Fiesta de bienvenida

1246 Palabras
Dania. Mi corazón golpea en mi pecho a una velocidad alarmante, jamás había experimentado este tipo de agitación a pesar de no estar haciendo ningún esfuerzo físico, la adrenalina que me recorre las venas bombeando sangre hirviente por cada extremidad de mi cuerpo me obliga a caminar más rápido, como si estuviera siendo perseguida aún por ese hombre de ojos plateados, ni siquiera me atrevo a mirar atrás por miedo a encontrarlo siguiéndome el paso. Me molesta tanto como me perturbaba su presencia, incluso el simple hecho de pensar en su imagen tan... hago las manos puño y apresuro el paso, no pensé que diría esto, pero quiero, necesito estar en casa. Cruzo el umbral de la entrada a toda velocidad, no me detengo ante nada, subo la escalera y me voy directo a encerrar en mi habitación, el corazón me golpea el pecho con fuerza. ¿Qué me pasa? Me asomo por la ventana, puedo ver la calle a la perfección, no hay rastro de ningún tipo misterioso de traje n***o merodeando el lugar, suspiro un poco más tranquila, me dejo caer en la cama y me permito recapitular un poco lo que acaba de pasar. Quizás estoy muy agitada porque fue mi primera interacción con un hombre... "Un hombre muy guapo", me llevo ambas manos a la cabeza para tirar de algunos mechones de cabello. "Concéntrate" No puedo dejarme guiar por las apariencias, ese hombre es... malo, o bueno quizá no malo, pero no es un hombre que vaya en la vida por el buen camino, solo basta con ver que salió de un prostíbulo, el adulterio es un pecado, no pienso dejarme arrastrar por alguien así, estoy segura de que mi amistad no es algo que busque como dijo y de ser así de igual manera no pienso involucrarme con alguien así. Solo fue una mala coincidencia, solo no volveré a salir por ese lugar y ya está, asunto arreglado, me levanto de la cama para ir a tomar una ducha y olvidar toda esta situación, cuando alguien toca a mi puerta, lo más seguro es que sea mamá, desde la discusión de anoche no la había visto. — Adelante. - le digo con un tono inexpresivo, la puerta se abre y sin duda se trata de ella, lleva un bonito vestido ceñido al cuerpo de color azul cielo y unas zapatillas bajas, lleva una pequeña bolsa en su mano. — Dania, vengo a darte esto, para que te lo pongas esta noche, tendremos una cena con varios invitados, hermanos de la iglesia. - trato de relajar los hombros, no me gustan las reuniones con desconocidos, estiro la mano y acepto la bolsa que me tiende. — ¿Algún motivo en especial?.- pregunto sin dulcificar mi tono de voz, ella solo suspira cansada. — Es una fiesta de bienvenida para ti. - me encuentro inspeccionando el interior de la bolsa, levanto ambas cejas que no tiene nada que ver con lo que se encuentra dentro. — Oh... Ya que la fiesta es en mí... honor bajaré porque sería descortés no hacerlo, solo asegúrese de que nadie me pregunte nada del convento. Porque yo no pienso mentir para sostener su teatro de la familia perfecta que mandó a su hija al convento como primera opción. - ella cierra los ojos con fuerza, su cuerpo se acaba de poner rígido de nuevo. — Debes entender nuestras razones Dania... — Claro que las entiendo, pero no las comparto, no obligarás a tu hija a mentir ¿O sí?.- aprieta los labios, pero mantiene su mirada firme en mí, no dice nada solo se da la vuelta para salir de mi cuarto, escucho su voz al cerrarse la puerta. — Me aseguraré que nadie te haga preguntas ni comentarios relacionados con tu estadía en ese lugar. Se da media vuelta y se marcha cerrando la puerta tras de ella. Dejo la bolsa en la cama y me voy a mi baño para darme una ducha con agua caliente, siento los músculos tensos, vaya día pesado el de hoy y aún no acaba. ˜˜˜˜˜˜˜˜ Hay muchas personas en la casa, reconozco algunos rostros de la iglesia, otros no recuerdo haberlos visto ni una sola vez, mi madre me compró un vestido muy parecido al de ella, ajustado y largo, el problema es que soy consciente de como mis curvas atraen miradas no deseadas, odio mi cuerpo. Solo estoy caminando como tonta por la casa, evitando detenerme mucho en un solo lugar queriendo evitar a toda costa el contacto con cualquier persona, en un rato más pienso desaparecer para irme a mi habitación, nadie notara mi ausencia estoy segura. Voy al jardín cuando de pronto noto una puerta abierta antes de llegar, no me he dado el tiempo de explorar la casa, no me ha causado curiosidad hacerlo, me la paso en el jardín en mi tiempo libre, me acerco a la habitación en penumbra, hay una puerta de cristal corrediza que deja ver al jardín, entro solo para encontrarme con una biblioteca, mis ojos tratan de enfocar en la oscuridad, veo algo que hace que me brillen los ojos... hay un piano. Me acerco y paso los dedos por encima de las teclas como si fuera algo sumamente frágil que podría llegar a dañar si lo toco de manera indebida, sacudo el banquillo que está con un poco de polvo, me siento y me acerco al piano, con suavidad dejo caer uno de mis dedos en las teclas y crea sonido. "Si funciona" Comienzo a tocar más teclas, a dejar que mis dedos acaricien con suavidad más de ellas y creen sonidos que al entrelazarse se convierten en una bella melodía. Cierro los ojos dejándome arrastrar por el canto de las notas, me relajo con la suave canción que mis dedos están creando, me encanta la música, me gusta tocar el piano, aunque mi instrumento favorito es el violín. Muevo mis dedos con experiencia y elegancia, mi postura se mantiene firme, pero en ocasiones me tambaleó siguiendo las notas de la música, en mi vacío de concentración de pronto se cuela la imagen de un hombre, un hombre de cabello oscuro como el océano a media noche, con unos ojos grises tan claros que contra la luz del sol parecen resplandecer como una estrella, piel bronceada como la arena, sonrisa que te remueve el interior... Esa sensación de cuando nuestras miradas se unieron me recorre el cuerpo de nuevo, una corriente extraña... abro los ojos de golpe y detengo el movimiento de mis manos, jadeo un poco como si estuviera agotada, parpadeo varias veces y me pongo de pie, pero al ver por la puerta corrediza noto que todos los ojos de las personas del jardín están sobre mí, no me había dado cuenta de que la puerta estaba un poco abierta y dejó escapar el sonido; el lugar se llena de aplausos y un poco apenada tanto como sorprendida hago pequeñas reverencias, la voz de mi madre que se encuentra cerca llega a mis oídos. — Si, ¿a poco no toca estupendo? Nos encargamos de que le dieran clases de música en el convento. De pronto la mínima chispa de felicidad que había logrado encender por medio de la música se ve apagada, las palabras de mi madre fueron el soplido que extermina la llama, hago mis manos puños a los lados y salgo para ir a mi habitación.
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