Nathan La carretera parecía alargarse interminablemente conforme avanzaba, un serpenteante río de asfalto que no mostraba signos de vida. El tráfico, lento y sofocante, hacía que el aire se espesara con la misma pesadez que oprimía mi pecho. Aunque el sol apenas comenzaba a ascender, la ciudad parecía congelada en el tiempo, como si un extraño hechizo la hubiera sumido en un letargo. Pero yo sabía la verdad. Sabía que algo más estaba ocurriendo. Algo mucho más grave. Dafne estaba en peligro. Mi mirada se desvió, y el teléfono aún descansaba sobre el asiento del copiloto, su pantalla apagada pero que en mi mente brillaba con fuerza, como un faro que guiaba mis pensamientos erráticos. Las horas habían transcurrido, pero las palabras de Dalia seguían martillando mi cerebro, su voz quebrada

