Jhon Chrysler Estaba demasiado molesto porque ese estúpido de Derek se había llevado a Aisa. Habían pasado varias horas y ella no regresaba. Sentía que la sangre me hervía al imaginar a mi mujer en brazos de otro. Ella era únicamente mía, mi propiedad. Desde que la vi por primera vez en ese ascensor, decidí que sería mi mujer. Jamás debí permitir que regrese a México. En Estados Unidos, era tan fácil manipularlas a mi antojo, pero en este maldito país todo es muy diferente. En este momento, me encuentro con Don Osvaldo charlando. Él no se siente nada bien y lo estoy acompañando. —John, Aisa es mi mayor preocupación. Ella ha pasado por tanto y merece ser feliz —dijo Don Osvaldo con un suspiro, su rostro reflejando el peso de los años y las preocupaciones.— Me equivoqué mucho con mi hij

