Bartolomé de las Casas, el «Padre de los indios», se convirtieron en atroz revelación. Cada línea que leía hacía crecer en él el odio a los españoles. Un condiscípulo al que por su mala suerte le correspondía representar en una comedia el papel de hidalgo español, fue el primero en experimentar aquel odio. Sobre el mismo escenario lo maltrató de manera bestial y faltó poco para que le retorciese el cuello. Monbars fue expulsado del colegio y pronto se halló en la cubierta del barco corsario de un tío suyo que navegaba en contra de los españoles. Exmerlin describe a aquel joven como un coloso hercúleo, de pelo castaño y cejas muy espesas. »¡Encerradlo en el camarote! De otro modo, en cuanto entremos al abordaje, perderá la vida», ordenó su tío en cuanto fue avistado el primer barco español. ¿De qué sirvió aquello? En cuanto los barcos se hallaron costado con costado, Monbars hizo saltar la puerta del camarote y se lanzó como una fiera en medio del zafarrancho. Aquel día recibió el sobrenombre de «ángel exterminador». Poco después lo vemos en la Tortuga, donde había arribado su tío para vender el botín. Los piratas desembarcados celebraron una serie de bacanales, pero Monbars se mantuvo sobrio. No bebe más que agua, ni toca las barajas ni los dados y andando el tiempo, da la impresión de interesarse muy poco por las mujeres. Cuando, por último, su tío quiere zarpar, Monbars ha desaparecido. En alguna parte de La Española se dedica a matar españoles, liberar a los indios y hacerse agasajar por éstos. Un año después —Monbars no tiene desde luego entonces más de 18 años— sus planes se han realizado. Tiene su propio barco, con una tripulación compuesta exclusivamente por indios que lo tienen como a un dios. Si capturan un barco español, matan a todo el mundo, desde el capitán al último grumete, arrojándolos al agua o colgándolos de las vergas. No concede cuartel, aunque, según dice Exmerlin, «nunca ha ordenado matar a un individuo inerme». El botín le es indiferente. Vive únicamente para su venganza. Por esa razón le llaman también «el implacable». Monbars, una de las figuras más siniestras y enigmáticas de la piratería del Caribe. No nos queda otro remedio que hablar de los repugnantes métodos de tortura cuyo inventor se considera a Monbars. A un cautivo le fue escindido el vientre, extraído el extremo de un intestino y clavado a un árbol. A continuación hicieron correr a aquel infeliz, para que le salieran los intestinos como sale la lana de un ovillo. En los informes de los cronistas españoles se encuentran detalladísimas descripciones de esas inhumanas torturas, cuya patente se atribuye expresamente a Monbars e incluso la historiología moderna no discrepa de esa interpretación. Ojeando diferentes libros, antiguos y modernos, dedicados a las guerras de religión, podemos hallar una representación de cómo los hugonotes mataban en su época a los católicos —y viceversa. El grabado original se halla en el Theatrum crudelitatum haereticorum nostri temporis, aparecido en Amberes en 1587. Sin duda tuvieron sus propagandísticos autores el clarividente don de la profecía al llevar allí al papel con tanto esmero un tipo de tortura letal que había de inventar Monbars medio siglo después en el Caribe… Un oscuro velo se tiende sobre el fin del «Implacable». Hubo un día —aunque el año se desconoce— en que zarpó con su barco de la Tortuga y desapareció, «como si aquel ángel exterminador hubiera sido arrebatado a algún paraíso empedrado tal vez con cráneos de españoles», escribe, sádico. Georges Blond. ¿O a algún infierno, de signo inverso? Si uno es dado a creer en reencarnaciones, puede imaginarse a Monbars en el papel de príncipe inca o azteca, venido a este mundo a tomar cruenta venganza de los suyos… François Nau, llamado L’Olonnois Es una suerte disponer de una psicología que nos demuestra de un modo tan concluyente que cuando un ser humano se convierte en lo que denominamos tan cómodamente un «mal sujeto», tiene siempre la culpa la «sociedad». François Nau vino a este mundo en el puertecillo de Sable d’Olonne en La Vendée y la «sociedad» se puso a incordiar desde el principio a aquel angelical joven. Su padre no era más que un modesto y probo pequeño comerciante que —de seguro no había leído a Lombroso— carecía de comprensión cuando su retoño metía la mano en el cajón de la tienda para ir a gastar sus mediecillos emborrachándose en las tabernas. François Nau, frustrado por la falta de comprensión de su padre, se marchó de casa, dirigiéndose a la Rochela. Pero aquella avara «sociedad» no estaba dispuesta a transportar gratis al joven desertor a una linda isla tropical entre palmeras, colibríes, monos, papagayos, y encantadoras muchachas indias, donde pendieran de todas las ramas los frutos del paraíso, sino que aguardó a que pagase el viaje yendo como trabajador a un plantío. Nau, al que repugnaba aquella injusticia social, escapó a la selva, donde, apremiado por la necesidad, entró al servicio de un grupo de bucaneros que se dedicaban a su ya ancestral profesión cinegética y de Guatemala salió para meterse en Guatepeor. Esta vez el joven, en lo que toca a vocación por el trabajo, había «clasificado» definitivamente como caso perdido, cosa que sencillamente no encajaba entre los bucaneros, por lo que un día uno de ellos le dio un culatazo en la cabeza que lo dejó tendido. Pero François Nau era de los duros. Y unos meses después, otro grupo de cazadores se tropezaba con él hecho un verdadero «salvaje». Pero estos lo tomaron como uno más de ellos, le regalaron un mosquete e hicieron de él un tirador de los buenos. Era inevitable que entrase en contacto con piratas. Condujo a éstos a los plantíos de su amo anterior al que mató con su propia mano, de un hachazo. Como le gustó esta especialidad, la practicó también enseguida con el capitán de los piratas, al que sustituyó convirtiéndose en el jefe de la banda. Aquel François Nau, tan mal tratado por la sociedad, tomó entonces nostálgicamente de su villa natal el nombre de L’Olonnois y se halló en la nueva «sociedad» de los salteadores como en su propia casa, haciendo del asesinato y toda clase de matanza su ocupación favorita. ¡Qué tornadiza es la sociedad! A todas luces no hay más que hacer que colocarse algo de margen de ella para lograr su reconocimiento. ¿Habría movido jamás ningún señor encopetado siquiera el dedo meñique por François Nau si éste se hubiese quedado en su villa natal como probo tendero y «ultramarinista»? ¡De seguro que no! En cambio, una vez que, tras su encuentro con los filibusteros, se convirtiera enseguida en todo un asesino y especialista en degollar, su excelencia Monsieur Jérémie Deschamps du Rausset, nada menos que el gobernador de la Tortuga, se apresura a proporcionar al «emperador» joven un barco junto con el diploma de capitán. En 1662 se hizo a la mar L’Olonnois, se apoderó de un buen botín, fue a dar con su barco contra un escollo y lo perdió. —Bueno, cualquiera puede tener algún tropiezo. Una año después andaba ya otra vez por la mar con un nuevo barco del señor gobernador —para dejarlo estrellado en unas rocas ante la costa de la península de Yucatán. Con unos cuantos de sus bandidos pudo salvarse y pisar tierra firme, para caer en seguida en manos de los lanceros españoles. «Conseguimos», refería más adelante L’Olonnois, «sorprender a algunos de nuestros vigilantes y arrebatarles las armas, a lo que siguió un zafarrancho desesperado. Todos mis hombres fueron abatidos. Yo mismo fui herido, me unté con la sangre de mis camaradas muertos y me metí debajo de sus c*******s, haciéndome el muerto, hasta que se fueron los lanceros. Poco después me puse en pie, me quité la ropa, me encajé el uniforme de un soldado español y eché a correr hacia Campeche. »Allí había la gente encendido ya fogatas en señal de regocijo. Bailaban alrededor de ella, celebrando la aniquiladora derrota que nos habían infligido. Yo me uní a ellos y bailé y canté con ellos. Al cabo de unos días logré ganarme a algunos negros. Trabajaban como esclavos con un rico pescador y no me costó trabajo robar una de sus lanchas con la que nos hicimos a la mar de noche». A pesar de la asombrosa proeza que supone navegar a vela unos 2600 kilómetros que median entre Campeche y la Tortuga, el gobernador Jérémie Deschamps du Rausset, había quedado un tanto harto por entonces de L’Olonnois. Dos barcos perdidos en dos años era demasiado y tampoco los filibusteros parecían confiar ya gran cosa en las aptitudes náuticas de François Nau, pues le costó lo suyo reunir por último 21 hombres con los que zarpó hacia Cuba en la pequeña barca robada en Campeche. Pero L’Olonnois se las arregló para atraer a una emboscada en la desembocadura de un río a una fragata de 10 cañones y para caer sobre ella cuando su tripulación intentaba aprovisionarse allí de agua dulce. Apenas se ve L’Olonnois en la cubierta del barco capturado, ruge ya: «No he olvidado la masacre que hicieron los lanceros de Campeche con toda mi gente. ¡Arrojad a los heridos al mar! Llevad al resto a la bodega». Entonces se le arroja un esclavo n***o a los pies: «¡Perdonadme la vida, señor! Tengo de haceros una confesión espantosa». «Seguirás con vida. ¡Habla!». «Los españoles me han hecho verdugo para que cuelgue sin excepción a todos los franceses que caigan en manos españolas. El gobernador de Cuba ha hecho anunciar en todos sitios esa orden para escarmiento de los piratas». L’Olonnois echa mano al sable: «Que suban a cubierta, uno por uno, todos nuestros queridos prisioneros». En cuanto asoma uno de los españoles por la escotilla, rueda su cabeza y L’Olonnois chupa con gesto de gourmet la sangre de la hoja del sable a la vez que bromea sobre los diferentes sabores. El regusto de François Nau por esas macabras orgías sanguinarias se hizo después proverbial. Apenas hay un cronista de estos últimos 300 años que haya escrito sobre los piratas del Caribe y no entre en prolijas descripciones sobre ese tema. Se podría objetar que cualquier sable termina por embotarse y que ni siquiera un capitán de piratas tiene así como así la suficiente resistencia como para cercenar 50 cabezas una tras otra, pero dejemos el asunto. Lo cierto es que ninguno de aquellos españoles quedó con vida y el relamer una hoja de sable ensangrentada no era tampoco cosa fuera de lo corriente, pues entre los filibusteros era de buen tono que un capitán asombrase de vez en cuando a sus compinches con alardes de un tipo u otro. Al esclavo n***o destinado a verdugo lo envió L’Olonnois con una embajada al gobernador español de Cuba: «He cumplido con vuestra orden de no hacer prisioneros. Desgraciadamente esta vez le ha tocado a vuestra propia gente y espero que la próxima vez os toque a vos mismo». Cuando L’Olonnois regresó a la Tortuga con su nuevo barco, todo el mundo había cambiado completamente en su favor. Los filibusteros, que acababan apenas de manifestar despectivamente su desconfianza hacia sus aptitudes marineras, se peleaban ahora por navegar bajo su bandera; conocidos capitanes piratas como Michel el Vasco y Moses van Kljin le ofrecieron su alianza; Jérémie Deschamps du Rausset había sido depuesto como gobernador, siendo sustituido por Bertrand d’Ogeron, quien proveyó a François L’Olonnois de amplias patentes de corso y puso a su disposición almacenes del estado para guardar el botín, así como el bergantín de guerra Sacochére. Monsieur d’Ogeron hizo desde luego, andando el tiempo, grandes méritos para con la piratería del Caribe. En honor suyo y de la verdad hay que dejar sentado que no lo hizo al servicio de su propio enriquecimiento, como más de un gobernador inglés de Jamaica, sino exclusivamente por el bien de su colonia que, desde luego, no podía prescindir del dinero proveniente de las rapiñas de los bucaneros. Al poco tiempo se habían reunido siete barcos con 700 hombres, que eligieron como almirante a L’Olonnois y como vicealmirante a Moses van Kljin. François Nau, alias L’Olonnois, famoso incluso entre los piratas por su vesánica crueldad. Con semejante flota de guerra carecía de sentido dedicarse a la caza de barcos aislados. L’Olonnois y sus subalternos tenían que discurrir algo mejor. Desde mucho antes, los incesantes asaltos de piratas habían hecho a los españoles más precavidos. Redujeron drásticamente los viajes de sus naves o las hacían ir en formación de convoy erizadas de cañones. Las probabilidades de éxito de los piratas se redujeron en la misma proporción en que aumentaba su riesgo. Los españoles saboreaban la situación. Lewis Scott (el Escocés) y John Davis, ambos del bastión pirata británico de Port Royal, Jamaica, discurrieron un remedio. Sería muy difícil lograr nada de los navíos mismos, pero a fin de cuentas, cualquier barco procede de algún sitio y se dirige hacia otro sitio —en esos sitios tenía que estar el dinero de la mercancía. Lewis Scott y John Davis se dedicaron a «atender» las ciudades costeras, que saqueaban, obteniendo por extorsión de sus habitantes elevados rescates. Se trataba de un negocio que no podía hacer cualquier pirata con un puñado de bandidos y que requería una intervención considerable de barcos y gente, pero el botín corría también parejas con la inversión. Como en su tiempo los vikingos, los bucaneros y filibusteros se convirtieron en luchadores anfibios. Ahora bien, el «almirante» L’Olonnois disponía del número necesario de barcos y gente de pelea. Su objetivo: Maracaibo y Gibraltar, dos ciudades situadas en la costa de Venezuela, que se habían enriquecido inmensamente con el comercio del cacao, el azúcar, el tabaco y sobre todo, de los esclavos negros. En 1666 había en Maracaibo unos 5000 habitantes, en Gibraltar 3000, a los que se añadían unos 800 soldados de guarnición. El Lago de Maracaibo estaba cerrado por el fuerte de la Barra, en la Isla de las Palomas. Los piratas lo tomaron casi sin esfuerzo y al día siguiente invadían la ciudad de Maracaibo. Pero, salvo unos cuantos ancianos y esclavos, no había un alma en ella. L’Olonnois maldecía como un endemoniado. Había en las casas alimentos y vino a dar y tomar y los piratas celebraron tremendas comilonas rematadas en las borracheras imaginables. ¿Pero dónde estaba la gente? ¿Dónde estaba la plata? ¿Dónde estaba el oro? En su frustrada ira, L’Olonnois degolló unos cuantos prisioneros antes de que Michel el Vasco y Moses van Kljin pudieran hacerle ver que con el cuello cortado, la gente no puede decir mucho, con lo que L’Olonnois se decidió por la tortura, arte en la que era también bastante ducho. Y averiguó lo siguiente: Avisadas a tiempo, unas 1000 familias se habían retirado por el lago hasta Gibraltar. El resto habían escapado a la selva. ¡A Gibraltar, pues! Barricada española. Pero en Gibraltar no habían estado mano sobre mano. Seis correos indios a pie habían llevado la noticia del ataque a Maracaibo junto con la demanda de socorro de Gibraltar, hasta Mérida, la ciudad importante más cercana. El gobernador de Mérida se puso inmediatamente sobre la marcha con 400 hombres, para reforzar a los 500 soldados de la guarnición de Gibraltar. Cinco días después, había llegado y puso a todos los hombres a trabajar en su fortificación. Gibraltar no era difícil defensa, pues por tres lados la rodeaba un pantano impenetrable. Por la otra, que daba al Lago, estaba bien fortificada. El ataque no podía sobrevenir sino por el único camino existente y el gobernador hizo cortar aquel camino en varios sitios y cerrarlo con obstáculos. También hizo practicar un falso camino que conducía también a la ciudad, pero que iba a parar a un traicionero cenagal. Dos semanas después, habían llegado los filibusteros, que desembarcaron de noche. Cuando amaneció, los piratas habían dado ya la vuelta a la ciudad y encontrado el verdadero camino de entrada. Pero tropezaron con los obstáculos. L’Olonnois vaciló. Media hora después se lazaron 380 piratas por el sendero falso, rumbo a la trampa; a su cabeza iba L’Olonnois y Michel el Vasco. 200 pasos más adelante se vieron metidos en la ciénaga, primero hasta los tobillos, después hasta las rodillas. Con buen trabajo, siguieron adelante. Entonces empezaron a tronar, sin pausa, los cañones de los españoles a la par que abrió su fuego la mosquetería. Y la columna de los atacantes fue diezmada. La situación no ofrecía perspectivas. L’Olonnois dio la señal de retirada. Si se quiere juzgar el valor de unas tropas, hay que comprobar su obediencia y disciplina cuando se retiran después de un revés, con las cabezas ensangrentadas. Los filibusteros tuvieron una conducta intachable y se replegaron ordenadamente sobre la triste senda, cargando con sus heridos. L’Olonnois reunió de nuevo a sus tropas: «Atacaremos por el otro camino. ¡Barred con los obstáculos!». Era un trabajo penosísimo, sin posibilidad alguna de cubrirse y bajo el continuo tiroteo de los españoles. Una hora después, decide L’Olonnois: «Alto. Atacaremos de nuevo por el primer camino. Cogeremos a los españoles del todo por sorpresa. ¡Venga! ¡Vamos al ataque!». Georges Blond escribe: «Las tropas que no se amotinan tras una contraorden así, pueden contarse de seguro con los dedos. Ello no quiere decir que aquellos hombres no blasfemasen horriblemente cuando oyeron la orden. Pero al instante siguieron a L’Olonnois». Los asaltantes sufrieron una purga todavía peor que la anterior y esa vez no hubo nada de retirada en orden, sino que huyeron precipitadamente. Los españoles saltaban de júbilo. Las puertas de la ciudad se abrieron de par en par y se inició la batida de los bucaneros: «A los piratas. Que no escape ni uno». Es alucinante perseguir a un enemigo en fuga, sobre todo cuando se le había temido tanto y ahora se le puede aniquilar… Pero apenas hubieron los triunfantes españoles alcanzado a los piratas que huían, cuando se volvió la tortilla. En la lucha cuerpo a cuerpo eran muy superiores los filibusteros. Tenían que lamentar éstos hasta aquel momento 50 muertos y 100 heridos, pero entonces perdieron los españoles en un dos por tres casi 300 hombres, entre ellos el gobernador y sus oficiales. El resto de la guarnición depuso las armas. El saqueo de la infortunada ciudad se siguió, con una b********d total. Precediéndolos a todos, L’Olonnois mató, violó y torturó a sus anchas, buscando averiguar de la gente los escondites de sus riquezas y los escondrijos de sus amistades. Bajo las órdenes de su «almirante» los filibusteros llevaron a cabo aquella labor con tan eficiente ferocidad, que Gibraltar tardó decenios en volver a recuperarse. Además exigió L’Olonnois un rescate de 10.000 piastras por la ciudad. «Os doy dos días, después no habrá clemencia» y aseguró que si no aparecía el dinero, haría arder la ciudad entera. Pasó el tiempo, el oro no venía y los bucaneros iniciaron los incendios. Exmerlin sigue relatando: «Cuando los españoles vieron que los bandidos iban a convertir en cenizas la ciudad entera, les pidieron que apagasen el fuego y que el dinero exigido sería aportado. Los ladrones apagaron el fuego, claro está que no sin que varias casas hubieran sufrido daños». Cuatro semanas pasaron los bucaneros en Gibraltar antes de que se aviniesen a abandonar la ciudad, tras saquearla a fondo y comerse todo lo que en ella había. En el camino de vuelta, sacaron en Maracaibo una exacción de 30.000 piastras, capturaron después un gran barco mercante e hicieron alto en la isla de la Vaca. «Allí llevaron sus bienes a tierra», refiere Exmerlin, «para repartirlos según su costumbre. Así hicieron y hallaron que en dinero contante, trabajos en plata y alhajas, valían 260.000 piastras. Además recibió cada uno sus buenas 100 piastras en prendas de lino y seda, a más de otras pequeñeces».
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