CAPÍTULO SEIS 1/2

4080 Palabras
A tres días... (jueves) JONATHAN Un exquisito aroma a pan recién horneado se aloja en mis orificios nasales y la pereza por levantarme a ver de dónde viene me hace abrir los ojos. Al parecer no he dormido nada. A cada paso que voy, ya sea para ir de la cama al baño y de salir hasta llegar al armario, siento que cargo un camión sobre mi espalda.  Con esta ropa casual para este día de mierda me veo estupendo, nótese el sarcasmo. Luego de mi limpieza y cambio matutino voy hasta el primer piso. Desde aquí observo a esa chiquilla haciendo uso de mi cocina ¿Y quién le dijo que podía meter sus manos en lo que no es suyo? Atrevida. Estoy a punto de explotar, estoy muy enojado. Solo yo puedo hacer lo que me plazca porque es mi casa, y para empeorar mi estado de ánimo, ni si quiera tuvo la amabilidad de preguntar. —Oye —fuerzo la voz para ser escuchado. Ella da un respingo y voltea con una sonrisa— ¿Cuál es tu nombre? Camino firmemente al comedor. Su rostro no demuestra miedo ni culpa, sigue teniendo esa maldita sonrisa como si mi molestia no le hiciera efecto. —¿Ayer no te lo dije? —pregunta con sorna y con la intención de volver a lo que hacía. ¿Cree que soy un idiota? —Dime tu nombre. —Dayne —dice sin atreverse a darme la cara y a tararear una canción. ¿Pero qué se ha creído? —Dayne, ¿me puedes decir quién carajos te autorizó par que utilices mi cocina? —a lo anterior esta vez logro conseguir que su cuerpo se tense y tenga las agallas de dejar todo lo que hace. —S-Solo preparaba el desayuno... —Estoy siendo claro, ¿con...qué...permiso? —pregunto lentamente. Sus labios permanecen sellados— Estás en mi casa y hasta en los pocos minutos que te quedan por prevalecer en ella debes respetar, no tocar cosas ajenas.    De pronto Dayne entra en razón y asiente bajito. Cuando pienso que va a retirare y a darle espacio a la soledad extrae del horno una bandeja con un biscocho sobre una base circular. Woh... Admito que huele espectacular, a vainilla. Cuánto tiempo habrá transcurrido en...   Deposita el objeto sobre la mesa y se sienta. ¿Acaso no quiere retirarse después de la llamada de atención que cabo de hacerle? No teme, no se queja, no ha reaccionado como imaginé. —Perdón, apenas termine me iré de su casa. Me tranquilizo cuando oigo esas palabras. Lo que más anhelo es estar solo. —Mas te vale —advierto, tomando asiento. El alimento triturado, gracias a nuestros dientes, es el único sonido que se oye, ni ella ni yo emitimos palabra alguna. La mesa es tan grande como para nosotros dos. Debería de hacer uso de mi corazón y tratarla como se lo merece; vino muy dañada y el que yo empeore su situación es lo último que debe necesitar. Sin embargo, tomo un gran riesgo de tenerla aquí. Y para ser franco no tengo un buen presentimiento desde que la vi anoche a través de mi puerta mientras hablaba con Sam. —¿Y trabajas? —su voz me quita de mis rodeos mentales. Dejo de ver un punto fijo y hago a un lado mi biscocho para responder. —¿Por qué debería de responderte?  De miles de preguntas ha escogido exactamente esa. No me voy a confiar.  Relaja sus facciones y prosigue con su desayuno sin mirarme a los ojos. Su silencio me tortura ¿Quién es ella? —Solo es curiosidad ¿Nunca le ha pasado que cuando conoce a alguien quiere saber, aparte de su nombre, lo poco que suele hacer? Ya sea qué profesión estudia o si trabaja, con quién vive, qué hace por la vida. No bonita. En aquel entonces me dediqué a perseguir a la persona que quería tener en mis manos y antes de ello ya sabía todo lo que hacía y era. Pero en el presente debo refugiarme como un ratón para que los oficiales y ese tal Auron, no me aniquilen. —Sí trabajo, soy jefe de una empresa, pero por motivos personales me quedaré un tiempo laborando en casa. Creo que está satisfecha con haber obtenido esa respuesta, noto que ladea una sonrisa por lo bajo, al mismo tiempo lleva un bocado del dulce a sus labios. No quiero pensar mal. Ahora me toca. —¿Y tú? ¿Qué haces aparte de huir de un asesino? Sus ojos brillantes se pasean de un lado a otro analizando lo que va a decir. Percibo sus nervios y su intranquilidad. Bebo el café que ya estaba preparado sobre la mesa y me cruzo de brazos esperando que conteste ¡Uf, genial! Siento que el poder fluye en mis venas, me siento poderoso, dominante, como si me pusiera del lado de un policía interrogando a un sospechoso. —Yo...Para cuando había llegado del trabajo él ya estaba borracho y me atacó —la voz le tiembla y sus manos se enlazan para hacer presión. Si cree que así es como puede tomarme el pelo, se equivoca. —Dayne, este manjar que has preparado estaba a punto de convencerme de que pueda ser un poco transigente, pero tus mentiras solo me enfurecen —revuelvo circularmente la taza de café en el aire acostumbrado a tratar con este tipo de gente. Me observa—. Ayer me dijiste que él y tú pelearon porque no te vio y luego enloqueció disparándote. —Es que no, no lo entiende —de nuevo se quiere contradecir—. Todo fue tan rápido... —Vete de mi casa, no lo diré otra vez —apunto a la puerta. Sus cejas se fruncen y los hoyos de su nariz se agrandan a la primera respiración. Qué repentino. Por poco no se pone de pie golpeando la mesa. Me dedico a mirarla con ironía y empiezo a sacar mis propias conclusiones. —¡Cuida lo que estás diciendo! —me señala con su dedo y golpea mi pecho— Mas te vale no enfrentarme. —Uy si, mira como tiemblo —sacudo las manos al aire y finjo estar asustado—. Dayne, no tengo ni idea de cuáles sean tus aberrantes intenciones, pero te voy anticipando que te estás metiendo en territorio ajeno. No estoy solo. Sus risas se esparcen por toda la casa. Sabía que algo andaba mal. Dayne se limpia una lágrima invisible y se acerca lo suficiente a mi rostro. —Te equivocas —su hombro roza el mío con brusquedad y su molesta presencia toma ruta hacia la entrada. —. Yo tampoco estoy sola, nos vemos después, Jonathan —y de un golpe seco cierra la puerta dejándome totalmente absorto. Mierda ¿Qué acaba de pasar? Quiero obligarle a que diga con quién viene y arrancarle la cabeza.  Me ha dejado con una enorme intriga.  Paseo de un lado a otro con la rabia burlándose. Estoy desesperado. Voy por un trago. El alcohol arde en mi estómago, suelto un rugido, hago caso omiso y sigo bebiendo de esta botella con líquido color caramelo. No, no... ¡Vaya total puta mierda! ¡¡Me están siguiendo!! Debo seguir tomando para entrar en razón.  Antes de ir por la otra botella mi teléfono suena enviando signos de alerta a todo mi sistema. La cabeza me da vueltas a penas quiero continuar. Sostengo el móvil en mis manos y el nombre de "Adam" es el que aparece. Será los efectos del alcohol que me ordenan no responder para seguir embriagándome que me veo a lanzar el aparato a la isla de la cocina. El lanzamiento no es tan fuerte, pero por el impacto que se ha dado debo suponer que deberé arreglar la pantalla. Las náuseas se apoderan de mí, el ácido abunda en mi abdomen a causa de ingerir alcohol muy rápido. Qué imbécil. El celular vuelve a sonar y con la poca cordura que manejo voy hacia él. Para cuando llego y deslizo el botón verde de llamada, mi pantalla sufre las consecuencias llenándose de vómito. —¿Jonathan? ¿Qué es...? ¿Estás arrojando? ¡¡Eres un estúpido!! —el grito de Adam se expande por el parlante húmedo de mi húmedo celular. Todo mi cuerpo se retuerce de dolor y la cabeza no me deja de dar punzadas. El esfuerzo por querer devolver el reto de lo ingerido aumenta y me disparo al caño de la cocina, abro el grifo y sigo expulsando lo poco que me queda. Una vez "limpio" quiero coger el teléfono y decir lo que sea de mi débil cerebro, pero de un momento a otro mi cuerpo se va balanceando hasta perder el equilibrio y voy perdiendo el enfoque visual. —¿Qué... me...está pasando? —me es imposible equilibrarme. Vuelvo a caer de lado y la claridad de la luz se va alejando.  Cuando creo perder conocimiento de lo general, diviso a una persona entrando a mi sala. Sus tacos resuenan por el suelo y de inmediato capto a la persona. Es ella otra vez, Dayne.   —Por lo visto no necesitarás esto —en sus brazos carga mi laptop, y en el otro una pistola que es extraída de su espalda apuntándome—. Ella estará muy feliz. ¿Dé quién está hablando? No sigo portando las energías suficientes y me desvanezco viendo entre lo borroso su silueta saliendo por la entrada.  SAMARA La noche anterior... Desde la esquina de la comisaría espero impaciente a que mi madre salga. Las ansias van tomando control de mí y trato de permanecer tranquila. No es fácil. Qué fastidio. Resoplo y nuevamente asomo la cabeza observando la puerta principal. ¡Allí está! Carga un sobre blanco en sus manos y se despide amablemente del oficial. Memorizo cada facción de su cara. —Muy bien, ya puedes entrar —me digo al ver a mi madre desapareciendo por la siguiente calle y doblando a la izquierda.    Estoy muy lejana de saber qué estará tramando, pero el bulto palpitándome en mi estómago no predice nada maravilloso. Bueno, si tenemos un vista mas amplia de la vida, no es como que alguien vaya a la comisaría para entregar una invitación festiva. Me adentro de lo mas confiada y con la mirada busco al oficial que atendió a mi mamá. Genial, solo veo rostros desconocidos con el uniforme azul yendo de un lado a otro, algunos atendiendo llamadas y otros dejando encargos a sus compañeros que están atentos a la pantalla del computador. No tengo idea de qué hacer en este laberinto. Tengo un pasado pisándome los talones y el solo acercarme a un oficial tendría que saber el motivo de mi presencia o mi historial para atenderme. —¿Me permite ayudarla? —una voz masculina hace que gire sobre mi sitio hallándome con un policía. Y para mi suerte es al que estoy buscando. —Buenos días, oficial... —veo el nombre sellado en su placa colgada en el lado izquierdo de su camisa— Zac —. Sí, quisiera saber si puedo hablar con usted en privado. —Muy bien, ¿tiene alguna categoría su caso? —frunzo el ceño confusa— Me refiero a que si está viniendo por demandar a alguien por robo, violación o violencia doméstica, invasión a la propiedad, etc. —No, nada de lo que acaba de mencionar. Es aparte, requiero de privacidad, por favor. —Acompáñeme. Entramos a una pequeña sala donde tras su escritorio hay papeles por montones, cada uno forma una regular columna que con el simple soplido podría desvanecerse, otras conteniéndose sobre la pared y por las sillas. —Adelante, tome asiento —le tomo la palabra. Él lo hace seguido—. Bien, la escucho. Pongo en orden lo que tengo que decir, solo espero no ocasionar una discusión o dudas. —Verá, hace unos instantes vi a mi tía salir de este sitio con usted y me preocupé. Lleva días saliendo de la casa sin decirnos exactamente a dónde se dirige y justo la encuentro aquí —no quiero decir que es mi madre porque podría relacionarme y por esa razón tal vez no quiera decirme. Estaría en todo su derecho de resguardar y conservar el caso. Espero que el oficial diga una simple "a", pero recibo su espeso silencio. Posa sus brazos sobre la mesa y enlaza sus dedos. —Ya veo, quieres saber en qué situación está tu mamá por preocupación, ¿puedo saber si es solo preocupación o curiosidad? —la seriedad de sus ojos penetra los míos. Como si me hubiera descubierto me quedo en silencio.  Pero no, no puedo hacerlo. No puedo mostrar miedo, esto no es gracioso. Vidas corren peligro. —Soy un familiar muy cercano, por supuesto que tengo preocupación y ansias de saber qué está ocurriendo. Tengo el derecho de saberlo. —Lástima que si la responsable del caso permite que sea confidencial me temo que no puedo hablar, sea su sobrina o su hija —aumenta el tono de voz la mencionar lo último. Sabía que mentía. Pues claro, es mi madre, debo parecerme a ella. —Samara Metzler, ese es mi nombre, y si es que aparezco entre la charla yo también temo que tomaré cartas en el asunto. Como dije, tengo derecho de saber qué están tramando ¡Estoy cansada de su mal trato, de su conducta inapropiada como si no quisiera comprender las atrocidades que he vivido! ¡Debería apoyarme oficial y no estar en mi contra!  Comienzo a hiperventilar a punto de llorar. Ya no puedo reprimir. —Señorita, por favor le pido que se tranquilice. A mi me pagan por mi trabajo y si me ordenan mantener el caso que se me adjunta en privado es mi deber obedecer —emite aquellas palabras con mucho cuidado y serenidad. Como si tratar con gente desesperada a punto de colapsar ya fuera costumbre. —Señor, si usted es padre de familia o hijo, ¿estaría de acuerdo con que le hicieran lo mismo? Mi madre no quiere saber nada de mí y hay vidas que peligran formando una cola atrás mío. Nuevamente he recibido aquella nota y esta vez no estamos hablando del que me secuestró. Es de alguien más y no puedo saber quién es. Por favor —suplico con los ojos aguados—, si no me va a ayudar entonces usted y mi madre serán los culpables por si es que algo me llegase a suceder y al resto de mis conocidos. Y no tendría otra manera que acusarlos. —Niña, no puedes hacer eso, hay leyes que amparan... Lo callo inmediatamente. —¡¡Entonces dígame qué hacer!! ¡Apuesto a que ni sabe eso! Ya no puedo ni esconderme, no estoy a salvo en ningún lado. El hombre apoya los codos y hunde el rostro en sus manos, se soba con cansancio y resopla largamente. Un poco del aire llega a mí. Es común que tomen café todo el día. —Le daré una copia de los trámites que se están realizando, no se sorprenda si hay nombres que desconozca, es parte de su plan —poco a poco va mostrando sus dientes como si quisiera reír pero a la vez no. Una mezcla de nervios es lo que veo. Lo sé, yo tampoco quiero creerlo—. Puede que tenga razón, tengo familia y si no lo tuviera puede que me afecte mucho si mi madre o mi padre me hicieran lo mismo. Solo le pido una cosa antes de retirarse —asiento, poniendo en orden los papeles con fotos de algunas personas mas su descripción y otras letras que estoy por leer—. Ninguna palabra de esto a nadie. Mi trabajo depende de la decisión que vaya a tomar. En aquellos papeles —señala— hay cosas de las que quizá puede que se arrepienta de habérmelos pedido, el contenido puede ser muy delicado. Aquel chico que intenta salvar no es malo, pero puede que lo vuelva peor que un monstruo si su madre prosigue o llegue a él. Así que ya sabe, tome sus precauciones y vaya con cuidado. En toda la tarde no me tomo la libertad de leer los documentos que estoy llevando por más que quiera hacerlo, no quiero sentirme ni verme mal, porque sé que lo estaré delante de mi hermano. No quiero que vea a la Samara sensible, perdida, insegura o débil. Al recoger a Daniel del centro, este va de la mano conmigo mientras me dialoga su tratamiento. —¡Ya no tengo miedo cada vez que me despierto de madrugada! El doctor me puso a prueba apagando las luces de la sala y estuve tranquilo. Dijo que soy valiente, hermana —alza la voz muy emocionado. Y el solo escucharlo con ese brillo tan iluminado sobre sus ojos junto con esa sonrisa dental de publicidad infantil me incentiva a querer abrazarlo como nunca. Lo amo tanto, mi único hermano. —Mi campeón, me alegro mucho por ti —revuelvo su cabello con la mano izquierda. Este ríe por lo bajito—. La prueba final será esta noche en tu cuarto, si la pasas mañana te haré tu desayuno preferido. —¡¡¡SÍ!!! —grita con tanta pasión y me abraza las caderas— Te amo, hermana. Ojalá nada malo suceda y vivamos juntos para siempre. En ese momento el corazón se me encoje. No, Daniel no sabe que tarde o temprano tendré que irme porque aún sigo metida en un gran lío. No pienso decirle nada por ahora. No es momento de que pueda captar fácilmente los hechos. Ya en casa, envío a mi hermano a su habitación para que se vista y baje a almorzar, mientras yo procuro hacer mis tareas para evitar retrasos a última hora. No es novedad sentir la ausencia de mi madre en cada rincón, sin embargo, aquello no impide que me concentre. El sobre blanco sigue siendo tentador, a pesar que lo he dejado lejos de mi alcance la sensación de correr tras él y abrirlo como papel de regalo están llegando a su límite. Horas después de finalizar mis trabajos tomo aire profundamente y me preparo mentalmente para el contenido con el que me voy a encontrar una vez abra el sobre. —No es nada del otro mundo...Concéntrate...Tú puedes —Dios, ni que estuviera a punto de enfrentar una carrera mundial—. ¡Ya que! —hago uso de mis uñas algo largas y desgarro el papel. Voy contando las hojas, hay nueve; cuatro con fotografías en una esquina y el resto solo contiene letras y mas letras. Miro la ventana en busca de alguna señal de esperanza. De repente, la puerta de mi cuarto se abre despacio arrastrándome al presente. Parpadeo varias veces y me giro encontrándome con un Daniel somnoliento. Rápidamente escondo las hojas. —Hermana Sami —bosteza viéndose tan tierno—, quería avisarte que mamá ya llegó a casa y está con papá. La mitad de mí quiere ir tras los pasos de mi madre y encararla, preguntarle a gritos qué está haciendo, por qué sigue lastimándome a pesar de que esté actuando bien. Yo solo...quiero que esto se detenga. Y Mabel solo busca empeorarlo. Me está buscando...Solo espero que no me encuentre en la peor situación. Con el lado oscuro y malo de mí. La otra parte solo quiere ignorar el hecho de que vivo con mis padres y proseguir con los papeles que escondo. Agradezco cariñosamente a mi hermano y le pido que cierre la puerta. La noche se hace mas oscura y la luz de la luna alumbra cada objeto de mi pieza, todo menos mi cama. Bueno, no más distracciones. Las cuatro fotografías llaman mucho mi atención. En la primera hay una chica de cabello n***o y labios rojos gracias a un labial, su mirada es muy penetrante y sombría; se llama Dayne, estuvo en prisión por asesinar a su marido, tiene veintiséis años con un metro setenta y cinco de altura y actualmente está en libertad. En la segunda imagen hay un joven de cabello marrón con tonos dorados, piel bronceada y ojos azules, posee una barba ligeramente larga y un tatuaje de dragón modela en su cuello; su nombre es Maic, tiene veintinueve años, un metro ochenta de altura y salió de la cárcel hace tres meses por violar a dos escolares, era chófer de la movilidad que las trasladaba. En la tercera hoja me encuentro con la foto de otro hombre con la diferencia de que este le dobla la edad al anterior, tes blanca y ojos marrones, lleva cuarenta años de existencia, mató a su mujer estando ebrio y lo arrestaron cuando lo captaron fugándose del país. Su nombre es Trevis, metro ochenta y cuatro de altura, duró mucho en prisión hasta que hubo una fianza desconocida que lo salvó de las rejas y actualmente anda por las calles. Trevis...ese nombre me resulta lejanamente familiar. No le daré rodeo por ahora, seguiré revisando. Joel, treinta y cinco años de edad, mide un metro ochenta y dos de altura, siendo tan joven robó a mano armada el banco principal del distrito y mató a un guardia, se le declaró culpable y luego de diez años fue puesto en libertad. Diablos, ¿por qué la condena es tan baja? Deberían darle cadena perpetua a estos miserables. El tercer nombre no deja de rodear mi cabeza, como si quisiera atormentarme en toda la noche hasta saber el verdadero dueño. Trevis, Trevis, Trevis. Concluyo las hojas con cierto nudo en la garganta y paso a la siguiente. Posteriormente de haber leído, el nudo que habitaba en mi garganta se pasa a mi estómago, me duele demasiado, y el hígado me arde a tal grado de ir al baño y después de varias horcajadas expulso al váter lo poco que he consumido en el día. La cabeza me da vueltas, todo lo veo borroso gracias a los mareos. ¡¿Qué clase de persona llamaría a varios asesinos, contratar a un oficial ilegalmente para un respaldo, todo para acabar con un sujeto que no ha estado ni de cerca de cometer lo que esos desgraciados de las fotografías han echo?! Solo hay una clase de persona así: mi madre. Debe estar demasiado afectada, y aunque me cueste decirlo, mal de la cabeza como para hacer esos actos. Además, ¿de dónde sacó tanto dinero? Oh...ya recuerdo. Me mojo la cara y salgo del baño. Me devuelvo a las hojas y hago un recorrido visual. Que increíble...Todos son malignos, no creo que ninguno haya cambiado, sino no estarían trabajando para Mabel. Pero algo no entiendo, ¿por qué mamá y el policía trabajarían con personas que tienen antecedentes policiales? No tiene sentido. En la última hoja hay como una especie de "trato" que alianza la confidencialidad del policía con mi mamá. Otras líneas resaltan el hecho de que se hayan puesto a estos personajes sombríos porque fueron ágiles para cometer sus crímenes, por así decirlo, y se les requiere para perseguir a Jonathan. ¡Jesucristo! ¿Esto es una mala adaptación de la "Casa de papel"? ¿Reunir a gente astuta para cometer otro crimen? Pensé que ya habíamos lidiado con una asesina serial, pero me estoy dando cuenta que no es la única que podría tomar ese guion.  No quiero tener que luchar contra la mujer que me dio la vida y me vio crecer. No lo quiero, no. Las lágrimas se apoderan de mis ojos, trato de reprimir el llanto, las ganas de gritar a todo ardor, a todo pulmón. Ni el peor huracán podría llevarse lo que estoy acumulando a cada segundo en mi corazón y mente. ¿Por qué maldita sea? ¡¿POR QUÉ?! Intento conciliar el sueño para despejar el revuelto en mi cerebro y gracias a la amanecida que me di este día pude cerrar los ojos y descansar, para nada pacíficamente. Mas tarde me levanto a causa de una pesadilla y me veo a caer de cuentas que no podré estar tranquila, así que sostengo el móvil para llamar a Adam. Pfff, dos de la mañana. Da igual, Él necesita saberlo. Necesita saber que Auron no es el único tras Jonathan.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR