Dania
— ¿Cómo te fue en tu primer día de trabajo?
La voz de mi padre me obliga a levantar la cabeza, estamos cenando todos juntos, mi madre tiene una sonrisa entusiasta en el rostro, me siento firme en mi lugar.
— Pues en general, diría que regular... me costó mucho aprender a usar la tableta para los pedidos, la señora Andrea me dijo que sería pan comido, ya que era como mandar un texto del celular, pero le comenté que yo nunca he tenido un celular así que no sabía como usarlo, fue muy paciente conmigo, me enseñó y en unas cuantas horas logré hacerlo yo misma. Siento un poco dolorido el cuerpo, en especial las piernas por estar parada, pero con el tiempo me acostumbraré supongo.
— Mañana te compraré un celular, no se me había ocurrido, pero creo que para los jóvenes son muy necesarios...
— Eh escuchado que crean una adicción muy grande.- mi madre habla en lo que corta un trozo de filete y se lo lleva a la boca, mi padre se rasca la barbilla ligeramente, pensativo.
— Eso ya depende de Dania, de que tanto uso le dé, pero considero que es necesario, para que así ella pueda llamar aquí a casa o nosotros a ella.
Mamá y papá comienzan a debatir los pro y contras de tener un celular, mi madre está en el lado opositor, por supuesto, la verdad a mí ni me viene ni me va el tener un aparato de esos, no lo creo necesario y no me imagino estando como el resto del mundo con la mirada fija en esa cosa, pero por otro lado lo que dice mi padre es muy cierto, podría ser necesario para una emergencia. Al final papá ganó y me dijo que me lo compraría mañana.
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Como siempre antes de dormir me pongo a rezar, agradezco por la salud y el poder despertarme con bien, me pongo de pie y me meto entre las frías sábanas, sin quererlo el acosador de ojos plateados llega a mi memoria, pero no solo él sino también el hombre que entró junto con él y habló en lo que creo fue Italiano, Alessandro es el nombre del acosador, creo que lo dijo aquella primera vez que se acercó cuando estaba con las demás chicas de la iglesia, pero no lo recordaba, ambos se parecían bastante, solo que el otro hombre era más grande tanto de edad y complexión física, tenía un aura aún más opresora que el acosador y sobre todo una presentación más limpia, no tenía tatuajes escapando por los límites de su ropa.
"¿Por qué estoy penando en ellos en primer lugar?"
Niego con la cabeza y me dispongo a dormir porque mañana tendré mi segundo día de trabajo.
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Fue una muy mala noche, todo lo que tiene que ver con el acosador es malo, soñé con él y me parece abominable, en sí mi sueño está un tanto, borroso, solo éramos él y yo sentados en una banca de la iglesia, pero eso es imposible, apostaría a que ese hombre le comenzaría a salir humo si entra al templo. La campanilla de la puerta de la entrada suena y levanto la mirada, resoplo solo con ver que es el acosador el que ha entrado, ya ni siquiera me sorprendo, parece que estoy maldita.
— Sal conmigo.- Pone ambas manos en la barra frente a mí, arrugo la frente de solo escucharlo.
— Ni loca.- en cuanto le respondo mira a otro lado y cierra los ojos un momento, parece frustrado y molesto, debo admitir que eso me pone de buen humor.
— Bien... tenía que intentarlo, nunca he invitado a una chica a salir.- él se incorpora y acomoda el abrigo de su impecable traje n***o, levanto una ceja, debe de estar de broma.
— ¿Sabías que es malo mentir? Es un pecado.- él sonríe y me voltea a ver, siento que se me revuelve el estómago de una manera extraña.
— Que yo recuerde no estás libre de pecado bombón.- aprieto la mandíbula solo de recordar que se metió al confesionario, vuelve a sonreír y se recarga en la barra en lo que mira su celular.— Pero de igual manera no estoy mintiendo, jamás he invitado a una chica a salir.
— Eso es difícil de creer viniendo de un mujeriego.
— Pues créelo bombón, ellas son las que me invitan.- pongo los ojos en blanco, cielos es un prepotente y engreído que piensa que es el único pozo de agua en el desierto. - Además no creo que las quedadas para salidas casuales se consideren citas.
— Eres un asqueroso.- le digo bajando la cabeza a la caja y negando con la cabeza.
— ¿Tú como sabes qué es eso? Ya veo que solo la cara tienes de inocente.- aprieto los dientes y le lanzo mi mirada más molesta.
— No porque viviera la mayor parte de mi vida en un convento quiere decir que sea una ignorante.- Él levanta ambas cejas, sorprendido y se inclina en la barra apoyando un codo en ella, me llega el aroma de su colonia, tiene un aroma enigmático que por poco me obliga a respirar más hondo para grabarme el olor, retrocedo ante su cercanía.
— ¿Viviste la mayor parte de tu vida en un convento? Bueno eso explica por qué me estás costando tanto de convencer.- suspiro, yo y mi bocotá.
— ¿Vienes a comprar algo o solo a molestar?
— ¿No pueden ser ambas?.- Me muerdo el interior de la mejilla, este sujeto saca lo peor de mí, jamás había sentido tantas ganas de abofetear a alguien como a este tipo, revivir el momento en que lo patee aquel día me resulta tan placentero a veces.— De acuerdo... ya... dame un capuchino de vainilla que sea igual de dulce que tú... oh no, olvídalo, le van a tener que echar ácido en ese caso.
Me contengo para no reír, en eso no me siento ofendida en absoluto, lo menos que quiero es que este sujeto me considere dulce de alguna manera, mando el pedido y espero a que esté listo, me quejo internamente de que este lugar este tan solitario. Él me da la tarjeta para pagar su café y hago el cobro, cuando se la tiendo de nuevo la agarro de la pura esquina para no unir nuestros dedos por accidente.
Él deja el celular en la barra en lo que mete su mano en el abrigo para guardar su cartera, no es por ser chismosa, pero noto como en la pantalla de su teléfono aparece el nombre "Renata", la campanilla de la cocina suena así que voy a agarrar su café que dejaron en la barra y se lo doy.
— Gracias bombón.
Pongo los ojos en blanco, él sonríe, la llamada es atendida y escucho como una ligera voz femenina se filtra del otro lado, él se lleva el teléfono al oído y comienza a caminar a la salida.
— Buenas tardes, ¿Cómo se encuentra? Preciosa dama que no tiene idea de cuánto la extraño...
Sale del lugar y lo miro con los ojos entrecerrados, le habla a una mujer para decirle que la extraña cuando minutos atrás estaba "invitándome" a salir... es un sinvergüenza.