Nathan
Llegué a casa a altas horas de la noche, todo el apartamento estaba a oscuras. Creí que Dafne no estaba, pero un leve sollozo que se escuchaba al final del pasillo me hizo detenerme. Encendí la luz, y el parpadeo inicial de la bombilla apenas iluminó el extenso pasillo. Allí estaba ella, inmóvil, hecha una bolita al fondo del pasillo.
—Dafne, ¿eres tú? —pregunté, intentando mantener la voz firme, aunque sentía un nudo en el estómago. El eco de mis palabras resonó frío, amplificando el silencio.
No respondió. Di un par de pasos hacia ella, pero algo en su postura me hizo detenerme. No se movía, no levantaba la cabeza, solo estaba allí, con los hombros encorvados y el cabello ocultando su rostro.
El ambiente se sentía pesado, casi opresivo. Fue entonces cuando noté algo extraño: la forma en que las sombras caían sobre ella parecía antinatural, como si la luz misma se negara a tocarla del todo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, helándome hasta los huesos.
—Dafne... —murmuré de nuevo, mi voz quebrándose. A cada segundo, la sensación de que algo estaba terriblemente mal se hacía más fuerte.
Me adentré en el pasillo, cada paso que daba hacía eco en el silencio opresivo. El miedo hacía que mi corazón latiera con fuerza, casi podía escucharlo retumbar en mis oídos. Me agaché frente a ella, temblando, y la rodeé con mis brazos, estrechándola contra mi pecho.
—Dafne, por favor, dime algo —susurré, mi voz quebrándose mientras acariciaba suavemente su cabello.
Me llenaba de rabia verla así. Por más amigos que seamos, no puedo negar que su vida siempre ha sido miserable.
Dafne es como un jarrón roto a punto de desmoronarse. Lo único que la mantenía cuerda era su padre.
Su relación con Cecilia siempre fue un desastre, y eso hizo que se refugiara cada vez más en mi casa.
Aún recuerdo la primera vez que la vi: su cabello rizado caía sobre su espalda mientras lloraba al lado de su bicicleta tras haberse caído. Me acerqué, curioso, y noté que llevaba una falda que ahora estaba ligeramente rasgada en la rodilla.
—Estaba aprendiendo a montar —murmuró entre sollozos. Su voz era temblorosa, sin levantar la mirada, las lágrimas amenazando con abandonar sus ojos, y sus manos intentaban limpiar la sangre de un rasguño en su pierna. —Pero creo que no soy buena en esto.
Nunca antes la había visto, aún así algo en ella, en su vulnerabilidad, me hizo querer ayudar. No sabía su nombre, pero su tristeza me golpeó como si la conociera de toda la vida.
—¿Quieres jugar conmigo? —pregunté, señalando la bicicleta. Ella me miró con desconfianza al principio, pero luego asintió, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Soy dos años mayor que ella. Cuando entré a la adolescencia, me alejé un poco de Dafne. Supongo que es normal: mis prioridades habían cambiado, y lo que antes parecía importante se esfumó con el tiempo. Dejé de esperarla en la salida de su casa y de pasar las tardes jugando videojuegos con ella.
Pero Dafne creció. Y no puedo negar que, cuando se convirtió en una linda adolescente, algo en mí despertó. De pronto, ya no era solo aquella niña de rizos rebeldes que lloraba por caerse de su bicicleta. Era una joven con una mirada intensa, con una fuerza que contrastaba con su vulnerabilidad.
Al inicio me sentí confundido. Por un lado, todavía la veía como la amiga de la infancia a la que debía proteger. Por otro, no podía evitar sentirme atraído por ella, por la manera en que su sonrisa podía iluminar un mal día o cómo su risa parecía llenar los vacíos de mi mundo.
Aun así, dejé la idea de lado. Después de todo, pensé que solo era un simple capricho. Dafne era la única amistad genuina que había tenido en toda mi vida, y no podía arriesgarme a perderla por algo tan incierto. Tal vez no tenía la suficiente valentía para declararme, o tal vez simplemente sabía que, si lo hacía, todo cambiaría para siempre.
Lo sé, soy un cobarde por simplemente conformarme con estar a su lado como siempre, con conformarme nada más con el simple hecho de ser su amigo. Así era más sencillo. Después de todo, su vida era bastante caótica como para que yo complicara todo.
Por un momento, creí que no reaccionaría. Pero entonces, sentí cómo su cuerpo se estremecía levemente.
—¿Qué pasó? —pregunté, apenas en un hilo de voz, intentando no perder el control. —En recepción me contaron sobre la visita de tu madre.
Pero Dafne no respondió. En cambio, sus labios temblaron, y una lágrima rodó por su mejilla. Parecía querer hablar, pero las palabras no llegaban. En su lugar, apretó los puños y soltó un susurro tan débil que tuve que inclinarme más cerca para escucharlo.
—No es mi madre —dijo, con la voz rota y temblorosa. Su mirada se desvió hacia la oscuridad detrás de mí.
Le preparé un chocolate caliente y la llevé a acostarse. La acosté sobre mi cama, mientras pensaba dónde pasar la noche hoy, quizás en el sofá, ya que la habitación secundaria aún no estaba lista. Y entonces, pasó lo que menos esperaba.
–Quédate, por favor—susurró mientras tomaba mi mano.
Mi corazón se avivó, pero no podía hacerlo. Ella estaba muy vulnerable en ese momento, no quería aprovecharme de ella.
–Por favor, Nate, no quiero estar sola—dijo en voz baja.
No sabía qué hacer. Mi corazón quería, pero algo en mi subconsciente me decía que esto no sería una buena idea.
—Daf…—mi voz salió áspera, como si cada palabra fuera un esfuerzo. —No puedo hacer esto.
Ella me miró con esos ojos tan llenos de vulnerabilidad, tan perdidos en su propio caos interno, y mi resistencia empezó a desmoronarse.
—Necesito sentir que no estoy sola—susurró, su voz temblando. —Que alguien me quiere.
El dolor de sus palabras atravesó mi pecho como si de un cuchillo se tratara. Mi corazón ya había cedido, pero mi mente seguía luchando contra la idea.
Cuidadosamente me acosté a su lado y la abracé con suavidad, como si temiera que el más mínimo error la hiciera cambiar de parecer.
Su cuerpo se relajó bajo mi toque, cerró los ojos y se aferró más a mi pecho. Sentí cómo su respiración se iba suavizando, mientras yo, aún con la mente llena de dudas, me dejaba llevar por el momento. Cerré los ojos y, en un suspiro, me quedé dormido, con ella en mis brazos, como si todo lo demás no existiera.