en parte por voluntad propia (porque reverenciaban todavía a los Señores del Oeste y desconfiaban de Sûr), muchos se habían quedado en barcos en la costa oriental de la tierra, por miedo a que la guerra acabara mal. Por tanto, protegidos por la tierra durante un tiempo, evitaron la sima del mar, y un gran viento se levantó del vacío, y se apresuraron hacia el Este y llegaron por fin a las costas de la Tierra Media en los días de la ruina.
Allí se convirtieron en señores y rey es de los Hombres, y algunos eran malvados y otros, de buena voluntad. Pero todos anhelaban larga vida en la tierra, y les pesaba el pensamiento de la Muerte; y caminaban hacia el este pero tenían el corazón vuelto al oeste. Y construy eron casas más grandes para sus muertos que para los vivos, y dotaban a los reyes enterrados de tesoros inútiles.
Porque los sabios de entre ellos no perdían la esperanza de encontrar el secreto para prolongar la vida y quizá también recuperarla. Pero se dice que la longitud de sus vidas, que antaño había sido mayor que la de las razas menores, disminuía lentamente, y sólo descubrieron el arte de preservar incorrupta durante muchas edades la carne muerta de los hombres. Por tanto, los reinos de las costas occidentales del Mundo Antiguo se convirtieron en un lugar de tumbas, y se llenaron de fantasmas. Y en la fantasía de los corazones, y en la confusión de las ley endas medio olvidadas de lo que habían sido, construyeron para el pensamiento una tierra de sombras, habitada por los espectros de las criaturas de la tierra mortal. Y muchos creyeron que esa tierra estaba en el Oeste, y que la
gobernaban los Dioses, y que en la sombra los muertos acudirían allí, con las sombras de su posesiones, puesto que ya no podían encontrar el verdadero Oeste en el cuerpo.
Por esta razón, en días posteriores muchos de sus descendientes, hombres que ellos instruy eron, hacían barcas para sus muertos y las dejaban con gran fausto en el mar, junto a las costas occidentales del Mundo Antiguo.
Pues la sangre de los Númenóreanos se perpetuó sobre todo entre los hombres de aquellas tierras y costas, y el recuerdo del mundo primitivo se conservó mejor que en ningún otro sitio allí donde los senderos antiguos hacia el oeste partían antaño de la Tierra Media. Y el hechizo que allí había no fue del todo vano. Porque el antiguo linaje del mundo permaneció en las mentes de los Dioses y en el recuerdo de la forma y el diseño del mundo que ha cambiado, pero que pervive. Y se ha comparado con una llanura de aire, o con una visión directa que no sigue la curva oculta de la tierra, o con un puente que se eleva
imperceptiblemente pero con seguridad sobre el aire pesado de la tierra.
Y antaño muchos de los Númenóreanos podían ver o vislumbrar los senderos del Verdadero Oeste, y creían que a veces, desde un lugar elevado, podían divisar la cumbre de Taniquetil al final del camino recto, muy por encima del mundo.
Pero la may oría, que no lo podían ver, se burlaban de ellos y confiaban en los barcos que navegan por el agua. Pero sólo llegaron a las tierras del Nuevo Mundo, y encontraron que eran como las del Antiguo mundo era redondo. Pero el camino recto sólo podían recorrerlo los Dioses y los Elfos desaparecidos, o aquellos de los Elfos menguantes de la tierra redonda convocados por los Dioses, cuya sustancia disminuy ó cuando los Hombres usurparon el sol. Porque la Planicie de los Dioses era recta, mientras que la
superficie del mundo era curva, y los mares que yacían sobre ella, y los aires pesados encima; y la Planicie atravesaba el aire del aliento y del vuelo y cruzaba el Ilmen, lo que ninguna carne puede soportar. Y se dice que no todos lo comprendieron, ni siquiera aquellos de los Númenóreanos de antaño que tenían la visión recta, e intentaron hacer barcos que se elevaran sobre las aguas del mundo y se sostuvieran en los mares imaginarios.
Y también estos barcos voladores llegaron a las tierras del Nuevo Mundo y al Este del Mundo Antiguo; y dijeron
que el mundo era redondo. Y muchos abandonaron a los Dioses y los olvidaron en las ley endas, y aun en los sueños. Pero los Hombres de la Tierra Media los contemplaban con asombro y gran temor, y los tomaron por dioses; y muchos se
alegraron de que así fuera.
Pero no todos los Númenóreanos tenían el corazón malvado, y algunos conservaron el saber de los días antiguos que procedía de los Padres de los Hombres y los Amigos de los Elfos, y de aquellos que instruyó Fionwë. Y sabían que el destino de los Hombres no estaba limitado por el sendero redondo del mundo, ni destinado al sendero recto. Porque lo redondo está curvo y no tiene
final, ni escapatoria; y lo recto es verdadero, pero tiene un final en el mundo, y ése es el destino de los Elfos. Pero el destino de los Hombres, decían, no es redondo ni limitado, y no se encuentra en el mundo. Y recordaban de dónde llegó la ruina, y el alejamiento de los Hombres de la porción del sendero recto que les correspondía; y evitaban la sombra de Morgoth de acuerdo con su capacidad, y odiaban a Thû. Y atacaron sus templos y siervos, y hubo guerras entre los poderosos de este mundo, de las que sólo perduran los ecos.
Pero todavía sobrevive una leyenda de Beleriand: porque esa tierra del Oeste del Mundo Antiguo, aunque cambiada y rota, conservaba aún en los días antiguos el nombre que tenía en los días de los Gnomos. Y se dice que; y se reunió con Elrond, hijo de Eärendel, y con los Elfos que quedaban en el Oeste; y atravesaron las montañas y llegaron a las tierras interiores lejos del mar, y atacaron la fortaleza Y Amroth lucho con él y fue muerto; pero Thû fue sometido, y sus siervos se dispersaron; y las gentes de Beleriand destruyeron sus moradas, y lo expulsaron, y él huyó a un bosque oscuro, y se ocultó.
Y se dice que la guerra con Tacus apresuró el marchitamiento de los Eldar, porque era demasiado poderoso para ellos, tal
como Felagund, Rey de Nargothrond, había advertido en los primeros días; y agotaron la fuerza y la sustancia al atacarlo. Y ése fue el fin de los servicios de la r**a más antigua a los Hombres, y se considera la última de las hazañas en
alianza antes del marchitamiento de los Elfos y la separación de los Dos Linces.
que no me oías?
—No hasta que respondí —dijo Tacus
—Bueno, o estás sordo o estabas soñando —dijo su padre—. Soñando, por lo
que parece. Se acerca la hora de acostarse, así que si quieres una historia esta
noche tendremos que empezar en seguida.
—Lo siento, padre, pero estaba pensando.
—¿En qué?
—Oh, en muchas cosas juntas: el mar, y el mundo, y Alboin.
—¿Alboin?
—Sí. Me preguntaba por qué Alboin. ¿Por qué me llamo Alboin? En la
escuela a menudo me preguntan ¿Por qué Alboin?, y me llaman All-bone.
Pero no lo soy, ¿verdad?
—Pareces bastante huesudo, pero no eres todo hueso, me alegra decirlo. Me
temo que y o te llamé Alboin, y por eso te llamas así. Lo siento: nunca quise que
te molestase.
—Pero es un nombre de verdad, ¿no? —dijo Alboin con impaciencia—.
Quiero decir, ¿significa algo, y la gente se llamaba así? ¿No es sólo inventado?
—Claro que no. Es tan real y bueno como Tribunus , y pertenece a la misma
familia, podría decirse. Pero a mí nadie me ha molestado con Oswin. Aunque a
menudo me llamaban Oswald por error. Recuerdo que me irritaba, aunque no sé
por qué. Siempre fui bastante quisquilloso con mi nombre.
Siguieron hablando sobre el muro que miraba al mar; y no volvieron al jardín, o a la casa, hasta la hora de acostarse. La conversación, como les sucedía a menudo, derivó en un relato, y le contó a su hijo la historia de Alboin,
hijo de uno de guerreros los , el rey lombardo; y de la gran batalla de los lombardos y los gépidos, recordada por su crueldad aun en el terrible siglo seis; de los reyes Thurisind y Cunimund, y de Rosamunda.
—No es una buena historia para la hora de acostarse —dijo, interrumpiendo
de pronto los pensamientos de Alboin acerca de la calavera con piedras preciosas
de Cunimund.
—No me gusta mucho ese Alboin —dijo el muchacho—. Prefiero a los
gépidos, y al rey Thurisind. Ojalá hubieran ganado. ¿Por qué no me llamaste
Thurisind o Thurismod?
—Bueno, la verdad es que tu madre quería llamarte Rosamunda, pero
resultaste ser un niño. Y no vivió para ay udarme a escoger otro nombre, ya sabes. Así que tomé uno de la historia, porque me parecía adecuado. Quiero decir, el nombre no sólo pertenece a esa historia, es mucho más antiguo.
¿Preferirías llamarte Amigo de los Elfos? Porque eso es lo que significa.
—Noo —dijo Alboin, no muy seguro—. Me gusta que los nombres
signifiquen algo, pero no que digan algo.
—Bueno, podría haberte llamado Ælfwine, por supuesto; es la forma
Entonces se durmió, y soñó. Pero cuando despertó no podía recordar lo que había soñado, y el sueño no le había dejado ninguna historia o imagen, sólo la sensación que éstos le habían producido: una especie de sensación de que Alboin estaba relacionado con nombres largos y extraños. Y se levantó. Y el verano pasó sin que se diera cuenta, y fue al colegio y siguió aprendiendo latín.
También aprendió griego. Y más tarde, cuando tenía unos quince años,empezó a aprender otras lenguas, sobre todo las del Norte: inglés antiguo, nórdico, escocés, irlandés. Nadie lo animó mucho a hacerlo, ni siquiera su padre,
que era historiador. Al parecer, el latín y el griego se consideraban suficientes para cualquiera, y bastante anticuadas, habiendo tantas lenguas modernas y prósperas (con millones de hablantes); por no mencionar las matemáticas y todas
las ciencias.
Pero a Alboin le gustaba el aroma de las lenguas nórdicas de antaño, tanto como algunas de las cosas escritas con ellas. Tuvo que aprender algo de historia de las lenguas, por supuesto; advirtió que de algún modo parecían imponérselo a
uno los escritores de gramáticas no clásicas . No es que se quejara: los cambios de sonido eran un entretenimiento para él, a la edad en que otros estudiaban el interior de los motores de los coches. No obstante, aunque tenía cierta idea de las supuestas relaciones de las lenguas europeas, tenía la impresión de que ésa no era la historia completa. Las lenguas que le gustaban tenían un
aroma definido, y, hasta cierto punto, compartían un aroma similar. Le parecía también que, de algún modo, tenía relación con las leyendas y mitos que se contaban en las lenguas.
Un día, cuando Alboin tenía casi dieciocho años, se encontraba en el estudio con su padre. Era otoño, y el fin de los días que pasaba casi por completo al aire libre. Volvía el tiempo de encender fuego. Era la época del año en que el saber
de los libros resulta más atray ente (para quienes les gusta). Estaban hablando de lenguas, pues Errol animaba al muchacho a hablar sobre cualquier cosa que le interesara; a pesar de que, secretamente, llevaba tiempo preguntándose si las
lenguas y ley endas nórdicas le tomaban más tiempo y energía de lo que su valor
práctico justificaría en la severidad del mundo. —Pero es mejor que sepa lo que
está pasando, hasta donde puede saberlo un padre —pensaba—. No lo va a dejar
de ningún modo, si le gusta de verdad, y es mejor que no se lo guarde dentro.
Alboin estaba intentando explicarle lo que sentía por la « atmósfera
lingüística» . —Te llegan ecos, y a sabes —decía—, en palabras extrañas, de vez
en cuando; a menudo son palabras muy comunes en su propia lengua, pero que
los etimologistas no pueden explicar; y en la forma y el sonido general de todas
las palabras, de algún modo; como si asomara de lo profundo a la superficie.
—Por supuesto, y o no soy filólogo —dijo su padre—, pero nunca he podido
ver que hay a pruebas para atribuir los cambios lingüísticos a un substratum. Pero
supongo que los componentes subyacentes influy en, aunque no es fácil definir
—Así dijo, el gran viajero: « Hay muchas cosas en las regiones
del Oeste desconocidas para los hombres, maravillas y criaturas extrañas, una
tierra bella y encantadora, el hogar de los Elfos, y la beatitud de los Dioses. Poco
sabe el hombre del anhelo de aquel a quien la vejez impide regresar» .
De pronto se arrepintió de haber traducido los dos últimos versos. Su padre
levantó la mirada con una extraña expresión.
—Los ancianos saben —dijo—. Pero la edad no nos impide irnos….
No hay : no podemos regresar. No tienes porqué decírmelo. Pero bien por Siempre podrás componer poemas.
Maldita sea. Como si hubiera querido hacer algo así, sólo para decírselo al
anciano, prácticamente en su lecho de muerte. De hecho, su padre había muerto
el invierno siguiente.
En conjunto había sido más feliz que su padre; en la may oría de las cosas,
pero no en una. Había obtenido una cátedra de historia bastante pronto; pero
había perdido a su esposa, como su padre, y se había quedado con un único hijo
cuando sólo tenía veintiocho años.
Como profesor era, quizá, bastante bueno. Sólo trabajaba en una pequeña
universidad del sur, por supuesto, y no creía que lo trasladaran. En cualquier
caso, ser profesor no le cansaba; y la historia, incluso al enseñarla, todavía le
parecía interesante (y bastante importante). Cumplía con su deber, o así lo
esperaba. Los límites eran un poco vagos. Porque, por supuesto, había seguido
con lo demás, las ley endas y las lenguas, algo bastante raro para un profesor de
historia. Pero así era: estaba bastante instruido en ese tipo de saber libresco,
aunque en gran parte tenía muy poco que ver con su ámbito profesional.
Y los Sueños. Iban y venían. No obstante, últimamente se habían hecho más
frecuentes, y absorbentes. Todavía eran seductores desde el punto de vista
lingüístico. No recordaba historia alguna, ni escenas; sólo le quedaba la sensación
de que había visto y oído cosas que quería ver, mucho, y de que daría mucho por
volverlas a ver y oír; y esos fragmentos de palabras, oraciones, poemas. El
eressëano, como lo llamaba de muchacho —aunque no recordaba por qué había
estado tan seguro de que ése era el nombre correcto— empezaba a estar bastante
completo. Tenía también mucho beleriándico, y comenzaba a comprenderlo,
y su relación con el eressëano. Y tenía un gran número de fragmentos
inclasificables, cuy o significado en muchos casos ignoraba debido a que olvidó
apuntarlo cuando lo sabía. Y extraños segmentos en lenguas reconocibles. Éstos
podían justificarse, por supuesto. Pero, en cualquier caso, era imposible hacer
algo con ellos: ni publicarlos ni nada por el estilo. Tenía la extraña sensación de
que no eran esenciales: sólo lapsos ocasionales de olvido que tomaban forma
lingüística debido a alguna peculiaridad de la naturaleza de su mente. Lo cierto
era la sensación que le causaban los Sueños, cada vez más insistentes