Angelo abrió las puertas del piso sin muchos ánimos. Sus pensamientos estaban puestos en Mía. Esa mañana le había enviado un ramo de rosas y no sabía si le había gustado o no, porque ella no envió ni un solo mensaje en respuesta. Encendió las luces y se llevó una sorpresa al ver a Mía sentada en el sillón de la sala. Su rostro estaba pálido y las ojeras marcaban su bella piel, el corazón se le rompió una vez más, pero también latió alocado dentro de su pecho, el que ella estuviera allí debía significar algo. —Hola —dijo Mía, fue un susurro, pero en la sala no había ningún ruido, si un alfiler hubiese caído al piso se habría escuchado perfectamente. —Mía… Angelo se acercó a ella y se sentó a su lado, para tener la seguridad que no se trataba de un sueño o que aquella imagen no era un pr

