Golpeé la pared con fuerza, ignorando el dolor agudo que se concentraba en mis nudillos. El eco del impacto se perdió entre los murmullos y los barrotes oxidados de las celdas, pero ni siquiera eso logró contener la furia que hervía en mi interior. ¿Quién diablos se creía esa maldita zorra? ¿Cómo se atrevió a ignorarme? A pesar de mis amenazas, se había desaparecido. Era como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra. Hace unas noches, los guardias irrumpieron en mi celda. Tres de ellos. No tocaron, no hablaron, no vacilaron. Me despertaron con un golpe seco en la puerta y una linterna en la cara. —Arriba. Ahora. Voltearon todo: el colchón, las mantas, mis notas escondidas bajo la almohada, hasta el marco de la pequeña foto rota que conservaba en secreto. Y, claro… el teléfono y

