Paulina Salazar La oficina que se me asignó no era pequeña, aunque tampoco grande, sí muy cómoda y con una hermosa vista. Loreto era una joven muy simpática que se ofreció presta a ayudarme, pero ella tenía su trabajo y no quería que lo descuidara por mí, ella era la secretaria de mi jefe y ya suficientes problemas teníamos entre nosotros como para agregar uno más a la lista. Necesitaba conseguir una secretaria lo antes posible y así se lo hice saber a Loreto. ―Yo tengo una prima ―contestó un poco cohibida―, pero tiene recién veinte años y acaba de salir del liceo, pero ella me reemplazó el verano pasado. ―¿Y está disponible? ―Sí, está sin trabajo. ―¿Podrá venir ahora a ayudarme? No importa si no tiene experiencia, yo le puedo enseñar todo lo que necesita, supongo que no es tonta

