Breve ensayo de piratas 10

4938 Palabras
Nobleza obliga El entusiasmo de los ingleses con el regreso de Francis Drake y sus hombres fue indescriptible. Hacía mucho que se suponía a la Golden Hind en el fondo del mar y ahora la tenían en su puerto de origen, compuesta por dentro de oro, plata y piedras preciosas, por fuera de lapas y sargazos, pegados a unas tablas y planchas que parecían mantenerse unidas todavía por arte de magia. Francis Drake fue celebrado como un héroe y en cuanto a los financieros del viaje, entre ellos la reina misma, podían estar más que satisfechos del resultado de su viaje: por cada libra que habían invertido en la empresa recibieron 47 contantes y sonantes. No estaban tan satisfechos los enviados de España en Londres, que revolvieron el cielo y la tierra en su intento de ver a Drake en la horca o en el patíbulo. Durante nueve meses llovieron ante la reina Isabel quejas, protestas e instrumentos de prueba encargados de demostrar que su súbdito Francis Drake no era ningún explorador sino un vil pirata. La reina fingió mostrarse impresionada por aquellos agravios y prometió enviar a Drake a una prisión. De momento lo apartó del primer plano, enviándolo, junto con su Golden Hind, a Deptford, Támesis abajo. Por fin, el 4 de abril de 1581, la gran barca real descendió por el río hasta Deptford y atracó al costado de la Golden Hind. Pero en vez de los ejecutores de la justicia, fue la reina Isabel misma la que subió a aquel velero, aureolado ya de leyenda, comió en la mesa de Francis Drake y en solemne ceremonia y por mediación del embajador de Francia —no ella en persona— le armó caballero en la engalanada cubierta de la Golden Hind. Los enviados españoles quedaron tan desconcertados y decepcionados que de momento, se olvidaron incluso de protestar. Sin embargo y para no irritar innecesariamente al rey de España, se le encargó a sir Francis alguna tarea de poca monta cerca de las costas de Inglaterra e incluso se oye hablar poco de John Hawkins en ese tiempo. Aquí tenemos a Isabel I armando caballero a Francis Drake en 1581 a bordo de la Golden Hind. El grabado es un poco inexacto. Ella no lo armó en persona sino que encargó al embajador de Francia que lo hiciera en su lugar. El que hubiera retirado de la primera línea a los piratas más famosos no quiere decir por supuesto que la reina Isabel hubiera cambiado de idea en ese sentido. Lo único que hizo fue «enviar al frente» a otros hombres, todavía poco conocidos en la corte de Madrid. Sir Walter Raleigh, nombrado en 1585 vicealmirante y m*****o del parlamento por Devon, organizó varias expediciones para la conquista y colonización de América del norte, empezando por la región que bautizara con el nombre de «Virginia» para recordar supuestos atributos de su solterísima soberana y desde donde trajo a Europa por vez primera el malhadado tabaco. Se dice que un sirviente novato le arrojó encima en una ocasión a Sir Walter un cubo de agua cuando aquel saboreaba plácidamente su pipa, en la creencia de que se había producido un incendio en la cabeza de su señor a la vista del humo que le salía de la boca. Martin Frobisher había demostrado ser un pirata de grandes dotes a las órdenes de John Hawkins. En 1576 y 1577 buscó en vano en América del norte una salida al Pacífico que le permitiera atacar desde allí a las posesiones españolas. En esta empresa volvió a descubrir Groenlandia, pisada ya cinco siglos antes por los hombres del Norte. Pero el hombre que más dio que hacer a los españoles en los años que siguieron fue Tomas Cavendish, un joven calavera de buena familia que había estudiado en Cambridge y alternado en la corte. Con tres barcos muy bien pertrechados y unos cuantos impertérritos miembros de la tripulación de la Golden Hind como guías, se lanzó en pos de las singladuras de Drake también alrededor del mundo, empleando en varias ocasiones los mismos fondeaderos y lugares para calafatear que su gran antecesor y no hizo peores presas que él, puesto que a todas luces los españoles de la costa occidental de América no habían aprendido gran cosa de sus experiencias anteriores con Drake. El indignado embajador español, tras el regreso de Thomas Cavendish —ennoblecido también como premio a sus proezas— escribía lo siguiente a Felipe II: »Estos días ha regresado del Perú el capitán Cavendish. Le ha dado en su barco un banquete a la reina y contándole para arriba y para abajo de sus supuestas heroicidades. Su botín es sin duda considerable, pues el comedor estaba decorado con telas recamadas en oro y plata, cada marinero traía al cuello una cadena de oro, las telas eran de brocado azul y los estandartes tenían un bordado suntuoso. ¡Así tiene que haber viajado Cleopatra! No faltaban más que las cuerdas de seda. Se dice que la reina ha manifestado que: el Rey de España es un perro que ladra pero no muerde. Ello no me preocupa, en tanto que cargue sus barcos para mí con oro y plata». Felipe II reaccionó con una estricta prohibición, hecha a todos sus súbditos, de practicar con Inglaterra ningún comercio de ningún tipo y de permitir siquiera que los navíos británicos entrasen para nada en puertos españoles. Como respuesta por parte inglesa, zarparon hacia las Antillas 25 navíos. Se trataba de la crema de los piratas «reales» ingleses, obligados a ultranza con la reina Isabel que los había abrumado de títulos, distinciones y ricos obsequios. En septiembre de 1585 aparecían en aguas de Santiago de Cuba: Sir Francis Drake, John Hawkins, Martin Frobisher y el implacable hombre de armas que era Robert Greynville. Sir Walter Raleigh, cortesano y favorito de la Reina Isabel. Conquistó para Inglaterra la colonia de Virginia. El 5 de septiembre fue saqueado Santiago y después le tocó el turno a Santo Domingo y Cartagena de Indias, en el viaje de regreso, cayeron sobre un fuerte español de la costa oriental de la Florida y el 28 de julio de 1586 entraba aquella flota, sin haber sufrido pérdidas dignas de mención y habiendo cosechado en cambio un botín inmenso, de vuelta al puerto de Plymouth. En abril del año siguiente sir Francis Drake andaba de nuevo por la mar, esta vez su objetivo fue España misma, donde procuró obstaculizar los preparativos de un inminente ataque contra Inglaterra. Estando todavía en aguas de la Gran Bretaña, la reina Isabel le envió un mensajero con la prohibición de atacar puertos españoles —exactamente lo opuesto a los planes que llevaba, y realizó. Sir Francis. Porque lo que hizo fue entrar en el puerto de Cádiz, donde hundió e incendió 33 barcos de guerra españoles, llevándose otros cuatro. ¿Envió la astuta reina la farisaica orden de tal manera que nunca llegase a su destinatario o bien llegó a éste y Drake la ignoró? Sir Francis Drake sostuvo después siempre que el documento en cuestión nunca llegó a sus manos. No cabe duda de que tanto la soberana como su eficiente pirata pudieron quedar contentísimos con el «resultado final», pues el golpe por sorpresa dado en Cádiz retrasó en más de dos años el ataque español contra Inglaterra. Lo que no pudo hacer, naturalmente, fue detenerlo. Los piratas salvan Albión Felipe II había decidido barrer de los mares de una vez a aquella fastidiosa competidora y fiel a su burocrática divisa de que «lo mucho ayuda mucho», zarparon en aquella empresa 130 navíos: poderosos galeones y estupendas caravelas, así como tremendas galeazas con remos —sólo en sus banderas, grimpolones y gallardetes habían bordado sin descanso en los últimos cinco años miles de damas, dueñas y monjas españolas. Muerto el marqués de Santa Cruz y a pesar de disponer de marinos capaces y conocedores del Atlántico, el inefable monarca puso aquella monstruosa armada a las órdenes del duque de Medinasidonia, hombre inexperto si los hubo, pero que gozaba de la confianza (?) del rey. De hecho es ya un prodigio el que Medinasidonia pudiera mantener en orden a «La Invencible». El 21 de julio de 1588, la Gran Armada hizo acto de presencia en el Canal de la Mancha —y se iniciaron las fatales decisiones de Medinasidonia y los ataques de hostigamiento de los marinos británicos. Sir Francis Drake, ya vicealmirante y comandante de los efectivos navales de las viejas ciudades piratas de Cornualles y el Devonshire, había elaborado los lineamientos tácticos a emplear, bastante sencillos en conjunto: los españoles eran excelentes soldados de tierra, por lo que no debían desembarcar en absoluto en suelo inglés y también podían resultar mejores que los británicos en las luchas de abordaje, por lo que había que llevar el combate a distancia, haciendo entrar en el juego la superioridad cualitativa de la artillería inglesa. El comandante en jefe inglés, Gran Almirante Lord Charles Howard of Effingham, Earl de Nottingham, confiaba casi a ciegas en los fogueadísimos piratas patrios que mandaban sus escuadras, pues no sólo intervenía en la colosal batida Sir Francis Drake, estaban también allí John Hawkins, Robert Greynville y Martin Frobisher —los tres fueron ennoblecidos por sus grandes servicios en la lucha contra la «Invencible»— y por otra parte, tanto Lord Henry Seymour como Sir William Winter, que mandaban los barcos de los añejos nidos de piratas de Poole, Dover, Southampton y Portsmouth, no hacían mala junta con ellos. Nos llevaría demasiado lejos describir aquí con detalles toda la «Batalla de la Armada». El primer plan del duque de Medinasidonia, de ocupar la isla de Wight, se vio malogrado desde el principio y la Gran Armada, que «marchaba siempre delante de los ingleses como un rebaño de ovejas delante de los perros», se desplazó hacia el este. Galeón inglés de gran potencia de fuego, del tipo de los empleados contra la «Invencible». Cuando la gran selva de veleros ancló ante Calais para disponerse a embarcar al ejército de Flandes que, a las órdenes del duque de Parma, debería encargarse de la invasión propiamente dicha, Sir Francis Drake la obligó a hacerse a la mar mediante el empleo de «brulotes», barcos sin tripulantes, incendiados y lanzados aprovechando la corriente del mar y la fuerza del viento contra los apiñados buques hispanos. «Con los cañones cargados, las velas arriadas y el timón amarrado. Vomitaban fuego y su artillería disparaba también y daba espanto el verlos» escribía un testigo presencial. «Habréis de encargaros», era una estricta consigna del rey Felipe II a su comandante en jefe, el duque de Medinasidonia, «de que vuestras escuadras no salgan de la formación de combate y de que los capitanes no vayan a perseguir al enemigo en fuga y tomarle presas, llevados de la codicia». El duque se había atenido hasta entonces a la orden recibida, pero los brulotes dispersaron totalmente a sus barcos aquella noche ante Calais, lo que aprovecharon los ingleses para hostigar en medio de la anarquía resultante y la oscuridad a los desordenados navíos hispanos, actuando como lobos en medio de un rebaño de angustiadas ovejas. Lord Howard en persona se dio el gusto de acribillar con culebrinas el casco del enorme San Lorenzo. Al amanecer del 29 de julio, desbaratada del todo su formación, la «Invencible» se había lanzado a la huida. No pudiendo volver al Canal de la Mancha, intentó para regresar a España, tomar la peligrosa ruta en torno a Escocia e Irlanda. «Nunca nada me ha alegrado tanto como ver huir al enemigo hacia el norte», escribía Drake, «pues de ese modo quedaba decidido el destino de la Armada». Hasta la altura de Newcastle-on-Tyne siguieron al acoso de los españoles Drake. Hawkins, Seymour, Frobisher, Greynville y Winter. Cuando, por último y agotadas las municiones, hubieron de virar de bordo, se vieron los españoles frente a una fuerte tormenta de poniente. Las costas inglesas, desde Cornualles a las Shetland quedaron sembradas de naufragados cascos de la «Invencible»». Las pérdidas totales de los españoles entre julio y agosto de 1588 ascendieron a 64 barcos y por lo menos a 12.000 hombres que se ahogaron o perecieron en las escaramuzas con los piratas a lo largo de las costas de Escocia e Irlanda. La flota española nunca llegó a recuperarse del todo de aquella derrota, similar en algún sentido a la catástrofe de los turcos en Lepanto 17 años antes. No se trató precisamente de las pérdidas materiales, que España, igual que Turquía antes, repuso con prontitud, sino que había quedado quebrantada la confianza en sí misma. El fin de una era La época de los grandes piratas oficiales de Inglaterra no había durado más de una generación. En unos 30 años, habían formado la flota más pugnaz del mundo conocido, dado un golpe mortal a la mayor potencia naval de su tiempo y abierto a Inglaterra el camino que hiciera de ella durante más de tres siglos la mayor potencia marítima del mundo. Con la destrucción de la «Invencible», los piratas reales ingleses habían alcanzado su cénit absoluto y al mismo tiempo dado cuenta de su propia razón de ser. Sus herederos fueron almirantes, funcionarios administrativos y exploradores, a menudo no menos eminentes y afortunados que ellos, pero la era de los piratas oficiales había concluido para Inglaterra y el último de ellos. Sir Walter Raleigh, a instancias de los españoles y después de 13 años de prisión en la Torre de Londres, se vio incluso ejecutado como pirata en el Old Place Yard el 7 de noviembre de 1618. Recordemos que Isabel I había muerto tiempo antes. De los otros grandes piratas, ninguno había sobrevivido en más de siete años el clímax de su curriculum vitae de la victoria sobre la «Invencible» —y tal vez fue mejor así. Al primero que le llegó su fin fue a Sir Robert Greynville. A fines de agosto de 1591, una pequeña flota inglesa a las órdenes de Lord Thomas Howard estaba anclada junto a la isla de Flores, Azores occidentales, cuando la sorprendió una escuadra española de 53 barcos, bajo el mando del almirante De Bazán. Los barcos ingleses, deslastrados e incapacitados para batirse por tener muchos enfermos, se dieron a la fuga. Sólo la Revenge, mandada por Sir Robert Greynville, se lanzó contra el enemigo para cubrir su escapada. La Revenge, que en la batalla de la «Invencible» había ostentado los colores de Drake, tenía al comienzo del combate 60 hombres aptos para la lucha y 100 enfermos a bordo y su capacidad de vela y maniobra estaba muy disminuida por la falta de lastre. Con todo, rodeada por 50 barcos, combatió el Revenge desde las 3 de la tarde hasta las 3 de la mañana siguiente, hundió cuatro barcos españoles y causó graves daños a varios más, hasta que callaron sus cañones, quemada toda la pólvora. Había recibido 800 impactos, sir Robert Greynville estaba malherido, 40 hombres muertos y casi ninguno ileso. Pero seguía tremolando la bandera inglesa y ningún español osaba acercarse a aquel barco desarbolado y averiadísimo. El implacable Greynville dio orden de hundir al Revenge, pero el almirante De Bazán ofreció a los ingleses los términos de rendición más honrosos, que fueron aceptados. Sir Robert Greynville fue trasladado a bordo del San Pablo, buque insignia español y el caballeroso almirante De Bazán honró a su heroico adversario atendiéndolo con sus propias manos hasta su muerte, dos días después. El próximo en la lista fue Martin Frobisher, quien en 1594 sucumbió en Plymouth a las heridas que había recibido en el sitio de Crozon, al oeste de Francia. El Revenge, buque insignia de Drake en la batalla contra la «Invencible». Se hizo aun más famoso por su combate en 1591 al mando de Sir Robert Greynville contra 53 naves españolas. El 24 de noviembre de 1595, a los 75 años de edad, fallecía a consecuencia de sus heridas, y a la vista de la ciudad de Puerto Rico, Sir John Hawkins. En vano habían tratado de tomar esta plaza él y Sir Francis Drake. El 28 de enero de 1596, este último, el «último de los grandes», lo seguía frente a Portobelo en el último viaje como consecuencia de una disentería contraída una semana antes en Escudo de Veragua. «A cada lado del Defiance, su buque insignia, estaba una nave española capturada ardiendo como una antorcha. En todos los cañones de la flota resonó el saludo de despedida del difunto almirante y las aguas del Caribe, color azul turquesa, recibieron a Sir Francis Drake en su ataúd de plomo». La bandera de la calavera Los piratas del Caribe en el siglo XVII Corría el año 1640. La barcucha que tan trabajosamente navega a lo largo de la costa occidental de La Española, va en un estado deplorable. Día y noche se relevan en las bombas de achique los 28 hombres de su dotación, pero aún así es más que dudoso que lleguen a alcanzar su puerto de origen, en la isla de la Tortuga, situada ante la costa norte de Haití. Y Dios sabe que aquella embarcación ya no era nueva cuando había zarpado de allí un par de semanas antes, luego le había tocado un huracán antillano y ahora se le acababan rápidamente las provisiones… El capitán Pierre le Grand, francés, de Dieppe y sus camaradas están desesperados. De pronto, al virar junto al cabo del Tiburón, surge ante sus ojos una majestuosa formación de galeones. Le Grand y su gente no dan crédito a sus ojos cuando ven que el mayor de aquellos navíos se sale de la línea y se dirige hacia ellos, mientras el resto de los barcos hispanos sigue su rumbo, para desaparecer enseguida en el horizonte. Le Grand no piensa mucho las cosas. Entre naufragar y morir en combate la diferencia no es muy grande. El galeón, nave del vicealmirante, no presta atención siquiera a aquellos desastrados franceses —monta a bordo 40 cañones y lleva más de 200 mosqueteros. La barca empieza a acercarse trabajosamente al gigante. El vicealmirante español hace un par de chistes sobre la destartalada embarcación francesa y baja al salón, donde le esperan algunos de sus notables pasajeros para jugar a las barajas. El sol se ruboriza al hundirse en el mar. Y con la rapidez típica del trópico, la noche se viene encima. Las farolas del galeón se encienden, indicando su posición a los piratas, mientras la barca desaparece a los ojos de los españoles, deslumbrados por su propia iluminación y se confunde con la oscuridad del mar. Media hora más tarde, las dos embarcaciones están costado con costado. Pierre le Grand y sus hombres, empuñando sables y pistolas, acechan en cubierta listos al abordaje. Al cirujano de a bordo, poco ducho en el cuerpo a cuerpo, le encomiendan que, con un barreno, abra un agujero en el carcomido fondo de la barca. La madera cruje. La barcucha empieza a hundirse. No queda más que un camino: ¡Al abordaje! Los franceses se lanzan, trepan por el costado y saltan sobre la cubierta del galeón. «Jesús, son demonios», gritan los perplejos españoles. Pierre le Grand irrumpe en el camarote del vicealmirante y le pone a éste la pistola delante: «¡Rendíos!». El amenazador hierro apresura la decisión del vicealmirante. A la mañana siguiente, él, sus oficiales, marineros, soldados y pasajeros, se ven abandonados en una playa solitaria y ven como desaparece en el horizonte el majestuoso galeón. Pierre le Grand ha capturado un tesoro de los mayores: arcas llenas de oro, joyas y piedras preciosas se amontonan en las cámaras, al paso que las bodegas se ven abarrotadas de tabaco, añil y cacao. En la cala, como lastre, van barras de plata… Una barca del tipo empleado con frecuencia por los piratas del Caribe. Pierre le Grand regresa a su nativa ciudad de Dieppe. Allí comparte el botín con sus hombres, desembarca, se convierte en un ciudadano opulento y decente —y no vuelve a pisar la cubierta de un barco. Ha sido posiblemente el único de los piratas del Caribe que, habiendo conocido la fortuna una vez, no siguió su caprichoso juego. Otros ha habido que, tras disfrutar una vez de la suerte en grado excepcional, carecieron en cambio del «sentido común» para retirarse en el momento oportuno. Por descontado, la noticia de su gran presa se corrió enseguida. Y sonó en todo el Caribe el halalí que convocaba a la caza de las naos hispanas. La sociedad sin clases de los bucaneros John Hawkins y Francis Drake habían mostrado la ruta que conducía hacia el mundo «prohibido» y los españoles no tenían sencillamente el poder que hubiera hecho falta para controlar el sinfín de islas del Caribe de tal manera que no anidasen enseguida en ellas colonos procedentes de los países olvidados por el papa Alejandro VI: en Jamaica lo hicieron los ingleses, en Curasao los holandeses y en el oeste de La Española (donde queda hoy Haití), los franceses. Esta gran isla había quedado casi deshabitada a principios del siglo XVII. Los españoles habían exterminado a los aborígenes, abandonándola prácticamente. Sin embargo, el suelo era bueno y en sus sabanas y bosques pululaban grandes manadas de cerdos y reses mostrencas. Los franceses se establecieron allí como colonos, muchos se dedicaron al cultivo de plantíos y no pocos a la caza. Su producto, carne ahumada al estilo indígena, no sólo era muy sabrosa, sino que se conservaba además mucho tiempo. Los capitanes y marineros de los barcos españoles habían sabido apreciar desde un principio las ventajas de la carne ahumada en el bucán. El mercado del bucán floreció y se les empezó a dar el nombre de «bucaneros» (del francés boucanniers) a aquellos industriosos cazadores. Y de allí no hubiera pasado la cosa de no ser por la codicia y eterna mezquindad de la Casa de Contratación. Según ella, había que importar la cecina de España, aunque en el viaje desde la Península a América se pusiera rancia y llenase de gusanos… Cobertizo de ahumar carne para preparar el bucán al estilo indígena. Y las órdenes son órdenes. En 1629 desembarcó en la Española Don Federico de Toledo con un contingente de tropas, prendió fuego a los asentamientos y arrasó los plantíos, procediendo también a perseguir y exterminar sistemáticamente las manadas de cerdos y reses y expulsando de allí a los colonos y bucaneros franceses. Encabezados por su gobernador Le Vasseur, se trasladaron éstos a la isla de la Tortuga. Contigua a la costa norte de La Española, había recibido ya de Colón su curioso nombre, por parecerse a la forma de un quelonio. Aquella isla era muy segura y Le Vasseur hizo construir en ella un fuerte inexpugnable. Había además un puerto excelente: profundo y muy protegido de los vientos. Pero la base económica de los colonos franceses había quedado destruida. La isla de la Tortuga, baluarte de los bucaneros franceses, situada frente a la costa de La Española (Sto. Domingo). ¿Qué hacer pues? Los bucaneros, tipos rudos y excelentes tiradores, se buscaron el sustento donde podían hallarlo: en los barcos españoles y en los establecimientos españoles cercanos a la costa. Los cazadores de pécaris se convirtieron en piratas y recibieron también a menudo el nombre de flibustiers (filibusteros en español), corrupción del inglés freebooters, que viene a significar a su vez, «cazadores de botín por cuenta propia». Durante unos 30 años tiranizaron todo el Caribe, capturando barcos, saqueando ciudades y arrasando zonas costeras. Al cabo de aquellos 30 años no habían dejado más que montones de escombros de las mejores franjas costeras del Caribe español. La codicia de la Casa de Contratación se había salido con la suya, si es que pretendía arruinar su propio imperio. No vayamos a creer sin embargo, que aquellos piratas del Caribe, por tortuoso que fuera su origen, hayan sido una canalla salvaje y antisocial. Sin duda alguna fueron burdos, brutales y con frecuencia, crueles hasta lo estúpido. Lo que no fueron, desde luego, es enemigos de un orden social. Carlos Marx y los demás teóricos del colectivismo y del socialismo se hubieran alegrado mucho de conocer el ejemplo social de los bucaneros y filibusteros del Caribe. No es mi intención en absoluto afirmar que una sociedad socialista y sin clases exija para su funcionamiento el marco de una horda de ladrones y asesinos profesionales; pero es un hecho concreto que tal tipo de sociedad se ha desarrollado por sí sola entre esta gente y que les venía a la medida a estos bandidos del mar. Entre los bucaneros y filibusteros no había diferencias de rango. El capitán era elegido, no tenía mando fuera del combate y podía ser depuesto en cualquier momento. Tampoco gozaba de prerrogativas especiales. Su hamaca colgaba entre todas las demás en el viciado y hediondo aire del entrepuente. Para comer, se acurrucaba junto a sus hombres sobre el entarimado de la cubierta y no le caía en el plato un sólo pedazo más de carne que al último grumete. Los bienes eran propiedad de la comunidad —A. O. Exmerlin, testimonio principal de la piratería del Caribe, nos lo pone de relieve más de una vez— e incluso el botín pertenecía a todos en común. La llamada «chasse partie» (partida de caza) obedecía a un acuerdo suscrito y reconocido por todos ellos y por sus artículos se regían las propiedades y la distribución del botín. Antes de proceder al reparto del producto de su rapiña, tenían que jurar todos, uno por uno, que no habían apartado para sí nada del botín habido. Pobre del que cometiera un perjurio comprobado: se le expulsaba de la comunidad y se le ejecutaba o dejaba en una isla desierta, «aunque esto ocurre rara vez», escribe Exmerlin, «pues estos ladrones que son capaces de hacer cualquier infamia contra los españoles, tienen entre sí un comportamiento totalmente honrado y están prestos a ayudarse entre sí para salir de cualquier apuro». Chasse Partie. Así distribuían los bucaneros el botín capturado. No pocos bucaneros concedían gran valor al «manto de justicia» que amparaba sus correrías y se hacían expedir patentes de corso por sus gobernadores, lo que salía costándoles desde luego, un décimo del botín, que quedaba para el gobernador y la corona, aunque esto no era mucho, comparado con el tercio que podía reclamar para sí el propietario del barco. Hechas estas deducciones, se descontaban las primas especiales y las indemnizaciones de los heridos; poseemos todavía la relación de tales «prestaciones sociales»: 200 piastras para el médico del barco con su caja de emplastos, del que cualquier herido podía exigir tratamiento pagado por la comunidad (!) durante seis semanas a contar del fin de la correría. De 100 a 150 piastras para el carpintero de a bordo, 100 piastras para cada uno que hubiera avistado un barco capturado y para el primero que hubiera subido a su bordo, así como 50 piastras para el que hubiera abatido la bandera enemiga. Las heridas se indemnizaban como sigue: Por la pérdida de un dedo, 100 piastras; por la de una oreja, 100; por la de un ojo, 100; por la de una mano, 400; por la del brazo izquierdo 500; por la del brazo derecho, 600; por la de una pierna, 600; por la de ambos ojos, 1000; por la de las dos piernas, 1500; por la de las dos manos, 1800; y por una herida con cánula, 500. El resto se distribuía a partes iguales entre los hombres y de haber muertos, entre los deudos de éstos. Sólo el capitán recibía dos partes y los grumetes, media. Ni siquiera eran olvidados los pobres, a los que correspondía el botín de los que caían sin dejar herederos y tampoco la Iglesia se quedaba sin su parte, pues los bucaneros, sobre todo los ingleses, eran de un piadoso subido. Antes de cada partida se reunían para celebrar un acto religioso en común. Ya en el mar, cada domingo, el capitán de los filibusteros sacaba la biblia de la caja estanca y —por grotesco que nos parezca— les echaba a sus camaradas una perorata exhortándoles a amar al prójimo… siendo el primero en olvidar su propio sermón a la vista del siguiente barco español que apareciera a la vista. «Antes del combate, se abrazan y perdonan unos a otros el mal que se hayan hecho. Y después de las correrías productivas hacen subir al paciente cielo sus oraciones de gracia», nos refiere Exmerlin. Una barca de filibusteros entra al abordaje de un carguero español. Pero ya es hora de que sepamos un poco acerca de este interesante joven: Alexandre Olivier Exmerlin, nacido en Honfleur en 1645 —no se sabe si era de origen francés u holandés—, cuando apenas tenía 21 años fue a parar a las Tortugas en medio de los piratas caribes. En alguna ocasión había tenido que ver con la medicina y navegó durante muchos años como cirujano bajo las banderas de Michel el Vasco y de L’Olonnois. «Pirática Americana —o sea los piratas americanos—, que contiene la narración exacta y verdadera de todas las perniciosas rapiñas e inhumanidades crueles que han cometido los piratas ingleses y franceses contra los españoles en América, descritas por A. O. Exmerlin, quien hubo de asistir por necesidad a todas esas rapacidades». Tal era el título de sus memorias, aparecidas en 1685. Exmerlin era un observador agudísimo, por lo que sus descripciones, basadas exclusivamente en experiencias personales y presentadas sin florituras dramáticas —cosa rarísima en aquella época— tienen el máximo valor documental.
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