CAPITULO 8

1259 Palabras
*MARINA* Mis hermanos están creciendo, felices y saludables. Carlos es un niño muy inteligente y responsable, y siempre me sorprende con su madurez. Isabella, por otro lado, es una niña alegre y juguetona, y ver su sonrisa ilumina mis días. Estoy emocionada por cumplir dieciocho años y comenzar una nueva etapa en mi vida. Gracias a Diego, he podido continuar mis estudios y tengo grandes sueños para el futuro. Quiero ser una persona que pueda ayudar a otros, tal como él nos ayudó a nosotros. —Señorita, el abogado, la busca —dijo doña Lola, tocando la puerta de mi dormitorio. Salí enseguida, curiosa por la visita inesperada. —Gracias, señora Lola. Buenas tardes, ¿qué lo trae por aquí, abogado? —pregunté, tratando de ocultar mi sorpresa. —Buenas tardes, me disculpo por venir sin avisar, es que el señor Diego le envió esto —respondió el abogado, entregándome una carta y un sobre. Me senté y abrí la carta con manos temblorosas. “Querida Mariana, espero que todo esté bien por ahí. Disculpa mi tardanza, pero sé que tu cumpleaños número dieciocho se acerca, y quería darte un presente. Espero que lo celebres con tus amigos y hermanos.” Eso fue todo lo que decía el papel. Abrí el sobre y, mal contado, había como cinco mil dólares. Tanto dinero, ¿qué voy a hacer? —Señor abogado, esto es mucho —dije, sintiendo una mezcla de gratitud y confusión. —El señor dice que puede hacer una fiesta si lo desea o irse de viaje con sus hermanos —respondió el abogado con una sonrisa. Me quedé pensando en las posibilidades. Una fiesta para celebrar con mis amigos y hermanos sería maravillosa, pero un viaje también podría ser una experiencia inolvidable para nosotros. Miré al abogado y sonreí, agradecida por la generosidad de Diego. —Gracias, abogado. Le haré saber mi decisión pronto —dije, sintiendo una nueva ola de esperanza y emoción por el futuro. Mientras el abogado se despedía, me quedé mirando el dinero y la carta, pensando en cómo Diego siempre encontraba la manera de sorprendernos y cuidarnos, incluso a la distancia. Tenía idea de que, sin importar lo que decidiera, este sería un cumpleaños que nunca olvidaría. —Mariana, aquí estamos —me gritaron mis tres mejores amigas, algo que nunca pensé tener en mi vida pasada. —Chicas, ¿qué pasa? —pregunté, intrigada por su entusiasmo. —Ven con nosotras —dijeron, con una sonrisa sospechosa. Me llevaron al privado de la cafetería y, para mi sorpresa, había un pastel y un hermoso arreglo floral sobre la mesa. Ellas gritaron con emoción: —¡Feliz cumpleaños! Me sentí tan especial en ese momento. Las lágrimas de felicidad llenaron mis ojos mientras abrazaba a mis amigas. Nunca había imaginado tener amigas tan maravillosas que se preocuparan tanto por mí. El pastel era precioso, decorado con mis colores favoritos, y el arreglo floral llenaba la habitación con un aroma dulce y fresco. —Gracias, chicas. Esto tiene un gran valor para mí —respondí, conmovida por su gesto. Pasamos la tarde riendo, compartiendo historias y disfrutando del pastel. Fue un cumpleaños inolvidable, lleno de amor y amistad. En ese momento, me di cuenta de lo afortunada que era por tener a personas tan increíbles en mi vida. Al llegar al apartamento, noté que las luces estaban apagadas. Un escalofrío recorrió mi espalda y mi mente comenzó a imaginar cosas feas. Con la respiración acelerada, me adentré en el apartamento, tratando de mantener la calma. De repente, las luces se encendieron y, para mi sorpresa, vi a mis hermanos y a la señora Lola con un pastel en las manos, gritando: —¡Muchas felicidades! Me quedé sin palabras, con el corazón lleno de alegría y gratitud. Mis hermanos sonreían de oreja a oreja, y la señora Lola me miraba con cariño. Me acerqué a ellos y los abracé con fuerza, sintiéndome increíblemente afortunada por tenerlos en mi vida. —Gracias, esto es maravilloso —dije, con lágrimas de felicidad en los ojos. Pasamos la noche celebrando, compartiendo risas y disfrutando del pastel. Fue un cumpleaños lleno de sorpresas y amor, y me sentí más especial que nunca. Los pequeños se durmieron, y los llevamos a sus habitaciones. Les di un beso antes de retirarme. —Son unos buenos niños —dijo doña Lola, suspirando y limpiando el desastre mientras yo la ayudaba. —Ahora eres mayor de edad. ¿Qué planes tienes? —preguntó ella. —¡Planes! La verdad es que ninguno. Aún me falta ir a la universidad y ver qué carrera elijo —respondí, sintiendo la incertidumbre del futuro. —Al parecer el señor Diego no volverá al país —dijo doña Lola de repente. —¿Por qué dice eso? —pregunté, sorprendida. —¿No has visto las revistas? —respondió ella. —¿Qué revistas? —pregunté, confundida. —Las que tú misma compraste. Espera, yo entreteniéndome me puse a leer y vi la noticia —dijo, buscando entre las revistas. Mi corazón se aceleró, temiendo que algo malo le hubiera pasado a Diego. La ayudé a hojear las revistas porque ella no recordaba en cuál había visto el artículo. De repente, vi una foto de Diego con un enorme anillo y una mujer hermosa a su lado. —Lo encontré… —dije, sintiendo un nudo en el estómago. —Ese es. El señor Diego se va a casar —dijo doña Lola. —¿Cómo no me lo dijo? —pregunté, sintiendo una mezcla de sorpresa y dolor. —A lo mejor pasa ocupado —respondió ella. —Yo creí… Es que yo… Soy muy tonta… —dije, sintiendo las lágrimas acumularse en mis ojos. —¿Qué quieres decir? —preguntó doña Lola, preocupada. —Nada… Me alegro de que él sea feliz —respondí, tratando de ocultar mi tristeza. Todo dentro de mí se derrumbó. Sentí una mezcla de emociones: tristeza, confusión y un poco de celos. Aunque sabía que Diego tenía su propia vida, no podía evitar sentirme herida. Me esforcé por mantener la compostura, pero por dentro, mi corazón estaba roto. Al llegar al dormitorio, me derrumbé en la cama, ahogando mis gritos y lágrimas en una almohada para esconder mi dolor. ¿Por qué me duele tanto? Nunca me ha visto como una mujer, todo lo ha hecho por compasión. Me imaginé cosas en mi cabeza; una miserable como yo jamás podría alcanzarlo. Él es un hombre importante, famoso y rico, mientras que yo, no soy nadie. Mientras lloraba, una oleada de pensamientos y emociones me invadió. Me sentía pequeña e insignificante, comparada con el mundo en el que Diego vivía. Pero, en el fondo, sabía que no era justo pensar así de mí misma. Había superado tantas dificultades y había logrado tanto en tan poco tiempo. Mis hermanos y yo estábamos a salvo y felices, y eso era en gran parte gracias a mi esfuerzo y determinación. Me recordé a mí misma que valía mucho más de lo que pensaba en ese momento. Diego había visto algo en mí, algo que lo había llevado a ayudarnos y a confiar en mí para cuidar de mis hermanos. No era solo compasión; había visto mi fuerza y mi capacidad para salir adelante. Respiré hondo y traté de calmarme. Diego siempre sería una parte importante de nuestras vidas, pero no podía dejar que su ausencia y sus decisiones me destruyeran. Tenía que ser fuerte y seguir construyendo el futuro que tanto deseaba.
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