Capítulo 2

755 Palabras
Al otro lado de la puerta se encontraba la mismísima Cecilia Valdés, la misma mujer que, unas pocas horas antes, me había echado de su casa, que me había dicho tantas cosas hirientes que fueron como puñales directos al corazón. No podía creer que ahora estuviera frente a mí, como si nada, con esa mirada desafiante que no hacía más que aumentar el torbellino de emociones que recorrían mis pensamientos. Intenté cerrar la puerta, pero fue en vano. Cecilia, con una rapidez sorprendente, la detuvo con su mano, impidiendo que la cerrara por completo. La presión en mi pecho aumentó, y el aire se volvió denso, cargado de una incomodidad insoportable. —Necesito que hablemos—dijo Cecilia, con la voz tensa, casi suplicante, pero al mismo tiempo cargada de una autoridad que no dejaba lugar a dudas. —No tengo nada que hablar contigo—respondí, la rabia y el dolor brotando de mis palabras—. ¡Lárgate de aquí! No quiero verte nunca más. Mi voz temblaba, pero no era de miedo; era la furia contenida de alguien que se ha cansado de ser herido una y otra vez. El aire estaba cargado, y cada segundo que pasaba, la distancia entre nosotras parecía hacerse más insostenible. A diferencia de mí, se notaba que Cecilia había tenido una noche espectacular. Su piel resplandecía, casi parecía brillar bajo la luz del día. Llevaba un maquillaje impecable que realzaba sus ojos oscuros, cargados de una intensidad casi desafiante. Su cabello, perfectamente peinado, caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su sonrisa, aunque ligeramente forzada, emanaba una confianza arrolladora. Estaba radiante, como si toda la noche anterior hubiera sido una celebración para ella, mientras que yo aún lidiaba con el eco de sus palabras. Su máscara de arrepentimiento desapareció al cruzar el umbral de la puerta. Su mirada era aún más fría que la noche anterior, y su presencia dominaba el espacio de una manera que no dejaba margen para la duda. —No vine a disculparme —su tono era gélido, calculador, sin rastro de remordimiento—. Vengo a exigirte que me pagues tantos años de sacrificio. La habitación se volvió más pequeña, el aire más denso, mientras sus palabras se instalaban en el ambiente como una sentencia. Mis ojos se clavaron en los suyos, buscando alguna señal de humanidad, de arrepentimiento, pero no había nada. Solo una firme determinación que me hizo sentir como si estuviera atrapada en una red que ella misma había tejido. —¿Sacrificio? —respondí, la incredulidad se filtró en mi voz, aunque intentaba controlarme—. ¿Qué sacrificio? ¿El que hiciste para manipularme? ¿El que hiciste para destruir lo poco que quedaba de mí luego de la muerte de papá? ¿A eso llamas sacrificio? Mi voz subió, y antes de darme cuenta, estaba gritando, dejando salir toda la ira que había acumulado durante tanto tiempo. —¡No te atrevas a hablarme de sacrificio, Cecilia! —grité, señalándola con el dedo tembloroso por la ira—. ¿Sacrificio? ¿De qué hablas? Cuando no haces más que pensar en dinero. ¿O crees que no sé que perdonaste a Raúl por eso? ¡Porque eres una interesada que tuvo la suerte de tener un lindo cuerpo y supo cómo aprovecharlo! Su rostro se tensó, pero yo no iba a detenerme. No después de todo lo que había callado. —No intentes ponerme a mí como egoísta cuando tú siempre has tenido un precio. Siempre. Y lo peor de todo es que quieres disfrazarlo de amor, de sacrificio, cuando lo único que te importa es lo que puedes obtener de los demás. Mis palabras salían como una avalancha, imparables, mientras el aire entre nosotras parecía volverse más denso con cada segundo que pasaba. —Te llamé madre todos estos años porque creí que me habías concebido, no porque fueras merecedora del título. —Las palabras salieron cargadas de una rabia que ya no podía contener, cada una golpeando como un latigazo. Cecilia abrió la boca, quizá para defenderse, pero levanté la mano y la señalé hacia la puerta antes de que pudiera decir algo. —Ahora lárgate —dije, mi voz fría como nunca antes lo había sido. El silencio que siguió fue ensordecedor. Por un instante, pensé que desafiaría mi orden, que intentaría justificar lo injustificable, pero sus ojos se llenaron de una mezcla de sorpresa y algo que se parecía a la culpa. Sin embargo, no me importaba. No más.
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