Capítulo 10

2331 Palabras
Antes de que pasara una hora, iba a golpear a alguien en la cara, algo que jamás había hecho, pero por Dios, ahora no veía la hora de hacerlo. ¿Por qué demonios no me defendí esta mañana? Todo el tiempo que Lucio me sujetó y me empujó contra la pared, yo solo me quedé ahí parada y lo dejé. ¿Y por qué lo llamé lunático celoso en primer lugar? Aunque nada podría justificar lo que hizo Lucio, fue incorrecto y cruel de mi parte insultarlo. Si no hubiera dicho esas dos palabras, ¿habría terminado todo distinto? ¿Su explosión no habría ocurrido, ni hoy ni nunca? Me quedé mirando el celular, que había dejado sobre la banca a un lado, preguntándome qué estaría pasando por su cabeza en ese momento, furiosa con los pensamientos cambiantes que no paraban de dar vueltas en la mía. Más te vale llamarme, tan desesperado de preocupación que tengas que asegurarte de que estoy bien. No, ni se te ocurra llamarme jamás. Sería cruel que no me llamaras después de lo que hiciste. Sería asqueroso que creyeras que yo hablaría contigo después de lo que hiciste. Dios, ¿qué me pasa? Al menos ahora estaba en el gimnasio, con algo más que correos y presentaciones para distraerme de mis pensamientos obsesivos. Palos y Piedras —convenientemente ubicado en el edificio de al lado de nuestra oficina— parecía recién reformado: aún flotaba el olor a pintura negra y unas colchonetas rojas y negras, impecables, cubrían la mayor parte del suelo de cemento. A diferencia de un gimnasio convencional, este tenía sacos de boxeo, una zona abierta, una especie de jaula gigante y dos rings: todo tipo de sitios para sacar la rabia a golpes. Pues vamos. Parada afuera del ring asignado a nuestro grupo, que por el momento estaba vacío, me ajusté los guantes rojos y acolchonados mientras mi jefe, Michael, daba su discurso de cómo la integración de equipo mejoraba la productividad y las ganancias. Luego pasó a explicar por qué había elegido este evento —una clase de boxeo— y qué se suponía que debíamos aprender de él, lo cual, al parecer, hoy incluía “habilidades de resolución de problemas, enfoque y pensamiento estratégico”. Como si aprender a golpear gente nos hiciera mejores analistas de marketing. En serio, me moría por pegarle a alguien y, de paso, podía usar esta furia a mi favor para no ser el eslabón más débil del grupo por una vez. Desde que empecé a trabajar aquí, ya habían habido dos actividades de integración antes que esta: un circuito de cuerdas, donde mi miedo a las alturas me hizo parecer un bebé tembloroso, y una partida de paintball, donde me dieron en los primeros dos segundos. Como a Michael le encantaban estas cosas —y estaba claro que hacerlo bien era el pase para ascender en esta empresa—, estaba decidida a no dar pena, a ser mejor que al menos uno de mis compañeros. Hoy, sobre todo, no me iba a ir de aquí sintiéndome derrotada. —Esto debería estar súper divertido, ¿no? —dijo Emily. Con su cabello largo y rojo, Emily tenía rasgos llamativos, y el más increíble de todos era su piel de porcelana. Me encantaba que, aunque su cuerpo era bastante curvilíneo y algunas mujeres lo esconderían bajo ropa holgada, ella no lo hacía. Al contrario: tenía esa clase de seguridad que todas las mujeres desean, pero que solo llega a quienes nacieron increíblemente bellas y han pasado toda la vida recibiendo un trato excepcional por eso. Emily estaba de mi lado del ring, mientras nuestros otros compañeros —Steve, Harrison y Zoey— estaban a unos cinco metros, al otro extremo del ring. Me las había arreglado para evitar a Zoey en la mañana porque todos andaban ocupados preparándose para faltar al trabajo por esto, pero ahora ya no iba a tener suerte. —¿Has hecho esto antes? —alcancé a decir. Revisé discretamente la camiseta deportiva que me había puesto para asegurarme de que todavía ocultaba el moretón. Dios, qué suerte que anoche, cuando metí este conjunto en mi bolso, escogí uno de manga larga. Casi llevaba uno de manga corta, pero decidí que menos piel era mejor para un evento del trabajo. Esta camiseta me cubría por completo el moretón del brazo y mi maquillaje —que retocaba cada hora— estaba haciendo un trabajo malditamente bueno ocultando el de la cara. —Mi fraternidad tomó una clase de defensa personal una vez —dijo Emily. Genial. Una clase más de las que yo he tomado. —Santo cielo. —Los ojos de Emily se abrieron tanto como su sonrisa. Seguí su mirada hacia un tipo que acababa de entrar por la puerta principal. —¡Madre santa de lo buenísimo! A Emily le encantaba hablar de hombres; era su segundo pasatiempo favorito, después de salir con ellos. Me imaginé los engranes girando en su cabeza. El tipo era alto, de cabello oscuro, piel bronceada y una cara de portada de revista masculina. Su camiseta de algodón se pegaba a las líneas de su cuerpo musculoso, y sus shorts negros le quedaban bajos en la cadera, mostrando un abdomen plano. Parecía Superman: Clark Kent sin lentes, con actitud, caminando con paso seguro por el lugar. Y mientras avanzaba, varios socios del gimnasio se daban codazos y señalaban, mientras él se dirigía hacia el fondo. Alcancé a oír frases a media voz como: Ese es y Este viernes. El Clark Kent sinvergüenza no parecía notar nada… o quizá no le importaba, porque estaba demasiado ocupado escaneando el gimnasio. Cuando su mirada cayó sobre mí, se detuvo. —¡Hola! —interrumpió Harrison. Al rodear el ring para ponerse de nuestro lado, Harrison Price tenía esa pinta de galán estadounidense: rubio, el cabello perfectamente cortado, y ropa que gritaba que había crecido con dinero. Se paró con una postura relajada que irradiaba seguridad total, el retrato perfecto de un futuro CEO. —Te perdiste un gran antro el sábado. Se me clavó una punzada en las costillas al pensar en esa noche, un dolor que se intensificó cuando vi a Zoey venir hacia acá. Todo en Zoey era bonito. Su cabello n***o y ondulado, su piel color caramelo, pero lo que más notaba la gente eran sus labios: carnosos, con una forma perfecta, de esos que salen en comerciales de pasta dental o de labial. Su belleza fue lo primero que noté cuando la Universidad de Illinois nos asignó como compañeras de cuarto en primer año. Lo segundo fue su alma gemela. Su corazón enorme fue lo que cimentó nuestro vínculo inquebrantable, un vínculo que se fortaleció durante la universidad. Y después llegó la suerte más improbable: cuando me gradué un semestre después que Zoey —tuve que recuperar un semestre tras reprobar una materia y cambiar mi enfoque de negocios a marketing—, su oficina tuvo una vacante. En su departamento, nada menos. ¿Conseguir un trabajo donde trabaja tu mejor amiga? Las probabilidades de eso deben ser como ganarse la lotería. Había sido increíble. Hasta un día como hoy, cuando ella iba a notar que algo no estaba bien y me haría mil preguntas, y esas preguntas podían hacer que me quebrara frente a todo el mundo. Apreté los puños dentro de los guantes, furiosa de tener que preocuparme por todo esto. —Hola —le dije, fingiendo una sonrisa. Zoey dejó pasar una pausa intencional antes de decir, de mala gana: —Hola. Parpadeé. —¿Todo bien? —Sí, ¿por qué no estaría? —murmuró. No se me ocurría por qué estaría enojada conmigo. La última vez que la vi fue el viernes, y todo estaba bien. De cualquier manera, hoy yo no podía con esto, y no me gustó que su voz estuviera tan helada que incluso Harrison y Emily lo notaron, intercambiando una mirada incómoda. Si yo estuviera molesta con ella, la respetaría lo suficiente como para llevarla aparte y hablarlo en privado. —¿Pasa algo? —pregunté, lo cual fue una estupidez. Obvio pasaba algo; la pregunta era qué. Aunque yo había bajado la voz, ella no tuvo la misma consideración. —Yo iba a preguntarte lo mismo. Me quedé pálida. —¿Qué quieres decir? —Se nota que algo te está afectando. Maldición. —Sí. Pero tú pareces enojada conmigo. —No es eso —replicó Zoey. —¿Entonces no estás enojada conmigo? —aclaré. —Podemos hablar de eso en otro momento. —O sea, sí estás enojada —confirmé, irritada por su evasión pasivo-agresiva—. ¿Por qué? Pero se cruzó de brazos, claramente sin ninguna intención de decirme, y eso me frustró aún más. —Bueno, pongan atención —dijo un tipo grandote antes de que pudiera insistir. Vestía todo de n***o y llevaba algo que parecía una máscara de esquí hecha con colchonetas de gimnasio. —Me llamo Billy, y así va a funcionar. Dio instrucciones secas: nos enseñaría movimientos de boxeo y luego cada uno subiría al ring para practicar mientras los demás miraban desde afuera. Tal vez cuando todos estuvieran distraídos, podría llevar a Zoey aparte y averiguar cuál era su problema. Ojalá pudiera hacerlo sin abrir la puerta a un interrogatorio. —¡Joana! —bramó mi jefe—. ¿Por qué no vas tú primero? ¿Me estaba poniendo antes que a todos porque sabía que me iba a ir peor y eso haría que los demás se sintieran mejor por comparación? No hoy. Por Dios, aunque sea por un momento, hoy voy a sentirme vencedora, no víctima. —Tú puedes —susurró Harrison. Intenté entrar entre las cuerdas como el tipo nos mostró: pasar una pierna por encima, agacharme bajo la cuerda superior y luego pasar la otra… pero el universo es un desgraciado. Mi pie de atrás se atoró. Traté de desafiar la gravedad, pero solo conseguí agitar los brazos como un pájaro loco que no puede volar, mientras el tobillo se me doblaba y me tiraba al suelo. No puede ser. Mi jefe se llevó una mano a la frente, avergonzado. —¿Estás bien? —preguntó. Pude oír cómo sus expectativas sobre mí se desplomaban, y eso me enfureció. Ser atlética no tenía nada que ver con ser buena en mi trabajo. —Estoy bien —dije. Cálmate, Joana. No le contestes mal a tu jefe y no hagas berrinche. Solo levántate. Lo intenté, pero el tobillo me traicionó temblando. —Llévenla a primeros auxilios —bramó el instructor, señalando con la cabeza hacia un área al otro lado del gimnasio. —Estoy bien —gruñí. Iba a partirle la cara a ese imbécil sonriente, y no pensaba irme como la chica que se lesionó antes de siquiera empezar. —Primeros auxilios —repitió, sin dejar espacio para discutir. Apreté la mandíbula, furiosa. Por más que quisiera pelear, no iba a armar un escándalo más grande frente a mi jefe. Me revisarían en primeros auxilios y luego volvería de inmediato. Harrison me ayudó a avanzar cojeando, humillada y rabiosa, hacia el área de primeros auxilios, donde un tipo salió por una puerta. El tipo guapo por el que Emily se había babeado hace rato. El Clark Kent descarado. —Siéntala aquí —dijo, señalando una silla en una oficina. En algún lugar debajo del desorden de montones de papeles y un monitor, había un escritorio, dos sillas para visitantes y un mini refrigerador en la esquina. La habitación olía a loción mezclada con sudor y, por las pesas cercanas, los gruñidos y golpes retumbaban por todo el espacio. Cuando Harrison me ayudó a sentarme, Clark Kent descarado me miró y preguntó: —¿Qué pasó? Si Emily viera lo claros que son sus ojos verdes, se desgarraría un ligamento con tal de llamar su atención. —Se lastimó el tobillo —dijo Harrison. Clark Kent descarado fulminó a Harrison con una mirada que decía: ¿Ella no puede hablar por sí misma? —¿Y tú quién eres? Con su metro noventa, Clark Kent descarado le sacaba varias pulgadas a Harrison, que se enderezó de golpe en un intento obvio por verse más alto. —Harrison Price. —Remarcó su apellido, porque mucha gente conocía a su famoso papá CEO, un tipo a quien le atribuían haber salvado a una empresa Fortune 500 del desastre, pero Clark Kent descarado o no reconoció el nombre o le valió. —Harrison, si puedes darnos un minuto, luego la llevo de vuelta cuando terminemos aquí. No lo dijo como pregunta. Fue una orden. Harrison frunció el ceño, poco acostumbrado a que alguien que no fuera Michael intentara decirle qué hacer. Entre ambos se desató una batalla silenciosa de testosterona: mandíbulas tensas, miradas fijas. —Está bien —le aseguré a Harrison, queriendo acabar con esto. Mi ventana para poder golpear a alguien en la cara se estaba cerrando muy rápido—. Ahorita regreso. Harrison se veía reacio a dejarme sola con ese tipo, pero después de que le di una última mirada tranquilizadora, se fue de mala gana. —Estoy bien —le repetí al Clark Kent descarado—. Ese instructor me obligó a venir, pero fue totalmente innecesario. El tobillo ya se siente mucho mejor. —Política del lugar —dijo—. Alguien se lastima, se revisa. —Ya, bueno, me gustaría volver con mi grupo —respondí. Sus ojos esmeralda se encontraron con los míos. —Ponte de pie, por favor. Cuando lo hice, el dolor en el tobillo no era tan intenso como antes, pero sí lo suficiente para hacerme hacer una mueca. —¿Eres médico? Otra pregunta estúpida; un médico no estaría escondido en la trastienda de un gimnasio. —No. Siéntate otra vez —ordenó Clark Kent descarado, poniéndose en cuclillas frente a mí—. Ahora gira el tobillo así.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR