Nathan El sonido insistente del teléfono me arrancó del sueño de golpe. Mi cuerpo reaccionó al instante, mi corazón latiendo con fuerza, y una sensación de sudor frío recorriendo mi nuca. La bebé, que había dejado de llorar hace poco, había dejado la calma en el aire, pero mi mente seguía en alerta, atrapada en la frágil frontera entre el agotamiento y la tensión. Con manos temblorosas, extendí la mano hacia la mesa de noche y tomé el teléfono. El número desconocido parpadeaba en la pantalla. Fruncí el ceño. A esa hora, a tan temprano en la mañana, no podía ser una llamada casual. Deslicé el dedo y contesté. —¿Sí? —gruñí con voz áspera, tratando de despejarme del sueño. —Nathan. Su nombre me congeló el cuerpo, y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Reconocía esa voz. —¿Dalia? —

