Convicciones

1184 Palabras
Mantengo la cabeza agachada, ahora no sé ni que decir o pensar, solo sé que me siento un tanto culpable, que estoy siendo demasiado dura con ellos, que tienen sus razones para hacer lo que hacen, pero otra parte de mí, la niña que se crio en ese convento y fue educada para respetar y honrar a la fe está molesta, echando llamas por sus acciones, en especial las de mamá. — Entiendo que te causa mucha molestia escuchar mentir a tu madre del pasado, pero a ella le avergüenza tanto aquella versión de ella que siento que miente por la desesperación de querer creerse ella misma eso que dice. - suspiro, creo que eso es lo más largo que he escuchado decir a mi padre. — Y yo puedo llegar a entender por qué lo hace, pero aquí lo que me molesta tanto es que finjan ser muy devotos a la iglesia y mientan en especial sobre cosas que tengan que ver conmigo, me están arrastrando a mí, siento que al yo no desmentir eso yo también estoy mintiendo, me criaron de una manera muy severa, para temer a pecar y el mentir es un pecado. Además de que me molestó mucho que se quisiera colgar el mérito anoche de mi conocimiento para tocar piano, ella no hizo nada para que eso sucediera, el mérito es mío, solo mío. Volteo a verlo con lágrimas en los ojos, creo que mejor no pude haberme expresado, tengo tanto atorado en el pecho, cuándo hacemos algo incorrecto en nuestro interior todo está perturbado, ansioso, porque sabe que está haciendo mal, al no desmentirlos siento que estoy faltando a lo que me inculcaron, pero al descascararlos de esa manera ante los demás solo lograré hacerlos sentir mal, los pondría en ridículo y hacerle eso a mis padres solo me llevaría a estar pecando de nuevo, siento que me estoy ahogando. Mi padre se levanta de la silla y se acerca a donde estoy con pasos lentos, al llegar a mi lado me toma la mano y me jala para que me levante, nos fundimos en un abrazo, al tener sus brazos alrededor de mi comienzo a llorar con más intensidad. Jamás me había sentido afligida a hasta este punto, molesta, aturdida y confundida, como si las paredes se cerrarán alrededor de mí asfixiándome y esas paredes son mi moralidad y propia santidad. — Te entiendo, en verdad que lo hago, en mi caso no finjo hija, la iglesia y el camino del señor me ha ayudado a enmendar mi camino, quizás lo que dijiste aquella vez es cierto, aún no nos perdonamos a nosotros mismos por nuestros pecados y por eso nos avergonzamos de ellos. Hablaré con tu madre, sé que lo que hace está mal, incluso a mí me causa incomodidad escucharla mentir de esa manara, así que no imagino como te has de sentir tú que, pues, bueno... supongo que te inculcaron bajo ningún motivo faltar a los mandatos del señor. Lamento ser nosotros los causantes de que te encuentres en esta situación, te prometo que lo arreglaré. — Gracias... papá. No recuerdo cuando fue la última vez que lo llame papá, que le dedique las palabras directamente a él, me abraza con un poco más de fuerza. ˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜ Es miércoles, solo papá y yo venimos a la iglesia, él discutió con mamá el día de ayer, los pude escuchar desde mi habitación, y hoy no quiso venir a la iglesia con nosotros, no la entiendo en verdad, pero después de esa charla ahora me siento más cercana a papá, me siento aliviada de que en verdad comprendiera como me siento, la misa se termina y todo mundo se levanta para salir del templo, me detengo al ver a la mujer que acomoda todo al finalizar, hoy tampoco vino la mujer que le ayuda, tomo la manga de la camisa de mi padre y le doy un tirón, se detiene y baja la cabeza para verme. — Voy a ayudar a acomodar. - él mira por encima de mi cabeza y asiente. — De acuerdo, nos vemos en casa entonces, ten cuidado. Mi padre me sacude el cabello con una mano para después darse la vuelta y marcharse, yo voy directo a ayudarle a la señora en lo que me aliso el cabello. La verdad no tardé mucho, le ayudé a guardar la biblia y las velas en el almacén, a doblar el mantel y a sacudir un poco, como somos las últimas ella ya cerró la puerta lateral por la que pensaba salir para acortar camino, así que me dirijo a la puerta principal junto con ella, espero hasta que cierre la puerta. — Muchas gracias por ayudarme Dania. - la mujer ya bastante mayor me agarra la mejilla y me da un ligero pellizco, yo le sonrío. — De nada, si necesita ayuda con cualquier cosa, solo dígame. — Dalo por hecho, querida. Nos despedimos y tomamos caminos diferentes, la fresca brisa del atardecer me acaricia los antebrazos que traigo al descubierto, opte por un vestido ajustado hasta la cintura de un bonito color durazno, me encantan los tonos pastel, camino lentamente, sin prisa, mirando las hojas de los árboles en el suelo que trato de pisar con cada paso que doy... — Hola, Lili... - me detengo de golpe y enderezo la espalda, "Esa voz... esa voz..." Me niego a pensar que solo fue un producto de mi imaginación, no creo que esté tan loca, pero eso solo significa que es real, giro lentamente, tras de mí, muy cerca de mí, está parado ese hombre de ojos plateados y sonrisa tentadora; como la vez pasada viste un elegante traje n***o, la camisa blanca que lleva abajo deja ver parte de la piel de su pecho cubierta por tatuajes, noto que entre los dibujos de su cuello está algo escrito "Lombardi" ¿Qué es eso?, él resopla, mi mirada se va a sus ojos y noto como la sonrisa en su rostro se hace más amplia. — ¿Tú que haces aquí? Prometiste dejarme en paz. - De inmediato pongo mala cara, me pongo firme y llevo mis manos a la cadera, él sonríe, esa risa me hace temblar las rodillas. — Si lo prometí, pero a cambio tú me dirías tu nombre, y me mentiste no te llamas Lili Dejo caer los brazos y abro mucho los ojos, santo cielo, tiene razón y no me había dado cuenta hasta ahora, le mentí, le dije una mentira y en el momento no sentí culpa porque solo lo que quería era que se fuera... de nuevo arrugo la frente y lo miro mal, él me hizo pecar, con tanta facilidad que no me di cuenta de mi falta hasta ahora, la abadesa tenía razón cuando me dijo que me alejara de los hombres. Y tengo el mal presentimiento que justamente este que tengo parado frente a mí es la personificación del pecado, tengo que huir.
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