Pablo golpeó repetidas veces el volante, maldiciendo una y otra vez, mirando de reojo a Sergio y culpando sus actos repetidas veces. —¡No puedo perder a Emiliano, no puedo perder a mi hijo, Sergio! —gritó finalmente. —¿¡Es en serio!? ¡Lo único que has hecho desde que ese niño llegó ha sido despreciarlo, usarlo como objeto, beneficiarte de él! ¡Jamás debí aceptar hacer ésto, jamás debí darte a Emiliano! —soltó finalmente Sergio al explotar. Pablo guardó silencio, mirándolo en blanco mientras respiraba hondo, soltaba sus manos y trataba de contratar su pecho que subía y bajaba con fuerzas. —Jamás despreciaría a Emiliano, Sergio... Es mi hijo, mi sangre. —susurró al recapacitar. Sergio rió con un poco de sarcasmo. —Pablo, ante los ojos de Emiliano, Marta, tu sirvienta y yo, tu mano

