Capítulo 11

1367 Palabras
Lo demostró con la mano y la manga de su camisa se subió un poco, dejando asomar un tatuaje. Y tenía cicatrices en los nudillos, como si alguna vez se hubiera cortado con vidrio roto o algo así. —Bien. Al otro lado. Obedecí. —¿Ves? Está bien. Levantó la mirada hacia mi cara. —¿Cómo te llamas? Genial. Seguro iba a llenar un reporte de accidente: chica se lesiona en dos segundos. —Joana Christiansen. Asintió. —¿Primera vez aquí? ¿Se nota tanto? Asentí. —¿Qué te trae por aquí? —A mi jefe le gusta torturarnos con actividades de integración. Una sombra de sonrisa se le dibujó en la boca. ¿Por qué me estaba revisando si no era médico? —¿Eres el dueño? Esperaba que dijera que no; no podía ser más de tres o cuatro años mayor que yo, pero asintió. —Daryl Soares. Soares. Como Sticks and Stones. —¿Por eso todos han estado mirándote? Lección número uno para provocar incomodidad social: soltar cualquier pregunta que te pase por la cabeza, incluso las que no tienen sentido. La gente no miraba a los dueños de negocios con cara de “santo cielo”. Ni siquiera miraban así al papá pez gordo de Harrison. Daryl Soares me clavó el poder de sus ojos color oliva. Me pregunté si de verdad podría lanzar rayos con ellos. —Estás con ese grupo corporativo —dedujo—. Trabajan aquí al lado, ¿no? —Sí. Un alboroto de aplausos y gritos me hizo mirar hacia la ventana interior de la oficina; desde ahí se veía clarito el ring donde estaban mis compañeros, aplaudiendo y divirtiéndose. Michael se veía eufórico por lo que sea que acababa de pasar. Y yo me estaba perdiendo todo. —Mira —dije—. Necesito volver y terminar mi turno. —No creo que sea buena idea. Apreté las manos en puños. Daryl no entendía lo mucho que necesitaba desquitarme con alguien. —Si te preocupa que me lastime, dile al instructor que no me rompa los huesos. Daryl alzó una ceja. —En el ring no existe un ambiente controlado. Reflejos, cuerpos en movimiento, siempre hay riesgo. Genial para el folleto de marketing: toma nuestra clase, solo hay una leve probabilidad de morir. —Además. Sin ofender, pero vi lo que pasó, y mi instructor no te hizo esto. Fruncí el ceño. —No quiero que mi jefe se lleve la impresión de que soy una débil que básicamente se noqueó sola. Daryl se puso de pie. —Hay que ponerte hielo en ese tobillo. Lección número dos para provocar incomodidad social: no intentes ni por un segundo ocultar tu decepción frente a un extraño, al punto de casi llorar. —Solo unos minutos —me tranquilizó—. Por si acaso. Fue al congelador del mini refri, volvió, se puso en cuclillas frente a mí y me acomodó un rectángulo azul congelado alrededor del tobillo. Alzó la mirada bajo unas cejas oscuras perfectas. —¿Así está bien? —Está bien —dije, sosteniendo la bolsa de hielo. Daryl se apoyó en el escritorio y, cuando se cruzó de brazos, sus bíceps se desbordaron sobre sus puños, como queriendo escapar de las mangas. —¿Y por qué es tan importante impresionar a tu jefe? —En parte por mi carrera. —¿Y la otra parte? Tragué saliva sobre el nudo en mi garganta mientras todos los golpes de las últimas horas se formaban en fila para torturarme. —I guess I needed something to go my way today. Se me apretó el pecho. Necesitaba decirlo en español, aunque fuera solo para mí. Necesitaba que algo me saliera bien hoy. Él me evaluó, mordisqueándose el interior de la mejilla. —¿Día malo? Si por malo te refieres a que mi vida entera se está yendo al carajo, sí. —Se podría decir que sí. Miré por la puerta de la oficina a un par de tipos golpeando un cilindro de entrenamiento. Uno lo sostenía mientras el otro lo pateaba y lo golpeaba sin parar, descargando toda su rabia ahí. Qué envidia. —Esa es una de las razones por las que la gente viene aquí, ¿no? ¿Para sacar la frustración a golpes? Me observó con atención. —¿Alguien te hizo enojar? Más bien me destrozó el corazón. Acomodé la bolsa de hielo. —No —mentí. Se notaba que no me creyó. Tal vez ya había escuchado cientos de historias entrando por su puerta; cualquiera a quien le gustara boxear también debía amar el desahogo que te daba. Pero Daryl asintió, fingiendo creerme, y eso se lo agradecí. Volvió a revisar mi tobillo. Me llamó la atención que en todo ese tiempo jamás me tocó, solo me indicó cómo mover el pie y observó si había hinchazón. —Creo que tu tobillo va a estar bien —dijo, retirando la bolsa de hielo—. Pero de verdad deberías mantenerte fuera del ring. Genial. Ya no me quedaba combustible para discutir, pero no pude ocultar la desesperación de quedarme sin nada que me distrajera de lo que venía: decisiones que te rompen. Salí de la oficina, pero apenas di cuatro pasos cuando oí a Daryl suspirar y decir: —Jab, uppercut. Me giré y parpadeé. —¿Qué? Dios, sus ojos son intensos. —¿Eres diestra o zurda? —Diestra. ¿Por qué? Asintió. —¿Quieres impresionar a tu jefe? Haz jab, uppercut. Mano izquierda: jab. Lo mostró en cámara lenta. Al parecer, un “jab” era lo que el resto de los mortales llamamos un golpe. —Inmediatamente después, con la derecha: uppercut. O sea, un golpe de abajo hacia arriba, directo bajo la barbilla. —La idea es levantarle la cabeza hacia arriba y hacia atrás. Hacia arriba y hacia atrás, repetí para mí. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo. Esta noche me iba a acostar con el recuerdo de haber pateado traseros en boxeo, no con el recuerdo de esa chica tirada en el piso de su departamento. —Gracias —le dije. Daryl asintió, observándome mientras volvía con mis compañeros, que justo estaban terminando con el último. —Quiero ir otra vez —declaré. El tipo con el equipo de boxeo me miró, luego miró a Daryl, que asintió, y por último miró a mi jefe, que se encogió de hombros. Tomé mi lugar en el ring —mágicamente sin lesionarme otra extremidad esta vez— y, en cuanto lo hice, Daryl se acercó, cruzándose de brazos. Mirándome. El grandote del boxeo me miró con desprecio. —¿Ahora sí vas a hacer tu turno, o te vas a lastimar solo de pensarlo otra vez? Imbécil. Calentando para el movimiento que Daryl me enseñó, tiré un golpe con la derecha, pero el instructor lo bloqueó con una sonrisita. Me moví a un lado e intenté pegarle en la cara, pero otra vez el desgraciado lo bloqueó, casi riéndose. Los ojos me ardieron de rabia porque era como esta mañana, otra vez. Era más grande, más fuerte, y creía que podía tratarme como basura desechable por eso. Una furia feroz me tensó cada músculo mientras fingía que iba a golpear con la derecha, pero en lugar de eso lancé un jab con la izquierda. El golpe sordo al estrellarse contra su protector fue casi tan satisfactorio como la sorpresa en sus ojos, pero justo cuando entendió que sí le había entrado, mi uppercut le llegó con toda la fuerza de mi rabia y le pegó tan duro en la barbilla que se le zafó la careta. ¡Se le zafó el equipo! Seguro tuvo más que ver con que no se lo ajustó bien o algo así, pero, carajo, no podía decidir qué era mejor: el “¡uoooh!” atónito de mi jefe o el imbécil frente a mí, molesto porque la “pequeñita” acababa de hacerlo quedar mal. La boca de Daryl Soares se curvó en una sonrisa. Quise saborear el momento, pero antes de poder hacerlo, sonó mi celular. Con el tono de llamada de Lucio.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR