Javier no recibía ninguna noticia de Paulina y ya eran las seis y cinco. Estaba nervioso y expectante, esperaba que Paulina no sospechara de una traición, porque entonces todo se iría por la borda y la guerra comenzaría sin consideraciones. De ninguno de los dos bandos. Sacó su teléfono móvil de su chaqueta, lo llamarían enseguida, sonrió, Ariadna. ―Cariño ―respondió a la llamada. ―Javier, soy Rosemary, la mamá de Ariadna. ―¿Pasa algo? ―Es Ariadna, está muy mal. ―Voy enseguida ―respondió sin esperar explicaciones, esa era la señal que le anunció Paulina en el cementerio. Se había vengado en su novia. De inmediato, tomó su auto y, a toda velocidad, se dirigió a casa de su novia. Al llegar, la madre abrió la puerta con los ojos rojos por el llanto. ―¿Qué le pasó? ―No lo sé,

