Bimini no tenía mucho para mostrar, o por lo menos eso le pareció a Nathalie cuando se encontró junto a sus compañeros, de regresó al velero, después de haber recorrido las principales calles de la pequeña isla. Algunas tiendas para turistas, restaurantes, hoteles, una marina llena de yates y veleros y algunas playas que por la hora en que habían llegado, un poco después de las siete, no tuvieron la oportunidad de visitar. Habían cenado en un lugar donde la especialidad era el pescado, cocinado en diferentes estilos y servido en diferentes presentaciones. Ella hubiese preferido un filete de salmón, muy popular en Vancouver, pero a última hora pensó que debería aprovechar la oportunidad de un cambio, lo que la había llevado a escoger un filete de pez sierra. Pero la comida había sido lo menos importante, siendo la compañía de Sebastián, quien se había sentado a su lado, lo que más había disfrutado durante la cena. Para ella resultó obvio que el primer oficial estaba interesado en cortejarla: todo el tiempo estuvo pendiente de ella, la hizo reír como nunca, olvidarse de sus problemas y hasta del accidente sufrido por sus padres. Llegó a pensar que el muchacho estaba actuando con mucha celeridad, pero después de un rápido análisis llegó a la conclusión de que, si tan solo tenían una semana, lo justo era acelerar las cosas.
A pesar de lo bien que la había pasado, no faltaron los momentos en los que se sintió invadida por la culpa. Recordó haberse comunicado con Steve cuando llegaron a la isla, minutos antes de desembarcar. Después de escuchar un efusivo saludo y unas dulces palabras por parte de su novio, le hizo un detallado reporte de lo sucedido durante el día, obviando todo lo que tuviese que ver con Sebastián, pero resaltando la enorme coincidencia de haber encontrado a su tío como el dueño y capitán del velero, y a su joven y hermosa novia como guía oficial del grupo y segunda oficial de abordo.
–¿Y la chica es tan bruja como decían los rumores? –, le había preguntado Steve después de mostrarse sorprendido por tamaña coincidencia.
–Es muy simpática, pero siempre lleva colgada del cuello una estrella rodeada por un círculo, algo típico de las brujas–. Un par de frases después había tenido que cortar la comunicación alegando que se debía alistar para salir con el grupo a reconocer la isla y buscar algo de cenar.
Sabía que estaba jugando con fuego. Conocía muy bien el riesgo que corría si se llegaba a interesar en demasía por el primer oficial. No solamente estaría poniendo en aprietos su corazón, sumiéndolo en un mar de dudas e indecisiones, sin saber qué caminos escoger y alejándolo de la objetividad necesaria para tomar las decisiones correctas que le convenían a su futuro, sino también corría el riesgo de que Michelle, a su regreso a Vancouver, le informara a Steve acerca de todo lo sucedido. No tenía por qué confiar en la ganadora del concurso de belleza, además de que no parecía tener discusión el hecho de que también estaba demostrando interés por Sebastián, lo que la hacía diez veces más peligrosa.
−Nathalie, todos están en cubierta −dijo Antonella al salir del baño−, ¿no piensas subir?
−Solo tomo un pequeño descanso, ahora subo −dijo Nathalie, recostada en su litera.
−¿Sabías que esta es la única noche en que vamos a permanecer fondeados frente a una isla?
−No, no tenía ni idea. ¿Quién te lo dijo?
−El Capitán Armstrong, durante la cena.
−¿Y el resto de noches dónde vamos a estar?
−Estaremos más alejados de tierra, a veces quietos y a veces navegando, pero es que ellos quieren que aprovechemos las noches para avanzar para que durante el día podamos visitar y recorrer las islas.
−Supongo que es una buena idea.
−Bueno, te esperamos allá arriba −dijo Antonella, sus pies atravesando el umbral de la puerta del camarote.
Una vez quedó sola, Nathalie le mandó un mensaje de texto a Steve diciéndole que se estaba alistando para subir a cubierta a tomarse un par de cervezas con sus compañeros. El mensaje se demoró en salir, algo de no extrañar si tenía en cuenta lo alejados que se encontraban de las costas de la Florida. Esperó por una respuesta duranta algo más de cinco minutos, pero esta no llegó. Sin quererse perder de la reunión que se empezaba a llevar a cabo en cubierta, y de la que ya podía escucharse la música reggae, se paró de su litera, se miró al espejo de cuerpo entero, retocó su maquillaje, pasó las palmas de las manos por encima de la blusa blanca y la falda del mismo tono que había lucido durante la visita a la isla, como queriendo alisarlas, pasó el cepillo por su cabello hasta dejarlo a gusto, dio un giro de trescientos sesenta grados apoyada en sus pies descalzos, le gustó lo que veía, se sonrió a sí misma y dejó el camarote.
La música de Bob Marley dominaba el ambiente en cubierta. Paul, luciendo tan solo una pantaloneta, bailaba con Maureen, Lucas hacía lo mismo con Mary Anne, y el resto se encontraban sentados en el piso formando un semicírculo. Sebastián no aparecía en aquel grupo y Nathalie no supo si lo mejor seria buscarlo por toda la embarcación o solo sentarse con sus compañeros y esperar a que, eventualmente, apareciera. Pero sus dudas fueron disipadas pocos segundos después: una nueva canción empezó a sonar y Michelle, que había estado sentada con el resto del grupo, se puso de pie, se deshizo de la blusa y el short que había lucido durante la visita a la isla, dejó su esbelta figura tan solo cubierta por su bikini azul, y empezó a bailar de la manera más sensual que Nathalie había visto en su vida. No cabía duda de que la muchacha de los ojos azules estaba haciendo todo lo posible por llamar la atención de todos, y eso incluía a Sebastián, donde quiera que estuviese. Lo mejor sería encontrarlo y evitar que se distrajera con el espectáculo de cabaretera que empezaba a brindar la ganadora del concurso de belleza.
Se desplazó hacia la popa, pero no encontró a nadie. Atravesó lo largo del velero hasta llegar a proa para tampoco encontrar señal alguna que delatara la presencia del primer oficial. Decidió bajar y buscarlo en el interior. ¿Pero estaría bien ir a golpear a su camarote en caso de que no lo encontrara en las áreas públicas del comedor o la cocina? ¿Estaría siendo demasiado directa? No importaba, no tenía mucho tiempo y era hora de empezar a disfrutar de la vida.
Continuó avanzando en la búsqueda por los estrechos pasillos mientras pensaba en lo ventajoso que resultaba caminar descalza, lo que, aparte de ser bastante cómodo, permitía que nadie la escuchara a medida que se aproximaba a los camarotes. Pero tres pasos más tarde sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz que escuchó proveniente del camarote de su tío. Nathalie se acercó para hallar la puerta entreabierta. Se detuvo y reconoció la voz de su tío, quien parecía hablar con alguien que no estaba presente en su camarote; posiblemente se trataba de una conversación telefónica.
−Sí, señor. Estoy seguro de que su hijo quedará fascinado con esa chica. La he estado observando y es muy hermosa, de un color de ojos encantador, dueña de una figura inigualable, creo que no debería haber ningún problema...
Fue cuando Nathalie sintió que alguien le tocaba el hombro, lo que la hizo pegar un brinco al tiempo que volteaba a mirar de quién se trataba. Una sutil sonrisa, de blanca dentadura, fue lo primero que vio. Se trataba de Lorna, quien enseguida dijo:
−¿Se te perdió algo en el camarote del capitán?
Nathalie bajó la mirada para descubrir que Lorna también venía descalza, razón por la que no la había escuchado aproximarse.
−No lo sé, estoy buscando a Sebastián, pero no aparece por ningún lado, no sé si estará ahí dentro…
Lorna sonrió ampliamente y dijo:
−Veo que hiciste buenas migas con nuestro primer oficial…
−Es más interesante escucharlo a él mientras aprendo sobre las particularidades de la navegación a estar viendo a Michelle exponiendo sus carnes.
−Tienes razón, pero no molestes a tu tío. Busca a Sebas en le bodega, está poniendo en el refrigerador algunas bebidas que compramos en tierra.
−Oye, Lorna, gracias. Y te ruego que no pienses que estaba espiando a mi tío, te juro que solo estoy buscando a Sebastián.
−Lo sé, no te estreses, y ahora ve por tu marinero.
A Nathalie la pareció sincera la sonrisa de Lorna. Ella a su vez le sonrió, se dio media vuelta y se dirigió hacia la bodega, pero mientras atravesaba la embarcación su cerebro no pudo abandonar las palabras que acababa de escuchar de su tío. ¿A qué chica de ojos encantadores se refería? ¿Y al hijo de quién? ¿Tendría algo que ver con Michelle, dueña de los más preciosos ojos azules que ella había visto en su vida? ¿O podría tratarse de ella misma? Siempre le habían halagados sus ojos verdes… No lo sabía, así como también podría tratarse de cualquier otra muchacha que ni siquiera estuviese a bordo. Era mejor no pensar en eso, no era su problema, además de que solo era una conversación en la que dialogaban acerca de presentarle una chica de ojos claros al hijo de alguien, nada por fuera de lo ordinario.