En casa de Mariana, el padre regresó de sus viajes. Era un vendedor ambulante y recorría los pueblos para vender su mercancía. Como era costumbre, siempre llegaba en estado de ebriedad. Pero esta vez, no había consumido nada de alcohol. Quería llevar a sus hijos de paseo, hacía días que no los veía y su mujer no le había puesto quejas de ellos. Asumió que se estaban portando bien.
—Cariño, regresaste temprano, ven, siéntate, te daré una sopa que hice —dijo su esposa con una sonrisa.
—Gracias, esposa. ¿Dónde están los niños? —preguntó él, mientras se sentaba.
—Mis hijos están jugando en el patio trasero —respondió ella rápidamente.
—¿Y mis hijos, qué hacen? —insistió él, con una ceja levantada.
—¡Ah, ellos…! Están dormidos. No hay que molestarlos —dijo ella, evitando su mirada.
—Esos niños solamente durmiendo pasan. No los he visto en estas semanas, ¿y Mariana, qué es lo que pasa haciendo? —preguntó, con un tono de preocupación.
La esposa suspiró, como si estuviera cargando un peso invisible.
—Esa chica es una malagradecida, no quería quitarte la paz, pero Mariana se escapó de casa. Al parecer se fue con un vago, o algún maleante; esa niña es una tonta, tan bien que la trataba.
El padre se quedó en silencio por un momento, procesando la información.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó finalmente, con incredulidad en su voz.
Sin esperar respuesta, corrió hacia el dormitorio donde se suponía que dormían sus hijos. Al entrar, se quedó con la boca abierta. Solo había una pequeña cama. ¿Cómo dormían esas tres personas ahí? Recorrió el dormitorio, que era muy pequeño para unos niños. No había juguetes. Parecía un pulguero, no una habitación.
El padre se sintió abrumado por una mezcla de emociones: ira, tristeza y desesperación. Se dio cuenta de que había estado ausente demasiado tiempo, confiando en que todo estaba bien en casa. Pero ahora, la realidad lo golpeaba con fuerza.
—Esto no puede seguir así —murmuró para sí mismo, con determinación en su voz.
Era consciente de que debía tomar medidas para modificar la situación, para salvaguardar a sus hijos y salvaguardar a Mariana. No podía permitir que su familia se desmoronara.
—Es… esposo… —dijo su mujer, con voz temblorosa.
—¿Dónde están Carlos e Isabella? —preguntó él, con una creciente sensación de alarma.
—No lo sé —respondió ella, evitando su mirada.
En ese momento, se dio cuenta de que algo andaba terriblemente mal. La arrinconó contra la pared, exigiendo respuestas.
—Habla. ¿Dónde están mis hijos? —gritó, con desesperación en su voz.
—No me intimides… —ella lo empujó, tratando de liberarse.
De repente, sus hijos entraron corriendo, golpeando al padrastro. Él los miró, sorprendido, y notó que llevaban ropas nuevas. Algo no cuadraba.
Rápidamente, se dirigió de nuevo al dormitorio de sus hijos. Abrió las cajas donde guardaban sus ropas y encontró solo dos mudadas desgastadas. Las tomó en sus manos, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Luego, miró la ropa de su hija, una muchacha, y vio que era vieja y remendada.
El dolor y la rabia se mezclaban en su corazón. ¿Cómo había permitido que esto sucediera? Se sentía culpable por haber estado ausente tanto tiempo, confiando en que todo estaba bien en casa.
—¿Qué les hiciste a mis hijos? —murmuró, con una determinación renovada.
—Son unos vagos… —dijo ella como excusa.
Se volvió hacia su esposa, con una mirada de acero en sus ojos. —Vamos a hablar, y esta vez, quiero la verdad —dijo con firmeza.
Ella lo miró, asustada, pero sabía que no tenía otra opción. La verdad debía salir a la luz.
La sentó frente a él mientras llevaba a los hijos de ella a sus habitaciones. Al asomarse, vio que las habitaciones de sus hijastros tenían todas las comodidades: juguetes, buenas camas y cantidades de ropas nuevas. La injusticia de la situación lo llenó de ira.
—¿Qué demonios les hiciste a mis hijos? —preguntó, con la voz temblando de furia.
—Yo no les hice nada, lo hiciste tú mismo —respondió ella, con una frialdad que lo desconcertó.
—¿Qué mentira dices? —exigió, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos.
—Tú mismo firmaste una carta de poder. Un tipo que no conozco se los llevó —dijo ella, con una sonrisa maliciosa.
—¡¡Mientes!! —gritó, incapaz de contener su desesperación.
—Es la verdad, mira, ese hombre te dio este dinero a cambio —le mostró un fajo de billetes, la cuarta parte del dinero, para salir impune.
—Yo jamás haría eso, ¡¡son mis hijos!! —exclamó, sintiendo que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
—Tú ni tiempo tenías para esos piojosos —replicó ella, con desprecio.
—Tú los maltratabas, siempre me mentiste, todo lo bueno se lo dabas a tus hijos mientras los míos sufrían —dijo él, con lágrimas de rabia y dolor en los ojos.
—Tú, un borracho que no servía más que para traer la comida, ¿querías que fuera la sirvienta para esos mocosos? Ni que fuera tonta —se mofó ella, con una risa cruel.
El padre sintió que la rabia lo consumía. No podía creer que la mujer con la que había compartido su vida fuera capaz de tal crueldad. Sabía que tenía que actuar rápido para salvar a sus hijos y recuperar a Mariana.
—Soy un mal padre—dijo con voz firme, levantándose de la silla.
Ella lo miró con desdén, pero él ya no le prestaba atención. Tenía una misión clara: encontrar a sus hijos y protegerlos de cualquier daño. Salió de la casa con determinación, dispuesto a hacer lo que fuera necesario para recuperar a sus hijos y asegurar su bienestar. La batalla apenas comenzaba, y él estaba listo para luchar con todas sus fuerzas.
En cada calle que caminaba, su mente se llenaba de imágenes aterradoras. Se imaginaba a sus hijos pidiendo en las calles para sobrevivir, o limpiando parabrisas en los semáforos. La desesperación lo consumía cada vez más con cada esquina que doblaba y cada rostro desconocido que veía.
Habían pasado varias semanas desde que comenzó su búsqueda, y cada día sin noticias de sus hijos aumentaba su angustia. La idea de que sus hijos pudieran haber sido vendidos se le clavaba en el corazón como un puñal. Se le venían muchas cosas a la cabeza. ¿Estarían sufriendo? ¿Estarían asustados? ¿Pensarían que los había abandonado?
Cada noche, regresaba a su casa con las manos vacías y el corazón pesado. Su esposa lo miraba con indiferencia, como si su dolor no significara nada para ella. Pero él no podía rendirse. Sabía que tenía que seguir buscando, que tenía que encontrar a sus hijos y traerlos de vuelta a casa.
Un día, mientras caminaba por un mercado abarrotado, vio a un niño que le recordó a su hijo Carlos. Su corazón dio un vuelco y corrió hacia él, pero al acercarse, se dio cuenta de que no era su hijo. La decepción lo golpeó con fuerza, pero no dejó que eso lo detuviera.
—No puedo rendirme —se dijo a sí mismo, con determinación renovada.
Decidió que necesitaba ayuda. Fue a la policía y les contó su historia, mostrando las pocas fotos que tenía de sus hijos. Los oficiales prometieron ayudarlo, sin embargo, él sabía que no podía depender solo de ellos. Tenía que seguir buscando por su cuenta.
Cada día, recorría diferentes barrios, preguntando a la gente si habían visto a sus hijos. Mostraba las fotos a todos los que encontraba, esperando que alguien los reconociera. La mayoría de las veces, la respuesta era negativa, pero de vez en cuando, alguien le daba una pista que lo llenaba de esperanza.
Una tarde, mientras caminaba por un parque, vio a un grupo de niños jugando. Se acercó, con la esperanza de que entre ellos estuvieran sus hijos. Pero una vez más, se encontró con la decepción. Sin embargo, uno de los niños le dijo que había visto a un hombre con dos niños que se parecían a los de las fotos en un barrio cercano.
Con el corazón latiendo con fuerza, corrió hacia el barrio indicado. Sabía que no podía permitirse perder esta oportunidad. Tenía que encontrar a sus hijos y llevarlos a casa, donde estarían seguros. Al llegar a ese sitio se quedó mirando la casa…