Después de una hora, observó un varón con dos infantes similares a los suyos. Sin embargo, no eran sus descendientes. Cayó de rodillas, derrotado y, desde que la progenitora los abandonó, no les brindó ni un beso ni un abrazo. Regresó a casa, destrozado, sin ánimos de nada. Miró a su mujer mientras consentía a sus hijos, mientras que los suyos eran maltratados hasta por él mismo. Su conciencia estaba siendo muy cruel con él, no tenía paz. La mujer, al verle de nuevo, sonrió maliciosamente al notar que regresaba sin los infantes. —Deja de ser tan dramático, esos niños eran un estorbo —dijo ella con desdén. —¡Cállate! Mis hijos nunca fueron un estorbo —respondió él, con la voz quebrada por la culpa y la rabia. —Eres un imbécil, tú mismo los maltratabas. Ahora te haces el inocente. Toma e

