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1634 Palabras
Nathalie se desplazó hasta la bodega para encontrar a Sebastián sacando latas de refrescos y de cervezas de sus bandejas de cartón y acomodándolas dentro del refrigerador. Pensó que, debido a la alta temperatura, el primer oficial se había despojado de su camisa blanca y había dejado al descubierto la parte superior de su cuerpo. Lo observó durante unos segundos sin que el muchacho se percatara, su atención puesta en la desarrollada musculatura de sus brazos y de su pecho, lo que le trajo a la mente el recuerdo de sus noches de pasión con Steve quien, a pesar de su edad, no se quedaba atrás en cuanto a cualidades físicas se refería. Sin embargo, el bronceado y la juventud expuesta en le piel del marinero lo dejaban con una leve ventaja. Se sintió culpable de estar observándolo, de estar soñando despierta e imaginando lo que sería pasar una noche a su lado sobre la cubierta del velero, bañados por la luz de la luna y las miles de estrellas que a esa misma hora adornaban el firmamento. Pero su sentimiento de culpa se limitó cuando pensó que era solo una chica de dieciocho años, que había sufrido mucho en las últimas semanas y que tenía derecho a divertirse. Aquella absurda idea que había tenido recientemente acerca de un futuro al lado de Sebastián era parte del pasado, así fuese un pasado reciente. Su seguridad estaba al lado de Steve y no podía depender de un muchacho apenas un par de años mayor que ella, y quien podría muy bien no gustar del cambiante clima de Vancouver o de las costumbres de su gente, esto en cado de que, eventualmente, decidiera acompañarla y buscar un empleo en el puerto más importante de todo el Canadá. Pero eso no le impedía pensar en que podría gozar con él toda la semana, disfrutar de su compañía, y por qué no, de sus abrazos y sus besos. −¿Quieres que te ayude? Sebastián levanto la cabeza y la miró, una sonrisa atravesada en su rostro. −Natty, no te escuché llegar. ¿Hace rato estabas ahí? −Solo un par de segundos, pero llevaba rato buscándote por todo el velero −dijo Nathalie, recostada contra el umbral de la compuerta. Sebastián arqueó una ceja, se quedó mirándola por unos instantes y luego dijo: −¿No prefieres estar arriba en la pequeña fiesta de tus compañeros? −Claro que no. ¿Sabes que nunca he sido de fiestas? Supongo que me acostumbré a llevar una vida demasiado sana, todo por sacar adelante mi carrera deportiva, ya sabes… en el ciclo-montañismo. Además, te confieso que prefería la compañía de mis padres. Los viernes y sábados en la noche cenábamos temprano y veíamos una película y eso era todo. Siempre tenía que madrugar al otro día a entrenar o a competir. −La vida juiciosa de toda una atleta… −Supongo que sí −Nathalie arrugó los labios. −Si quieres, entra y me ayudas a desempacar esas cuatro pacas de latas de cerveza y las organizas en la parte derecha del refrigerador, después podemos subir, y si quieres, nos unimos a tus compañeros o podemos hacernos en otro lugar de cubierta y conversar un rato. −Terminemos primero con tu trabajo y luego ya veremos qué hacemos. Nathalie, sin esperar por las siguientes palabras de Santiago, entró de lleno en la bodega y dedicó los siguientes minutos a desempacar y organizar latas de cerveza. Algunos minutos después, habiendo los dos terminado sus labores, abandonaron la bodega. −¿Qué decidiste? −preguntó el muchacho, llevando su camisa en la mano. −Espera, ¿no te dice nada el capitán por no llevar puesta la camisa del uniforme delante de todos? −Ya no estoy de servicio, a menos que se presente una emergencia o que decidamos navegar durante la noche. Además, tu tío es un hombre comprensivo. −Hablando de él, te cuento que desde que me vio aproximándome a este velero descubrió que yo era su sobrina. −Eso te iba a decir, lo estaba averiguando, tal y como me lo pediste. Dice que te pareces mucho a tu madre. −Sí, nos parecíamos bastante. −Nathalie, ¿por qué no me contaste sobre el accidente de tus padres? −Esta mañana, cuando estábamos hablando, pensé que lo podría hacer, pero luego llegaron Lucas y Paul y nos interrumpieron, pero supongo que mi tío ya te lo contó todo… −Sí, dijo que es algo reciente, Lorna también lo sabe, pero solo quería decirte que lo siento mucho. −Gracias. La vida no es fácil. Pero vine aquí para divertirme, para tratar de ganar ánimos para seguir adelante. −No tenemos que hablar de eso si no quieres… −Gracias, en algún momento te contaré más, pero ahora solo quiero que nadie más se entere de eso ni de que el capitán es mi tío. −¿Por qué no? −No quiero que me miren como si fuera especial. −Eres especial −dijo Sebastián cuando ambos habían puesto sus pies en el primer madero de la escalerilla que los llevaría a cubierta. Nathalie se detuvo, logrando que él también lo hiciera. −¿Por qué te parece que soy especial? −Como tú no hay dos. Esa mezcla de cabello naranja y ojos verdes, ese tono de piel entre blanco y bronceado, además de que pareces una chica sana, alejada del licor, de los excesos… −A veces me tomo una cerveza, y no es que sea la más santa. −Pero se nota que eres una chica buena, incapaz de hacerle daño a alguien. Nathalie pensó que aquel muchacho se caería de espaldas si supiera que tenía un novio, más de veinte años mayor, con el que había pasado las noches de pasión que ni ella misma tendría las palabras correctas para describir. −Gracias por tus palabras, sé que no soy tan mala, pero te vuelvo a decir que tampoco soy una santa. −Pero no eres como esa Michelle, esa chica se nota que es tremenda. Es demasiado extrovertida, siempre queriendo llamar la atención. Pero bueno, supongo que es natural en alguien que se inscribió en un concurso de belleza y lo ganó. −No es una mala persona, además de que está sufriendo. Su novio la traicionó, su padre la castigó demasiado fuerte por lo del concurso de belleza y se vio obligada a huir de casa. Sebastián enarcó ambas cejas. −¿En serio? ¿Y la golpeó o algo así? −Su padre no estaba de acuerdo con que participara en ese concurso. Creo que le dio un par de bofetadas, pero también sé que la encerró en una habitación en la que solo había una cama y un baño, le puso barrotes a las ventanas como si fuera la celda de una prisión, no tenía distracción alguna, nadie con quien hablar, y allí estuvo durante cuatro días. −¡Wow! Un poco drástico el señor… −Según parece, ella no tiene ni idea de el lugar en el que va a vivir cuando regresemos a Vancouver. −Situación complicada −Sebastián arrugó una mejilla. −Pero son pocos los que la tienen fácil en esta vida. Continuaron subiendo y al llegar a cubierta tanto los ojos de ella como los de él se enfocaron en la figura de Michelle, quien al ritmo de la música de Bob Marley se contorsionaba, llamando la atención de todos, no solo por sus movimientos, sino también por su figura, escasamente cubierta por su bikini azul. −Creo que se te metió un bikini en un ojo −dijo Nathalie. −No parece muy afectada tu compañera por aquello que le hizo su padre. −Solo te conté lo que ella me contó. Supongo que es de las personas que poco se deja afectar. −Bueno, entonces nosotros no nos dejemos afectar por su baile y sentémonos al otro extremo, a menos que quieras que nos juntemos con ellos. −Para nada, llévame lo más alejada posible de ellos, pero que sea un lugar donde podamos mirar las estrellas. Sebastián la tomó de la mano y la condujo hacia proa. Una vez pusieron sus pies sobre la parte delantera de la embarcación, se sentaron sobre los brillantes y perfectamente alineados listones de madera que componían su superficie. Nathalie inclinó la cabeza hacia atrás, observó la infinidad de estrellas por algunos segundos, y sin bajar la mirada dijo: −¿Qué es lo que más te gusta de navegar? −No lo sé… Supongo que el sentimiento de libertad. Pensar que no tienes que seguir un camino específico para llegar a un determinado lugar, que tienes toda la amplitud del océano para navegar, y que igual puedes llegar al punto que deseas… −¿Pero no se supone que hay rutas marítimas? −Las hay, miles de ellas. Pero es como si sales de tu casa con rumbo a la universidad y das veinte vueltas antes de llegar en lugar de irte directo. −Entiendo −dijo ella, bajando la mirada. −¿Te puedo confesar algo? Nathalie lo miró a los ojos y sonrió. −Confiesa todo lo que quieras. −He recorrido muchos lugares, visto muchas mujeres, de diferentes países, razas, culturas, edades, pero te juro que tú eres la más linda de todas. −Entonces en realidad no es mucho lo que has recorrido −dijo Nathalie antes de soltar una corta risita. Sebastián le sujetó la mano. −Créeme que ha sido bastante. −Yo no he recorrido casi nada, tres o cuatro ciudades de mi país, lo que he visto en este viaje, y creo que puedo decir lo mismo con respecto a ti… Eres el chico más guapo que he visto en mi no tan corta existencia. Sebastián llevó su mirada desde los ojos verdes de Nathalie a sus labios, se inclinó hacia adelante y ella, mordiéndose el labio inferior, puso su mano libre en el pecho desnudo del muchacho y dijo: −Espera, hay algo que debes saber…
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