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4943 Palabras
Esa mañana temprano, llegamos a la posta medica que correspondía en la zona donde yo vivía y no la que le tocaba a Dani, por evitar que alguien la viese y comenzaran hablar. Era una doctora mulata gordita y con el cabello encaracolado rojo y corto. Muy amable nos atendió, no tenía a ningún paciente. Reviso a Daniela y luego de media hora en eso, me llamaron a mí —que esperaba afuera—. Le conto que tenía un noventa por ciento de seguridad  de que estaba embarazada. Daniela estaba muy sonriente y fui yo quien se llenó de susto. La doctora tomo un cartón para llevar el control de embarazadas y lleno todos los datos de ella y mío. Quedamos en quedar callados hasta estar totalmente seguros. Le mandaron hacer muchos exámenes de sangre en un laboratorio cerca.                     La mamá de Daniela se estaba llenando de sospechas al notar un cambio en la forma de la hija, pero esta supo disimular todo. Fuimos se hizo todos  los exámenes y en efecto tenía tres semanas de embarazo. La doctora la volvió a examinar con todos los  resultados en la mano y le advirtió que tenía que cuidarse mucho porque ella poseía el cuello del útero abierto, que posiblemente más adelante habría que hacerle un cerclaje  cervical, que consistía en suturar, con distintas técnicas, el cuello uterino. Le mandaron reposo total, cero bicicletas, brincos, nos prohibieron tener relaciones sexuales.                       Fuimos varios días a la parroquia a ver al padre Rafa y no se hallaba debido a unos viajes que dio al interior hasta que por fin nos encontramos con él una mañana de sábado. Daniela le conto todo, —con las manos en la cabeza al principio y un: “¡Ay Dios mío!” después— fue   dándonos muchos consejos, regaños y por último la bendición. En cuanto a contarle  a su familia y la mía, fue fehaciente en que debíamos hacerlo ya, al igual de casarnos. Para esto último habíamos acordado de hacerlo en diez días, ya que el padre Rafa tendría que volver a viajar hacia Santiago de Cuba a un evento católico que por estos días se celebraba allá en el oriente de la isla.                        Casarme, tener  un hijo, expulsado del Pre-universitario por suspender matemáticas, mi padre con otra mujer engañando a mi madre, perder la virginidad. Eran muchas noticias, muchos cambios de repente en la existencia  de uno. Es increíble como la vida va dando vueltas y cosas  vestidas con camisas de fuerza aparecen en nuestro camino. Ambos estábamos muy tensos aun con la ilusión de tener nuestro bebe,  y aunque suene a cliché y cursi, fruto de tanto amor y  ganas del uno por el otro.                         No solo las cosas de la vida de uno iban locas y agitadas, también la isla estaba totalmente así, en total desquicio. Continuaban las fugas de lanchas y aviones desviándolos a los Estados Unidos, y con ello el incremento, nunca visto, de balseros en el estrecho de la Florida.                      Daniela y yo nos fuimos al cine un medio día, a ver por primera vez la película cubana Fresa y Chocolate. Que pese  a ser estrenada en diciembre del año pasado, aun la ponían  en las salas, pero esta vez sin nada de colas. Estando  a mitad de  la proyección  ella siente muchas ganas de orinar. Pensé era normal en su estado, fui acompañarla pero ella no me dejo alegando que las partes que se perdiera yo se las contara. Tardo más de la cuenta y enseguida Salí a buscarla. Llegue a la puerta del baño de mujeres y la llame.                          Solo dijo mi nombre y entre como loco, encontrándome a Daniela sentada en la tasa del baño llorando. Había sangrado mucho  y estaba  pálida con los labios casi blancos. Enseguida me quite el pulóver para darle la camiseta que acostumbro a ponerme debajo. Ella se la puso ahí y no podía sostenerse en pie. Temí mucho por su vida porque lo que me imaginaba era que había perdido el embarazo, pero la idea de perderla a ella me aterraba. Le dije se pusiera bien eso que yo la cargaría hasta la calle y que alguien nos llevaría al hospital.                        Así hice, Salí con ella en brazos y los pocos carros que pasaban no querían parar —el desespero aumento en mí— pero a los pocos minutos ya cuando no podía cargarla más por el dolor en mis extremidades, paro una moto Rusa Ural con sidecar. El señor me ayudo a ponerla en él, mientras me senté detrás en el sillín agarrado de la parrilla y pendiente con la otra mano de Daniela en el sidecar. Salimos directo a la clínica central Cira García. Allí la vieron varios médicos enseguida  —sin dejarme pasar a mí—. Le lance varios besos y no oculte las ganas de llorar mientras se la llevaban.                        Espere y espere, no podía estar sentado, tenía manchas de sangre en mi pulóver en la zona del ombligo. No quería preocupar a nadie pero ya era hora de avisar. Agarre unas pesetas y unos medios que me quedaban, busque un teléfono público, —los cuales de cinco que encontré, malamente funcionaba   uno—, al que le metía un medio y lo devolvía de inmediato por la canal. Cambie de moneda y al tercer intento agarro bien una de ellas. Marque el número del trabajo de mi mamá. Me dio dos veces interrumpido, hasta que al fin agarro una de las que trabaja en la oficina. Me la llamaron— al departamento donde embazaban los caramelos lugar en el que están las oficinas algo distante, pero ella en un momento me atendió, quizás del susto de mi llamada.                            Mamá estaba pasmada de la noticia, y le pedí de favor nada de reproches ahorita. Suplique que avisara de inmediato a los padres de Daniela. Me respondió “¡ya vamos para allá!”, con la misma me tranco. Salí en busca de alguna señal de mi chica —Tenía tanto susto que me comencé arrancar las cutículas con los dientes—. Nadie salía solo entraban a emergencia. Fue desagradable ver llegar a una señora viejita en una camilla, parecía sin signos vitales y con la boca abierta, los hijos gritaban entre llanto y desespero, pero no había respuestas, quedaron afuera tan desesperados o más que yo. Eran dos hombres y una mujer ya maduros. A los quince minutos salió un doctor—sin anestesia y con esa frialdad macabra que caracteriza a muchos galenos—, a darles la noticia que tanto temían.                       Entre los espeluznantes gritos  y llantos desgarrante, fui donde ese mismo médico y le pregunte por Daniela.                            — ¿La niña que entro con la pérdida? —pregunto mientras se acomodaba su estetoscopio al cuello. Era un doctor de unos treinta y tantos años, muy blanco de cabello n***o y una sombra de barba asomando, bajo de estatura y lentes que limpio en su uniforme  verde. —A ella se le está pasando una transfusión, y ahí  le estamos  encima, reservado en qué estado se encuentra…                          —Pero  dígame si está mal si está estable, hábleme  algo más…                          —Después sabrá —  fue su respuesta, con la misma   caminó hacia adentro y en los  vaivenes de la puerta en la  sala de emergencia se veía al galeno coqueteando y muerto de la risa con una de las  enfermeras.                         Llegaron mi mamá, la señora Marta y el señor Gonzalo. Todos muy preocupados sobre todo la mamá de ella que estaba alterada llorando.  Les conté todo y no hubo reproches no más que el por qué no hablamos claro. El señor Gonzalo sobre todo me dio la mayor charla. Que era como un hijo para ellos, que sabían que tendríamos tarde o temprano relaciones  y que ellos estaban orgullosos de que su hija amara a un chico como yo, por ahí comenzó halagar  mi forma, y mientras más lo hacía más vergüenza sentí al no haberles contado de un principio  lo del embarazo .                        Mi mamá trajo pan con un pedazo de queso y jugo de guayaba frio en una botella plástica envuelta en periódico, mientras quedamos los cuatro sentados en el borde de un muro que había al costado de la entrada. No quise comer pero si tome el jugo frio y dulce como ella lo sabía hacer, mamá se apoyaba en mi hombro—cansada y estresada por la noticia mi vieja— ¿qué sería de mí sin ella? .La señora Marta y el señor Gonzalo no aguantaban más la espera y se dirigieron hacia puerta que abrieron un poco y enseguida le gritaron que no podían estar allí. Gonzalo igual entro y detrás Marta, mi vieja y yo quedamos de pie mirando. Pasados unos veinte minutos salió doña Marta sonriente y más calmada.                     — ¡Dani esta mejor!—dijo— Gonzalo entro y formo un escándalo —que la misma Daniela lo escucho y grito: “¡Papá, papá…!”— Esta acostadita con una transfusión, le revisaron completica y la vio una ginecóloga.¡ Perdió el  embarazo!                         Esto me desilusiono mucho, ya habíamos hecho muchos planes y soñaba e imaginaba mi rol de padre, soñaba despierto con pasear junto a Daniela y él bebe. Enseñarlo a jugar béisbol y montar bicicleta, todas esas cosas que siempre caen en la cabeza de alguien cuando va a ser papá. Pero lo importante de todo esto era que ella estuviese bien, ya tendríamos muchas oportunidades de tener nuestros hijos.                       Permanecería hasta mañana en el hospital, nos turnábamos para acompañarla ya que la pasaron a otro salón que no era de emergencia. Mamá se fue a la casa a descansar cuando supo que estaba fuera de peligro. A las nueve de la mañana le dieron de alta, no sin antes mandarle algunos medicamentos que doña Marta dijo tenía en la casa, gracias a Dios.                     Ella no quería me marchara, suplico que estuviese a su lado todo este  día. Amables como siempre al llegar a su casa, me pusieron una caldera de agua a calentar para darme un baño y la abuela de Daniela le torció el pescuezo a una gallina e hizo una sopa a la que le metió tostones, trozos de mazorca tierna y bastante cilantro, además de malangas. Luego de bañarme  sentí  que el olor invadía toda la casa. La abuelita se sentó en la cama a darle el caldo  como a la propia niñita malcriada de la casa. Yo en la mesa, tome dos platos deliciosos con una tajada de aguacate, cuando iba por el segundo se apareció mamá con una bolsa de coquitos. Enseguida le sirvieron un plato grande y terminamos comiendo juntos, luego hicieron café y quedaron los cuatro hablando mientras comían coquitos y bebían una taza del delicioso humeante.                      Fui acostarme al lado de Daniela, —que a pesar del malestar que sentía—, estaba feliz de pasar nuestra primera noche juntos bajo un techo, y se quedó dormida con la cara en mi pecho. Mamá abrió la puerta con cuidado y me dijo al oído que se iba, quise acompañarla por lo menos dos cuadras, pero dijo que no hacía falta. Que quedara ahí con ella. Me dio la bendición y se fue no sin antes recordarle que se tomara la pastilla antes de dormir. Daniela despertó a la media hora de haberse ido mamá.                     —Pensé que despertaría y no te vería —dijo mientras bostezaba, al término de esto beso mi pecho—                   — ¿Cómo te sientes mi amor? – Pregunte mientras acariciaba su cabello-                 —Tengo mucho malestar y decaimiento, pero espero amanecer mejor a tu lado Nunito… ¿Y tú mama?                       —Se fue hace ratico…                       —Nuno, tu sabes que la tía de Donato trabaja con tu mamá, y es muy amiga de la mía.                     —Si la señora que anda por todo el reparto pregonando que vende azúcar… ¿De dónde la sacara...?                     — ¡Ay mi amor! — Exclamo Daniela riendo con cuidado y agarrándose el vientre— esa misma, si sigue así no le quedara mucho en esa fábrica de caramelos.                       — ¿Y qué paso con ella?                      — Le comento a mi mamá, que su sobrino esta junto a otros del reparto, preparando unas balsas para irse.                     — ¡Coño Dani! ¿Será eso verdad?                     —Mi amor, yo supongo que sí, no creo que algo tan serio ella lo esté diciendo así por decir.                      —Pero Daniela, si se lo dice a tu mamá, también tiene que habérselo dicho a otras personas, mañana todo el reparto y la Habana entera lo sabrá.                     — ¡Oye sí! Eso le dije a mi madre cuando me lo dijo…                     —Mañana voy a verlo… no puede ser que Donato vaya hacer eso y ni siquiera le comentara a uno.                      —Nuno, sabes cómo es de delicado esto, las cosas mientras más callada mejor, aunque seamos sus mejores amigos.                      —Quien ve a ese loco allá en la Yuma— reímos a la par, ella seguía aguantándose el vientre y hacia gesto de molestia pero igual continúo riendo—                      —Si lo va hacer, seguro ni nos enteramos cuando— Agrego Daniela— lo único que le deseo a Donato es toda la bendición de este mundo y que Dios guie toda su trayectoria para que llegue con salud y bien.                       —Si mi amor así es, lo importante es que lleguen y todo sea para bien… —dije quedando pensativo, cosa que ella noto de inmediato.                         — ¿No te vas a ir con el verdad?                         Esto me causo mucha risa, y le caí a besos, pero en el fondo había pensado en cómo sería la sensación de remar con la ilusión de una libertad sin miserias, en como seria sudar y estar extenuado y en medio de esa angustia ver llegar a hermanos al rescate desde una avioneta cuidándote y guiando a los buques que te rescatarían y llevarían lejos de este comunismo miserable y ruin. Lo disimule bien y quedamos allí hablando de otras cosas hasta tarde.                         La señora Marta vino a darle las buenas noches y la bendición, lo mismo hizo la abuela y su papa’ que le toco más de una vez la frente a ver si encontraba síntomas febriles. Se fue luego de darle tres besos y anunciar que a las dos de la mañana le tocaba el antibiótico y vendría puntual a dárselos. Dani y yo quedamos acostados hablando de todo hasta que ella se quedó dormida en mi pecho nuevamente y con una de las manos aventureras agarrando el bulto en mi ropa interior. Estábamos con las piernas entrelazadas, como mismo cada persona sueña estar  con su pareja. Sin embargo no puede dormir nada, la cabeza se me explotaba de tantos problemas navegando a toda vela, sumado a las ganas baguales de salir de todos estos líos, yéndome de esta bendita isla, ya sea en avión— cosa imposible—, o con una nave espacial que aterrice, le simpatice a los  verdes cabezas ovaladas  y les pida me lleven al norte— algo más probable que la primera opción—y la otra, remar a todo musculo abriendo un surco en el mar— esta era la más real—. No deje de pensar también en Donato, en que estaría planeando, como seria y en qué.                            En realidad nada dormí y cuando sentía que Daniela medió despertaba para mirarme, me hacia el dormido. Hasta  percibí al  señor Gonzalo que  llego con el antibiótico  y luego de darle la pastilla, además de  una seguidilla de besos  chillones en el cachete. Cuando se fue, cerró la puerta con mucho cuidado, y marchándose, se lanzó un sonoro y bergante peo.                          Enseguida que amaneció, me cepille y lave la cara, fui a la cocina donde la abuela  que ya tenía preparado un oloroso café. Me tome uno como lo tomamos en  Cuba, cortó y bien fuerte, casi una tinta. Allí hable con la abuela y ella contándome de como cocinaban sus padres y de cómo aprendió con su mamá mientras su padre iba al campo a trabajar en la finca junto a sus hermanos.                     —En aquella época no teníamos ningún frigidaire, ni ninguno de esos congeladores.— Decía con su voz aguda pero arrugada por el tiempo—en casa pipo tenía una tinaja de barro grande la cual llenaba de agua sacada del pozo, agua limpia y pura, más deliciosa que traída de ningún aparato de esos. Comíamos con cucharas de madera que mi hermano mayor hacía. Todo era sano, todo.                     —Aja tomando café sin mi… y  abuelita contando todo lo de la finca de mi bisabuelo…— entraba Daniela a la cocina dándome un beso a puntica de labios y con la misma brindándole  muchos a su abuela en un opulento abrazo. Desayunamos  y  Le dije a Daniela que tenía que ir a casa, ella sin disimulo intentaba poner excusas para  que no me marchara. Pero con la ayuda de doña Marta que llegaba de la calle me logre ir.                        Salí directo a casa de Donato, allá lo llame desde la calle ya que no tenían un timbre, ni una campana, ni nada que avisara. separaba, desde la puerta principal  de la casa a la calle, una distancia de diez metros .La reja que conducía hasta allí, se encontraba amarrada por una cadena y un candado, además rodeado el lugar por una cerca de pirle de un metro y medio .La casa estaba toda descolorida como la mayoría de las casas en la isla. Al tercer grito se asomó en la puerta su abuelo, un n***o viejo de unos  ochenta años. Con espejuelos en la punta de la nariz y su siempre gorra vieja militar. Me hizo seña con una mano vieja y perezosa de que esperara, saliendo con un caminar bastante sincronizado y derecho para su edad.                         —Buenos días, como esta— le salude .                        —Mi nieto no está mijo, pero no creo tarde, anda desde tempranito haciendo toditicas cosa  en la calle—  dijo agarrado de  la cerca — ¡¿si quieres pasar y esperarlo?!—                         —Bueno si, deseo mucho hablar con el                         —Eche pa’ acá – dijo con la misma sacando un manojo de llaves del bolsillo.                          Fuimos hasta el portal que se encontraba a un lado de la casa y en donde más allá de este, se hallaba   un rustico taller de mecánica y cachivaches.  Con los portones cerrados también por una cadena con su candado, debajo de un gran árbol de mango. El viejo con una habilidad increíble, cruzo un muro que tenía el portal —para no dar la vuelta por todo el interior de la casa— y se sentó en uno de los dos sillones de madera que habían en él, yo quede sentado en el muro. El vetusto me brindo una taza de café, la cual agradeciendo rechace, el sí fue a buscar una para él, mientras yo miraba todo a ver si encontraba algún indicio de balsas, remos o latones, pero no. Quizás todo estaba bien oculto en el grasiento taller hecho de tubos techos  y paredes de láminas de zinc.                         —Yo tomo café desde los  ocho años— dijo el señor luego de llegar con una tasa de peltre  humeante, sentándose nuevamente en su sillón— y  hace dos  semanas cumplí ochenta y cuatro… llevo setenta y seis  año bebiendo este liquidito n***o, ¡Por eso estoy tan prieto!                            Rio a toda carcajada confirmando que no poseía ni un solo diente. Luego bebió dos tragos de café  y en el intervalo de uno al otro soplo un poco. De pronto puso la taza en el muro justo al lado donde yo estaba sentado y cruzo  el muro con la misma habilidad .Comenzó a buscar algo que lanzarle a un perro marrón que intentaba defecar  impúdico, en la misma entrada de la casa.  Le arrojo  una piedra y el perro salió corriendo con la cola entre las piernas. El viejo al verlo así se devolvió  mostrando toda la encía. Cruzo el muro más lento y se incorporó a su sillón recogiendo a su paso la taza de  café que ya no  soltaba tanto  humo.                        —Yo no odio los perros… yo odio ese hijo e’ puta perro, que pareciera lo hace adrede, mira cuanto bajío y matorrales hay pa allá para que el cague justo aquí. Todas las mañanas tengo que recoger la mierda al cabron animal…— el anciano bebió el café de un solo tirón— yo cuando tenía tu edad   tuve un perro llamado Terry, blanco, grande fuerte… eso si era un perro carajo. Me lo llevaba todos los días a caminar conmigo por la playa allá  en Jibacoa. Era un labrador hermoso, ¡Sí señor! Un día salgo tempranito con él a la playa y me acuesto bajo un pino —casi me quedo dormido y el entre mis piernas—. El perro salió de pronto y corrió ladrando hasta la orilla de la playa, trate de atajarlo pero fue por gusto, igual llego allí y se puso a ladrar y chillar como loco. Sacudí algo de arena de los pies y salí caminando lentamente a ver que tenía tan preocupado a mi perro. Llegando,  me percato que  venía  un anciano descalzo, con bastón en mano se detuvo y comento:                          —Una pelea desigual, pero que iguala, el coraje  que tienen ambos— dejo en el aire una clásica risa de  viejo  ochentero                          En efecto mi perro  estaba enfrentado a un cangrejo que se cuadraba con sus muelas para evitar cualquier agresión. Terry se acercaba pero con la misma velocidad huía y así se mantenía, alternando alaridos y ladridos como una vía para intimidar al valiente bicho.                            Después de saludarle,  el anciano y yo nos quedamos mirando aquel enfrentamiento. Este, prendió una pipa que encenderla le costó más trabajo del que pensaba, debido al viento que había en la playa. Luego de darle dos o tres fumadas escupió y dijo:                     —Como  Héctor contra Aquiles… la historia de batallas más grande  de todos los tiempos…                          Tenía toda razón el señor.  Héctor  era ese cangrejo que no  creía en tamaño ni dientes, ni  el tiempo de peligros y amenazas que se le venían encima. Su lema era vivir o morir, o como dijo  el mismo Héctor, hijo del rey Troyano Príamo,  con aquel  aire de guerrero implacable, mirada dulce y coraje en las pupilas: “(…) al apuntar la aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos un reñido combate (…) porque me propongo no huir de él, sino afrontarle en la batalla horrísona; y alcanzará una gran victoria, o seré yo quien la consiga…”                         Por otra parte el implacable Aquiles, hijo de la Diosa Tetis y del mortal Peleo. Con su gran ventaja de ser el eterno semidiós, de ser un rogado, despiadado y solitario valiente, punta  de cada batalla Aquea. Injusto que se hacía justo a sus sentimientos  por  su querido  Patroclo. Diestro  y siniestro en cada  acometida,  y como  igual atestiguo:…”Yo acabaré contigo, más tarde, si algún  Dios me ayuda, como contigo han hecho”                      Era mi Terry este Aquiles y aquel solitario cangrejo el valiente Héctor, que con sus pinzas parecía decirle: (…) “No huiré más de ti, como hasta ahora. Mi ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora me des muerte. Si Zeus me concede la victoria y te arranco la vida, cuando te haya despojado de tus armas entregaré el c*****r a los aqueos.”(…)                     Mi canino trataba con las patas de solucionarlo todo en un golpe, pero la defensa del cangrejo era mejor aún. Hubo  un momento en el que intento ladrarle más cerca, y  con la pinza derecha, logro pellizcarle  la nariz.  Este dio dos vueltas sin tener  idea de si agarrar para el norte, para el sur, Este u Oeste. Solo chillaba sin consuelo y corrió  asustado.                       El anciano a la orilla de la playa no paraba de reír, alternando la risa con varios ataques de tos que aliviaba escupiendo como pepe grillo. El cangrejo, se esfumaba  en una de las olas que  llegaba. Y yo no tuve más remedio que reír y correr para  tratar de calmar a mi derrotado Aquiles. Creo que Terry debió a aprender  de lo que dijo  Napoleón Hill: “La derrota temporal deberá significar una sola cosa, el conocimiento de que hay algo malo con su plan”                      El n***o viejo rio conmigo, era un placer hablar y escuchar las historias de las personas mayores así — engañaba su apariencia de n***o poco estudiado—, y hoy me habían premiado con dos, primero la abuela de Daniela y ahorita las de este señor. Al rato  se apareció un carro viejo pero muy bien conservado. Era un buick 57 pintado de azul celeste  con el techo blanco. De inmediato se bajaron tres tipos de la parte de atrás entre ellos Donato,  y uno del copiloto. El chofer de inmediato se fue.      Estaban apurados, y ni siquiera  nos saludaron, nos dieron un vistazo y el viejo les saludo con la mano. Uno de ellos saco la llave con que se abría el candado que trancaba las cadenas oxidadas del portón. Entre los tres lograron correr uno de los portones de zinc ya que había puesto resistencia. Entraron y con la misma volvieron a cerrarla, solo Donato quedo afuera y venía donde nosotros.                        — ¡Que bola Nuno! –Saludo dándome un apretón de manos con la derecha y con la otra una palmada en el hombro.- ¿Qué cuento te ha echado mi viejo…?              —De Terry un perro que tuvo. —dije y todos reímos—                        — ¡Ño… viejo! siempre la misma muela— te falto el de la mulata que te pedía maní, esa que pusiste a gozar…                       — ¡Calla… calla!— respondió el viejo avergonzado y riendo cabizbajo. Se levantó del sillón y se fue, aunque  regresó debido a que el sillón quedo  balanceándose  — eso en Cuba es como mala suerte o mal augurio—                       — ¿Qué haces asere?                      —Aquí Nunito, tratando de darle más calor al sol…                      —Donato, todo el barrio está comentando de que tú andas preparando unas balsas o qué se yo, para irte…                       — ¿Si asere? —Respondió lamentándose—¡Cojone que fula esa! ¿y quién dice?                       —Nada a la mamá de Daniela le dijeron, y acere tu sabes que como mismo le dicen a la señora Marta se lo dicen al otro y al otro y al otro…                       —Yo sé — se pasó las manos por la cabeza—esa es la chismosa de mi tía… coño  que mariconerias con esa mujer, que falta le hace un marido, un n***o de esos de Guanabacoa  que le desvié la matriz… por culpa de esa lengua hasta podemos ir preso.                       — ¿Pero es verdad entonces?                       —Si Nuno… estamos preparando un esqueleto de madera y a los lados unas balsas… acere yo esto no lo aguanto más,  acere la juventud se nos está yendo a la mierda en esta jodida isla, y cada vez son los que más y más llegan Nuno…                       —Sí pero también oigo en Radio Martí que son muchísimos los muertos — le dije—                       — ¡Nuno!, todo en esta puta vida es un riesgo hermanito— me contesto mirando a la calle debido a que pasaban unas mujeres caminando. Bajo el tono—yo puedo salir a la calle ahorita y una bicicleta darme un golpe, caer en el pavimento y joderme el cráneo, pasarme tres días en coma y morir… la vida es cuestión de  suerte y que los orishas  nos acompañen asere                       — Si tienes razón… no te voy a preguntar para cuándo porque sé que no me lo dirás.                      —El  día antes de irme iré a verte, solo eso te diré.                         — ¿Y cómo harán con este chismorreo  que ya medio reparto debe saber?                        —Nada  asere, aquí estamos haciendo unas cositas pero lo principal está en otra parte… si viene la fiana lo que se encontrara ahí son tornillos y algunas maderas de los remos y eso no es ningún pecado.                   —Bueno tu igual no te confíes de nadie Donato, esto  no son épocas de confiar.                   —Claro que no Nuno, yo no me fio ni de esos que se van conmigo. Pero necesitamos fuerza motriz para hacerlo.                    De pronto se asomó uno de los que estaban dentro del taller y llamo a Donato con cierta molestia, —como que ellos estaban haciendo cosas y el dándole a la lengua—. Nos dimos un abrazo y de inmediato el viejo salió abrirme la reja del frente. Fui directo a la casa, hoy hacia un sol y calor horrible, típico de julio y agosto en Cuba. El vapor se veía al final de la calle en el asfalto, y apreté el paso para acabar de llegar. Cuando me aproxime note que estaba mi papá en la puerta de la casa hablando con un señor de gorra verde olivo que había dejado su bicicleta en la acera, imagine era algún amigote comunistas de esos típicos de él.                        Dije buenos días y pedí permiso, el señor con cara de buena persona me contesto el saludo, no así mi papa’.                       — ¡Ey, ey!  ¡Venga acá!—me grito cuando ya iba para mi cuarto— Que esto es para usted.                      — ¿Qué pasó? — pregunte  aproximándome a ellos.
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