Román salió poco después, frunció el ceño al ver a Irene ahí, ella le miró con ojos de reproche, salió de prisa. «No me voy a quedar aquí», pensó Nía. Ella buscó una cobija, estaba lista para ir a otra alcoba. Román la miró con ojos severos. —¿Te vas a otra habitación? —Sí, actúas como un loco, no confió en ti. Román no la detuvo, tocó su cabeza, le dolía demasiado. Nía salió de ahí, cuando encontró a Irene sentada en la escalera. «¿Por qué se puso tan triste…? ¿Acaso hay algo entre ellos?», pensó Irene escuchó los pasos, alzó la mirada, se levantó, observó perpleja a Nía. —¿No vas a dormir con tu marido? Nía negó. Irene sostuvo una esperanza en su corazón, sonrió. —Puedes dormir en mi habitación, con los bebés, hay dos camas, ya que has querido ayudarme, bueno, la niñera tuv

