Dafne Habíamos llegado a la cabaña familiar de los Hernández, un lugar tan apartado que parecía existir en un mundo distinto, aislado de la realidad, escondido entre montañas infinitas y árboles que susurraban secretos al viento. La construcción, de madera robusta y oscura, se alzaba majestuosa en medio del bosque denso, con ventanales amplios que reflejaban el cielo nublado y una chimenea de piedra que parecía haber sido testigo de incontables inviernos crueles. Afuera, el aire olía a tierra húmeda y a leña quemada, y el silencio solo era interrumpido por el ulular del viento colándose entre las ramas desnudas de los árboles. Era hermosa. Acogedora. Pero también intimidante en su soledad absoluta. Los demás habían salido. Me sentía inquieta. Vacía. Había demasiados pensamientos ator

